América Latina
Alfredo Serrano Mancilla   
30/04/2018

Más allá de que ganen o pierdan en sus próximas citas electorales, ya podemos afirmar que ha surgido otra ola progresista en la región. Este nuevo bloque está conformado por: MORENA, en México, con Andrés Manuel López Obrador al frente; Gustavo Petro, de Colombia Humana; Verónika Mendoza con Nuevo Perú; y los jóvenes Gabriel Boric y Giorgio Jackson del Frente Amplio, en Chile. Ninguno de ellos es un personaje nuevo en la política, pero sí lo son sus formaciones políticas. Cada una tiene sus particularidades, propias del contexto histórico de cada país. Y, sin embargo, todas estas alternativas tienen rasgos característicos en común:

Marcelo Caruso Azcárate
12/04/2018

"Mientras que las luchas emancipatorias, revolucionarias por su programa anticapitalista son parte de la historia de las luchas sociales y de clase, las contrahegemónicas por la vía electoral son aún muy jóvenes. El haber logrado entrar a la opción de gobernar es consecuencia de las crisis estructurales del sistema, las que hace 100 años se consideraban como posibles y terminales para el sistema capitalista, mientras que hoy comprendemos que nos toca vivir y sufrir sus crisis secuenciales, pero también sus renaceres más agresivos. Por eso, el balance de los resultados alcanzados no pueden ser derrotistas ni idealizados. Así se dio, así fue. Pudo ser mucho mejor pero ese es el nivel de conciencia de las direcciones y de poder autónomo e independiente de los pueblos que las sostienen. En clave popular, «eso es lo que ha dado la tierrita», y la próxima vez deberá ser mejor."

Gonzalo Galindo Delgado        
27/02/2018

Por primera vez en nuestra historia, desde Gaitán, la clase política colombiana tiene miedo. De allí su designio: hundir a Petro, cueste lo que cueste.
Puede gustarnos o no, pero el fenómeno más sorprendente de la coyuntura política reciente en Colombia tiene nombre propio: Gustavo Francisco Petro Urrego.

Silvina M. Romano
ALAI AMLATINA, 12/03/2018.- El problema de América Latina es la corrupción, pero no la corrupción “a secas”, sino especialmente aquella asociada a los gobiernos progresistas o posneoliberales1. Lo aseveran los think-tanks, los asesores de Instituciones Financieras Internacionales (IFI) y voces expertas sobre lo que “sucede” en la región2. Lo advertía John F. Kelly, ex Comandante del Comando Sur de los EEUU y hoy Jefe de Gabinete de Trump3. Aseguran que los gobiernos progresistas se abusaron de los pobres para enriquecer a un puñado de funcionarios de gobierno corruptos. Agrandaron el Estado y lo repolitizaron, intervinieron en la economía y revalorizaron lo público, con el único objetivo de “saquearlo” luego. Privilegiaron la utilización de influencias y fondos públicos para beneficio personal y recurrieron a los poderes del Estado para evitar la rendición de cuentas. Desde esta perspectiva, los funcionarios y políticos involucrados en gobiernos progresistas que exaltaron ese derrotero, son por definición corruptos y además ineficientes. Son incapaces de manejar al Estado como a una empresa privada, poniendo en riesgo el rumbo de la economía y (supuestamente) del Estado en su totalidad4. Esta serie de argumentos son los que urden la trama de un sentido común reproducido por las derechas y la prensa hegemónica desde hace varios años y que ha contribuido al menos a dos fenómenos: el primero y de corto-mediano plazo, es el de la “judicialización de la política” desde arriba; el segundo es el de la despolitización de la política, el desprecio por “lo público” y el prejuicio respecto de lo estatal como ineficiente.

Katu Arkonada
ALAI AMLATINA, 21/03/2018.- “A Los Pinos, o a La Chingada”. Con esa frase ilustra Andrés Manuel López Obrador su futuro cercano. O triunfa en las elecciones del 1 de julio y se gana el derecho a utilizar la residencia presidencial de Los Pinos, en la Ciudad de México o, en caso de perderlas, se va a “La Chingada”, su finca en Palenque, Chiapas.