Atilio Borón*

14 Octubre 2018

La sorprendente performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende la meteórica evolución de su intención de voto hasta llegar a arañar la mayoría absoluta. Y no fue el atentado lo que lo catapultó la posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y con sólo tres proyectos de ley presentados a lo largo de estos años). Ergo, no es un "outsider" y mucho menos la personificación de la "nueva política". Es un astuto impostor, nada más.

Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y capas populares. A comienzos de Julio su intención de voto era del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En resumen: un módico aumento de 9 puntos porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos de la política brasileña? A continuación ofreceré tres claves interpretativas.

I
Primero, Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en un país que, según pregonan los voceros del establishment, fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a extremos inimaginables.

En un país donde el orden es un valor supremo –recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es "Orden y Progreso"– y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden” producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido. En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las normas de la "corrección política" para realizar esta tarea de limpieza y remoción de legados políticos contestatarios.

El ex capitán del Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los indígenas y del espíritu taimado de los africanos". Ambos son, en resumidas cuentas, la reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.

Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se inclinó a favor de Bolsonaro? Algunas pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18 Brumario de Luis Bonaparte. En él describió en los siguientes términos la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”.

Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas –enfurecidas y espantadas por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de la esclavitud y la colonia– a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante suplicó, jadeante y como un loco, que alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.

Y es que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos, en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del momento.

“El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de la clase en su conjunto” –observa el italiano– “es un fenómeno orgánico y normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro mortal.”

Esto fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del providencial mesías exigido para restaurar el orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que, a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro.

Pero toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y, sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las calles para impedir la consumación de esta maniobra.

La complicidad de la justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D'Avila e inclusive vetaron la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.

Va de suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de “buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada". En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un departamento como parte de un soborno.

¡Condena sin pruebas y por la sola convicción del juez! La legión de periodistas que mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son entrenados en Estados Unidos para hacerlo "profesionalmente", en lo que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar, matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas” (tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV
Las interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos.

Toda la institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias a un fraude electrónico –como ocurriera en la elección presidencial que en 1988 consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina– sino que sería imprudente y temerario descartar esa posibilidad.

Sobre todo cuando se sabe que a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia, Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido potenciada –si bien sólo en parte, insistimos– por el hackeo de la informática electoral?

Fuente: TeleSur

*Sociólogo y analista político. Lic. en Sociología. Magister en Ciencia Política. Ph. D. en Ciencia Política, Universidad de Harvard.

Javier Tolcachier
9/10/2018

Dos son los principales argumentos por los que muchas personas votaron a la extrema derecha en Brasil: el combate al delito y a la corrupción. El legítimo reclamo de muchos electores es simple: las personas quieren vivir en paz y con seguridad, no quieren trampas ni abusos, desean prosperidad para ellos y sus familias. Pues bien: Bolsonaro, los que mueven los hilos detrás de él y los que lo apoyan, representan todo lo contrario.

Guido Proaño Andrade.
Resumen Latinoamericano, 12 de octubre de 2018.

Racista, xenófobo, misógino, machista, ultraconservador… fascista. Así ha sido identificado Bolsonaro y su equipo más cercano, constituido por apologistas de la sanguinaria dictadura militar (1964-1985).

7 octubre, 2018
Brasil no sólo está atravesado por una crisis muy grave: tiene a este nazi, este fascista, apuntándole a los derechos del pueblo, ahora de cara al balotaje. Y sí, frente a esta situación, realmente sería trágico que algunos sectores del campo popular priorizaran su rechazo al Partido de los Trabajadores: sería trágica esa extrema derecha gobernándonos, para profundizar todos los procesos neoliberales de América Latina.

Poco a poco, los medios de Brasil han instalado una situación de “caos interno”, fogoneada por intereses internacionales que apuestan a esa derechización violenta de la región. Pero si ese discurso se impusiera “democráticamente” en los comicios definitivos, desencadenaría un verdadero caos social que podría abonar las condiciones para una intervención militar, enmarcada una vez más en “la necesidad de restablecer el orden”. Estamos, sin dudas, ante una situación dramática. Y sí, para lograr ese objetivo necesitaban que Luis Inácio “Lula” Da Silva no fuese candidato, porque medía por encima del 40%. Sólo por eso, había que frenarlo de cualquier manera y la efectiva fue meterlo preso, fuera como fuera.

Por eso, Lula es un preso político.

Y por eso, estas elecciones son un fraude.

