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La indignación aflora, ¡y con justa razón!, cuando en nombre de la libertad, se invaden o anexan territorios, se fomentan guerras, se atacan países, se someten culturas. Podrá argumentarse que este rasgo argumental ha estado presente en las ideologías de todos los imperios pasados, a través de las cuales los conquistadores sosegaban sus atribuladas conciencias afirmando que traían liberación y civilización a los pueblos atrasados o sojuzgados. Aún cuando se reconozca el antecedente, comprobando que muchas poblaciones creyeron en el infundio o adhirieron voluntariamente a las dominaciones imperialistas pensando que éstas al menos desatarían las cadenas de satrapías establecidas, la indignación no cede. Con justa razón. No hay derecho humano alguno en conspirar contra la autodeterminación de un pueblo, bloquear o sancionar naciones, ni valentía alguna en desatar la guerra, el desplazamiento forzado, no hay justicia alguna en la miseria o la desigualdad. ¿En nombre de qué libertad, de qué civilización se mata, se roba, o se manda a matar y a robar? ¿En nombre de qué libertad se concentran desmedidas riquezas, condenando a la mayoría de la humanidad a la pobreza y el hambre?
La libertad de los (h)unos Una parte de la derecha rancia de los Estados Unidos de América, hoy en posiciones de poder, configuró en 2009 el movimiento Tea Party. En un clima de crispación por el rescate federal a gigantes usureros que arrastró al sistema global, los autodenominados “libertarians” pusieron el grito en el cielo protestando contra una política fiscal que consideraban invasiva. La denominación de este nucleamiento, en el que militaron (¿militan?) entre otros activamente el ex jefe de la CIA y actualmente secretario de Estado Mike Pompeo, la ex gobernadora de Alaska y candidata a la vicepresidencia Sarah Palin, Marco Rubio, Rand Paul, hoy en el senado por Florida y Kentucky respectivamente o Michele Bachman, en la Cámara de Representantes por Minnesota, remite efectivamente a una gesta anticolonial.
El nombre escogido alude a aquel episodio de la historia fundacional de los EEUU, el 16 de Diciembre de 1773, en el que colonos arrojaron un cargamento de té en el puerto de Boston en protesta por una disposición fiscal de la Corona Británica que favorecía a la Compañía de Indias Orientales, en detrimento del contrabando local y de la autonomía económica. Claro que este movimiento no fue tan sólo una junta de afiebrados activistas nostálgicos. En 1984, los billonarios David y Charles Koch, dueños del conglomerado de Industrias Koch, fundaron “Ciudadanos por una Economía Sana”, un grupo que abogó para ensanchar los privilegios corporativos a través del recorte de impuestos. Ya en 2002 el CSE (Citizens for a Sound Economy) diseñó un sitio web cuyo dominio rezaba “usteaparty.com”. El grupo se dividió al poco tiempo en FreedomWork y Americans for Prosperity, esta última agrupación capitaneada por el propio David Koch, quien fue uno de los principales donantes a la campaña de Trump y falleció en 2019.
También la cadena televisiva Fox fue decisiva, alentando en 2009 a los ciudadanos a marchar en el “Tax Day” en más de 750 ciudades del país, incluida la capital, contra la política fiscal de Obama. El tax day (habitualmente 15 de Abril) es el día en que los ciudadanos estadounidenses realizan su declaración fiscal anual al gobierno federal y estatal. De esta manera, la “afrenta” impositiva, en conjunto con la memoria histórica de la vieja persecución eclesial contrareformista de la Inglaterra de fines del siglo XVI contra los que serían los “padres peregrinos” (Pilgrim Fathers, llegados en 1620 al “Nuevo Mundo”), engarza doscientos años más tarde perfectamente con la aversión al poder central, ligando nuevamente la libertad a un espíritu contrario a toda injerencia estatal distorsiva de la sacrosanta apropiación individual.
Esta sorda rebelión contra el poder central catapultó a muchos militantes del movimiento del té a lomos del partido republicano a las cámaras legislativas y finalmente, al delegado excéntrico de una parte de las grandes corporaciones, Donald Trump, a la presidencia del país.
La libertad de los otros Sin embargo, el pregón de libertad de los unos, consume casi por completo la libertad de los otros. Y los otros son los que no piensan como los (h)unos o participan en el establecimiento de reglas de juego diferentes, más proclives a la distribución equitativa y a la afirmación de lo colectivo y lo común. Los otros son entonces ajusticiados mediáticamente por los servidores de los unos, sin posibilidad de defenderse del escarnio en igualdad de condiciones. Son, en política, el blanco preferido de los unos, dirigentes como Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa, Cristina Fernández o Nicolás Maduro y muchos otros copartícipes en la fundamental tarea de hacer de estas tierras naciones más independientes y más justas. En esa misma línea, los “otros” son también los presos políticos a los que gobiernos o jueces adláteres de los “unos” mantienen detenidos, con o sin condena. Es la ley de los sin ley, la guerra judicial o lawfare en su notación en inglés.
