Martín Mosquera
El 7 enero, 2020

En Bolivia, un gobierno reformista de base indígena y campesina, que pareció poner termino en 2006 a la dominación histórica de una minoría racista blanca-mestiza, fue derrocado por un golpe de Estado contrarrevolucionario. La base social del golpe está arraigada en las viejas castas desplazadas y es hegemonizada por sectores proto-fascistas. Los golpistas festejaron quemando whipalas en las calles (bandera que representa a las nacionalidades originarias) y se jactaron de haber derrotado al comunismo. Los testimonios que siguieron al golpe son inquietantes: asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones masivas (inclusive a niños y niñas), persecuciones y quema de viviendas1. Una estremecedora demostración de barbarie revanchista y racista. A diferencia de los golpes “blandos” o “parlamentarios” que hemos visto durante el último periodo latinoamericano, en este caso asistimos más bien a un golpe tradicional, dispuesto a institucionalizar métodos de guerra civil para intentar quebrar la base de masas del anterior gobierno y la larga tradición combativa e insurreccional del pueblo boliviano.

Uno podía esperar que un acontecimiento de estas características provocase el repudio unánime e internacional de toda las personas de sensibilidad democrática o antifascista. Y en gran medida, este ha sido el caso. Sin embargo, algunos sectores progresistas latinoamericanos, especialmente intelectuales, se negaron a repudiar el golpe y respaldaron las movilizaciones opositoras al gobierno de Morales. Estos sectores han defendido la idea de que no estamos frente a un golpe de Estado sino ante una rebelión popular y democrática contra el fraude perpetrado por un gobierno crecientemente autoritario. Se trata obviamente de un análisis extravagante. Sin embargo, dado su inesperado alcance, es necesario analizar y discutir esas posiciones.

Autonomismo, o el liberalismo “desde abajo”, contra el Estado
Luis Tapia, exintegrante del grupo autonomista Comuna, del que proviene también el exvicepresidente Garcia Linera, fue una de las figuras destacadas que desarrolló esas posiciones. Para Tapia, la renuncia de Evo Morales es el resultado de la articulación “de resistencia civil, motín policial y del primer informe de la OEA, que ratifica que hubo un fraude generalizado en todas las fases del proceso electoral”, y enfatiza: “de ninguna manera se trataba de un golpe de estado en el país, sino de una resistencia democrática”2. Yendo más lejos, responsabiliza de la violencia al propio MAS: “La primera fase de violencia desatada por el MAS llevó a que la policía se vea rebasada en varios lugares y a que las turbas financiadas y movilizadas por el MAS siembren terror en la población”3. Explicando la hegemonía derechista dentro del bloque opositor, Tapia adjudica la responsabilidad también al gobierno de Morales. “Esta transición – escribe – se está dando con base a las fuerzas que responden a la configuración del sistema de partidos anterior, fuertemente marcada por el diseño que le imprimió el MAS, es decir, un control monopólico, la eliminación o reducción de la presencia de otras fuerzas de izquierda. Por tanto, lo que queda en el parlamento son las formas de recomposición de la vieja derecha oriental y del centro y centro derecha occidental”. Finalmente, para completar su caracterización, afirma: “el MAS se ha vuelto un partido de derecha, es la principal fuerza de derecha en el país, por el contenido económico y político del gobierno”4. En resumen, una resistencia popular y democrática contra el gobierno autoritario del principal partido de la derecha (!). Pablo Solón, exministro del gobierno de Morales, apoya una tesis similar. Para él, no hubo golpe de estado, sino una rebelión espontánea dirigida por jóvenes. Solón pidió explícitamente la renuncia de Morales y lo responsabilizó por la violencia en curso5.

Algunas figuras feministas, también de orientación autonomista, se han hecho eco de argumentos similares. Maria Galindo, integrante del grupo Mujeres Creando y opositora a Morales desde el comienzo de su gobierno, rechazó inicialmente la existencia de un golpe y apoyó las movilizaciones opositoras a Evo. Ante el devenir de los acontecimientos, luego reconoció el golpe pero argumentó que el gobierno de Morales era el principal responsable del mismo6. Galindo define al gobierno del MAS como “neoliberal” y repite insistentemente la identificación entre Morales y el líder fascista Camacho: “Son equivalentes antagónicos. Ambos asumen el papel del caudillo delirante y machote que está convencido de que son el principio de la verdad, la ley y el bienestar”7. Ante esta polarización, “lo más subversivo es no tener bando”8. Otras destacadas feministas como Raquel Gutiérrez Aguilar o Silvia Rivera Cusicanqui, también hicieron eje en el machismo de Morales y no denunciaron el golpe9.
Raúl Zibechi, intelectual autonomista uruguayo, caracterizó a estos eventos como “un levantamiento popular aprovechado por la ultraderecha”. Los tópicos se repiten: “Morales-Garcia Linera – escribe – renunciaron y lanzaron a sus partidarios a la destrucción y el saqueo (en particular en La Paz y El Alto), probablemente para forzar la intervención militar y justificar así su denuncia de un «golpe» que nunca existió». Pese a que reconoce la existencia de sectores proto-fascistas, aclara tranquilizadoramente que los sectores movilizados contra Morales “no entraron en el juego de la ultraderecha, que actúa de forma violenta y racista contra los sectores populares”10.

Detengámonos un segundo en las concepciones subyacentes a estos argumentos. El razonamiento de Zibechi es prototípico. En último término, sigue escrupulosamente un precepto teórico simple: lo que surge «de abajo» es progresivo, lo que proviene del Estado es reaccionario. Si este binarismo ya era insensato cuando apareció con fuerza en el ciclo de insurrecciones latinoamericanas de 2000-2005, en el actual contexto resulta directamente reaccionario. Cuando se trata de un gobierno reformista de izquierda (o incluso un gobierno “nacionalista burgués”) lo que viene «de arriba» puede ser una conquista social o un derecho democrático. En cambio, lo que viene «de abajo» puede ser una movilización de masas reaccionaria. A Zibechi no le importa que durante los últimos años buena parte de la región haya estado atravesada por movilizaciones sociales derechistas, protagonizadas por sectores medios y altos que se opusieron a gobiernos “progresistas” y que sirvieron de base de masas para reacciones conservadoras o autoritarias (Venezuela, Brasil, Argentina).

