Eduardo Paz Rada
14/11/2019

El intento de “regularizar” el golpe de estado en Bolivia por parte de los jerarcas militares con los representantes de la derecha oligárquica, apadrinados por Donald Trump y sus operadores regionales establecidos en Miami y el Departamento de Estado, ha desatado la furia popular en las calles y caminos de todo el país, particularmente en el eje troncal de La Paz, El Alto, Norte Potosí, Cochabamba y Santa Cruz, defendiendo la democracia y poniendo el jaque a militares, policías y a la “Guaidó boliviana” escogida como ficha para aparecer como presidenta.

A la bronca por el golpe dado a Evo Morales el pasado 10 de noviembre, quien debía terminar su mandato el 22 de enero próximo, ahora se ha sumado el malestar y protesta por los actos de grupos policiales y políticos conservadores de haber quemado y pisoteado la whipala, emblemática bandera de la identidad indígena elevada a símbolo nacional de la patria. Este hecho trajo a la memoria las declaraciones de Jeanine “Guaidó” Añez que manifestó su rechazo a la whipala después que la Asamblea Constituyente de 2009 la convirtió en símbolo.

La lucha popular se expresa en decenas de miles de obreros, campesinos, comerciantes, informales, indígenas, villeros y vecinos, hombres y mujeres por igual, junto a ancianos y niños, y se ha cobrado la vida de al menos seis personas sin que los medios de comunicación controlados y manipulados den la información. Inclusive en la región de Yapacani (camino de Cochabamba a Santa Cruz) los militares han preparado trincheras de guerra para intentar frenar a los colonizadores de la región.
Hasta ahora el pueblo de la ciudad de El Alto, bastión de la rebelión popular de octubre de 2003 que tiró abajo a los gobiernos neoliberales y a sus partidos, nuevamente se ha convertido en la vanguardia de lucha movilizando a las masas mas excluidas y marginadas, las que en los últimos tres días se han desplegado hacia el centro de la ciudad de La Paz y asedian los palacios ejecutivo y legislativo. A su vez, los campesinos han iniciado el cerco a las ciudades principales restringiendo el comercio de productos básicos de consumo y cerrando totalmente la circulación de vehículos en las carreteras.

Se moviliza todo el pais
En el Norte de Potosí, Uncía y Llallagua, donde confluyen los ayllus o comunidades ancestrales con los trabajadores mineros, el control territorial ha obligado al repliegue de los efectivos policiales y militares, mientras que en las ciudades principales han sido incendiadas más de una decena de cuarteles policiales porque el movimiento popular considera que sectores policiales han traicionado al pueblo y a la democracia con su motín del sábado pasado.

En el sur de Cochabamba los barrios populares han desarrollado masivas manifestaciones que fueron reprimidas por las fuerzas conjuntas de policías y militares, aunque sectores militares se negaron a tomar medidas y protegieron a los manifestantes en el cuartel cercano a la Tamborada, acto parecido se produjo en Oruro, donde los soldados se negaban a salir afirmando que no pueden atacar a su pueblo porque ellos vienen del mismo. El segundo de los dirigentes cocaleros de la región del Chapare, Andrónico Rodriguez, convocó a una movilización nacional y ha anunciado que la movilización de los cocaleros será total controlando un territorio que articula el oriente y el occidente del país.

Esto ha generado bloqueos en Parotani, carretera que vincula a Cochabamba con La Paz y Oruro, y en la región el altiplano andino, por una parte, y la realización de manifestaciones en Montero, cerca a la ciudad de Santa Cruz, y en la ciudad de Cochabamba, al centro del país, por otra.

Evolución de la escalada
El golpe en cascada o bola de nieve estuvo orientado por el dirigente del Comité Cívico de Santa Cruz, Fernando Camacho, quien impulsó concentraciones masivas en la Plaza del Cristo en esa ciudad, rechazando los resultados electorales del 20 de octubre calificados de fraudulentos y pidió la renuncia del presidente Evo Morales. Su acción fue acompañada también con bloqueos urbanos y manifestaciones masivas de los sectores medios y acomodados, principalmente, en varias ciudades del país, las que fueron ampliándose hasta culminar con el motín policial en Cochabamba el sábado 9 de noviembre. Inclusive se incendiaron los edificios de varios Tribunales Departamentales Electorales y de Gobernadores y Alcaldes del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Al día siguiente Camacho ingresó al Palacio de Gobierno en la Plaza Murillo donde dejó una biblia, una bandera y una carta (borrador de renuncia del presidente) y poco después el Alto Mando Militar pidió la renuncia del presidente consolidando el golpe de estado a pesar del pedido de Morales de realizar un dialogo nacional. El discurso de Camacho se caracteriza por el anticomunismo, la exacerbación cristiana, la crítica a la dictadura de Morales y la restitución de la democracia en el país. No dejó de hacerse la analogía de la colonización española con la cruz y la espada sobre los indígenas.