Los otros son los que a diario los unos han convertido en objeto de espionaje y de escucha, son los periodistas agredidos, despedidos o asesinados por buscar (y encontrar) verdades incómodas. Son las lideresas y líderes campesinos condenados a muerte por oponerse a la expansión ilimitada de negocios de grandes corporaciones o de terratenientes locales con licencia oficial – de los unos - para matar.
La libertad que no tienen los otros, es la libertad de migrar desde donde quieran adonde quieran, dejando atrás los desastres que provocó el colonialismo y continúa provocando el neocolonialismo de la dependencia y la servidumbre al poder occidental. Las otras son las mujeres, acompañadas de principio al fin de sus vidas por el temor a ser violadas, golpeadas, asesinadas, condenadas a prohijar sin libertad para optar, al vilipendio por romper normas establecidas por el patriarcado dominante en el poder moral, político y religioso de todo el planeta.
Son las y los negros, cuyas vidas poco importan desde hace centurias, cuando encadenados en las bodegas de barcos negreros fueron secuestrados para gloria y fortuna de los hacendados coloniales en las Américas y las testas coronadas en Europa. La formal libertad de aquella servidumbre cruel no ha impedido que los afrodescendientes sigan siendo hoy los excluidos de los beneficios del bienestar que el Occidente extrajo de la vida y la muerte de millones de negros.
Los otros son las y los indígenas, que fueron violadas, diezmados, utilizados por el yugo imperial para salvar a la oscura y enferma Europa medieval de su miseria y financiar sus guerras eclesiásticas por el poder político-religioso. La huella de aquellos crímenes de lesa humanidad permanece hasta hoy tallada en los rostros y situación social de los sobrevivientes de la catástrofe, en la exclusión de las mayorías mestizas y en el intenso racismo que impide una nivelación social efectiva.
Les otres son los que difieren de la heteronormatividad impuesta a la vida afectiva y sexual por el naturalismo impreso a fuego en las mentes a base de represión y negación. Naturalismo que todavía, a pesar de los tremendos cambios operados en la vida humana, continúa siendo uno de los principales escollos hacia la libertad.
Libertad que en el sistema actual pretende justificar lo injustificable. Libre mercado, le dicen al esquema que permite que las transnacionales devoren sin limitación alguna las riquezas comunes de los pueblos, esclavizándolos como antaño con deuda, extractivismo, destrucción de sus entramados industriales, de su soberanía tecnocientífica, con precariado y explotación digital. Libertad de prensa, le llaman al hecho de que unos pocos grupos de medios manejen la agenda informativa mundial. Libertad de expresión, a la sordina, demonización y persecución a la que se somete al pensamiento crítico, transgresor de los moldes del discurso único.
La libertad de unos resulta entonces en la libertad de nadie. La opresión sutil Los encadenamientos son también de un carácter menos evidente, pero igualmente actuantes. ¿De qué libertad hablamos a los impedidos, a los que temen por un futuro incierto, a los fracasados en la escala de éxito vulgar que propone este sistema decadente y mentiroso? ¿Es realmente libre el que persigue y aún el que alcanza ese éxito? ¿Cómo puede actuar libremente quien vive en un clima mental de miedo a perder lo que tiene o no alcanzar aquello que fervientemente necesita o desea? ¿Puede hablarse de libertad cuando el futuro aparece como una cadena repetitiva de dolor y sufrimiento para unx y sus seres queridos? ¿Hay libertad para quien nace en entornos violentos, cargados de odio y venganza? ¿Acaso es libre quien teme a la enfermedad, a la soledad, a la muerte? Hay quienes creen que esta opresión interior desaparece al desatarse los nudos exteriores que aprisionan la posibilidad humana y no cabe duda que eso es condición imprescindible de libertad. Sin embargo, probablemente no baste y sea fundamental una cuota de introspección y coherencia que colabore con el triunfo colectivo.
La libertad de todes ¿Nacemos verdaderamente libres? ¿Qué libertad tiene un/a niño/a que nace en un mundo de imposibilidades? Imposibilitado de crecer bien alimentado, en entornos seguros, en ambientes amables y afectuosos, de acceder a conocimiento y formación, de no ser permanentemente azuzado por una propaganda de consumos inútiles que producen pesadillas posesivas. Sin duda nacemos y crecemos entre condiciones. Condiciones de tipo social, cultural y generacional que imprimen su huella en nuestra vida, pero no impiden que nos rebelemos a los factores preexistentes que generan dolor y sufrimiento. Factores dados pero no definitivos. En ese resquicio de posibilidad reside la libertad, en la opción de modificar lo determinado.
La libertad es estructural, en su expansión transgrede los confines impuestos en lo social, lo intersubjetivo y lo personal. Requiere por tanto laborar en su favor en los tres planos. La libertad es histórica, transforma lo dado en futuras condiciones que serán a su vez subvertidas más adelante en su mismo nombre. La libertad es colectiva o no es, no hay posible libertad para unos en perjuicio de los demás. Es el sueño de la vida que se va realizando con la existencia humana, con aciertos y errores, con avances y retrocesos pero como único horizonte posible.
