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David Cufré
29 de septiembre de 2018
El plan económico del FMI tiene como exclusiva finalidad evitar el default antes de las elecciones de 2019 para darle alguna oportunidad al oficialismo de sostenerse en el poder. Mauricio Macri apuesta su futuro a esa estrategia cueste lo que cueste, pidan lo que le pidan. Cirugía mayor sin anestesia, como decía Carlos Menem. Si hay que cortar la tarifa social del gas mientras siguen los tarifazos y aumenta la pobreza se la corta. Si hay que despedir empleados públicos se despiden. Si hay que bajar la obra pública a niveles mínimos aunque ello multiplique los despidos en la construcción se la baja. Si hay que soportar una recesión demoledora de empresas, trabajadores, consumidores, inversiones se la soporta. Si hay que alcanzar el déficit cero hasta eliminando pensiones por invalidez se alcanza. Si hay que congelar la base monetaria aunque se disparen las tasas de interés se la congela. Si hay que devaluar se devalúa. Si hay que someterse a un shock inflacionario por la escalada del dólar se somete. Al presidente no le importa si Christine Lagarde se apropia de la bandera argentina para dar los anuncios desde Nueva York. No le importa si tiene que pedir que los argentinos se enamoren de la titular del FMI. Desde el día que advirtió que la corrida cambiaria lo ponía contra las cuerdas se lanzó sin represión a los brazos del Fondo Monetario, de Donald Trump, de Angela Merkel, de cualquiera que pudiera rescatarlo de una situación que evaluó como terminal y que no podía resolver con su mejor equipo en 50 años. Solo agravó las cosas, y será todavía peor.