Los parlamentarios conservadores, una minoría tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, vulnerando la Constitución y las leyes, impulsaron a que la senadora Jeanine Añez se autoproclamara presidenta del Estado en una reunión sin quórum de parlamentarios, tomando el Palacio de Gobierno y acelerando la posesión de un nuevo Alto Mando Militar y convocando a la pacificación nacional ante la violencia que se generaliza en el país. Esta situación ha sido respondida con una reunión paralela y mayoritaria de senadores y diputados “masistas” desconociendo las decisiones ilegales y abriendo una situación de alta incertidumbre.

Mientras el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador junto al electo presidente de Argentina, Alberto Fernández, conseguían con grandes dificultades que Evo Morales viaje y se asile en la capital mexicana y reivindicaban la integración soberana y solidaria de América Latina y el Caribe, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, “festejaba” la salida de Morales. De hecho, en Bolivia tambalea el golpe de estado.

Eduardo Paz Rada
Sociólogo boliviano y docente de la UMSA. Escribe en publicaciones de Bolivia y América Latina.
https://www.alainet.org/es/articulo/203243

Katu Arkonada
Rebelión - 29-10-2019

¿Cómo es posible que en el país con mayor crecimiento de la región se ponga en duda la continuidad del presidente responsable de su estabilidad política y económica?

Para responder a esta pregunta vamos a intentar ensayar no una, sino varias respuestas.

Proceso electoral. Aunque se ha explicado varias veces desde el domingo de las elecciones, no ha habido ninguna manipulación de los resultados. De hecho, ningún líder o partido opositor en Bolivia ha presentado ni una sola prueba de fraude, y las actas escaneadas de cada mesa electoral, donde había fiscalización de cada partido político, se pueden consultar en línea en la web del Órgano Electoral Plurinacional (OEP).
Lo que sí hubo es una muy mala gestión de los resultados. En primer lugar, por parte del OEP, que paró la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP)en el 83% una vez que empezó a cargar las actas del cómputo oficial de resultados.

Pero también hubo una pésima gestión comunicativa del gobierno boliviano cuando la oposición interna y externa comenzaron a hacer su trabajo cuestionando los resultados y no supo dar una explicación clara y certera de lo que estaba sucediendo, allanando el camino para que la OEA y las trasnacionales de la información (con Jorge Ramos a la cabeza), que no han cuestionado al gobierno de Piñera por imponer una dictadura violenta y sangrienta en Chile, pudieran sembrar la duda en la opinión pública internacional. De hecho, la mala gestión comunicativa es solo la culminación de un 2019, y especialmente de una campaña electoral, donde no se logró comunicar nunca para qué se quería la reelección de Evo.
Mesa y Chi. Estos dos factores también son importantes para entender los resultados. En principio parece difícil de entender como el vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada y presidente más timorato de la historia, un candidato sin estructura política, haya podido alcanzar en 2019 un 36% de los votos y casi forzar una segunda vuelta que con toda seguridad le hubiese convertido en presidente. También parece difícil de entender como Chi Hyun Chung, un pastor evangélico desconocido y con un discurso homófobo y misógino, haya podido quedar tercero alcanzando más de medio millón de votos (8’78%).
La respuesta es más sencilla de lo que parece, y es que una parte importante de la ciudadanía no ha votado por Mesa, sino contra Evo, aun si el candidato opositor no les convencía. A su vez Chi ha acumulado el voto duro más reaccionario, doblando el porcentaje obtenido por Oscar Ortiz, representante de la derecha cruceña, que quedó en cuarto lugar.
Eso sí, es importante mencionar que la suma de Mesa, centro-derecha, Ortiz, derecha, y Chi, ultraderecha, suma el 49’53% de los votos. Si le sumamos el resto de opciones electorales de derecha que sacaron porcentajes pequeños, la suma supera ampliamente la mayoría de votos.