(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro de Estudios Humanistas de Córdoba, Argentina y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza.
El avance de las corrientes retrógradas es evidente. Y alcanza, como casi todo en la actualidad, ribetes mundiales. El autoritarismo, la discriminación, la persecución política, la censura periodística, la violencia económica, el terror religioso, el armamentismo, la represión, el golpismo, han recobrado impulso poniendo en peligro a la humanidad.
Más allá de la repugnancia que suscita y la amenaza que significa, el rebrote de fanatismo conservador constituye el claro indicador de una coyuntura de declive histórico. Se trata de fenómenos híbridos que combinan distintas dosis de fundamentalismo confesional y nacionalismos supremacistas. Una combinación agresiva que rechaza el diálogo o la argumentación, esgrimiendo postulados irracionales.
Más allá de la conspiración y la imposición violenta, estas corrientes concitan la adhesión de amplios conjuntos humanos. ¿Son tendencias indetenibles o una señal de profundización de decadencia sistémica? ¿Hay modos de refutar el caos, la confrontación y destrucción a la que conducen? Es indudable que esta manifestación no es monocausal y responde a diversos factores. ¿Cuáles son las claves para entender el fenómeno? Guerras intrareligiosas y ciclo racional Ante todo, debe consignarse el marco metahistórico. Los siglos XVI y XVII marcaron en Occidente el fin de más de un milenio de absolutismo imperial católico. Por una parte la apertura crítica a una nueva visión del mundo que significó el Humanismo del Renacimiento y por otra, la severa crítica formulada por Lutero y otros referentes del protestantismo, resquebrajaron la potestad de la Iglesia Católica sobre los asuntos eternos y terrenos.
Con la Reforma (1517-55) y el cisma anglicano (1534) la esfera de influencia del imperio católico romano sufrió un nuevo quiebre, luego del propinado por la separación de la iglesia oriental, en adelante ortodoxa, ocurrido a mediados del siglo XI. Ante esto y el avance de la corriente humanista que desembocó en el triunfo del racionalismo en el siglo XVI, la iglesia romana organizó como respuesta el Concilio de Trento, que sesionó durante casi veinte años (1545-63).
El objetivo del concilio fue la fijación de las normas de la ortodoxia y el disciplinamiento de la hueste cristiana, desestabilizada por su propia decadencia, la fuga de almas y la consecuente pérdida de influencia política y económica. De importancia es señalar en este contexto la creación de la Compañía de Jesús fundada por el capitán Ignacio de Loyola en 1540. Ésta, de férreo voto de lealtad al Papa, sirvió en adelante como una de las principales espadas de la Contrarreforma católica, ocupando espacios preeminentes en el Colegio Romano pero también en la pretensión de expandir la fe única e influir políticamente en las regiones colonizadas.
La formación de estas dos grandes sectas cristianas en Occidente y la redistribución del poder político en Europa fue todo menos pacífico. A partir de entonces se desató una mortífera guerra religiosa, cuyo armisticio formal ocurrió con la Paz de Westfalia (1648) pero cuya rivalidad dura hasta nuestros días. La elección del jesuita argentino Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la iglesia católica, habla a las claras del intento de defender a la grey latinoamericana – que representa aproximadamente el 40% de los fieles del catolicismo en el mundo – del embate de las iglesias neopentecostales en la región. Al mismo tiempo, el ciclo inaugurado por Descartes, Bacon, Copérnico, y tantos otros, los que erigieran a la Diosa Razón en el altar parece debilitarse luego de cuatro siglos de desarrollo. La consolidación de esquemas positivistas y materialistas que posibilitaron un salto científico y tecnológico exponencial, no ha logrado dar respuesta cabal a las necesidades espirituales y existenciales del ser humano, ni siquiera permitir una redistribución equitativa del bienestar, por lo que el clamor por un cambio de paradigmas se hace oír mundialmente. La pregunta por el Sentido de la Vida vuelve a reclamar su justo lugar.
Armamento para moldear conciencias La Democracia Cristiana como corriente política fue impulsada en Europa y América para contrarrestar el avance de las ideas anarquistas y socialistas en la capa obrera. A la idea de revolución, la doctrina social de la iglesia opuso la idea de concertación. Luego de la segunda guerra mundial, muchos jóvenes cristianos, como parte de la rebelión generacional de los años 60’, conmovidos por la tremenda desigualdad y miseria reinante en el continente, alentados por el triunfo de la revolución cubana, y disconformes con la hipocresía de las clases dominantes en alianza con los sectores católicos conservadores, adhirieron a proclamas revolucionarias.
Al mismo tiempo, luego de la conformación, en la misma década, de Comunidades Eclesiales de Base, la realización del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, tomó fuerza la corriente de la Teología de la Liberación, que promovía en su interpretación la opción preferencial por los pobres y la necesidad de liberación económica, social, política e ideológica como parte inescindible del concepto de salvación cristiana.
