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A pesar de las alardes de la administración Trump, el panorama económico de los Estados Unidos no es tan optimista como parece debido al incesante gasto en guerras. Trump habla frente a cientos de efectivos militares desplegados en Afganistán. Foto de archivo: Flickr / The White House
La Casa Blanca de Donald Trump alardea constantemente sobre su poderío económico, mientras barren debajo de la alfombra la verdad de su estado presupuestario actual. La Oficina de Presupuesto del Congreso ahora proyecta que Estados Unidos tendrá un déficit de más de un billón de dólares durante por lo menos los próximos 10 años. Debido a que la economía estadounidense es la base de su poderío poder militar, esta situación amenaza a ambas instancias.
Las grietas emergentes en el poder financiero de la unión norteamericana, la evasión fiscal, la corrupción y el gasto interminable de guerra están contribuyendo a que el país sea menos seguro económicamente en el futuro.
El déficit ya cerró en 1 billón de dólares en 2019 y aumentará más al cierre del 2020, según publica el portal de economía Insider.https://www.lr21.com.uy/mundo/1420490-la-adiccion-a-la-guerra-de-ee-uu-drena-sus-finanzas-a-un-punto-critico
De hecho, la situación se pone más oscura: la deuda actual de Estados Unidos asciende a los 23 billones de dólares y está en aumento. Y si se suman los llamado “pasivos no financiados”, o sea gastos prometidos por la administración Trump, ese número sube hasta la friolera suma de 75 billones de dólares.
Solo en intereses a los acreedores, el país pagó 500 mil millones de dólares en el periodo fiscal 2018-2019. Buenos ingresos pero demasiados gastos
Este negativo panorama preocupa a los especialistas en este momento en particular en que los ingresos fiscales están en un punto históricamente alto. Eso significa que el déficit empeorará durante la próxima recesión, y también significa que Estados Unidos tiene principalmente un problema de gasto, no un problema de ingresos. Sin embargo, los formuladores de políticas tanto del Partido Republicano como del Partido Demócrata han tocado poco el creciente gasto militar que potencia la deuda y el gasto tóxico.
Las proyecciones dicen que para 2023 , el gobierno federal gastará más en intereses, o en el pago de la deuda nacional, de lo que gasta en la defensa nacional. Eso es significativo porque en este momento se gastan casi US$740 mil millones en defensa cada año. En comparación, China gasta US$250 mil millones anuales en defensa y Rusia menos de US$60 mil millones.
Si usted visita EE.UU. podrá ver la enorme atención que los principales medios de información de aquel país dedican al presidente Trump. En realidad, sus actividades centran las noticias políticas de la jornada, día tras día, desde el inicio de su mandato. Tal cobertura mediática tiende a ser negativa, criticándolo primordialmente por sus maneras, sus falsedades, sus groserías, sus salidas de tono muy poco presidenciales y un largo etcétera. Y lo mismo ocurre, por cierto, en los principales medios de información españoles, cuya cobertura de la situación política de aquel país es, con contadísimas excepciones, bastante deficiente. No soy yo alguien que valore positivamente la figura del presidente Trump. Todo lo contrario. Pero creo que es un gran error de tales medios de información que den tanta visibilidad y notoriedad a este personaje, pues contribuyen a crear la percepción de que el problema más importante que tiene EE.UU. es el comportamiento de Trump, olvidando que el mayor problema real de la vida política de aquel país es que un sector muy importante de la población le votó, y que muy probablemente le continuarán votando, no excluyéndose, por lo tanto, la posibilidad de que salga reelegido de nuevo en las próximas elecciones presidenciales.
Repito, pues, que por extraño que parezca, el mayor problema que tiene EE.UU. no es primordialmente Trump, sino que gran parte de la clase trabajadora blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) le votó y es probable que continúe votándole. Ni que decir tiene que muchos otros grupos y clases sociales también le votaron. Pero el grupo más decisorio y que jugó un papel clave en su victoria (especialmente en los estados industriales de aquel país que determinaron dicho triunfo) fueron barrios obreros blancos, algunos de los cuales, por cierto, habían votado al candidato Obama en las anteriores elecciones. Y lo que es más que preocupante es que este sector de la clase trabajadora blanca continúa siéndole muy leal. Según encuestas recientes, un 80% de los que le votaron le votarían de nuevo. No hay ningún otro candidato que tenga un nivel tan alto de lealtad de sus votantes como Trump. Este es el gran problema que existe en el país, del cual los medios no hablan. Y lo que es igualmente preocupante es que durante estos años de gobierno Trump, el Partido Demócrata (que es el otro partido del sistema bipartidista estadounidense) apenas ha prestado atención a por qué este personaje ganó las elecciones que el Partido Demócrata perdió. En realidad, este último partido, que ridiculiza constantemente la figura de Trump en lugar de analizar por qué la gente le votó, ignora deliberadamente que fueron precisamente las políticas públicas aplicadas por los gobiernos del Partido Demócrata las que causaron que se votara a Trump. De ahí que se centren tanto en el personaje y muy poco en la enorme responsabilidad que el Partido Demócrata ha tenido en su victoria.