Sartre escribió celebremente en Cuestiones de método que la cualidad esencial del dogmatismo es someter a priori los hechos a las ideas: “El subterráneo de Budapest era real en la cabeza de Rakosi; si el subsuelo de Budapest no permitía que se construyese, es que este subsuelo era contrarrevolucionario”. Zibechi somete los eventos bolivianos al lecho de procusto de sus dicotomías: el estado es represor, autoritario, machista, la multitud es pura. Daniel Bensaïd señalaba que la crítica libertaria al estatismo – efectivamente presente en ciertas formas del pensamiento socialista, de Lassalle a Laclau – da lugar a “una ilusión simétrica: viendo en el Estado, no ya el remedio a todos los males, sino su fuente, este socialismo opone al fetichismo del Estado un fetichismo simétrico de lo social, indiferente a las formas y las mediaciones políticas”11. En este caso, el binarismo exige desdeñar un hecho ineludible: las masas movilizadas que mayoritariamente apoyan a Evo Morales o enfrentan al golpe. El recurso de Zibechi para que cierre el argumento, al igual que Solón, Galindo o Tapia, es reducirlas a instrumento del Estado, su fuerza de choque. La verdadera auto-organización se desarrollaría en los sectores medios urbanos que se enfrentan al gobierno, muy diferentes de las “turbas financiadas por el MAS”.

En todas estas criticas la cuestión “institucional” ha cumplido un papel central, sobre todo el cuestionamiento a la inconstitucionalidad de la candidatura de Evo Morales y al presunto fraude en la elección del 20 de octubre. Contra una tradición persistente en el pensamiento marxista, pienso que las cuestiones procedimentales e institucionales tienen su importancia, como parte inescindible de la “cuestión democrática”. Solo a través de instituciones y mediaciones políticas puede democratizarse el poder público y contrapesarse eventuales deformaciones autoritarias. Sin embargo, la crítica “institucional” no debe hipertrofiarse, a riesgo de caer en un liberalismo ramplón. La cuestión de clase, los intereses en juego, la actuación de los sectores dominantes y el imperialismo, el programa de las fuerzas en disputa debe dominar el análisis. Aquí las corrientes libertarias en su crítica anti-Estatal muestran su familiaridad con el liberalismo político. Una especie de liberalismo “desde abajo”, diferente de su “primo hermano” que intenta auto-limitar el poder del Estado actuando en el seno del Estado mismo.

Es necesaria una palabra sobre el informe de la OEA que denuncia el presunto fraude electoral de Morales y que sirve de pretexto para todas las posiciones anteriores. Un análisis detallado del mismo, como algunos autores se han encargado de hacer, no indica que haya habido mayores irregularidades que en cualquier elección convencional12. Es decir, esto se concluye aun si nos atenemos literalmente al informe parcial de la OEA, que tuvo el objetivo político evidente de azuzar la dinámica golpista. Otros organismos y académicos, insospechados de ser afines a Evo Morales, han mostrado investigaciones donde muestran que si hubiese habido irregularidades, se trata de niveles iguales o menores a los de cualquier elección (en el reciente balotaje en Uruguay, por ejemplo, los votos observados fueron mayores a la distancia entre los dos candidatos)13. La candidatura de Evo Morales en cualquier caso representa a una mayoría entre las clases populares y contó con casi la mitad de los votos totales. Sin embargo, algo es aun más importante que estas aclaraciones: en cualquier caso la crítica democrática a una eventual práctica fraudulenta no puede ser pretexto para apoyar un golpe reaccionario y debe articularse de una manera que priorice la lucha contra las fuerzas reaccionarias. Resulta casi embarazoso tener que decir algo tan elemental a gente que se reclama de izquierda.

El eterno retorno del “tercer periodo”
A fines de los años veinte, la dirección de la Internacional Comunista (Komintern), ya dominada por Stalin, formuló una interpretación ultra-izquierdista del fascismo histórico. Evidenciando un fuerte economicismo, el fascismo era entendido como el instrumento puro y simple de una dictadura del capital monopolista sobre el conjunto de la sociedad. Suponiendo una unidad monolítica entre el Estado y las clases dominantes, la Komintern caracterizó como “fascista” a cualquier régimen autoritario de la época (desde el gobierno alemán de Hindenburg, la dictadura polaca de Piłsudski o el régimen de Primo de Rivera), y al conjunto de los partidos de la democracia burguesa, incluyendo a la socialdemocracia (“social-fascismo”). Irresponsable frente al peligro en puertas, la Komintern consideró el ascenso del nazismo al poder como un corto intervalo que anticipaba la revolución proletaria (“después de Hitler, nuestro turno”). Esta perspectiva condujo al Partido Comunista Alemán a la táctica de “clase contra clase”, que no solo rechazó toda unidad de acción antifascista sino que convirtió a la socialdemocracia en el enemigo principal, cuando era inminente el acceso del fascismo al poder. Esta incomprensión derivó, en palabras de Trotsky, en la “página más trágica de la historia moderna”: el ascenso de Hitler al poder, con escasa resistencia, en el país con la clase obrera más grande, mejor organizada, más culta y más politizada de Europa.

Ahora tenemos una nueva forma de “tercer periodo”: la de los (imaginarios) movimientos sociales «autónomos». Hasta tal punto los gobiernos o regímenes políticos “son lo mismo” desde el punto de vista de la “multitud anti-estatal”, que siempre es progresivo un “levantamiento popular” aunque conduzca a un golpe fascista. En la “multitud” se disuelve el papel de la Iglesia, el apoyo de Trump, los grupos fascistas de Camacho, las bandas paramilitares que ultrajan a mujeres masistas, el ejército y la policía. Habría que recordar que el mismo fascismo histórico tuvo un enorme apoyo popular (la “revolución contra la revolución” era la forma en la que el mismo fascismo gustaba autodefinirse) y fue un movimiento de “abajo hacia arriba”. Y muchos intelectuales socialistas hicieron el tránsito hacia el fascismo, siendo Sorel el caso más resonante.

Apoyo (objetivo) al golpe, entonces, pero “desde abajo”. “Después de Camacho, nuestro turno, los movimientos sociales” pensarán los intelectuales autonomistas. Como señaló Isaac Deutscher, la burocratización de la Komintern estalinista, muy diferente del confort parlamentario que llevó a la adaptación institucional de la Segunda Internacional, tuvo la forma inicial de un cierto “heroismo burocratizado”, donde las generaciones comunistas durante el “tercer periodo”, impulsadas por el ejemplo de la revolución de Octubre, se entregaron a la represión y la persecución por su afiliación política. Lejos de todo heroísmo, ahora asistimos más bien a la miseria del academicismo sin ninguna brújula política ni preocupación militante.