De vencer los candidatos afines a la democracia, tal vez podrían liberarlo después del balotaje, pero él quiere un juicio justo, una revisión de las actas, para que los mejores juristas brasileros, de la ONU y del exterior marquen los errores del proceso. No quiere salir por una amnistía, sino como una persona injustamente condenada. De hecho, cuando lo visité hace unos meses me pidió que difundiera este mensaje: “En todas las charlas del país, exigile al Juez Moro que muestre una sola evidencia que pruebe mi culpabilidad”.

Con esa entereza, hoy sigue de pie.

Ahora, con los resultados de la primera vuelta sobre la mesa, el análisis trasciende fronteras, mientras crecen los riesgos por esta estrategia para imponer el neoliberalismo extremo, incubada en la política externa de los Estados Unidos. Sus órganos de seguridad buscan desestabilizar u obstaculizar a los gobiernos progresistas de la región, tal como lo hicieron en Honduras y Paraguay. En Argentina no fue necesario, porque Macri asumió mediante el voto. De frente a semejante adversidad, llega la hora de confiar y yo confío en Haddad para esta pelea. Lo avalan su trayectoria política, su buena preparación intelectual y su administración en el Estado como ministro de Educación. Aun sus críticos reconocen que ha sido fundamental su aporte para que los negros y los pobres accedieran a la universidad. Y hoy no hablamos de Brasil. Hoy hablamos de América Latina.

Con la mirada puesta en este 28 de octubre, a mi juicio serán las mujeres quienes decidirán el futuro del país. Pues no sólo son más de la mitad de la población y están comprometidas como nunca antes: acaban de protagonizar una movilización multitudinaria e histórica para rechazar a Bolsonaro, al grito de #EleNão. Son ellas, nuestra gran esperanza. Y son la reencarnación colectiva de ese liderazgo que se volvió un símbolo universal y que se llama Marielle Franco. ¿O por qué decidieron asesinarla? Tan sólo por eso, por haber abierto la boca, por haber avanzado y por haber arrastrado a millones hasta las calles. Quisieron callarla, pero no pudieron. Y no podrán.

Digan lo que digan, ha llegado la hora de unirnos.

Ya no hay margen de error, no podemos confundirnos.

* Teólogo y escritor brasilero.

Las elecciones son la disputa por el proyecto de Brasil, analiza el coordinador del MST en entrevista
Por Gabriel Carriconde, Brasil de Fato, en Curitiba (estado de Paraná),
4 de octubre de 2018
Resumen Latinaomericano


“El gobierno de Haddad tendrá que, necesariamente, afectar a los bancos y afectar a las grandes corporaciones para poder volver a crear empleo/ Brasil de Fato
En su vivencia política, João Pedro Stedile afirma que nunca vio una elección tan disputada. Para él, hay una lucha clara entre dos proyectos, que representan “la final” de la lucha de clases – y el arbitro es el pueblo. En esa disputa quedan olvidados tanto la discusión de los proyectos como las candidaturas sin posibilidades de ganar el partido. Para los movimientos populares, queda la tarea de pensar en nuevas formas de dialogar con el pueblo, apoyar proyectos populares e intentar evitar el ascenso del fascismo, representado por la candidatura de Jair Bolsonaro (PSL).
Stedile no cree en las preocupaciones de parte de la izquierda y pondera que incluso con altas intenciones de voto, la población brasileña no es ni de cerca mayoritariamente fascista. Pero reconoce que, con el actual grado de polarización, la posibilidad de un gobierno de conciliación de clases capitaneado por la izquierda es muy pequeña.
El programa Democracia en Red, producido por la Red Lula Libre y Radio Brasil de Fato, entrevistó a João Pedro Stedile, economista e integrante de la dirección nacional del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST). En la conversación, él analiza la coyuntura nacional de las elecciones y también los desafíos en el período postelectoral, señalando perspectivas en relación con el resultado de las elecciones en primera y segunda vuelta. A continuación.