Las causas de la victoria de Trump: las políticas neoliberales del establishment demócrata Toda la evidencia muestra que han sido las políticas públicas neoliberales aplicadas por el establishment político del Partido Demócrata las que han antagonizado a la gran mayoría de la clase trabajadora, que se siente totalmente ignorada por dicho establishment. En realidad, este establishment actuaba bajo el erróneo supuesto de que ya no existía una clase trabajadora en el país. En su ideario y argumentario su base social era y continúa siendo la clase media, pues asumían que la clase trabajadora o bien había desaparecido o se había transformado en clase media (algo parecido le ocurre, por cierto, a la socialdemocracia europea, incluyendo a la española, el PSOE). De ahí que el Partido Demócrata no haya digerido todavía la victoria de Trump y no entienda lo que está pasando entre sus bases electorales, incluyendo la clase trabajadora, que ha ido abandonando este partido desde hace ya años, el cual solía llamarse el Partido del Pueblo (the People’s Party) y que ahora podría definirse como el partido del capital financiero (the Wall Street Party), siendo la banca (Wall Street) una de sus fuentes más importantes de financiación, incluyendo las candidaturas del presidente Clinton, del presidente Obama y de la presidenciable Hillary Clinton.
Las características del Partido Demócrata: su promoción de la globalización neoliberal El Partido Demócrata, desde la época del presidente Clinton –que, junto con Tony Blair (del Partido Laborista británico), y Gerhard Schröder (del Partido Socialdemócrata alemán), fundó la Tercera Vía–, fue el abanderado de la globalización de la industria y del movimiento de capitales que han contribuido a la desindustrialización de EEUU (el sector con mayores salarios donde estaba empleada la clase trabajadora blanca). Este apoyo a las políticas globalizadoras era parte de su ideología neoliberal promovida por el mundo de las grandes empresas estadounidenses (que en EEUU se conoce como The Corporate Class, es decir, la clase de propietarios y gestores de las grandes corporaciones industriales y de servicios del país). Tal ideología representaba no solo un abandono de las políticas públicas keynesianas, sino también de aquellas que intentaban redistribuir los recursos a favor del mundo del trabajo. Es importante señalar, sin embargo, que Clinton no se presentó como neoliberal cuando fue elegido en 1992. Todo lo contrario. Ganó aquellas elecciones con un programa que tenía muchos componentes progresistas procedentes de la campaña de las izquierdas dentro del Partido Demócrata, lideradas por Jesse Jackson, del cual fui asesor, que casi ganó las primarias de tal partido en 1988 frente al candidato del aparato del Partido, Dukakis, gobernador de Massachusetts.
El gran éxito de Jackson y su Rainbow Coalition (repito, la alianza de las izquierdas del Partido Demócrata) explica que Clinton, astutamente, hiciera suyas muchas de sus propuestas progresistas, tales como establecer un Programa Nacional de Sanidad, todavía inexistente en EE.UU. Estas propuestas contribuyeron a su victoria, propuestas que, sin embargo, tan pronto ganó, abandonó. En realid.ad, no solo abandonó gran número de las propuestas de la Rainbow Coalition que había hecho suyas, sino que incluso aprobó algunas de las propuestas más favorables al mundo empresarial (The Corporate Class) que había promovido el presidente Bush padre, que le precedió. Entre ellas, la más importante fue el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU., Canadá y México (NAFTA), que fue aprobado en el Congreso de EEUU en contra de la mayoría de demócratas y con el apoyo de los republicanos y los demócratas del sur de EEUU (el sector más conservador de tal partido). Esta medida creó un gran enfado y rechazo por parte de la clase trabajadora, que determinó su abstención en las elecciones al Congreso de 1994 (dos años después de la victoria de Clinton), lo que provocó que el Partido Republicano ganara la mayoría en dicha cámara, hablándose entonces de la “revolución republicana”, cuando en realidad el resultado de aquellas elecciones fue la derrota del Partido Demócrata liderado por Clinton, más que la victoria de los republicanos.
Las consecuencias del neoliberalismo de la Tercera Vía Como consecuencia de tal “revolución republicana”, Clinton hizo suyas, de nuevo, las propuestas neoliberales promovidas por los republicanos. Como resultado de ello, los salarios y el poder adquisitivo de dicha clase trabajadora descendieron y han continuado descendiendo desde entonces (incluso durante el mandato del presidente Obama), de manera que el salario mínimo por hora en EEUU es de solo 7,25 dólares (estandarizados por unidades de poder de compra –UPP–), uno de los más bajos dentro del capitalismo desarrollado. El salario mínimo del promedio de los países de la UE-15 es de 9,2 dólares por hora (sin incluir Suecia, Dinamarca, Italia, Finlandia y Austria). El salario mínimo por hora en España es de 6,9 dólares estandarizados, uno de los más bajos de la UE-15.
Es importante señalar que una evolución semejante a la del nuevo Partido Demócrata clintoniano ocurrió en Europa con la socialdemocracia, que fue perdiendo su base electoral (primordialmente, la clase trabajadora) al convertirse al neoliberalismo, dejando de ser socialdemócrata para pasar a ser socioliberal, adoptando políticas públicas neoliberales que favorecieron claramente a sus Corporate Classes. Esta fue la causa del crecimiento de la ultraderecha, un fenómeno que ha caracterizado a muchos países a los dos lados del Atlántico Norte.
Esta transformación de la socialdemocracia al socioliberalismo se debe a muchas causas, pero una de especial interés es el cambio en la financiación de tales partidos (dependiendo cada vez más de los fondos procedentes de la Corporate Class), así como el cambio en la composición de su personal y de sus dirigentes, todos ellos pertenecientes a las clases medias de educación superior (la clase media ilustrada), que carecen de cualquier conexión con la clase trabajadora, a la cual ignoran.