Apoyo a la reacción, enfermedad senil del izquierdismo
Rolando Astarita defendió una caracterización similar a las anteriores, aunque con argumentos marxistas diferentes del autonomismo de los autores recién mencionados. Remitiendo al texto de Zibechi, rechazó a “los «políticamente correctos»” que “califican como dictadura militar impuesta por Washington” al gobierno que siguió a la renuncia de Morales. Escribe Astarita: “reducir toda la cuestión a «esto es un golpe preparado por el imperialismo» es lavar las responsabilidades que le caben a los nacionalismos burgueses y burocráticos. Con el agravante de que al negar que sea justa la lucha por libertades democráticas (incluida la lucha contra un fraude electoral), la izquierda cede esta bandera a la derecha, y se aliena las simpatías de amplios sectores de las masas oprimidas”.
En primer lugar, Astarita comete un error simétrico: criticar al gobierno de Morales significa en sus textos renunciar a la denuncia del golpe de estado. En segundo lugar, al igual que los anteriores autores, considera que es necesario ubicarse en el “campo democrático” representado por las movilizaciones contra el presunto fraude, es decir las que condujeron al golpe y fueron hegemonizadas por la extrema derecha. Un punto y otro están unidos: la más elemental tradición socialista exige la defensa del régimen democrático contra un golpe reaccionario; solo se puede llamar a apoyar la movilizaciones contra Morales negando que fueran un momento de la dinámica golpista.

Por otra parte, Astarita desatiende que hubo un sector de la izquierda boliviana que se alineo con la táctica que pregona: el histórico POR, del que fue su máximo dirigente el legendario Guillermo Lora hasta su muerte. Eso no redundó en ganarse para la izquierda “las simpatías de amplios sectores de las masas oprimidas” sino en darle una cobertura por izquierda al golpismo y, precisamente, alienarse a las masas oprimidas que luchan heroicamente contra el golpismo, sobre todo el pueblo del Alto caracterizado por una larga tradición insurreccional. La lucha democrática en juego, al revés de todo lo que piensa Astarita, es obviamente la lucha contra el golpe. Solo cumpliendo un papel en esa lucha es que es posible empalmar con las expectativas de las masas oprimidas.

El eje de los textos de Astarita es su delimitación con el “nacionalismo burgués” (es decir, Evo Morales y el MAS). Ameritaría otro espacio discutir la concepción instrumentalista de la relación entre Estado y clase que implica reducir todo gobierno en el marco de un Estado burgués a un gobierno de la burguesía. En cualquier caso, sería más razonable definir al gobierno de Morales como una dirección pequeño burguesa de base campesina, que tuvo roces significativos con las clases dominantes y el imperialismo (desde el intento secesionista de la burguesía cruceña en 2008 al actual golpe). Sin embargo, el punto más importante puede hacer abstracción de esto y remite a un debate de importancia estratégica en la convulsionada coyuntura latinoamericana. ¿Cómo relacionarse con los fenómenos reformistas, de conciliación de clase, nacionalistas burgueses (o como los definamos) en el marco de la lucha contra la reacción conservadora, autoritaria o proto-fascista en curso en América Latina?
Para responder a esto, Astarita remite a las posiciones de Trotsky ante el Frente Popular español. Escribe: “es instructiva la respuesta que dio el fundador del Ejército Rojo a los que defendían, en la década de 1930, un frente con la burguesía «democrática» , para sumar fuerzas y derrotar “al enemigo principal” (el nazismo, el fascismo, el golpe de Franco). Trotsky decía que con eso sus críticos no iban más allá de la primera regla de la aritmética: la suma de los comunistas, los socialistas, los anarquistas y los liberales era superior “a cada uno de sus términos” (España: última advertencia, p. 98, Barcelona, Fontamara). Sin embargo, en política no basta la aritmética, ya que si los partidos tiran en direcciones opuestas, la resultante del paralelogramo de fuerzas puede ser, con toda probabilidad, nula. Más todavía si esas alianzas debilitan la confianza de la clase obrera en sus propias fuerzas”14. El texto en el que aparece esta cita tiene el objeto de rechazar la unidad de acción anti-golpista con Morales o el MAS, a los que identifica con la “burguesía democrática” del texto de Trotsky.

El paralelo sin embargo es inadecuado. La referencia a Trotsky tiene utilidad para pensar la lucha antifascista y el frente único porque se trató de una de las pocas figuras eminentes del marxismo que se opusieron al “tercer periodo” estalinista (la otra fue Gramsci desde la cárcel) y sus escritos sobre Alemania y el ascenso del nazismo, en palabras de Perry Anderson, “no tiene parangón en los anales del materialismo histórico”. La táctica de Trotsky ante el fascismo era el frente único, es decir una política unitaria hacia los partidos obreros reformistas (estalinistas, socialdemócratas), a la que Astarita no hace ninguna mención. En sus escritos sobre Alemania, Trotsky además señala la fundamental necesidad de ganar a la pequeña burguesía a la lucha antifascista, poniendo como antecedente el bloque contra la tentativa golpista de Kornilov en Rusia. En la lucha contra el general zarista, los bolcheviques no solo llamaron a la unidad a los partidos obreros y campesinos (mencheviques, eseristas) sino que “apoyaron el fusil sobre el hombro de Kerensky”, es decir, sobre un gobierno reformista burgués.

Recordemos, como diría Astarita, “una vieja enseñanza del marxismo revolucionario”: el frente único es una táctica de unidad que permite fortalecer la lucha de la clase trabajadora y, al mismo tiempo, el marco más adecuado para desbordar a las direcciones reformistas a las que se emplaza a la acción unitaria. Es decir, las delimitaciones son efectivamente eficaces en la medida en que surgen de la experiencia práctica de las masas en torno a las vacilaciones de los reformistas para llevar hasta el final una lucha común. Nada fortalece más a las direcciones reformistas que la izquierda revolucionaria aparezca como un factor divisionista que debilita una lucha común en función de una delimitación meramente propagandística. Muy lejos de Trotsky y de la táctica del Frente Único, para Astarita el eje prioritario y la precondición de la lucha contra las fuerzas reaccionarias es la lucha contra el “nacionalismo burgués”, principal obstáculo “para derrotar a la derecha y el militarismo”15. Como vemos, el “tercer periodo” se declina de distintas formas.

