William I. Robinson
13/07/2018
Intervención de William I. Robinson ante Foro de Sao Paulo-Los Ángeles, 7 de julio 2018.

Quiero dirigirme hoy a dos cosas entrelazadas: un análisis de la coyuntura de crisis del capitalismo global como marco general para entender el entorno latinoamericano, y una crítica fraternal de algunas debilidades del proyecto de la izquierda.

El capitalismo global enfrenta una crisis orgánica, es decir, tanto estructural como de hegemonía y legitimidad. Se trata de una crisis del dominio capitalista. Este hecho pareciera contra-intuitiva ya que la Clase Capitalista Transnacional y sus agentes políticos están en la ofensiva. Sin embargo, el resurgimiento de la derecha es una respuesta a la profunda crisis.

Quiero aquí enfocarme en el análisis de la dimensión estructural, la sobre-acumulación y el estancamiento prolongado. Intrínseco al capitalismo es la tendencia hacia la polarización de los ingresos, es decir, los ricos más ricos y los pobres más pobres. Históricamente a nivel del estado-nación, se contrarrestaba esta polarización social mediante las luchas sociales y clasistas que lograban presionar al capital y al Estado a efectuar una redistribución de los ingresos y a regular el mercado.

Pero el capitalismo se globaliza a partir de los años 80. Surge el capital transnacional, una Clase Capitalista Transnacional, un sistema globalizado de producción y finanzas. Al globalizarse, el capital transnacional se libera de los encierros del estado-nación, y con ello, se desata desenfrenadamente la tendencia hacia la polarización. Las clases populares pierden la capacidad de obligar al Estado a frenar el capital. Los Estados ya no pueden captar y redistribuir los excedentes. Se esfuman las palancas para contrarrestar la polarización a nivel nacional y en el sistema global. Por eso tenemos vertiginosas desigualdades globales sin precedente: ahora el 1 por ciento de la humanidad controla más del 50 por ciento de la riqueza del planeta, el 20 por ciento controla el 95 por ciento, y el 80 por ciento – la gran masa de la humanidad – tiene que conformarse con apenas el 5 por ciento de la riqueza.

Dada esta desigualdad, el mercado global no puede absorber la producción de la economía global. El capital transnacional no puede encontrar salidas para el excedente. En Estados Unidos, los datos para 2017 indican que las compañías tuvieron $1.8 billones (trillones en inglés) en efectivo sin invertirlo. A nivel internacional, los grandes conglomerados de capital reportan niveles record de ganancia mientras las tasas de inversión decrecen. Se trata de capital ocioso – ¡pero el capital no puede quedarse ocioso! Tiene que buscar donde intervenir y seguir acumulando.

En este sentido, en el capitalismo la crisis precisamente consiste en que existen obstáculos a la acumulación de capital y por ende el estancamiento, y esta situación acarrea fuertes conflictos sociales, políticos, ideológicos, y militares. Es lo que estamos viendo ahora. Es el telón de fondo de la peligrosa escalada de las tensiones internacionales.

Estructuralmente se trata del agotamiento de nuevas oportunidades para invertir. Es ante esta situación que el capital y sus agentes políticos y Estados capitalistas buscan abrir nuevas oportunidades de acumulación típicamente por la violencia, ya sea directa o estructural. Ejemplos de la violencia directa en pos de abrir oportunidades de acumulación son la invasión a Iraq, la llamada “guerra contra las drogas”, la farsa de la “guerra contra el terrorismo”, la guerra contra los inmigrantes, etcétera. La violencia estructural es, por ejemplo, las políticas neoliberales, la estrangulación por medio del endeudamiento, como en Grecia, etcétera.

En los últimos años el sistema ha perseguido tres mecanismos para sostener la acumulación frente al estancamiento:

Expansión del crédito al consumo y a los Estados. Pero el mecanismo del crédito llega a sus límites. En Estados Unidos, que ha fungido como mercado de última instancia, la deuda de los consumidores rebasa ya los $13 billones (trillions en ingles) – ¡más que en el año 2008 en vísperas del colapso financiero! En Europa y otras regiones se reportan también niveles record del endeudamiento de los consumidores. Mientras tanto, el endeudamiento de los Estados también llega a los límites. El mercado global de bonos (señal del endeudamiento de los Estados) ya rebasa los $100 billones (trillions en inglés), mientras la deuda global alcanza los $270 billones, provocando crisis fiscal en muchos países.

Reconfiguración profunda de las finanzas públicas. Ha habido un masivo traslado de la riqueza de las clases populares a la Clase Capitalista Transnacional mediante las privatizaciones, la desregulación, el recorte del gasto social, la expansión de los subsidios al capital, las reformas impositivas, etcétera.