La supuesta “modernización” del Partido Demócrata. La sustitución de las políticas redistributivas por las políticas de igualdad de oportunidades El distanciamiento del Partido Demócrata de la clase trabajadora y su creciente acercamiento a la clase corporativa (característica de la Tercera Vía) explica su compromiso con la globalización neoliberal y con la redefinición de las políticas redistributivas, favoreciendo a partir de entonces a las rentas del capital y a los grupos pudientes, a costa del descenso de las rentas del trabajo. Así lo muestran los datos sobre la distribución de las rentas en aquel país: las rentas del trabajo descendieron, pasando de representar un 65,3% en 1993 (cuando Clinton comienza su presidencia) de todas las rentas del país, a un 60,5% en 2018. La continuación de tales políticas ha causado un enorme crecimiento de las desigualdades, de manera tal que, según un reciente estudio de Emmanuel Sáez y Gabriel Zucman, titulado The triumph of injustice, 400 familias pudientes acumulan más riqueza que el conjunto del 60% de renta inferior de todos los hogares. Y el 0,1% tiene más riqueza que el 80%. En realidad, un impuesto de un 2% sobre los ingresos a tales familias originaría suficientes ingresos para eliminar la pobreza en aquel país.
Esta transformación del Partido Demócrata ha ido acompañada de la desaparición de la categoría de clase social como variable para entender la realidad política y social del país. El enorme poder de la clase dominante (the Corporate Class en EEUU) explica la desaparición de la categoría de clase social en el análisis y discurso de un país (incluyendo los EEUU, donde el poder de la clase dominante es muy grande). En realidad, este fenómeno ocurre también en España, donde casi nadie habla de clases sociales. En su lugar, las categorías raza y género centran el tema de las desigualdades.
Este cambio en EEUU fue acompañado de otro: las políticas redistributivas pasaron a ser sustituidas por las políticas favorecedoras de la igualdad de oportunidades, con el objetivo de terminar con la discriminación racial y sexual (pero no por clase social). De esta manera el Partido Demócrata intentó y continúa presentándose como el partido de las oportunidades, garantizando que todo ciudadano estadounidense tenga la misma oportunidad de alcanzar la cúspide social. Su centro de acción es el área legislativa federal que sanciona y penaliza la discriminación por raza y género (repito, pero no por clase social), entre otros. Estas políticas han facilitado la movilidad vertical, sobre todo en el sentido de incorporar afroamericanos (y en menor medida, latinos) y mujeres en las instituciones públicas (y en menor grado, privadas) de EEUU. Su máxima expresión fue la elección de un afroamericano, el Sr. Obama, como presidente y la casi victoria de una mujer candidata a presidenta. Esta incorporación e integración de las minorías y de las mujeres en las estructuras de poder político tuvo desde el principio un condicionante de clase social, pues en su gran mayoría, las personas integradas pertenecían a las clases medias profesionales, y solo muy raramente a las clases trabajadoras.
Crítica de Nancy Fraser y del concepto del neoliberalismo progresista Se equivoca, sin embargo, Nancy Fraser al considerar el clintonismo como la alianza de los movimientos sociales –movimientos de los derechos civiles y feministas, entre otros- con el Partido Demócrata, definiendo tal alianza como el neoliberalismo progresista (ver su artículo “The end of progressive neoliberalism”, Dissent, 02.01.17). Su intento de convertirse en un partido feminista, por ejemplo, se da en respuesta a la radicalización de amplios sectores de tales movimientos que crearon una alarma entre el establishment político estadounidense y, muy en particular, en el Partido Demócrata, el cual respondió a tal amenaza mediante el intento (en parte exitoso) de coaptación e instrumentalización de sus dirigentes, incorporándolos a la estructura de poder, dentro de un contexto definido por la correlación de fuerzas bajo el dominio de la Corporate Class. Se intentaba con ello diluir así cualquier amenaza de inestabilidad para el orden existente.
La radicalización de los movimientos sociales y el intento del Partido Demócrata de contenerla. El movimiento feminista Véase lo ocurrido con el mayor movimiento feminista existente en EEUU (NOW), que apoyó activamente a Hillary Clinton como candidata a la presidencia (que fue la máxima defensora de la globalización neoliberal en la administración Obama). La dirección de NOW insuflaba una visión neoliberal en sus programas que representaba solo a un sector de las mujeres y del movimiento defensor de los derechos de las mujeres: el sector formado por personas pertenecientes a la clase media profesional con educación superior (la citada clase media ilustrada). Tal clase social y tal feminismo neoliberal en EEUU eran y son profundamente antisocialistas: la candidata Hillary Clinton intentó destruir alcandidato socialista Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata, que las encuestas mostraban que podría haber ganado las elecciones presidenciales. Esta hostilidad hacia las izquierdas incluyó también una fuerte oposición a las feministas contestatarias antiestablishment, que fueron marginadas y discriminadas. Las herederas de estos sectores de izquierdas, procedentes de las clases populares (como Alexandria Ocasio-Cortez, entre otras), representan el feminismo socialista, y se presentan sin tapujos como tales y como parte del movimiento socialista liderado por Bernie Sanders.
El movimiento de liberación de la población negra Otro tanto ocurrió con el movimiento de liberación negro que, en sus orígenes, vio asociada la liberación de la mayoría de la población negra con la liberación de la mayoría de la clase trabajadora, hasta tal punto que una semana antes de ser asesinado, Martin Luther King definió la “lucha de clases” como la realidad social que afectaba más la vida política, económica y social del país, esto es, como el punto esencial de la vida del país. De ahí que promoviera la alianza e incluso confluencia de todos los movimientos que defendían a las víctimas del sistema político, económico y cultural de EEUU, dominado por la Corporate Class y sus establishments políticos y mediáticos. Promovió así la convergencia del movimiento de derechos civiles con el movimiento obrero, relacionando así la liberación de ambos colectivos. La clase social era, para Martin Luther King, el elemento de transversalidad que facilitaba las alianzas, denunciando el racismo como el mecanismo e ideología que la Corporate Class utilizaba para dividir a la clase trabajadora del país.