De este modo, una vertiente del catolicismo, más allá de su tradición conservadora, apareció por la época como posible fuente de rebeldía frente al injusto mundo establecido. El entonces vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller, calificó en el informe de 1969 a Richardo Nixon, a la iglesia mayoritaria de “aliado no seguro”, por ser un “centro peligroso de revolución potencial.” Poco después, ya en la era Reagan, los Documentos de Santa Fé, concretaron propuestas para establecer una guerra cultural, teniendo como uno de los principales antagonistas a la Teología de la Liberación, “una doctrina política disfrazada como una creencia religiosa”.[1]
Desde ese momento, signado por la victoria de la Revolución Sandinista – con decisivo apoyo de destacados adherentes de la Teología de la Liberación - y los alzamientos insurgentes en Guatemala y El Salvador –entre muchos eventos concomitantes en otros puntos de la región- el gobierno estadounidense establecería una serie de programas destinados a financiar la expansión de los credos evangelistas en América Latina.
Con éxito, debe señalarse. Según el informe del Pew Research Center “Religión en América Latina, Cambio generalizado en una región históricamente católica” (2014) el 19% de la población de la región se declara adherente a la fé evangélica - en cualquiera de sus múltiples denominaciones, mientras que la pertenencia al catolicismo bajó de un 94% (1950) a un 69%. Como ejemplo significativo de la penetración religiosa, en los tres países centroamericanos mencionados antes –El Salvador, Guatemala y Nicaragua–“aproximadamente cuatro de cada diez adultos se describen a sí mismos como protestantes.”
La quiebra social del capitalismo El capitalismo ha fallado en su promesa principal. Lejos de generar un bienestar generalizado a partir de la propiedad privada y la libre competencia, la pobreza, el hambre, la desigualdad y la concentración monopólica se han agigantado a límites intolerables. Miles de millones de personas se encuentran por debajo o apenas por encima de la línea de la indigencia. La práctica neoliberal ha cortado a su vez las débiles líneas de apoyo y sustentación social desde el Estado, haciendo de éste una maquinaria de endeudamiento, despojo y represión.
En este panorama de abandono y exclusión, las iglesias neopentecostales, difusoras de la “teología de la prosperidad”, han servido como fundamento teórico del cuentapropismo de subsistencia. El servicio brindado al individualismo con esta correntada de emprendedores de la pobreza es evidente. Al mismo tiempo, las iglesias en sí representan una enorme oportunidad de negocios. Los pastores que encabezan algunas de las principales agrupaciones son propietarios o principales accionistas de fuertes grupos económicos con amplia incidencia mediática y creciente influencia política.
El vértigo de la incertidumbre Los cambios suscitados en las últimas décadas por la aceleración tecnológica han mudado el paisaje externo por completo. Usos, costumbres y dinámicas de la vida social han sufrido variaciones prácticamente totales. Esto ha producido en vastos conjuntos una poderosa sensación de extrañeza. La incerteza acerca del futuro es hoy la única certeza, lo que produce una fuerte sensación interna de inseguridad.
En este mar embravecido, los credos salvacionistas aparecen con su fijeza y su inmovilismo como mástiles firmes. La ilusión de “volver atrás”, a atuendos, rituales y reglas perimidas, ofrecen el atractivo de reavivar viejos paisajes conocidos. En sentido figurado, es como introducirse en un escenario cinematográfico armado para revivir décadas anteriores. Algo similar sucede con la inestabilidad que genera la espectacular posibilidad de la conexión entre las distintas culturas que habitan el planeta. Donde los espíritus humanistas ven la riqueza de la diversidad, el temor ancestral de algunas culturas – fomentado intencionalmente por figuras inescrupulosas de la derecha – hace ver acechanzas y peligros. En ese pantano de exclusión, incertidumbre y diferencias abrevan los nacionalismos a ultranza.
La ruptura del tejido social Como consecuencia del individualismo impulsado por el neoliberalismo y la progresiva pérdida de cohesión por el desgaste de antiguos valores, se ha producido una ruptura severa del tejido social. Como ya señalara Silo hace ya más de dos décadas “los compañeros de trabajo, de estudio, de deporte, y las amistades de otras épocas toman el carácter de competidores; los miembros de la pareja luchan por el dominio, calculando desde el comienzo de esa relación cómo será la cuota de beneficio al mantenerse unidos, o cómo será la cuota al separarse. Nunca antes el mundo estuvo tan comunicado, sin embargo los individuos padecen cada día más una angustiosa incomunicación. Nunca los centros urbanos estuvieron más poblados, sin embargo la gente habla de “soledad”. [2] En este clima de abandono y fracaso viven millones de personas, clamando por ámbitos amables que los acojan y ayuden a sentirse reconocidos y parte de una comunidad. Queda a las claras cómo la oferta evangélica conecta directamente con esa necesidad, mitigando el desamparo y el aislamiento.