Una última palabra sobre los posicionamientos de Astarita. En medio de su serie de artículos sobre Bolivia, incluyó uno centrado en discutir la idea “ultra-izquierdista” de que la insurrección es posible en cualquier circunstancia16. Aunque correcta, se trata de una afirmación un poco obvia. Cualquier marxista recuerda el rechazo de Lenin y los bolcheviques a la insurrección en julio de 1917 porque consideraban que las condiciones no estaban maduras. ¿A qué responde esta intervención? Astarita reconoce finalmente el “avance del poder militar y de fuerzas políticas altamente reaccionarias”. Pero quiere rechazar el reclamo que organizaciones de izquierda le hicieron a Morales de que se pusiera al frente de una lucha contra el golpismo, lo que implicaba convocar a la movilización de masas e incluso prepararse para un eventual escenario de guerra civil. Astarita, leal a su “campo democrático”, no puede comprometerse con la idea de que la forma de detener un golpe ultra-derechista era defender al gobierno “nacionalista burgués” y exigirle una respuesta firme contra los golpistas. Y trata de argumentar eso por la vía oblicua de la falta de condiciones para una insurrección.
Cualquiera que haya seguido de cerca y con información estos eventos y estuviera al tanto del nivel de resistencia popular, de determinación al enfrentamiento y de los recursos sociales y políticos con los que contaba el MAS, no puede caracterizar de antemano que un llamado de Evo Morales a las fuerzas “leales” en el Ejercito y a la movilización de masas para quebrar el golpe era necesariamente una “aventura insurrecional”. ¿Chávez en 2002, cuando derrota la tentativa golpista, estaba en mejores condiciones que Evo en esta circunstancia? Astarita intenta esconder en una cuestión de “cálculo” una desorientación política completa que lo ubica en el triste lugar de haber defendido con argumentos “marxistas” al campo político que condujo al golpe de Estado reaccionario.

Sobre la crítica y la crítica de la crítica
Los intelectuales que tuvieron una posición vacilante contra el golpe fueron ampliamente cuestionados. En su defensa en general alegaron el “derecho a la crítica” y denunciaron, en sus palabras, una cultura política estalinista de ahogo de la disidencia. Es cierto que entre los que defienden a Morales, en Bolivia y en el exterior, hay quienes pregonan practicas de ese tipo. Sin embargo, esta estrategia, que reemplaza el análisis de los hechos por un debate sobre el «derecho a la crítica», parece diseñada para evitar la confrontación con sus propias posiciones.
El problema que estamos abordando aquí no es si uno puede criticar o no al gobierno de Morales. Por supuesto, sacar lecciones críticas de la experiencia es esencial. El verdadero problema con los autores abordados anteriormente es, simplemente, que el contenido de sus críticas, implícita o explícitamente, los alinea con el campo golpista. Son muchos los cuestionamientos posibles a Morales y a su gobierno. La más inmediata va en la dirección contraria a sus críticos cripto-liberales: ¿por qué Morales y su gobierno no pudieron resistir el golpe cuando tenían importantes recursos sociales y políticos a su disposición? Inmediatamente después a la renuncia de Evo, el MAS desarrolló un comportamiento vacilante y errático que puso en evidencia, cuanto menos, la falta de preparación para una situación de este tipo.

Más en general, creo que en los últimos años asistimos a un cierto “aburguesamiento” socialdemócrata del “proceso de cambio”. Es útil retomar el sentido en que Poulantzas definió a la “socialdemocratización” como un riesgo que sigue como su sombra a la “vía democrática al socialismo”, estrategia que él mismo formuló y que hasta cierto punto puede considerarse aplicada en la experiencia boliviana. (Es decir una estrategia que actuara dentro y fuera del Estado, apostando a un acceso electoral al gobierno que se apoyara, estimulara y se viera presionado por un amplio movimiento popular extraparlamentario). Es decir, el riesgo reformista de caer en una progresiva adaptación institucional, donde se descuidara la lucha de masas y se reprodujera la “concepción socialdemócrata clásica de una lucha integrada en los aparatos del Estado”. Poulantzas aclara de forma tajante: “donde no haya movilización masiva, no hay vuelta de hoja, habrá como mucho una nueva experiencia socialdemócrata”17.

En este caso, el relajamiento socialdemócrata parece vinculado a la confianza en la capacidad de estabilización política del crecimiento económico y en la estrategia de acuerdos con los sectores de la burguesía que no fueron expropiados en la primera fase del proceso (principalmente en el ciclo 2006-2010)18. La contracara de esta integración socialdemócrata a las instituciones del Estado fue la ausencia de estimulo a la politización del movimiento de masas ni bien se distendieron las relaciones con las clases dominantes luego de la crisis secesionista de 2008. De hecho, la determinación que el gobierno mostró en la derrota de la tentativa golpista y separatista de 2008 en comparación con la debilidad y la falta de respuesta ante los sucesos actuales es probablemente síntoma de este proceso.
En términos ambientales, la política extractivista y proyectos como el del TIPNIS deben también ser cuestionados. En términos de género hubo avances, como la Ley 348 contra la violencia de género y el femicidio, pero modestos. En términos democráticos, la falta de recambio en el liderazgo, el rechazo al resultado del referéndum convocado por el mismo gobierno y la persistencia de una cultura política caudillista, lesionaron la confianza de sectores populares afines. Todas estas limitaciones fortalecieron al enemigo, lesionaron la base social del gobierno y permitieron a la burguesía esperar agazapada hasta el momento adecuado. Por eso hubo una cierta base de apoyo popular en el golpe, sobre todo en los sectores medios urbanos. No hacemos ningún favor al “proceso de cambio” si soslayamos estos errores y limitaciones. Parte de la lucha anti-golpista es reconocer los factores que la debilitan.

Las acciones y las palabras tienen importancia, más aun cuando cuestiones de tanta envergadura están en juego. El triste papel de legitimar por izquierda un golpe contrarrevolucionario no puede ser tratado como una trivialidad. En el mundo académico todo es educadamente moderado y todas las opiniones “respetables” e “interesantes”. La lucha de clases es un entorno más crudo, donde junto a las opiniones se ponen en juego vidas y cuerpos. Estamos viviendo momentos extremadamente turbulentos en América Latina, donde en los mismos días se desarrolla una insurrección popular sin precedentes en Chile y un golpe de estado reaccionario en Bolivia. Es necesario prepararnos adecuadamente para las batallas que vendrán y extraer las lecciones adecuadas de nuestras experiencias. Mientras el pueblo pobre y campesino de Bolivia enfrenta heroicamente un golpe reaccionario, es preciso ajustar cuentas con quienes le dieron apoyo o tácita legitimidad “por izquierda”.