Las políticas del Partido Demócrata, sin embargo, no apoyaron tal estrategia. Al contrario, desarrollaron estrategias y políticas que intentaban integrar dentro del sistema a cada grupo por separado. En el caso de la población negra, las políticas públicas de tipo asistencial, a fin de integrarla dentro de la estructura de poder (idea que alcanzó su máxima expresión con la elección del presidente Obama), mostraron las limitaciones de tal estrategia: el nivel de vida de la población negra no mejoró durante su mandato.
Hacer esta observación no implica desmerecer la importancia del factor simbólico. Su importancia depende, sin embargo, del contexto en el que aparece. El bienestar y la calidad de vida de la mayoría de la clase trabajadora, de raza negra en Baltimore, no ha mejorado al cambiar de raza la alcaldía, años atrás blanca, y ahora negra. Las políticas neoliberales se han continuado aplicando incluso con una alcaldesa, mujer y afroamericana, que vetó el aumento del salario mínimo en una ciudad donde la mayoría de la población es precisamente afroamericana. Así pues, la integración de las minorías y de las mujeres en diferentes estratos del Estado realizada por el Partido Demócrata neoliberal ha servido primordialmente para promover mejor el neoliberalismo.
Trump como consecuencia del rechazo al neoliberalismo progresista El mal llamado neoliberalismo progresista fue precisamente el que creó un enorme rechazo entre los grupos más perjudicados por la aplicación de sus políticas, principalmente los sectores de las clases populares en general y la clase trabajadora en particular: y esa fue la cantera de apoyo a Trump. Sanders podría haber canalizado este enfado y ello ocurrió durante la campaña, pues sus máximos apoyos vinieron de la clase trabajadora y de los jóvenes, como también está ocurriendo ahora. El ataque sobre él y su destrucción como candidato por parte del aparato del Partido Demócrata contribuyó al éxito de Trump, que se presentó como el candidato antiestablishment. El votante más fiel a Trump es profundamente antiglobalización, y percibe al gobierno federal como el origen de sus problemas debido a su atención supuestamente exclusiva a las minorías y a las mujeres (de renta superior) a costa suya (sean hombres o mujeres), y a su excesiva tolerancia con la inmigración. Trump, que lejos de ser un inepto es enormemente astuto, alimenta esta percepción con un lenguaje muy accesible y muy popular, con grandes dosis de racismo y sexismo, y con un comportamiento antiestablishment que ayuda a ofuscar y ocultar sus políticas enormemente favorables al componente más reaccionario de la Corporate Class.
Su nacionalismo extremo, basado en un sentido de supremacismo racial (de la raza blanca), machista, profundamente antidemocrático, autoritario y caudillista, reúne las características del fascismo europeo, con una excepción. El fascismo europeo (que era también el instrumento de las clases dominantes para destruir el movimiento socialista y comunista) no era anti-Estado, pues competía con el movimiento obrero en la necesidad de cubrir las necesidades básicas de la clase obrera. En cambio, el trumpismo sí que es anti-Estado y anti políticas públicas sociales. Es un fascismo libertario más semejante a Vox que a Le Pen. Y representa una enorme amenaza para la democracia y el bienestar de las clases populares.
¿Cuál es la alternativa? Una de las causas del enorme poder de la Corporate Class en EEUU es la atomización y autonomía de los movimientos de resistencia, hecho que ya está también ocurriendo en Europa. En EEUU, a diferencia de la Europa Occidental, no ha habido movimientos que favorecieran la transversalidad entre ellos. La Rainbow Coalition fue una excepción. Su objetivo era establecer una alianza de los movimientos sociales. Pero incluso tal alianza no tuvo una ideología que permitiera relacionar los distintos tipos de explotación para establecer un futuro y proyecto común. La ausencia de un proyecto socialista de masas que permita relacionar explotación de clase social, explotación racial y explotación de género, por ejemplo, ha debilitado cada uno de estos movimientos, que acaban compitiendo por el apoyo popular.
En la Europa Occidental, el socialismo tuvo una amplia base social que permitió avanzar en varias dimensiones de la liberación humana. No es por casualidad que los países donde la explotación de clase (y las desigualdades que genera), de género y de raza es menor sean los del norte de Europa, donde partidos pertenecientes a tal tradición política han gobernado durante la mayor parte del período transcurrido desde la II Guerra Mundial. No hay en esos países movimientos feministas muy fuertes. Sin embargo, las mujeres tienen muchos más derechos políticos, sociales y laborales que en EEUU, donde tales derechos están enormemente limitados. El contexto político es determinante, y este contexto en EEUU es muy desfavorable para la liberación de las distintas causas de la opresión, al no haber un proyecto común. Lo que es preocupante es que este modelo neoliberal se está extendiendo también en Europa. En realidad, en Europa, el crecimiento de la ultraderecha no ha alcanzado todavía las dimensiones de EEUU, donde el partido gobernante, el republicano, es ya un partido de ultraderecha con características fascistoides. Esto es nuevo en EEUU, y es muy preocupante. Trump es un síntoma, pero no la causa. Y el que no se vea así es el gran problema.
Los candidatos en el Partido Demócrata La alternativa a este “neoliberalismo supuestamente progresista” (hoy representada por una mujer, líder del Partido Demócrata, Nancy Pelosi), ha sido Bernie Sanders, que se define sin tapujos como socialista, tomando como referencia las políticas públicas de carácter universal que empoderan a la ciudadanía en su totalidad. Es el equivalente al socialdemócrata nórdico escandinavo de hace veinte años. Y es enormemente popular entre los jóvenes y entre la clase trabajadora. Ni que decir tiene que es una de las personas más odiadas por el establishment político-mediático de EEUU, que utiliza todos los medios a su alcance para destruirlo. La otra candidata es Elizabeth Warren, un personaje curioso, pues aunque procede de una familia con escasos recursos, pasó a ser integrada rápidamente en las instituciones, convirtiéndose en profesora de Harvard. En esta etapa de rápido ascenso tuvo posturas neoliberales. Pero cambió y ha ido tomando posiciones más próximas a Sanders, aclarando sin embargo que no es socialista. En realidad, se define como feminista y “capitalista hasta la médula”. Es popular, sobre todo, entre las clases medias con educación superior.