La degradación ética o la propagación sin ética Los medios hegemónicos de difusión muestran por doquier muerte, violencia, corrupción. En una proyección de su propio vacío moral, estos propagadores de sinsentido, producen desaliento colectivo, opacando, ocultando o tergiversando las acciones humanas solidarias, el afecto y empeño que millones de seres humanos ponen en sus quehaceres de construcción cotidiana. Por supuesto que existe el delito, la defraudación, la malevolencia. Sólo que la proporción no es la que muestran las cadenas monopólicas. La sensación generalizada por esta propagación sin ética, es que se vive un caos moral de dimensiones apocalípticas. De este malestar se aprovechan predicadores entrenados para amonestar el estado social pecaminoso y anunciar su camino de supuesta redención. El mito de Sodoma y Gomorra cobra vida en encendidos discursos y, como en feria de pueblo, se vende la panacea bíblica como poción eficaz para la restitución moral.
La reacción a la imposición cultural Después de la guerra de mediados de siglo XX, los pueblos lograron producir una importante oleada de autodeterminación. Como había ocurrido en América en el siglo anterior, despertaron a la independencia numerosas naciones de Asia y África hasta entonces sojuzgadas por el yugo colonial. Al mismo tiempo, el bloque socialista y el Movimiento de los No Alineados presentaron una barrera efectiva a las pretensiones de dominación unipolar de la alianza atlántica de Estados Unidos y las ex potencias imperiales europeas.
El bloque occidental respondió a aquel brote emancipador, con la estrategia de recolonización mundial denominada “globalización”, que intentó implantar cánones civilizatorios, valoraciones y hábitos de consumo adaptados a las necesidades de dominio económico y cultural del imperialismo. En reacción a esta imposición brutal, los pueblos buscan refugio en el nacionalismo. Nacionalismo que, al igual que ya sucedió en la anterior crisis económica mundial, es manipulado por las oligarquías establecidas, para culpar al extranjero y no al poder imperial de la situación.
De este modo, la xenofobia se expande como vía catártica a un sistema sin salida, derivando hacia racismos explícitos o encubiertos, dividiendo a los sectores que padecen circunstancias similares, en base a orígenes culturales diferentes. Al mismo tiempo, la autoafirmación étnica provee un sentido de identificación y comunidad que también actúa como placebo ante la disolución de lazos interpersonales y colectivos. El acendrado resurgir nacionalista es una justificada rebelión contra la irracionalidad de pretender un mundo al antojo y medida del poder imperial, como también el intento de recuperar identidad propia y sentidos cohesores en un mundo crecientemente mixto y plural, vertiginoso y sin rumbo manifiesto.
Con la proa al futuro Como ya ha sucedido antes en la historia, las antesalas de un nuevo tiempo traen consigo reflujos de tiempos perdidos. El Renacimiento Humanista, por ejemplo, que logró una verdadera revolución del espíritu humano, comenzó revalorizando motivos griegos y romanos que habían sido sepultados o apropiados por el nuevo imperio católico. Sin embargo, ningún mundo nuevo se ha construido sobre la base de valores desgastados. Las mujeres y los jóvenes protagonistas de las actuales revoluciones serán también los gestores de los paradigmas que ya asoman en una renovada sensibilidad cargada de horizontalidad, autonomía, irreverencia, alegría, desparpajo y creatividad.
Ante esta revolución mundial, las anticuadas estructuras crujen y los pregones del retroceso emiten su chillido gutural. ¿Cuál será el modo de neutralizar la obcecación de la barbarie? Comprender el fenómeno en su raíz es, sin duda, el primer paso.
(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza
[1] Extraido de “Recolonización o Dependencia”, Calloni, S. y Ducrot V. E. [2] Silo. Cartas a mis amigos. http://silo.net/es/collected_
Con una reunión de cancilleres y vicecancilleres de 29 países de América Latina y el Caribe, México dio este miércoles el puntapié inicial para el relanzamiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). La jornada inaugural se completa con la participación del primer mandatario Andrés Manuel López Obrador, quien asumirá formalmente la presidencia pro témpore del organismo durante el año 2020.
La sesión inaugural, que tuvo lugar a puertas cerradas en el Salón Iberoamericano de la Secretaría de Educación Pública de México, no contó con la presencia de Brasil, del régimen de facto de Bolivia – que fue invitado, según refirió el canciller mexicano Marcelo Ebrard – y dos países más que no pudieron llegar por dificultades climatológicas.
Según refirió Ebrard en la rueda de prensa posterior “fue una reunión cordial, de mucho respeto”, centrada no en los temas políticos, “que ya son discutidos en otros foros e instancias” sino en aspectos concretos en los que hay acuerdo e interés común. El hecho de poder reunirnos y escucharnos, después de bastante tiempo sin hacerlo, es en sí mismo un éxito, declaró.
Años que parecen siglos
Hace cinco años, la CELAC, reunida en su segunda Cumbre en la ciudad de La Habana, declaraba a América Latina y el Caribe como Zona de Paz.
Entre los considerandos de esa proclama señera, se reafirmaba el propósito de la integración como medio hacia un orden internacional justo, promoviendo una cultura de paz que excluyera el uso de la fuerza y los medios no-legítimos de defensa, entre ellos las armas de destrucción masiva y, en particular, las armas nucleares.