1 Ver “Declaración de la Delegación Argentina en Solidaridad con Bolivia” disponible en http://www.resumenlatinoamericano.org/2019/12/01/bolivia-argentina-declaracion-de-la-delegacion-argentina-en-solidaridad-con-bolivia/
2 Tapia, Luis, “Crisis política en Bolivia: la coyuntura de disolución de la dominación masista”, disponible en http://www.cides.edu.bo/webcides2/index.php/interaccion/noticias-f/264-crisis-politica-en-bolivia-la-coyuntura-de-disolucion-de-la-dominacion-masista
3 Op. Cit.
4 Op. Cit.
5 Solón, Pablo, “¿Qué pasó en Bolivia? ¿Hubo un golpe?, disponible en https://www.somoselmedio.com/2019/11/22/que-paso-en-bolivia-hubo-un-golpe/
6 Galindo, María, “Bolivia: La Noche de los cristales rotos”, disponible en https://www.lavaca.org/notas/bolivia-la-noche-de-los-cristales-rotos-por-maria-galindo/
7 Ver Galindo, María, “Evo Morales no es el dueño de las luchas sociales en Bolivia”, disponible en https://elpais.com/internacional/2019/12/02/actualidad/1575327012_315682.html
8 Galindo, María, “Bolivia: La Noche de los cristales rotos”, disponible en https://www.lavaca.org/notas/bolivia-la-noche-de-los-cristales-rotos-por-maria-galindo/
9 Para una respuesta feminista a los planteos de Galindo y otras referentes, ver Guzmán, Adriana, «El golpe de Estado en Bolivia es racista, patriarcal, eclesiástico y empresarial”, disponible en: https://www.pagina12.com.ar/230580-el-golpe-de-estado-en-bolivia-es-racista-patriarcal-eclesias
10 Zibechi, Raúl, “Bolivia: un levantamiento popular aprovechado por la ultraderecha”, disponible en https://desinformemonos.org/bolivia-un-levantamiento-popular-aprovechado-por-la-ultraderecha/
11 Bensaïd, Daniel, Cambiar el mundo, Editorial Sol90, Madrid, pág. 132.
12 Para un análisis detallado del informe parcial de la OEA, ver Huarte, Valentin, Notas sobre la coyuntura en Bolivia, disponible en https://www.intersecciones.com.ar/2019/11/15/notas-sobre-la-coyuntura-en-bolivia/ .
13 Para ver la investigación critica de la OEA realizada por el organismo norteamericano CEPR [Centre for Economic and Policy Research], ver http://cepr.net/images/stories/reports/bolivia-elections-2019-11-spanish.pdf . Para ver la investigación a cargo del especialista Walter R. Mebane, Jr., de la Universidad de Michigan, http://www-personal.umich.edu/~wmebane/Bolivia2019.pdf Para ver el manifiesto firmado por más de cien expertos internacionales pidiendo rectificación a la OEA sobre sus declaraciones engañosas sobre el presunto fraude, ver https://gdoc.pub/doc/e/2PACX-1vRjdB4Fv5ZuiFRhEv5FxVE03w9jMdjgRAFp6mVIZJF5a4Zd1fFQR0l_dF9pG_aEBySEsI3KXus3-ymI
14 Astarita, Rolando, “Bolivia y la política de unidad frente al enemigo principal”, disponible en https://rolandoastarita.blog/2019/11/22/bolivia-y-la-politica-de-unidad-frente-al-enemigo-principal/
15 Op. Cit.
16 Astarita, Rolando, “Bolivia, sobre espontaneismo y ultraizquierdismo”, disponible en Astarita, Rolando https://rolandoastarita.blog/2019/11/30/bolivia-sobre-espontaneismo-y-ultraizquierdismo/
17 Poulantzas, Nicos, El Estado y la transición al socialismo, disponible en https://www.intersecciones.com.ar/2019/03/18/el-estado-y-la-transicion-al-socialismo-entrevista-realizada-a-nicos-poulantzas-por-henri-weber/
18 De hecho, es un hecho que en este caso la burguesía no estaba previamente involucrada en una estrategia abiertamente destituyente del gobierno, lo que tradicionalmente incluye el recurso a la huelga de inversiones y al sabotaje económico, como vimos en el Chile de Allende o en la Venezuela chavista.

Por Juan Manuel Karg
22 de noviembre de 2019

"El intelectual está para incomodar" es el latiguillo utilizado por algunos intelectuales de América Latina y el Caribe para cuestionar en los últimos días a Evo Morales, quien sufrió un golpe de Estado y se encuentra asilado en ciudad de México, a 8500 kilómetros de La Paz. Desde esta perspectiva, Morales habría incurrido en una serie de errores que, indefectiblemente, llevaron a este desenlace. “Cayó por su propio peso" fue otra de las apreciaciones que giraron en torno a esa construcción de sentido, en la cual el líder aymara sería responsable máximo de la situación actual de Bolivia. La idea de este artículo no es discutir con tal o cual intelectual, sino con las ideas centrales que han planteado, en base a lo que está sucediendo en Bolivia.

Empecemos: ¿por qué a algunos intelectuales les resulta más fácil "incomodar" a un expresidente que está asilado en otro país para intentar salvar su vida que "incomodar" a un gobierno de facto como el de Jeanine Añez, que a lo largo de una semana cuenta ya con más de 30 víctimas fatales en sus espaldas? ¿No será que estos intelectuales se sienten “incómodos” de defender a un líder nacional-popular al que siempre cuestionaron cuando estaba en el Palacio Quemado? Un golpe debería, en cualquier caso, ser la “linea roja”: la condena al golpismo y el llamado a la defensa de la democracia boliviana primero, luego el debate en torno a la figura de Morales y sus posibles errores en el pasado.

Por otro lado: ¿qué le incomoda más a Añez, presidenta de facto de Bolivia? ¿Qué los intelectuales sigan debatiendo el referéndum del 21 de febrero de 2016 y la posterior repostulación de Evo o que cuestionen la feroz represión que tuvo lugar en Sacaba, Cochabamba, y Senkata, El Alto? Mientras nos volcamos a estas discusiones sobre liderazgos y relevos, relevantes dentro del campo de las Ciencias Sociales, hay decenas de muertos en las morgues. Hay madres llorando a sus hijos. Hay vía libre a las FFAA, a través del decreto 4078, que consagra impunidad para disparar sin ser penalmente responsable, en aras del “orden social”.