El que mejor representa la herencia Clinton en su versión más conservadora es Joe Biden, el que fuera vicepresidente con Obama, que claramente representa el Partido Demócrata tradicional y que, en contraste con Trump, da una imagen de tipo presidencial, heredera de la administración Obama. Este partido ha estado intentando destruir a Trump basándose en el comportamiento poco presidencial del hoy presidente. El objetivo central de su programa anti-Trump ha sido mostrar las conexiones de este con el gobierno ruso durante su etapa de hombre de negocios en asuntos inmobiliarios, y más tarde como presidenciable, con la petición de ayuda a Putin en su pugna electoral con la Sra. Clinton. Tal tema, sin embargo, no tiene particular importancia para el ciudadano normal y corriente, el cual sabe que el gobierno ha intervenido intensamente en las elecciones de otros países y encuentra normal (aunque no deseable) que otros países intenten intervenir en las elecciones de su país.
Y ahora, gran parte de la atención se centra en las conexiones de Trump con personajes y países extranjeros para que le ayuden en su próxima campaña electoral, proveyéndole información útil. La utilización del Estado como si fuera de su propiedad para fines personales es algo típico de Trump. Y es denunciable. Pero a su votante no le provoca tanto rechazo, pues sabe de la corrupción del sistema político. En realidad, el atractivo de Trump es que su comportamiento está fuera de lo normal, pues hace explícitamente lo que otros hacen ocultamente. Se salta a la torera todo el protocolo y los requisitos éticos de su mandato. Su antiestablishment es muy atrayente. Romper con todas las normas. Y su crítica a los medios es popular, pues estos son altamente impopulares.
Lo que el Partido Demócrata debería hacer, además de autocrítica, es ver cómo las políticas que está imponiendo están dañando a la población que le vota antes: la clase trabajadora. Pero para que ello suceda hace falta autocrítica de este partido, algo que es difícil (casi imposible) que ocurra. Y ahí está el problema. El sistema bipartidista estadounidense es muy poco democrático y las instituciones están claramente sesgadas en contra de cualquier cambio, tal como, por cierto, también ocurre en España. Y mucho me temo que, sin cambios en el Partido Demócrata, pocos cambios ocurrirán en EEUU.
Vicenç Navarro es catedrático emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra, y Professor de Public Policy, The Johns Hopkins University Fuente: http://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2019/10/28/lo-que-los-grandes-medios-no-estan-contando-sobre-eeuu/
Casi 50.000 trabajadores de General Motors van a la huelga - David Brooks La Jornada - 18-09-2019
Más de 49.000 trabajadores automotrices sindicalizados estallaron una huelga nacional suspendiendo labores en 55 plantas manufactureras y almacenes de General Motors en Estados Unidos en su primera huelga nacional desde 2007, al fracasar negaciones para un nuevo contrato colectivo, acción que afectará rápidamente las operaciones de la empresa en México y Canadá.
La semana pasada, el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos decidió dejar de subir su tasa de interés política durante 2019. La Fed comenzó a subir los tipos de interés desde cerca de cero a finales de 2016 con el argumento de que la Larga Depresión (en el crecimiento económico, la inversión y el empleo en los EE.UU. y en otras economías importantes) había terminado. A medida que las economías alcanzan el pleno empleo y utilizan el exceso de capacidad industrial, los salarios deberían aumentar y la inflación se aceleraría, por lo que sería necesario frenar cualquier 'recalentamiento' con mayores tasas de interés para frenar el endeudamiento y el gasto. Esta política de 'normalización', como se la llama, se justificaría después de los recortes de impuestos que Trump aplicó a finales de 2017.
Estas medidas dieron lugar a un fuerte aumento de los beneficios después de impuestos para las empresas estadounidenses y una aparente recuperación en EE.UU. del crecimiento real del PIB, alcanzando una tasa interanual del 3% al final de 2018. Todo parecía ir bien.Sin embargo, como sostuve en la primavera de 2018, la economía mundial había alcanzado en realidad su punto máximo. Y ahora, casi un año más tarde, los pronósticos de una continua 'recuperación' se han invertido. Hace un año, la Fed había elevado su previsión de crecimiento del PIB real para el conjunto de 2018 hasta el 2,7% y el 2,4% para 2019. Pero en su reunión de marzo de 2019, ha reducido su pronóstico para 2019 hasta el 2,1% y solo el 1,9% para el año 2020, reduciéndola de nuevo a sólo un 1,8% para 2021 - muy por debajo del 3% permanente del que se ha jactado Trump gracias a sus medidas fiscales.Por el contrario, ahora la Fed frena sus aumentos de la tasa de interés y pone fin a su política de ajuste monetario reduciendo su enorme acumulación de bonos del gobierno, resultado de su programa de 'relajación cuantitativa', lanzado en la Gran Recesión para salvar a los bancos y proporcionar dinero barato para la inversión.