Entre los compromisos alcanzados entonces, destacaban principios como la “obligación de no intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de cualquier otro Estado y observar los principios de soberanía nacional, la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos”. Asimismo se promovía el respeto al “derecho inalienable de todo Estado a elegir su sistema político, económico, social y cultural, como condición esencial para asegurar la convivencia pacífica entre las naciones”.
A tan sólo un lustro de aquel cónclave, si uno observa el tenor de las declaraciones de gobiernos nucleados en el Grupo de Lima y en la OEA, es evidente que los elevados principios de aquella declaración fundamental han sido traicionados por los regímenes de la derecha continental.
Peor aún es constatar la flagrante violación, no sólo de aquella declaración de la CELAC, sino de todos los principios del Derecho internacional vigente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la propia Carta de Naciones Unidas y unos cuantos instrumentos más, ocasionada por el golpe de Estado perpetrado en Bolivia, alimentado y avalado a través de la misma OEA.
O ver como Washington escribe el guion de las fantochadas de esbirros autoproclamados, que son ratificadas luego por gobiernos cómplices y validadas por medios de comunicación internacionales en un abandono total y lamentable del principio de veracidad periodística.
La reconfiguración de vínculos políticos cercanos de todos esos gobiernos con la administración estadounidense habla a las claras de la planificación y el apoyo logístico y financiero brindado por ésta a la derechización regional.
Según un documento reciente del Foro de Comunicación para la Integración de NuestrAmérica (FCINA), estas acciones se encuadran en una guerra multidimensional contra los proyectos populares de emancipación, en la que el otrora indiscutido hegemón del Norte, enzarzado en una lucha sin cuartel por no perder su primacía, ha emprendido un ataque furibundo contra mecanismos de integración regional como la UNASUR, ALBA-TCP, PetroCaribe y la CELAC.
Frente a este panorama de quiebre de lazos intraregionales, de recolonización e imposición de programas económicos y sociales a la medida del capital, se ha levantado una ola de sublevación. Ola que ha arrojado a la arena institucional a dos nuevos gobiernos de signo nacional y popular en México y Argentina y cuya marejada deparará todavía sorpresas relevantes en la relación de fuerzas hoy adversas al real progreso de los pueblos.
En este escenario, México toma la posta de la presidencia pro témpore de la CELAC bajo la conducción de Andrés Manuel López Obrador.
La propuesta mexicana para la CELAC 2020
Según lo anunciado por el canciller Ebrard ya en Noviembre, la propuesta de México para este período consiste en “trabajar para robustecer la institucionalidad del mecanismo y alcanzar nueva fortaleza en la unidad.” La convocatoria a “forjar logros concretos que beneficien a nuestra comunidad de manera práctica y eficaz, promoviendo con pasos precisos la integración regional latinoamericana y caribeña” dejaba ya entrever una aproximación de corte pragmático, con la que se intenta interesar y acercar a países política- e ideológicamente distanciados.
El programa de acción expuesto en la reunión ministerial celebrada ahora, contiene 14 objetivos cuya consecución está prevista en el marco de los doce meses de duración de la gestión de México al frente de la presidencia pro témpore. Todos ellos relacionados con posibilidades de sinergia multilateral en distintos campos, entre los que figuran la cooperación aeronáutica y aeroespacial, la creación de una red de innovación y un ecosistema científico y una agenda común de universidades para facilitar la movilidad y el intercambio académico.
Asimismo se prevé un programa de acciones en el campo de la gestión de riesgo por desastres y la organización de compras en bloque -por ejemplo de medicamentos- para obtener mejores condiciones. Entre los puntos a consensuar está también la elaboración de una metodología anticorrupción, la realización de un Foro Celac-China para el segundo semestre del año como así también la realización de una reunión plenaria en el marco de la apertura de sesiones anual de Naciones Unidas en septiembre.
Del mismo modo, se pretende iniciar una nueva etapa en la institucionalidad de la CELAC con la definición de mecanismos de rotación de la Presidencia Pro Témpore, el fortalecimiento del intercambio con la CEPAL para facilitar la participación de distintos sectores sociales y la creación de una plataforma virtual que permita el seguimiento en línea y el registro de avances en los compromisos.
Entre las distintas iniciativas se propone crear un Premio CELAC contra la desigualdad y la pobreza, el fomento a la gestión sustentable de recursos oceánicos y el impulso a una diplomacia turística para realizar eventos de promoción de la imagen regional.
Uno de los puntos más relevantes de la propuesta –el más acorde al carácter fundacional de la comunidad que nuclea a 33 naciones de Latinoamérica y el Caribe sin la participación de Estados Unidos y Canadá-, es el de la concertación política regional y el de hablar con voz común en los foros multilaterales.
Por su parte, Felipe Solá, flamante canciller de Argentina, otra gran protagonista junto a México en este relanzamiento de la CELAC, anotó en sus redes sociales: “América Latina y el Caribe deben recuperar sus organizaciones regionales como mecanismos de integración económica y mediación política ante conflictos.”, señalizando con ello el reingreso activo de su país a los escenarios de integración, luego del enorme retroceso ocasionado por el gobierno de Mauricio Macri.