Brasil de Fato: ¿Cómo miran estas elecciones los movimientos sociales?
João Pedro Stedile: Estamos viviendo un período histórico de la sociedad brasileña, que transformó las elecciones en una disputa de la lucha de clases, una disputa de proyecto, que, inclusive, en mi poca vivencia política, no recuerdo otra elección en la que los dos proyectos estuvieran tan claros. Incluso en las elecciones del 89, que fueron muy disputadas, fue otro show de democracia, la figura de Collor era vista como un cazador de rajás y él inclusive buscó distanciarse de la Globo y de los capitalistas.
Ahora, estas elecciones tienen un significado muy importante, porque llevan a la disputa electoral una lucha de clases que se acentuó en la sociedad brasileña a partir de la eclosión de la crisis económica que nos afecta a todos. La crisis económica comenzó en 2008, se agravó en 2013, y en 2014 emergió con fuerza. La burguesía, entonces, para salvarse de la crisis económica, cuyas causas, inclusive, vienen de fuera, dio el golpe político. Para aplicar un plan que significa, en realidad, protegerse y arrojar todo el peso de la crisis sobre la clase trabajadora.
Brasil está tal cual el Titanic, como dijo el comandante del Ejército, [General] Eduardo Villas Bôas. Cuando la crisis económica ocurre, o sea, cuando el barco comienza a hundirse, la primera clase corre a los botes y la segunda y tercera clases, que son la clase trabajadora, se van a ahogar. Y ellos pusieron además la orquesta del navío para distraer a la segunda y tercera clases. Ese papel de la orquesta, aquí en Brasil, es la Globo, con las novelas, con sus fakes, con toda la maquinaria mediática que ellos tienen, permanecen intentando dispersar y engañar a la clase trabajadora. Pero en ese proyecto en el que dieron el golpe para salvarse, ellos no consiguieron ni sacar a Brasil de la crisis económica, por el contrario, generaron una crisis social, por el aumento de la desigualdad; generaron una crisis ambiental, por la voracidad con que las empresas vienen a Brasil ahora a apropiarse del Pre-sal, de los minerales de hierro, del agua; y generaron una crisis política, porque el gobierno no representa a nadie. En la historia de nuestra república, nunca hubo un gobierno que tuviera apenas 3% de apoyo. Peor, esta crisis política, entonces, aparece ahora, esta semana, cuando ellos no consiguieron tener unidad suficiente para tener un solo candidato de la derecha, para ser portavoz de su proyecto.

¿Que sería Geraldo Alckmin en este caso?
Ellos intentaron, partidariamente, crear esa unidad en torno de Alckmin, con 10 partidos que se sumaron. Pero se olvidaron de ponerse de acuerdo con el pueblo. Porque, para que usted tenga unidad popular, necesita tener carisma popular, necesita tener representatividad popular. Y el pueblo le negó esa representatividad popular a los golpistas. Y lo único que emerge en el campo de la derecha, que es el desastre de ellos, fue [Jair] Bolsonaro. Bolsonaro es el fruto de lo que ellos sembraron durante los últimos cinco años: todos los días hablando en la Globo contra el PT, contra la izquierda, contra Venezuela, contra Lula, contra la igualdad social, contra las cuotas, contra los negros, contra los sin tierra. Bueno, si tu permaneces emitiendo un mensaje diario que lleva a la discriminación, a la misoginia, a las ideas fascistas, evidentemente que esas ideas van a aparecer ahora en torno de un candidato, que es Bolsonaro.
Entonces, ellos están en un lío muy grande, porque Bolsonaro, a decir verdad, tampoco es un legítimo representante de la burguesía, él es un fascista, él quiere resolver todo a golpes, con armas. Tanto es que él usa aquello de mostrar con los dedos el símbolo de un arma. Creo que la burguesía está con muchos problemas, ellos no consiguieron viabilizar a Alckmin y ahora no saben que hacer con Bolsonaro.

¿Usted cree que existe la posibilidad de la burguesía rechace o intente impedir incluso que Haddad se posesione, si fuera electo, y apoyar masivamente a Bolsonaro en una segunda vuelta?
Creo que no. Claro, todo esto son hipótesis, y ustedes pueden entrevistar a varios compañeros con opiniones diferentes, incluso en el campo de la izquierda. Pero mi lectura es que la burguesía no se va a arriesgar con Bolsonaro. Hasta porque la burguesía, como máquina económica, ya no tiene tanta fuerza. Eso se reveló con Alckmin. La burguesía con la máquina de [Red] Globo tampoco tiene ya tanta fuerza. Ustedes ven que la Globo intentó viabilizar a Alckmin de todas las formas. La prensa, en general burguesa, lo intentó. La última revista de esta semana de la Veja da palo a Bolsonaro, evidenciando sus pequeños grandes pecados familiares, mostrando que él también tuvo un enriquecimiento mal explicado. Pero incluso así, usted ve que los votos de Bolsonaro están consolidados. Entonces, creo que, en la segunda vuelta, los votos de la burguesía se van a dividir. Ella ya no tiene tanto poder para influenciar el voto de los trabajadores. De cierta forma, los trabajadores también están consolidados en su lectura de lo que está aconteciendo en Brasil.