¿Que esta pasando? Siempre se corre el riesgo cuando se suben los tipos de interés cuando el crecimiento económico y la inversión son débiles que provoquen un colapso del mercado de valores y una nueva depresión económica. Pero siendo probable que el crecimiento económico estadounidense en el actual trimestre a finales de marzo no supere una tasa anual del 1,5% y que la zona euro, el Reino Unido y Japón se deslicen de nuevo hacia una franca recesión, la Fed ha tenido miedo y ha congelado su política de normalización. La Larga Depresión no ha terminado después de todo.La diferencia más sorprendente, sin embargo, entre la Larga Depresión y la Gran Depresión de la década de 1930 es que en la última década en las principales economías la tasa oficial de desempleo ha caído de nuevo a mínimos históricos (en los EEUU, Reino Unido, Japón) .Y sin embargo, la inflación no se ha disparado. El equilibrio entre una tasa de desempleo baja y una inflación alta (como muestra la llamada curva de Phillips) , es una predicción típica de la teoría de la demanda agregada keynesiana. Pero no se ha materializado. La curva de Phillips (la relación entre la tasa de desempleo y la tasa de inflación) es casi plana en la mayoría de las economías capitalistas: no hay equilibrio.
Esto confunde a la teoría económica convencional y las políticas de los bancos centrales, como he descrito en mi anterior artículo . “No me parece que hayamos logrado de manera convincente nuestro mandato de un 2% de manera simétrica,” dijo el presidente de la Fed, Jay Powell. “La presión a la baja sobre la inflación es uno de los grandes retos de nuestro tiempo”.Lo que parece haber sucedido es que, a raíz de la Gran Recesión, en un entorno de baja rentabilidad del capital en la mayoría de las grandes economías, las empresas han optado por contratar más fuerza de trabajo que invertir. Los nuevos trabajadores están siendo empleados en ocupaciones con salarios bajos, y / o con contratos temporales y a tiempo parcial. Por ejemplo, un 17% de los trabajadores estadounidenses esta únicamente empleado a tiempo parcial, un tercio más que en la década de 1960. La tasa oficial de desempleo de Estados Unidos podría ser baja, pero porque muchos estadounidenses en edad de trabajar han salido del mercado de trabajo: para estudiar, trabajar de manera informal o simplemente vivir en casa con la familia.
Y ha habido un aumento en el empleo por cuenta propia - en la llamada 'economía digital'. Así, mientras que los trabajadores cualificados (que escasean) han comenzado a obtener aumentos de salarios, la mayor parte de la fuerza laboral no directiva en los EEUU, el Reino Unido, Japón y Europa, han sufrido períodos significativos de disminución de sus ingresos reales. Mientras que la tasa de crecimiento medio del PIB real por persona en los EEUU fue del 1,5% desde el año 2009, el promedio de los ingresos reales por hora para la mayoría de los trabajadores de Estados Unidos han aumentado sólo un 0,8% al año.
Por lo tanto no ha habido una inflación 'impulsada por los salarios' y los ingresos medios reales se han estancado. El sector capitalista no ha aumentado la inversión en nuevas máquinas, instalaciones o tecnología que sustituya mano de obra o aumente la productividad de la mano de obra existente. Mientras que en la Gran Depresión de la década de 1930, el desempleo se mantuvo alto hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la productividad aumentó considerablemente; lo contrario que en este Larga Depresión.
La última estimación de la inversión de capital global llevada a cabo por los economistas de JP Morgan sugiere que las órdenes de inversión están cayendo y las importaciones de bienes de capital han pasado a ser negativas.
Por el contrario, el mercado de valores de Estados Unidos se dirige a nuevos máximos. Ahora estamos en un mundo económico donde parece que hay una especie de 'pleno empleo', pero con estancamiento de los salarios reales (para la mayoría), bajas tasas de interés e inflación y, sobre todo, una inversión productiva baja. Mientras tanto, la deuda corporativa está aumentando rápidamente a nivel mundial con la emisión de obligaciones de las principales compañías a bajas tasas de interés con el fin de volver a comprar sus propias acciones y así aumentar el precio de sus acciones y continuar la fiesta.
La Larga Depresión se ha convertido en un mundo fantástico en el que suben los precios financieros de activos, baja la inversión y se reduce el crecimiento de la productividad, en el que casi todo el mundo puede conseguir un trabajo (trabajo a tiempo parcial, temporal o por cuenta propia), pero no ganar para vivir.
Sin Permiso Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession. Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com/2019/03/22/the-fantasy-world-of-the-long-depression/ Traducción: G. Buster
Carlos F. Diez Sánchez 27/03/2019 A Federico Gyurkovits, por su interés en el tema
Las elecciones presidenciales de 2016 fueron un gran revés para los movimientos progresistas en Estados Unidos. Pero la campaña del senador independiente por Vermont, Bernie Sanders, en las primarias internas del Partido Demócrata, deja un legado importante para esas organizaciones que conviene revisar con más cuidado.
Apenas tres días después de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de EU (el 20 de enero de 2017), se funda la organización 'Demócratas por la Justicia' ('Justice Democrats', en adelante JD). Sus dirigentes son Cenk Uygur, Kyle Kulinski (del programa Secular Talk), ambos comentaristas políticos ligados al programa creado por el primero, The Young Turks (TYT), y algunos dirigentes de la campaña presidencial de Bernie Sanders, entre ellos, Corbin Trent, de Brand New Congress, y Saikat Chakrabarti, ahora jefe del equipo de Alexandria Ocasio-Cortez, la nueva representante demócrata por el 14º distrito de Nueva York, a la que nos volveremos a referir más adelante. A partir del año pasado, la directora ejecutiva de JD es Alexandra Rojas, otra mente brillante a la que habrá que seguir muy de cerca.
El diagnóstico y la solución Justice Democrats parte del supuesto, adecuado desde mi perspectiva, de que la mayor parte de la población aprueba las políticas progresistas que ellos enarbolan, entre ellas el Nuevo Pacto Verde (https://www.alainet.org/es/articulo/198137), un sistema de salud universal (Medicare for all), educación universitaria pública y gratuita, y la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), que actualmente gestiona los centros de detención para migrantes y la política de separación y detención de infantes, implementada por el gobierno de Donald Trump, entre otras propuestas. Su llamada "Plataforma por la Justicia" concentra toda una agenda concreta que realmente vale la pena revisar.