Otro asunto abordado fue el estancamiento económico y social de la región. En este sentido cobró relevancia la presencia de Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, quien entre otros indicadores señaló que en las últimas dos décadas, la desigualdad en América Latina y el Caribe, lejos de disminuir, aumentó.
En las conversaciones bilaterales estuvo presente el tema del posible recambio al frente de la Secretaría General de la OEA, tema que sin guardar pertinencia directa con los propósitos de la CELAC es relevante para los países de la región. Muchos de ellos, quizás la mayoría necesaria, apoyarán el intento de evitar otra gestión nefasta al frente de esa organización como la protagonizada por Luis Almagro.
De cualquier modo, mientras la OEA continúe siendo financiada en más de un 60% por los Estados Unidos y su sede esté a pocos pasos de la Casa Blanca, cualquiera sea el o la personaje elegido/a, su sentido colonial no habrá de modificarse.
Por lo demás, en el contexto de una situación mundial turbulenta y sus repercusiones en la región, es de esperar que los cancilleres de la CELAC, tal como lo señaló en su intervención el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, refrenden sin cortapisas la vocación de preservar la paz en América Latina y el Caribe declarada en 2014 en La Habana.
El sentido estratégico de la CELAC y la integración regional
Más allá del impulso cobrado por el organismo a partir de un programa relativamente desideologizado, de corto plazo y enfocado en logros de carácter práctico, es lícito pensar en el sentido estratégico de la CELAC, y más ampliamente, de la integración regional.
Para ello es inevitable preguntarse por lo que une a los pueblos de América Latina y el Caribe.
La mera vecindad geográfica, a pesar de facilitar el intercambio comercial y la progresiva eliminación de fronteras no es el único factor, ni el más determinante para unir a las naciones de la región.
Tampoco el idioma, ya que además del castellano, el inglés, el portugués, el kréyòl y el neerlandés, hay más de 420 lenguas nativas habladas en la región.
Si se piensa la cultura como factor de cohesión, si bien hay aspectos en común, América Latina y el Caribe son un espacio profundamente multicultural, en el que se entrecruzan los aportes de los pueblos amerindios, las raíces africanas y los migrantes europeos, mediorientales y asiáticos.
Lograr unidad política estratégica para enfrentar embates en la arena geopolítica es ciertamente una necesidad de naciones cuya riqueza de recursos se presenta como un blanco de las apetencias de un capitalismo decadente y desesperadamente ávido de rédito y acumulación.
Pero lo decisivo se encuentra en los procesos históricos. En ellos se hace evidente que los pueblos latinoamericanos y caribeños comparten una huella profunda de colonización, explotación y discriminación. Herida que no comparten con los Estados Unidos y su socio Canadá, los que a pesar de haber sido también colonias, adoptaron a partir del siglo XX el rol de potencia imperialista y apéndice respectivamente.
Por eso es que un verdadero proyecto de integración regional, un proyecto de construcción sobre un sustento histórico sólido es aquel que tiene como centro a la descolonización, al logro de igualdad de condiciones para los pueblos en un nuevo contexto geopolítico de paridad multilateral.
Justamente ése es el signo de la CELAC, que lleva en su seno desde su misma fundación, más allá de las complicaciones e impedimentos de la circunstancia actual, un carácter emancipador y revolucionario de las relaciones internacionales, hoy todavía atascadas, aunque no por mucho más tiempo, por mecanismos de potestad del siglo pasado.
La paz, la cooperación y colaboración entre los pueblos, la reivindicación de la soberanía arrebatada, el rechazo a la colonización económica, política y cultural, la reparación por siglos de vejación, la resolución dialogada de controversias y la integración de las diversidades en una nación sin fronteras, son un signo claro del futuro que merecen los seres humanos que habitan este suelo.
Los pueblos de América Latina y el Caribe deben volver a jugar un rol activo hacia esa nación humana universal, que anuncia el fin de las preeminencias y el sojuzgamiento. Para este propósito, la CELAC constituye un instrumento invalorable.
-Javier Tolcachier es investigador del Centro de Estudios Humanistas de Córdoba, Argentina y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza.