Entonces, ¿hay una división en la burguesía?
Creo que la burguesía va dividida. No tiene más tanta fuerza para decidir las elecciones por el poder económico. Creo que la burguesía más inteligente, representada por sus intelectuales orgánicos, como Delfim Neto, como Fernando Henrique Cardoso, como el propio Tasso Jereissati, ya está dando señales. Aquí en Paraná mismo, los propios del PSDB paranaens ya dieron varias señales de que no apoyarán a Bolsonaro. Entonces, creo que esa es la medida más inteligente. Me preocupa más si, después de que Haddad gane, ellos intentan reconstruir un gobierno de conciliación, que, del punto de vista económico no tiene más espacio. Ganamos las elecciones de 2002 porque parte de la burguesía brasileña se alió a Lula. Y con ello fue posible una victoria, pero resultó de esa victoria un gobierno de conciliación de clases. Entonces el gobierno de Lula fue un gobierno bueno para todo mundo. Todas las clases se sentían representadas en el gobierno de Lula. Desde los banqueros, como [Henrique] Meirelles, que está ahí mostrando quien es, hasta los más pobres, que fueron beneficiados por el Bolsa Familia y por todas las políticas.
Creo que, en este cuadro de crisis económica, ya no hay espacio para un gobierno de conciliación de clases. O sea, porque cuando tu no tienes una crisis económica, hay excedentes económicos en la sociedad, es fácil hacer políticas públicas que atiendan a los pobres sin afectar las ganancias de los ricos. Ahora los ricos están en crisis. Los únicos que no están en crisis son los bancos y las empresas transnacionales.

¿Cómo debe ser entonces un eventual gobierno petista [del PT, Partido de los Trabajadores]?
Entonces, un gobierno de Haddad tendrá que, necesariamente, afectar a los bancos y afectar a las grandes corporaciones para poder volver a crear empleo y atender a los más pobres. Y la agenda económica es urgente, entonces el gobierno Haddad va a tener que, inmediatamente, tomar medidas en el campo tributario. Aunque del punto de vista legislativo solo sirva para el año que viene, pero el gobierno tiene mecanismos para controlar el lucro de esas empresas e incluso usar todo el dinero público para, en vez de pagar intereses, hacer inversiones fuertes en la reindustrialización del país.

El PT ha hablado de usar incluso las reservas internacionales…
Creo que eso no es necesario.  Brasil es un país rico. Que queden allá los 200 billones como una especie de retaguardia, del punto de vista económico. Pero usted hace un programa de vivienda popular muy barato. Imagina, cada casa popular cuesta 50 mil reales (US$ 12.800), entonces, para hacer un millón de casas no se necesita mucho dinero. Y la misma cosa con la reforma agraria. Y la misma cosa la industria que genera empleo. Con un buen programa del BNDES, como, a propósito, hizo Lula en 2008, tu consigues recuperar. Inclusive una buena administración de la Petrobras. Coloca de nuevo allá a Gabrielli y haz que la Petrobras vuelva a producir todo en Brasil, cancela las licitaciones que ellos hicieron del Pre-sal, que eso fue contra la ley. Y entonces, con medidas de emergencia, podemos recuperar el empleo, los ingresos y el bienestar para la clase trabajadora. Pero ojo: ya no se puede mejorar la vida de la clase trabajadora sin meterse con las ganancias de los bancos y de las grandes empresas.

¿Cómo el PT puede garantizar esas reformas, principalmente en la coyuntura de la lucha de clases, que está muy crispada y también en una ascensión del fascismo que va señalando pautas contrarias a la clase trabajadora? ¿Cómo hacer eso? Tal vez, muchas de las críticas de los movimientos sociales a los gobiernos del PT fueron su alejamiento de las bases. ¿Tal vez no seria esa la salida para que el gobierno de Haddad consiga implementar esas reformas?
El gobierno de Haddad no puede ser visto como un gobierno PT, ni de izquierda. “Ah, ¿pero entonces vamos a pactar de nuevo?” No. El gobierno de Haddad solo se viabiliza si es un gobierno popular. Eso significa que el primer pacto tiene hacerse con el pueblo, con las masas y eso se hace de varias formas: con sectores organizados, como son las centrales sindicales, con los movimientos populares, con las iglesias, que tienen mucha capilaridad y hablan con el pueblo, con la juventud. Pero, sobre todo, nosotros tenemos que recuperar en Brasil métodos de participación popular en el gobierno, que puede ocurrir de muchas formas, con plebiscitos populares por ejemplo.
Entonces, el primer plebiscito que el gobierno tendría que hacer es para revocar las medidas contra el pueblo, que el gobierno golpista de [Michel] Temer tomó, sea la reforma laboral, sea la PEC 55 [enmienda constitucional que congela el gasto público en educación y salud por 20 años], sean otras medidas perversas que él tomó. Bueno, el plebiscito es una forma, el referendo es otra forma, y hay otras formas de estimular el debate con la sociedad, incluso en la calle.