Sin embargo, a pesar de que las encuestas de opinión demuestran que estas posturas son sumamente populares, la corrupción de los políticos pro-corporativistas en Washington hace prácticamente imposible que esta agenda pueda implementarse.
Como es sabido, no son los ciudadanos, sino las grandes empresas las que financian las campañas electorales, lo cual provoca que, una vez en sus cargos, los políticos terminen velando por dichos intereses empresariales, ya sea para volver a recibir financiamiento en sus campañas o para que las mismas empresas los contraten una vez terminado su período (el conocido fenómeno de la 'puerta giratoria'), siempre en detrimento, por supuesto, del interés del electorado. En particular, vale la pena conocer el caso de la organización conservadora Ciudadanos Unidos (Citizens United) vs. Comisión de Elecciones Federales (FEC), en 2010, en donde la Corte Suprema posibilita el financiamiento electoral por parte de las empresas privadas.
Justice Democrats considera que esta corrupción pro-corporativista fue uno de los factores clave en la derrota de Hillary Clinton frente a Donald Trump en 2016, pues se trataba de una candidata alineada con los grandes intereses empresariales y alejada por completo de las demandas de la población, que se encuentra afectada en gran medida por las políticas neoliberales que se implementaron a nivel mundial.
Aunque JD reconoce la profunda corrupción que domina al Partido Demócrata, entienden que en la coyuntura actual es prácticamente imposible cambiar el sistema bipartidista que domina la política estadounidense y por ello, se proponen cambiar a este partido político desde dentro. Su objetivo es competir en las elecciones primarias internas, derrotar a los candidatos del establishment corporativo, que controla al partido, e ir a la elección general con candidatos 'alternativos', que apoyen su agenda política.
Sobre el perfil de los candidatos, primero deben haber sido nominados por alguien de su distrito. Justice Democrats busca a líderes comunitarios, provenientes de movimientos de base, con perfiles diversos, que sean representativos del electorado, pero sobre todo, que no acepten dinero ni de millonarios ni de las grandes empresas, de hecho, todos sus candidatos deben comprometerse a no recibir este tipo de dinero. Su lema es: "Ser un partido para los que votan, no para las empresas que hacen donaciones".
En ese sentido, intentan reproducir el modelo de campaña que implementó Bernie Sanders en 2016, que recibió la mayor parte de sus fondos a través de pequeñas donaciones directas e individuales, lo que resultó sin duda en uno de los legados más importantes que dejaría esta experiencia para los movimientos progresistas en el futuro inmediato.
Las elecciones intermedias de 2018 Así llegaron a su primera gran prueba. Justice Democrats respaldaría a cerca de 80 candidatos para que compitieran durante las elecciones primarias internas del Partido Demócrata en los más diversos cargos de elección: 5 candidatos a gobernadores, 4 para el Senado y 68 para la Cámara de Representantes.
Todos sabían que era prácticamente una misión imposible... hasta que el 26 de junio llegó la noticia desde Nueva York: Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), con apenas 28 años, había derrotado con una diferencia de 13.4 puntos a Joe Crowley, congresista en funciones desde 1999, que estaba cumpliendo su décimo término consecutivo, que había gastado 18 veces más que AOC en la campaña y que de haber ganado, posiblemente hubiera sido elegido presidente de la Cámara de Representantes, en lugar de Nancy Pelosi. En un distrito mayoritariamente demócrata, la elección general estaba prácticamente asegurada.
Por si fuera poco y para sorpresa de todos, AOC comenzó a apoyar las campañas de otros candidatos progresistas. Ahora, definitivamente tenían la atención del establishment político y mediático. El mensaje que ofrecía JD era contundente: "Si los demócratas se niegan a adoptar nuestra plataforma, seguirán perdiendo, ya sea con los republicanos o con nosotros".
En total, 26 de los candidatos provenientes de JD ganaron sus respectivas elecciones primarias y en noviembre del año pasado, 7 de ellos ganaron en la elección general. Podría parecer un resultado menor, pero hay que ver la vorágine que han generado en Washington. Apenas la semana pasada se supo que "el fenónemo" AOC sería la portada de la revista Time en su edición de abril, y ya se refieren a ella como "el segundo político del que más se habla en EU".
Pero el fenómeno no solo es Alexandria Ocasio-Cortez. Por primera vez, dos mujeres musulmanas han sido electas para el Congreso: Rashida Tlaib (13º distrito de Michigan), de origen palestino, e Ilhan Omar (5º distrito de Minessota), de origen somalí y quien recientemente ha estado en las noticias por sus críticas contra el lobby pro-israelí en Washington. También se encuentra Pramila Jayapal (7º distrito de Washington), primera mujer de origen indio, con una política progresista en temas de migración, y Ro Khanna (17º distrito de California), quien ya ha sido nombrado copresidente de la campaña presidencial de Bernie Sanders para el 2020…
El trabajo de base de JD continúa y, mientras buscan entre los líderes sociales a "el o la próxima AOC", también deberán entrar a la lucha y apoyar a alguno de los aspirantes a la candidatura presidencial, en lo que será su segundo gran desafío.
La lucha en el Partido Demócrata por el 2020
El martes, 3 de noviembre de 2020 estarán en juego 11 gubernaturas estatales (7 actualmente en manos de los republicanos y 4 de los demócratas, más Puerto Rico y Samoa; 34 de los 100 asientos en el Senado, que ahora controla el Partido Republicano y los 435 asientos en la Cámara de Representantes, que ahora controla el Partido Demócrata. Pero todos los reflectores se centran en la lucha por la presidencia, todavía con la posibilidad de reelección de Donald Trump.