Frenética especulación financiera en el casino global. Crece la brecha cada vez más entre la economía real y el capital ficticio, llegando a niveles desestabilizadores del sistema. En 2015, el producto bruto global (es decir, el valor de todos los bienes y servicios producidos a nivel mundial) alcanzó los $75 billones (trillions en inglés), mientras en ese mismo año el mercado global de los derivados – que representan pura especulación – llego a los $1.2 trillones (quadrillon en inglés).

Estos tres mecanismos llegan ahora a su límite. A la larga, terminan agravando el problema de la sobreacumulación. Hay una inestabilidad estructural subyacente en la economía global, la misma sumamente frágil. Otro colapso parece ser inevitable. Es solo una cuestión de cuándo y bajo cuales circunstancias.

El gran reto ahora que enfrenta el sistema es: ¿dónde encontrar salidas para los excedentes acumulados? En la actualidad, el sistema busca una nueva oleada expansiva y no le es fácil encontrarla. Busca expandirse ahora en: 1) guerras, conflictos y militarización; 2) una nueva ronda de despojos (como sucede ahora en América Latina); 3) un saqueo aún mayor de los Estados.

Se agravan las tensiones internacionales. Somos testigos del surgimiento de un Estado Policiaco Global. Este es un concepto que vengo desarrollando últimamente. Estado Policiaco Global se refiere a 3 dimensiones:

Sistemas cada vez más ubicuos del control social de las masas, de represión, y de guerras promovidas por los grupos gobernantes para contener la rebelión real o potencial de la clase obrera global y la humanidad sobrante;

La cada vez mayor dependencia de la economía global del desarrollo y del despliegue de estos sistemas de guerra, control social y represión simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando capital frente al estancamiento – lo que denomino la acumulación militarizada, o al acumulación por represión;

La emergencia de sistemas políticos que cada vez más se aproximan al fascismo del siglo XXI.

Ahora, frente a la crisis se da una rápida polarización política en la sociedad global: un fuerte repunte de las resistencias y luchas populares alrededor del mundo, pero también el resurgimiento de la ultra-derecha. Esta ultra derecha es una fuerza insurgente en muchos países (por ej., en Honduras, Colombia, Brasil, Israel, Europa, EEUU, Turquía, India, las Filipinas, etcétera). Se presenta el espectro del fascismo del siglo XXI. El Trumpismo es símbolo potente de la respuesta fascista a la crisis. El fascismo del siglo XXI se basa en la triangulación de: el capital transnacional; el poder político reaccionario y represivo; y la movilización de fuerzas fascistas en la sociedad civil.

Ahora bien, esta crisis es el telón de fondo para entender el entorno latinoamericano. La Clase Capitalista Transnacional busca intensificar la violenta expansión de las transnacionales en América Latina y apropiarse de tierras y recursos, con la confabulación de la resurgente derecha y extrema-derecha latinoamericana. En América Latina las explosivas desigualdades y contradicciones del capitalismo global no pueden ya ser contenidos mediante los mecanismos de la dominación consensual y se dé la inclinación hacia regímenes autoritarios y dictatoriales, como en Honduras, Brasil, Guatemala, etcétera, y en el caso de Colombia, el verdadero fascismo del siglo XXI.

En las últimas 2 décadas se dio una fuerte expansión del capitalismo global en América Latina. Ya no quedan espacios autónomos del capitalismo global. Ha habido en la región una expansión del sistema en dos sentidos.

Primero, una expansión extensiva: la conquista del campo y la mercantilización por parte del capital transnacional y sus capas locales, la conquista de reductos autónomos. Este proceso está bien avanzado. Miremos a Honduras, por ejemplo, donde las comunidades Afro-Hondureñas (Garífunas) e indígenas están envueltas en una lucha de vida o muerte contra los mega-proyectos, la agro-industria, y el turismo transnacional. Igual en Guatemala, Colombia, Brasil, y otros países.

Segundo, una expansión intensiva: se viene convirtiendo a los espacios que aún quedaba fuera de la lógica del mercado en mercancía, conforme de la lógica de la acumulación de capital – salud, educación, agua y otros servicios públicos, esferas de la cultura, y desenfrenada privatización del Estado. En resumidas cuentas, la región se ve asediada por una nueva y aún más profunda ronda del neo-liberalismo.

Lo que queda del bloque de ALBA está enfrentando un renovado asalto por parte de la Clase Capitalista Transnacional, la derecha internacional, y Estados Unidos. Pero es crucial para entender este asalto, abordar las debilidades y las fallas de la izquierda. Si bien la tarea principal y urgente es combatir la derecha revanchista, integral a esta tarea es la crítica fraternal y la auto-crítica de la izquierda y sus prácticas en las últimas dos décadas. No hemos de soslayar esta crítica. ¡Esquivamos la auto-critica a nuestra cuenta y riesgo! Mis comentarios a continuación son generalizaciones y no se aplican por igual a cada caso nacional.