Sigamos: incómodo hoy en Bolivia es ser indígena, ante la brutal revancha racista y clasista que ya se erige sobre aquellos sectores que ampliaron sus derechos desde el 2006 a esta parte. La quema de la whipala por parte de los golpistas es parte de ese entramado. Incómodo es soportar los gases lacrimógenos y las balas de plomo de un gobierno que amenazó con una “cacería” a dirigentes del Movimiento al Socialismo y llegó a hablar de “sedición” de parte de algunos periodistas extranjeros que llegaron a cubrir lo que allí sucedía. Incómodo es comprobar que los propios dirigentes del MAS casi no emiten opiniones públicas, ante el temor de ser detenidos por el gobierno de facto, que los acusa públicamente de “terrorismo”.

Incómodo hoy en Bolivia es tener que contar lo que pasa desde los medios de comunicación concentrados. La mayoría de ellos se plegó al golpe de Estado y apoyan al gobierno de facto de forma indisimulada. Unitel Red Uno, Bolivia TV, ATB, PAT, RTP, Página Siete, El Deber, Fides y Erbol tienen una cobertura de respaldo a la gestión de la autoproclamada Añez. Aquellos periodistas que, dentro de estos medios, no comparten la línea editorial, tienen expreso temor de hacerlo público para no sufrir represalias. ¿Es raro? No, es una de las características de los gobiernos autoritarios: buscar una total hegemonía mediática que hable de enfrentamientos y culpabilice a los manifestantes, que intente instalar la vieja idea del “se mataron entre ellos”. ¿Los intelectuales no deberían estar discutiendo este cercenamiento a la libertad de expresión en vez de seguir repitiendo la parlanchina del “pero Evo”? ¿No sería intelectualmente más honesto?

Un intelectual no debe perder nunca su capacidad crítica. Partimos de esa base. Compartimos ese principio. Pero hay momentos y momentos para ejercer ese rol. ¿Los intelectuales cuestionaron a Allende una semana después del golpe de Estado en Chile? No, algunos con más tiempo y rigurosidad si hicieron una revisión de lo hecho y lo no hecho, pero siempre desde la honestidad intelectual y una lógica distancia temporal. ¿Qué hizo la mayoría de los intelectuales en ese tiempo? Condenar enfáticamente el golpe de Augusto Pinochet, que implantó una de las dictaduras más sangrientas y duraderas del continente. Imaginemos, por un segundo, el irrespeto que hubiera significado un “pero Allende” el 18 de septiembre de 1973.

Bolivia vive hoy las derivas de un golpe de Estado que inició con la violencia del dirigente cruceño Luis Fernando Camacho, la complicidad del candidato perdedor Carlos Mesa, un amotinamiento policial que liberó la Plaza Murillo y se consumó tras el llamado de las FFAA para que el presidente renuncie. Hay un Jefe de Estado constitucional, que debería haber finalizado su mandato en enero de 2020, exiliado en México. Hay una presidenta autoproclamada, sin quórum, que otorgó vía decreto impunidad a las FFAA y, acto siguiente, les sirvió en bandeja una partida de 5 millones de dólares para equipamiento. Un coctel explosivo: libertad de acción y más herramientas en mano. Hay medios de comunicación absolutamente alineados al relato golpista, con periodistas atemorizados, que si se corren un milímetro de la nueva construcción mediática en torno a Evo -terrorista, narcotraficante, vándalo- ven en peligro su fuente laboral. Y, lastimosamente, hay algunos intelectuales que, incluso en este marco que detallamos, continúan con el “pero Evo” como bandera.

Cerramos este artículo con una frase final, que intenta ser una sintesis de lo que hemos planteado: cuando se intenta juzgar a las víctimas no hay que confundir incomodidad con irresponsabilidad.

 Marco Teruggi
21/11/2019  La haine
Segato: "Evo Morales cayó por su propio peso, no fue víctima de un golpe".
Zibechi: "La OEA sostuvo al gobierno hasta el final"

Varias cosas me llaman la atención de las recientes palabras de Segato. En primer lugar, la operación de reducción de quienes defendemos a Evo Morales y nos oponemos al golpe de Estado: tenemos una posición binaria, lo endiosamos, somos Boca-River, lógica de guerra fría, sin ninguna capacidad crítica para el análisis y hasta cerrados para escuchar.

Es un llamado a la complejidad -que podría estar bien- pero parte de caricaturizar y reducir a todos quienes, según ella, no lo estaríamos haciendo. Según su análisis no tenemos capacidad de mirada crítica, de reflexionar sobre los errores cometidos, sobre el referéndum del 2016, los límites del proceso, las divisiones en movimientos del proceso de cambio, las dirigencias, los flancos que le dejamos abierto al enemigo que avanzó violentamente.

En segundo lugar: el error de análisis sobre qué sucedió en Bolivia, los sujetos, actores de conducción, poderes fácticos operando para lograr el derrocamiento. La cuestión sería así, reconstruyo de sus palabras: los errores y el descrédito fueron tan grandes que Evo «cayó por su propio peso» y luego de eso vino el golpe de Estado «oportunista». Eso lo planteó también Raúl zibechi. ¿Que Evo perdió legitimidad con el referéndum del 2016 y el error del conteo del TREP el domingo 20 de octubre y eso generó una base que se movilizó contra él? Sin dudas.

Pero eso es tan evidente como la composición social predominante de esa base movilizada, las conducciones civiles, empresariales, internacionales, la conformación de grupos de choque armados, la confirmación de que parte de la dirección de la policía y los militares estaban en el esquema golpista que venía preparado desde antes.

Lo que me resulta poderosamente llamativo es que pensara -ella y otres más [Raúl Zibechi, Raquel Gutiérrez...]- que de eso que se expresaba en las calles iba a nacer otra cosa que lo que estamos viendo día tras día, noche tras noche. ¿Tanta capacidad cierta de complejidad para analizar los proyectos progresistas/de izquierda, sus errores, límites, puntos ciegos, etc., y tan poca capacidad de reconocer al enemigo cuando viene a hacer una revancha clasista, imperial y restauradora? Es como un asombro ante la barbarie, una suerte de pedirle a los golpistas -como hace Stefanoni- que no incurran en actos del mal y sean moderados.

En tercer lugar: el momento. Anoche existió una nueva masacre, hay listas de compañeros compañeras que son objetivos políticos a ser asesinados, algunos están en embajadas, viendo cómo sobrevivir, existe licencia por decreto para las Fuerzas Armadas para matar, presupuesto adicional para hacerlo, una autoproclamada y su ministro de gobierno que niega o justifica cada muerte. Hay también un poder norteamericano que celebra el avance su plan para el continente que toma posiciones. La pregunta es: ¿qué se debe/puede hacer en estos momentos? No tengo una respuesta cerrada -no creo que la haya, ni que exista una sola respuesta-, pero me resulta claro que no es lo que plantea Segato.