Hasta el momento, la mayoría de las encuestas favorecen a prácticamente cualquier candidato demócrata sobre Donald Trump en el voto popular (51% sobre 46%, Change Research con un margen de error de ±2.5), aunque recordemos que el resultado de la elección presidencial lo decide no el voto electoral sino el sistema del Colegio Electoral.
Lo interesante, por supuesto, es ver qué sucede en las primarias internas del Partido Demócrata y a quién eligen como candidato presidencial durante la Convención Nacional Demócrata (DNC) en julio de 2020. En ese sentido, la mayoría de las encuestas ponen a Joe Biden en primer lugar con 31-35% y a Bernie Sanders en segundo con 27% (Morning Consult, con un margen de error de ±1.0), seguidos de lejos por varios aspirantes, entre ellos:
- Kamala Harris, senadora por California desde 2017, y fiscal general del estado (2011-2017), con 8-11% en la intención de voto. Harris está ligada a Steve Mnuchin, actual secretario del Tesoro de Donald Trump y que fuera uno de los donantes de su campaña al Senado.
- Apenas hace dos semanas, el 14 de marzo, Beto O'Rourke, empresario y representante demócrata por Texas (2013-2019), anunció que también buscaría la candidatura presidencial. O'Rourke compitió en las pasadas elecciones intermedias por el puesto del senador Ted Cruz y perdió por un estrecho margen (51% contra 48%) en un estado ampliamente dominado por los Republicanos desde la década de los 1990s. Se sabe que durante su última campaña fue uno de los candidatos que más donaciones recibió de las industrias petroleras y gaseras texanas. La gente de su campaña reportó que tan solo en las primeras 24 horas después del anuncio, O'Rourke ya había recaudado más dinero que Bernie Sanders en el mismo período (6.1 millones vs 5.9 millones). En las más recientes encuestas, ya aparece con un 8% en las preferencias de voto.
- Elizabeth Warren, académica y senadora por Massachusetts desde 2013, especialista en temas de regulación financiera. Actualmente, Warren aparece con el 7% de preferencia en las encuestas.
Joe Biden, ¿será la Hillary Clinton del 2020?
Es un secreto a voces que Biden, vicepresidente durante los dos términos de Barack Obama y senador por Delaware por más de 30 años (1973-2009) se prepara para anunciar su candidatura, a más tardar el próximo mes, a pesar de no haber estado activo en la política desde 2017.
Biden está ligado a los intereses bancarios, no por nada se le llamaba "el senador de Mastercard y MBNA" (ahora una subsidiaria de Bank of America), que fueron sus mayores donantes durante su tiempo como legislador. Biden jugó un papel importante en toda la política de desregulación de Wall Street que se llevó a cabo en los 1990s y que condujo a la crisis financiera de 2007-2008.
Biden votó en favor de la guerra de Irak en 2002. Es conocido por su capacidad para negociar con los Republicanos (recordemos su amistad con el senador John McCain, recientemente fallecido), aunque sea una habilidad que ya no parece ser muy apreciada por el partido de Donald Trump hoy en día.
Si todo sale de acuerdo a su plan, seguramente será el candidato de una buena parte de los intereses corporativos del país. Todo dependerá de cómo maneje la competencia que habrá en las primarias demócratas. Recordemos también que Biden es conocido por sus declaraciones desacertadas, además de tener varias decisiones políticas cuesionables en su historial, que por supuesto lo van a perseguir durante la campaña.
Falta mucho tiempo para que el DNC tome la decisión final. Pueden suceder todavía muchas cosas que cambien las preferencias del electorado, pero el hecho es que el poder corporativo que controla al Partido Demócrata no va a apoyar una posible candidatura presidencial de Bernie Sanders.
Los medios masivos tratarán de aparentar que todos los contendientes llegan en igualdad de condiciones, pero eso es totalmente falso. Hay una gran cantidad de seguidores de Bernie Sanders que recuerdan que la DNC manipuló e hizo todo lo que estuvo a su alcance para frenar su candidatura, y así imponer a Hilary Clinton. Muchos posibles votantes saben que, de la manera más velada posible, volverán a hacerlo.
De ser así, es posible que nos encontremos ante una reedición de las elecciones de 2016, en la cual el Partido Demócrata presentará a un candidato pro-corporativista, que no sea capaz de conectar con el electorado, y con ello aumenten seriamente las posibilidades de relección de Donald Trump. Veremos cómo les va con esa apuesta, en una época en la que las élites políticas en América y Europa siguen perdiendo el poder político ante el surgimiento de líderes antisistema, generalmente conservadores, debido al profundo descontento que existe entre las clases empobrecidas por el neoliberalismo.
Ese es el primer escenario. Pero incluso si la campaña de Bernie Sanders lograra sortear las trampas del Partido Demócrata, todavía se tendría que enfrentar a Donald Trump en la elección general… y como cándidamente dejó entrever el comentarista Donny Deutsch en el programa matutino Morning Joe de NBC News, en su participación del 8 de marzo, ahí entonces la clase dirigente tendría que tomar "una decisión difícil".
El establishment político y mediático odia a los outsiders que interrumpen el 'buisness as usual' de Washington, y por eso el evidente odio que le profesan a Donald Trump, pero la consigna, casi inconfesable, es que deberán votar por "un ser humano despreciable", según sus propias palabras, que propiciará el continuo ascenso del fascismo en EU y los años perdidos en el combate contra el cambio climático, añado yo, antes que permitir que la población elija a Bernie Sanders como presidente de EU. De esta magnitud es la lucha por el 2020.