Las luchas de masa contra el neoliberalismo rompió la hegemonía neoliberal hacia finales del siglo XX y la izquierda llegó al poder levantando la bandera anti-neoliberal. Pero la izquierda ahora ha perdido la hegemonía conquistada. Dicha hegemonía está en disputa con el regreso de la Derecha revanchista. No se puede simplemente achacar la culpa al Imperio, ¡no podemos exonerarnos de cualquier culpa! Hay que ver cómo los errores y los límites de la izquierda abrieron espacio para la Derecha.

Dejamos a un lado cómo los gobiernos izquierdistas toleraron alarmantes niveles de corrupción y acumulación lícita e ilícita de capital – hasta funcionarios estatales y partidarios participaron ampliamente en esta acumulación. Desde luego, la acumulación de capital, el enriquecimiento personal, no tiene absolutamente nada que ver con la izquierda y aquellos que participan en dicha acumulación no se atreven a llamarse “izquierdistas”.

Más bien, veamos el modelo imperante de la izquierda en las últimas dos décadas: un asistencialismo basado en captar y redistribuir los excedentes generados por la expansión de las exportaciones de la materia prima en asociación con la Clase Capitalista Transnacional. Este modelo – con la excepción de Venezuela – no representaba un mayor desafío al capital transnacional, cuando más un estorbo.

Los gobiernos izquierdistas supervisaron una vasta expansión extractivista. Dependieron de este extractivismo para sostener el proyecto. En Brasil, Argentina, Uruguay, y Bolivia, se produjo una vasta expansión de la producción de soya en manos de la agro-industria transnacional mientras los pequeños productores se vieron marginados y los campesinos sufrieron el despojo. Este agro-negocio transnacional resultó en una mayor concentración de tierras y de capital y aumentó el poder estructural de la Clase Capitalista Transnacional sobre los Estados izquierdistas.

En Venezuela, la dependencia del petróleo no disminuyó con la revolución sino se intensificó, dejando al país en jaque a los mercados petroleros y financieros controlados por la Clase Capitalista Transnacional.
La izquierda en el Estado no emprendió transformaciones estructurales (con excepción de Venezuela, y en muy menor grado, en Bolivia y Ecuador, aunque las tímidas transformaciones llegaron al parecer a su fin): de las relaciones de propiedad y la estructura de clase. Los programas asistenciales dependieron de los caprichos del mercado global controlado por la Clase Capitalista Transnacional. Cuando se desplomaron los precios de los commodities a partir de 2011 y en adelante, la izquierda perdió las bases de su tímido proyecto.

Las clases populares estuvieron clamando por mayores transformaciones. Pero bajo el pretexto de la necesidad de atraer al capital transnacional en pos del desarrollo, se vieron apaciguadas estas clases y suprimidas sus exigencias. Por tanto, los movimientos sociales fueron desmovilizados o al menos subordinados a la izquierda institucional en el Estado y a su electoralismo mientras los Estados capitalistas absorbieron a esta izquierda.

Ahora bien, en mi juicio, para poder enfrentar la actual embestida de la Derecha, la izquierda ha de renovar un proyecto revolucionario y la refundación del Estado. En esta tarea hay que redescubrir a Gramsci y la lucha hegemónica. Si la izquierda intenta controlar o frenar la movilización de las masas y sus movimientos sociales autónomos desde abajo, si suprime sus reivindicaciones, estará traicionando a lo que significa ser izquierda.

Solo esa movilización desde abajo puede generar un contra-peso al control que ejerce desde arriba el capital transnacional y el mercado global sobre los Estados capitalistas latinoamericanos. Porque aquí hay un evidente desfase entre movimientos sociales pujantes e izquierda partidaria e institucional francamente menguantes
Finalmente, comento: actualmente se presentan tendencias recesionarias en Argentina, Brasil, México, etcétera. La crisis económica, lejos de resolverse, se va a agravar con la Derecha. Se ciernen nubarrones, una mayor polarización política, escalada de represión, mayores despojos, y dictadura del capital transnacional y sus adeptos locales.

La tarea de una crítica y una renovación de la izquierda es urgente si ésta va a estar en una posición de aprovechar de los trastornos de una crisis mayor de la economía global y de la legitimidad de los Estados. Si no, la derecha neo-fascista aprovechará de esos trastornos.

https://www.alainet.org/es/articulo/194098