Por último, la situación es muy compleja en Bolivia, tanto por la violencia de la restauración golpista, como por la dificultad de construir direcciones coordinadas -o una sola coordinación general- para articular una resistencia al golpe. Esa dificultad está tanto en el MAS frente al espacio legislativo, como en los movimientos, la organización popular como, por ejemplo, en El Alto. Ya en la dificultad para enfrentar la ofensiva golpista se vio las debilidades del proceso de cambio, que ahora se expresan en este momento de licencia para matar y perseguir.

El panorama es muy crudo, los levantamientos y movilizaciones de la gente se enfrentan a balas, una protección y articulación norteamericana -que Segato y otres minimizan- una maquinaria mediática que trabaja para legitimar el golpe presentándolo como todo salvo como un golpe y que, se quiera o no, termina haciendo propio todo discurso que cuestione la existencia de un golpe.

¿Evo debería intentar regresar? ¿Regresar para presentarse? ¿Para acompañar otra candidatura? No tengo la respuesta, pero la primera pregunta es: ¿lo dejarán volver a Bolivia? No parece, y lo más seguro es que le armen causas para que no pueda regresar. Dependerá, como muchas cuestiones en pleno desarrollo, de la correlación de fuerzas que se logre construir.

En estos días recordaba una frase de Rodolfo Walsh:

«Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra».

Entiéndase por «su país» el continente americano.

Por último: no olvidemos nunca que Evo Morales ganó las elecciones del pasado 20 de octubre.

La Haine

Eduardo Paz Rada
14/11/2019

El intento de “regularizar” el golpe de estado en Bolivia por parte de los jerarcas militares con los representantes de la derecha oligárquica, apadrinados por Donald Trump y sus operadores regionales establecidos en Miami y el Departamento de Estado, ha desatado la furia popular en las calles y caminos de todo el país, particularmente en el eje troncal de La Paz, El Alto, Norte Potosí, Cochabamba y Santa Cruz, defendiendo la democracia y poniendo el jaque a militares, policías y a la “Guaidó boliviana” escogida como ficha para aparecer como presidenta.

A la bronca por el golpe dado a Evo Morales el pasado 10 de noviembre, quien debía terminar su mandato el 22 de enero próximo, ahora se ha sumado el malestar y protesta por los actos de grupos policiales y políticos conservadores de haber quemado y pisoteado la whipala, emblemática bandera de la identidad indígena elevada a símbolo nacional de la patria. Este hecho trajo a la memoria las declaraciones de Jeanine “Guaidó” Añez que manifestó su rechazo a la whipala después que la Asamblea Constituyente de 2009 la convirtió en símbolo.

La lucha popular se expresa en decenas de miles de obreros, campesinos, comerciantes, informales, indígenas, villeros y vecinos, hombres y mujeres por igual, junto a ancianos y niños, y se ha cobrado la vida de al menos seis personas sin que los medios de comunicación controlados y manipulados den la información. Inclusive en la región de Yapacani (camino de Cochabamba a Santa Cruz) los militares han preparado trincheras de guerra para intentar frenar a los colonizadores de la región.
Hasta ahora el pueblo de la ciudad de El Alto, bastión de la rebelión popular de octubre de 2003 que tiró abajo a los gobiernos neoliberales y a sus partidos, nuevamente se ha convertido en la vanguardia de lucha movilizando a las masas mas excluidas y marginadas, las que en los últimos tres días se han desplegado hacia el centro de la ciudad de La Paz y asedian los palacios ejecutivo y legislativo. A su vez, los campesinos han iniciado el cerco a las ciudades principales restringiendo el comercio de productos básicos de consumo y cerrando totalmente la circulación de vehículos en las carreteras.

Se moviliza todo el pais
En el Norte de Potosí, Uncía y Llallagua, donde confluyen los ayllus o comunidades ancestrales con los trabajadores mineros, el control territorial ha obligado al repliegue de los efectivos policiales y militares, mientras que en las ciudades principales han sido incendiadas más de una decena de cuarteles policiales porque el movimiento popular considera que sectores policiales han traicionado al pueblo y a la democracia con su motín del sábado pasado.

En el sur de Cochabamba los barrios populares han desarrollado masivas manifestaciones que fueron reprimidas por las fuerzas conjuntas de policías y militares, aunque sectores militares se negaron a tomar medidas y protegieron a los manifestantes en el cuartel cercano a la Tamborada, acto parecido se produjo en Oruro, donde los soldados se negaban a salir afirmando que no pueden atacar a su pueblo porque ellos vienen del mismo. El segundo de los dirigentes cocaleros de la región del Chapare, Andrónico Rodriguez, convocó a una movilización nacional y ha anunciado que la movilización de los cocaleros será total controlando un territorio que articula el oriente y el occidente del país.

Esto ha generado bloqueos en Parotani, carretera que vincula a Cochabamba con La Paz y Oruro, y en la región el altiplano andino, por una parte, y la realización de manifestaciones en Montero, cerca a la ciudad de Santa Cruz, y en la ciudad de Cochabamba, al centro del país, por otra.

Evolución de la escalada
El golpe en cascada o bola de nieve estuvo orientado por el dirigente del Comité Cívico de Santa Cruz, Fernando Camacho, quien impulsó concentraciones masivas en la Plaza del Cristo en esa ciudad, rechazando los resultados electorales del 20 de octubre calificados de fraudulentos y pidió la renuncia del presidente Evo Morales. Su acción fue acompañada también con bloqueos urbanos y manifestaciones masivas de los sectores medios y acomodados, principalmente, en varias ciudades del país, las que fueron ampliándose hasta culminar con el motín policial en Cochabamba el sábado 9 de noviembre. Inclusive se incendiaron los edificios de varios Tribunales Departamentales Electorales y de Gobernadores y Alcaldes del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Al día siguiente Camacho ingresó al Palacio de Gobierno en la Plaza Murillo donde dejó una biblia, una bandera y una carta (borrador de renuncia del presidente) y poco después el Alto Mando Militar pidió la renuncia del presidente consolidando el golpe de estado a pesar del pedido de Morales de realizar un dialogo nacional. El discurso de Camacho se caracteriza por el anticomunismo, la exacerbación cristiana, la crítica a la dictadura de Morales y la restitución de la democracia en el país. No dejó de hacerse la analogía de la colonización española con la cruz y la espada sobre los indígenas.