Podemos concluir por tanto que Evo Morales ha ganado las elecciones en primera vuelta más por deméritos de la oposición, que no fue capaz de unirse ni de construir ni un candidato ni una alternativa electoral sólida, que por méritos del oficialismo. De hecho, es necesario reflexionar la pérdida progresiva del voto que va más allá del núcleo duro del MAS-IPSP, voto que en 2005 fue del 51%, en 2009 del 64% y en 2014 del 61%, bajando al 49% en el referéndum de 2016 y al 46% en 2019.

Factor Evo. Es claro que Evo Morales sigue siendo un líder que interpela a una amplia mayoría social en Bolivia, pero que ha ido perdiendo la confianza de las clases medias urbanas, en un país que paradójicamente se ha ido desplazando de rural a urbano en la medida en que se sacaba de la pobreza a casi 3 millones de personas (la extrema pobreza pasó del 38’4% en 2005 a menos del 15% actual). Pero se construyeron millones de consumidores sin politizar (o más bien, politizados por los medios de comunicación) que han estado a punto de ser los verdugos del proceso de cambio boliviano, de manera similar a lo sucedido en Argentina en 2015.

2019-2025. En 2025 Bolivia festeja su 200 aniversario de la independencia republicana que encabezó, dando su nombre al país, el Libertador Simón Bolívar. Esta segunda y definitiva independencia, y probablemente el cierre de un ciclo constituyente que comenzó antes de la victoria de Evo en 2005 (más bien allá por los 90s con las marchas indígenas en defensa de la tierra, el territorio, y la soberanía sobre los recursos naturales), se presenta como el momento más complicado para un gobierno que reinicia en enero 2020 con el nivel de deslegitimación más alto de sus 14 años de historia.

Y si ya en febrero de 2016 la ciudadanía no entendió (no se le explicó en realidad) la necesidad de un referéndum, toca ahora hacer pedagogía de la necesidad de terminar lo que se empezó. De la necesidad de profundizar el proceso de cambio y apretar el acelerador de la revolución en salud y justicia, los grandes pendientes del proceso. Asimismo, solo una verdadera revolución cultural, que impulse la formación política y la memoria historia, serán garantía de defensa de lo conquistado. Pero para ello, y como la gente no come ideología, es necesario cuidar más que nunca la estabilidad económica y la redistribución de la riqueza.
Y todo ello, ante los cantos de sirena de quienes quieren bajar banderas y construir un proceso light para las clases medias clásicas, apostando por hacer palanca en tu núcleo duro, aquel que, cuando las cosas se ponen complicadas, nunca te abandona.

Javier Tolcachier
29/09/2019

Mucho se ha escrito por estos días acerca de los logros de la economía boliviana durante el gobierno de Evo Morales. Y no es para menos. Entre 2006 y 2018, el PIB de Bolivia creció anualmente 4.9% promedio, encabezando a los países de la región en este rubro desde 2014. Esto significó cuadruplicar el volumen económico del país y pasar de un PIB de algo más de mil dólares per cápita (2005) a 3589 en 2018.
Las reservas del Banco Central de Bolivia aumentaron considerablemente de magros 1174 (2005) a los actuales 8008 millones de dólares, llegando a ser de más de quince mil en 2014. Los créditos productivos se multiplicaron por diez, llegando además la inversión pública a ser del 11% del PIB (2018), también la primera del continente.

por Ivan Schuliaquer /// Fotos: Viojf y Vicky Cuomo
http://www.revistacitrica.com

En buena medida toda lucha política es fundamentalmente una lucha por el monopolio de la administración y la regulación del sentido común: del espacio de las estructuras simbólicas, del orden lógico, de los preceptos morales e instrumentales que tienen las personas en la vida cotidiana. Todo lo que hacen sin la necesidad de reflexionar, pero que les permite ubicarse en el mundo y actuar en consecuencia de ese mundo.

Sergio Martín-Carrillo, Lucía Converti
15/10/2018

En octubre de 2019 tendrán lugar las elecciones presidenciales en Bolivia, es decir, justo dentro de un año. La campaña vendrá marcada por la repostulación de Evo Morales pero, sin duda, el frente económico también será uno de los campos de batalla. El desempeño de la economía boliviana durante la última década ha sido envidiable,