¿Cuáles serían las principales tareas de los movimientos sociales para responder a un gobierno de ultra derecha, representado por Jair Bolsonaro?
Honestamente, creo que las ideas fascistas y Bolsonaro no tienen la mayoría de la sociedad. Usted mismo puede investigar en su ambiente. Si hubiera una mayoría de fascistas, ellos ya estaban en la calle masacrándonos. Entonces, no puede haber una mayoría de fascistas en la universidad, no puede haber mayoría de fascistas en las iglesias, no puede haber mayoría de fascistas entre los comerciantes y nadie quiere la violencia como solución. Puede hacer cualquier investigación ahí, no hay ningún sector social quiera la violencia. Incluso entre los policías militares, cuya tarea es la represión, pero dentro de la ley, incluso los tenientes coroneles, he visto que en los últimos días aparecieron varios artículos de coroneles de la Policía Militar de Sergipe, de Ceará, de São Paulo alertando que no será distribuyendo armas a la población o si la policía es más truculenta que se va a resolver el problema de la violencia. Al contrario, las armas matan. O sea, van a crear más violencia.
El caso de Rio de Janeiro es aún más didáctico, porque ellos aumentaron la represión, pusieron al Ejército en las calles y el índice de criminalidad aumentó. Entonces, no se resolvió ningún problema de Rio de Janeiro, al contrario, se agravó. No creo en la viabilidad de un gobierno Bolsonaro, creo que sería una crisis permanente que llevaría, ciertamente, en pocos meses, al impeachment. Porque a la misma derecha, como dije, no le interesa el caos en Brasil y un conflicto permanente. Porque el caos y el conflicto eliminan la legitimidad y la tranquilidad que el capital necesita para producir, para tener ganancias, para exportar. Entonces, usted imagina una huelga general, que sea contra el gobierno Bolsonaro, va a afectar a los capitalistas.
Creo que, ya que tu preguntaste como hipótesis, creo que el ejemplo de Argentina es un buen ejemplo para nosotros de los movimientos populares. Y mira que la situación de Argentina era peor, porque el gobierno de derecha ganó las elecciones. La burguesía argentina recibió el pase libre del pueblo, al menos de su mayoría, fue elegido democráticamente. Pero el pueblo no salió de la calle, continuó movilizándose, haciendo manifestaciones y ahora en la huelga general fue enorme la adhesión de toda la población, hasta los aviones pararon en el aeropuerto de Ezeiza. Y el gobierno de Macri, prácticamente, se fue a las calendas griegas. Entonces, nosotros no tenemos otra salida. Por eso es por lo que va a ser un período histórico muy activo, nosotros vamos a movilizarnos con Haddad para crear un programa de gobierno y medidas de gobierno que resuelvan los problemas del pueblo. Y si, Dios nos libre, gana Bolsonaro, tenemos que continuar en las calles para impedir retrocesos aún mayores.