La cronología dirá que un 10 de Noviembre de 2019 Evo Morales Ayma, presidente constitucional de Bolivia, renunció a su cargo. La historia contada por los aparatos de fabricación de sentidos comunes de la derecha, los medios privados dominantes, no insistirá en el hecho que Evo debió abandonar la presidencia para intentar parar la masacre que hordas fascistas estaban ejecutando contra funcionarios de gobierno y sus parientes, militantes de su partido y mujeres con atuendo andino. El falso relato omitirá que, en verdad, el primer presidente indígena de Bolivia fue derrocado por un golpe de Estado. Un presidente que logró avances sociales imponentes, que permitió que los oprimidos de Bolivia, por primera vez en su larga historia, tuvieran dignidad de ciudadanos con igualdad de derechos. Golpe que no solamente se dirige a un dirigente sino a todo un movimiento social, al mejor estilo represivo de las dictaduras del siglo pasado. La historia distorsionada no dirá que Evo es un genuino representante de las organizaciones del campo, un hombre que todos los días desde tempranas horas de la mañana trabajó sin descanso, un dirigente a quien no pudieron endilgarle corrupción ni enriquecimiento personal. Los periodistas mercenarios contarán, por el contrario, que quería “eternizarse en el poder”. Estos tiranos de la comunicación darán voz a quienes denominan “fin de la tiranía” a un golpe de Estado consumado contra un gobierno institucional. En sus relatos emponzoñados glorificarán a los vándalos que quemaron urnas, tribunales, sedes partidarias, que atacaron a mujeres indefensas por su apariencia e identidad. Llamarán “valientes” a quienes por dinero o confusión hicieron de fuerza de choque en los episodios iníciales del golpe, cuando el recuento de votos aún no estaba terminado. Aunque luego, para cuidar las formas, al desatarse la caza de brujas posterior al golpe, denominarán “exceso” a lo que es planificada estrategia. Los medios golpistas alabarán la postura “conciliadora” de Mesa – quien será un débil títere de los Estados Unidos, si es que finalmente le otorgan el sitial presidencial - y la “firmeza”, el “valor” y la “integridad moral” de la versión santacruceña del Ku Klux Klan, Luis Fernando Camacho. Convocarán a la “unidad” y a la “pacificación”, para lo cual habrá que segregar a los actuales gobernantes de futuras contiendas electorales. Evitarán cuidadosamente hablar de “proscripción”, aunque éste sea el término adecuado a sus intenciones. Toda declaración anterior de tinte fascista y racista será borrada o matizada para ocultar el carácter manifiesto del golpe. Los lobos vestirán piel de cordero, para agradar a los ojos del señor. O de los señores de las multinacionales, siempre prestos a desguazar las empresas de recursos naturales nacionalizadas para provecho de ignotos accionistas. La manipulación informativa puntualizará el enorme “aporte” de la Organización de Estados Americanos (OEA) por “denunciar el fraude electoral”. Nadie osará valorar que el informe emitido por esta institución – financiada en un 60% por los Estados Unidos – ni siquiera habla de fraude, pero que ciertamente y según era previsible, tiende un manto de sospecha señalando “irregularidades”. Nadie opinará en estos medios que fue un descuido (quizás forzado) del gobierno poner a esta organización conspirativa como garante de la democracia. Una organización que si gana quien no es funcional a los designios geopolíticos del mal vecino del Norte, coopera públicamente para derrocar al justo vencedor y encumbrar al perdedor. Ningún editorialista de los medios concentrados criticará el silencio de los gobiernos de derecha habitualmente “preocupados” por los derechos humanos y la democracia. A lo sumo, alguna cancillería exhortará a retomar las buenas costumbres republicanas, es decir, aquellas que favorecen al poder establecido. La prensa canalla endiosará a policías y militares por ponerse del lado de la “justa causa del pueblo oprimido”. Prensa que acallará cualquier intento de investigación sobre los móviles de los altos mandos de las fuerzas de seguridad para faltar a su deber de protección ciudadana y de salvaguardar a un gobierno elegido por la voluntad popular. Abundarán en su defecto las crónicas que eliminarán toda referencia al espíritu golpista de su accionar. Sin duda que ninguno de estos medios osará colocar entre sus textos alguna referencia a posibles planes e intrigas con injerencia externa anteriores a la elección, que colocaron al derrocamiento de Evo Morales como su objetivo preciso. Nadie relacionará la guerra por las redes sociales, el incendio intencional en sectores de la Chiquitanía, el recorte informativo sesgado de los mismos medios sobre las políticas del gobierno. Lejos de contextualizar el golpe como una movida geopolítica para socavar la soberanía y la posibilidad de integración de los pueblos de América Latina y el Caribe, algún cronista exaltado, con deseos de ascenso y aumento en su salario - hablará de haber dado un paso importante para quebrar la “nefasta influencia” de Cuba y Venezuela en la región. Como es usual, la historia verdadera develará, muy poco tiempo después, como han sido las cosas en realidad. Lo cierto es que hoy los poderosos, las derechas, los fascistas, los retrógrados y los violentos se frotan las manos y celebran la caída de un gobierno popular. Los pobres de la tierra lloran de angustia y de rabia. Y nosotros con ellos. (*) Javier Tolcachier es investigador del Centro de Estudios Humanistas de Córdoba, Argentina y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza.
Ganó Evo. Ganó el Proceso de Cambio. Por una diferencia exigua, luego de totalizado el conteo, el binomio oficialista superó la barrera de los diez puntos porcentuales sobre el segundo, Carlos Mesa. El representante del neoliberalismo fue ex vicepresidente de “Goñi”, Gonzalo Sánchez de Lozada, responsable de la virulenta represión a los movimientos sociales en el Octubre Negro de 2003, desde entonces prófugo en los Estados Unidos. Luego de su precipitada renuncia ocupó el Ejecutivo durante los siguientes veinte meses.