Los parlamentarios conservadores, una minoría tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, vulnerando la Constitución y las leyes, impulsaron a que la senadora Jeanine Añez se autoproclamara presidenta del Estado en una reunión sin quórum de parlamentarios, tomando el Palacio de Gobierno y acelerando la posesión de un nuevo Alto Mando Militar y convocando a la pacificación nacional ante la violencia que se generaliza en el país. Esta situación ha sido respondida con una reunión paralela y mayoritaria de senadores y diputados “masistas” desconociendo las decisiones ilegales y abriendo una situación de alta incertidumbre.

Mientras el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador junto al electo presidente de Argentina, Alberto Fernández, conseguían con grandes dificultades que Evo Morales viaje y se asile en la capital mexicana y reivindicaban la integración soberana y solidaria de América Latina y el Caribe, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, “festejaba” la salida de Morales. De hecho, en Bolivia tambalea el golpe de estado.

Eduardo Paz Rada
Sociólogo boliviano y docente de la UMSA. Escribe en publicaciones de Bolivia y América Latina.
https://www.alainet.org/es/articulo/203243

Katu Arkonada
Rebelión - 29-10-2019

¿Cómo es posible que en el país con mayor crecimiento de la región se ponga en duda la continuidad del presidente responsable de su estabilidad política y económica?

Para responder a esta pregunta vamos a intentar ensayar no una, sino varias respuestas.

Proceso electoral. Aunque se ha explicado varias veces desde el domingo de las elecciones, no ha habido ninguna manipulación de los resultados. De hecho, ningún líder o partido opositor en Bolivia ha presentado ni una sola prueba de fraude, y las actas escaneadas de cada mesa electoral, donde había fiscalización de cada partido político, se pueden consultar en línea en la web del Órgano Electoral Plurinacional (OEP).
Lo que sí hubo es una muy mala gestión de los resultados. En primer lugar, por parte del OEP, que paró la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP)en el 83% una vez que empezó a cargar las actas del cómputo oficial de resultados.

Pero también hubo una pésima gestión comunicativa del gobierno boliviano cuando la oposición interna y externa comenzaron a hacer su trabajo cuestionando los resultados y no supo dar una explicación clara y certera de lo que estaba sucediendo, allanando el camino para que la OEA y las trasnacionales de la información (con Jorge Ramos a la cabeza), que no han cuestionado al gobierno de Piñera por imponer una dictadura violenta y sangrienta en Chile, pudieran sembrar la duda en la opinión pública internacional. De hecho, la mala gestión comunicativa es solo la culminación de un 2019, y especialmente de una campaña electoral, donde no se logró comunicar nunca para qué se quería la reelección de Evo.
Mesa y Chi. Estos dos factores también son importantes para entender los resultados. En principio parece difícil de entender como el vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada y presidente más timorato de la historia, un candidato sin estructura política, haya podido alcanzar en 2019 un 36% de los votos y casi forzar una segunda vuelta que con toda seguridad le hubiese convertido en presidente. También parece difícil de entender como Chi Hyun Chung, un pastor evangélico desconocido y con un discurso homófobo y misógino, haya podido quedar tercero alcanzando más de medio millón de votos (8’78%).
La respuesta es más sencilla de lo que parece, y es que una parte importante de la ciudadanía no ha votado por Mesa, sino contra Evo, aun si el candidato opositor no les convencía. A su vez Chi ha acumulado el voto duro más reaccionario, doblando el porcentaje obtenido por Oscar Ortiz, representante de la derecha cruceña, que quedó en cuarto lugar.
Eso sí, es importante mencionar que la suma de Mesa, centro-derecha, Ortiz, derecha, y Chi, ultraderecha, suma el 49’53% de los votos. Si le sumamos el resto de opciones electorales de derecha que sacaron porcentajes pequeños, la suma supera ampliamente la mayoría de votos.

Podemos concluir por tanto que Evo Morales ha ganado las elecciones en primera vuelta más por deméritos de la oposición, que no fue capaz de unirse ni de construir ni un candidato ni una alternativa electoral sólida, que por méritos del oficialismo. De hecho, es necesario reflexionar la pérdida progresiva del voto que va más allá del núcleo duro del MAS-IPSP, voto que en 2005 fue del 51%, en 2009 del 64% y en 2014 del 61%, bajando al 49% en el referéndum de 2016 y al 46% en 2019.

Factor Evo. Es claro que Evo Morales sigue siendo un líder que interpela a una amplia mayoría social en Bolivia, pero que ha ido perdiendo la confianza de las clases medias urbanas, en un país que paradójicamente se ha ido desplazando de rural a urbano en la medida en que se sacaba de la pobreza a casi 3 millones de personas (la extrema pobreza pasó del 38’4% en 2005 a menos del 15% actual). Pero se construyeron millones de consumidores sin politizar (o más bien, politizados por los medios de comunicación) que han estado a punto de ser los verdugos del proceso de cambio boliviano, de manera similar a lo sucedido en Argentina en 2015.

2019-2025. En 2025 Bolivia festeja su 200 aniversario de la independencia republicana que encabezó, dando su nombre al país, el Libertador Simón Bolívar. Esta segunda y definitiva independencia, y probablemente el cierre de un ciclo constituyente que comenzó antes de la victoria de Evo en 2005 (más bien allá por los 90s con las marchas indígenas en defensa de la tierra, el territorio, y la soberanía sobre los recursos naturales), se presenta como el momento más complicado para un gobierno que reinicia en enero 2020 con el nivel de deslegitimación más alto de sus 14 años de historia.

Y si ya en febrero de 2016 la ciudadanía no entendió (no se le explicó en realidad) la necesidad de un referéndum, toca ahora hacer pedagogía de la necesidad de terminar lo que se empezó. De la necesidad de profundizar el proceso de cambio y apretar el acelerador de la revolución en salud y justicia, los grandes pendientes del proceso. Asimismo, solo una verdadera revolución cultural, que impulse la formación política y la memoria historia, serán garantía de defensa de lo conquistado. Pero para ello, y como la gente no come ideología, es necesario cuidar más que nunca la estabilidad económica y la redistribución de la riqueza.
Y todo ello, ante los cantos de sirena de quienes quieren bajar banderas y construir un proceso light para las clases medias clásicas, apostando por hacer palanca en tu núcleo duro, aquel que, cuando las cosas se ponen complicadas, nunca te abandona.