Hablando más de la agenda del MST con relación a la reforma agraria y también de la agricultura familiar, ¿cómo analiza las agendas de los candidatos con relación a ese tema?
La reforma agraria está parada en los últimos cuatro años. Ya en los últimos dos años de Dilma estaba parada por la crisis económica. Y la reforma agraria solo se viabiliza, para resolver el problema de los campesinos sin tierra, si estuviera en el seno de un nuevo proyecto de país. De ahí porque nuestra insistencia con los militantes del MST: en este período histórico, el papel de los militantes del MST es hacer campaña, es elegir a Haddad, es elegir gobernadores progresistas, diputados progresistas, porque la reforma agraria no depende de un partido o de un plan. La reforma agraria va a depender de otro proyecto para el país, que en estas circunstancias solo se va a viabilizar con la victoria de Lula-Haddad.
Ahora, en el contexto general de la disputa electoral, fue lo que yo dije al comienzo, nunca en la historia republicana tuvimos una elección tan claramente de lucha de clases entre el proyecto de los capitalistas y el proyecto de la clase trabajadora. Y el pueblo lo interpretó así, aunque sin conciencia: “¿en el otro lado, quien está?  Bolsonaro.  Alckmin no me interesa”. Y del lado de acá, Haddad. Entonces, note las circunstancias: quien intentó hacer un discurso de centro, para agradar a todo el mundo, se arruinó electoralmente. Entonces, sabemos de los compromisos de Ciro con el pueblo.  Marina, menos. Pero ellos no consiguieron viabilizarse como candidaturas de centro. Y allá en la izquierda la misma cosa, todo mundo sabe del compromiso de [Guilherme] Boulos, de la compañera que es candidata por el PSTU, que son personas de izquierda. Pero el pueblo ni quiso conocerlos. Mire la tragedia electoral, el PSOL, que es un partido de izquierda, cayó de un nivel histórico de 8%, 10% que tuvo con Heloísa Helena, con Luciana Genro y ahora no va a hacer ni 1%.

¿El PSOL apostaba mucho en una reorganización de la izquierda también, no?
Pues si, pero tu ves que, no es juicio ni del PSOL, ni de Boulos. En realidad, el pueblo está juzgando la lucha de clases. Es como si fuera así: ¿quien llegó a la final de esta lucha de clases? Llegaron Bolsonaro y Haddad. Entonces, todos los otros equipos no me interesan. El pueblo repite la metáfora del fútbol en la lucha electoral también.
Es por eso también que no se está discutiendo programa. El pueblo no está ni ahí para lo que hay en el programa. En fin, Bolsonaro ni programa tiene. Y Haddad tiene un buen programa, pero usted ve que nadie le pregunta sobre eso. No es eso lo que está en disputa. Lo que está en disputa es la lucha de clases, son los golpistas, los capitalistas que van a continuar mandando en este país o si la clase trabajadora va a recuperar fuerzas políticas para sacar al país de la crisis sin pagar el pato?

Quería que usted dejara un mensaje para estos últimos momentos de la disputa electoral. Una elección que comenzó mucho tiempo antes, esta elección prácticamente comenzó con el golpe a la presidenta Dilma y, a partir de ese golpe, la sociedad quedó claramente polarizada y prácticamente comenzaron las elecciones allí, ¿no?
Es verdad, pero más que las elecciones, se tensó la disputa entre los dos proyectos. Y nosotros tenemos que arremangarnos esta semana justamente para explicarle eso al pueblo. La manifestación que las mujeres hicieron el sábado fue una bella clase de política, didáctica, mostrándole al pueblo. El #EleNão [#ElNo] no es solo Bolsonaro. Es él, el proyecto de la burguesía. Y nosotros tenemos que reafirmar nuestro proyecto. Entonces, cuando pedimos el voto por Haddad no es simplemente proselitismo electoral.
Haddad ahora encarna a Lula y encarna el proyecto de la clase trabajadora. Tenemos que arremangarnos esa semana para explicarle al pueblo eso, que él debe decidir entre dos proyectos: los golpistas del capital o los trabajadores intentando la redención de un programa de gobierno que va a lanzar el peso de la crisis sobre la burguesía, no sobre los trabajadores, y va a recuperar un Estado democrático para que tengamos políticas a favor del pueblo. Y después de la primera vuelta, ya que ciertamente no va a se decidir en la primera vuelta, nosotros entonces, en ese mes, tenemos que volver a intensificar aún más un trabajo de concientización y recomendamos a nuestra militancia usar formas creativas de hacer campaña política, usar música, bandas, paneles. Usted vio que, en esta campaña, prácticamente no hubo mitines, y quien va a los mitines son los militantes. Entonces, la militancia tiene que ser más creativa en la forma de defender sus ideas ante la población en general.
Y después del 28 de octubre, nuestra militancia va a tener que volver a hacer trabajo de base, reuniones en los barrios, asambleas populares en el Congreso del Pueblo, para discutir los cambios que el gobierno de Haddad tendrá que hacer a partir del primer día.

Edición: Pedro Ribeiro Nogueira | Traducción: Pilar Troya
http://www.resumenlatinoamericano.org/2018/10/04/stedile-ya-no-hay-lugar-para-un-gobierno-de-conciliacion-de-clases-en-brasil/