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CENTRO DE ESTUDIOS DR. Ernesto “Chè” Guevara Los interesados en participar remitirse a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
En 1989 caía el llamado “Muro de Berlín” y poco tiempo después, en 1991 la Unión Soviética y los países socialistas europeos implosionaban en forma casi inexplicable.
Grande fue la desazón entre los revolucionarios de todo el mundo quienes no encontrábamos respuestas a tanta decepción. El imperialismo envalentonado sacó a relucir su teoría del “fin de la historia” e implementó la ofensiva neoliberal que tanto daño ocasionó a los pueblos.
Hace ya unos 15 años escribí un libro llamado “Memorias del Futuro”. Me pareció interesante con ese trabajo intentar descubrir ciertos paralelismos en situaciones históricas relativamente recientes acontecidas en las naciones latinoamericanas para ampliar la comprensión y renovar la propia mirada, más acostumbrada al claustro de la pertenencia local.
Por otro lado, en esa obra creí adecuado verificar huellas existentes en la conciencia colectiva que podrían facilitar o dificultar la acción humanizadora y a la vez profundizar en el paisaje social e histórico en el cual muchos de nosotros y nuestros compañeros de lucha nos hemos formado, para ahondar así en la raíz de ciertos comportamientos y posturas.
Toca ahora intentar ver hacia dónde señala en la actualidad la flecha del tiempo y cuál es el mejor modo de apuntar hacia allí.
A cinco décadas de las dictaduras militares
Los cuarenta años de democracia electoral ininterrumpida que se celebran en Argentina son una conquista indudable y constituyen la contracara del régimen sangriento ejecutado por la dictadura cívico-militar-eclesiástica impulsada por la estrategia geopolítica de los Estados Unidos de América en toda la región. Esa estrategia, que en Sudamérica se denominó “Plan Cóndor”, se extendió por toda Latinoamérica, intentando doblegar los impulsos revolucionarios de soberanía y transformación social que resurgían con fuerza por la época, sobre todo, luego de las victorias de la Revolución cubana en el año 59’ y de la Revolución sandinista en Nicaragua en 1979.
Otros veinte años después, asumiría la presidencia Hugo Chávez en Venezuela, abriendo las puertas a la Revolución bolivariana, consciente del necesario carácter continental de la lucha por la emancipación de los pueblos. A partir de ese nuevo impulso se iniciaría un período de fuerte acercamiento e integración entre las naciones de América Latina y el Caribe. Ese ciclo, a su vez, sería también respuesta a la dictadura neoliberal y financiera, que ya había sido iniciada por los gobiernos militares, pero que se vería profundizada por gobiernos civiles en los 80’ y los 90’, una vez más a lo largo de toda la región.
Mientras tanto, se fraguaban nuevos fenómenos bajo la superficie, que emergerían con toda su fuerza tiempo después. Por una parte, cobraban ímpetu las revoluciones identitarias, en las que los pueblos indígenas y afrodescendientes, discriminados y esclavizados durante siglos reclamarían reivindicación histórica, participación y autodeterminación. Así, llegarían a ser gobierno con Evo Morales en Bolivia y hoy parte del gobierno colombiano en la figura de su vicepresidenta Francia Márquez. En esta tendencia se encuadran también los actuales reclamos de reparación histórica por parte de las naciones del Caribe, que sucesivamente han asumido o proyectan en corto tiempo su definitiva independencia de la corona británica.
Al mismo tiempo, avanzó a pasos agigantados la imparable revolución feminista, que reivindica ya no como antaño lograr algunos derechos puntuales, sino una radical y más que justa equidad total, tomando parte crecientemente de todos los espacios sociales y exigiendo tener la opción de decidir con mayor libertad sobre la pesada carga impuesta por la naturaleza, las sotanas y los mandatos culturales patriarcales de tener que procrear y responsabilizarse por la crianza de las nuevas generaciones.
También aquí hemos podido observar el ascenso de lideresas a los primeros niveles de poder político como en el caso de Cristina Fernández, Dilma Rousseff o la actual presidenta de Honduras, Xiomara Castro, la hoy candidata de la Revolución Ciudadana en Ecuador Luisa González y muchas otras en puestos ejecutivos anteriormente solo reservados a hombres como las prefectas Paola Pabón o Marcela Aguiñaga en Ecuador o la actual precandidata a la presidencia de México por Morena Claudia Sheinbaum.
A muy grandes trazos, esos son los paisajes de la memoria en los que cada quien, dependiendo de su pertenencia generacional, se ha formado.
Entre tanto, ha surgido en las últimas dos décadas una nueva generación, para la que, en general, lo ocurrido en el período de la dictadura e incluso en el neoliberalismo, comienza a parecer ya historia antigua, tal como lo es para muchos de nosotros, por ejemplo, lo que pasó entre las dos guerras mundiales del siglo XX. Salvo que una persona o su familia haya sido tocada por la tragedia de manera más o menos directa, el sentir sobre lo que ocurrió históricamente no es tan vívido en las nuevas generaciones como en las anteriores, más allá del esfuerzo que éstas hacen por trasladar sus memorias a las cohortes emergentes.
Y obviamente, al igual que antes y por la propia dinámica histórica, mientras en la superficie social se despliega la trama de los cambios proyectados por las generaciones hoy encanecidas, se están fraguando, a resguardo de la prensa malintencionada e imprevistas para la mayoría ciudadana e incluso para la más ilustrada academia, las revoluciones futuras.
Un presente turbulento de cambio permanente
El presente de la memoria se encuentra en un momento de fuerte turbulencia histórica, tal como los que suelen atravesarse a veces en los vuelos, en los que un clima de temor invade a los pasajeros por lo que pudiera suceder, estando sujetos en esos momentos al destino de una frágil aeronave. O con un símil más preciso todavía, lo que se experimenta en lugares de habituales eventos sísmicos, en el transcurso de un fuerte y prolongado movimiento de suelo.
Los objetos y herramientas cotidianas que usamos ya no tienen mucho que ver con lo que utilizábamos tiempo atrás. Los lugares que se solían frecuentar ya no existen, perviviendo solamente en las fotografías y en los recuerdos. Profesiones y talentos que antes eran venerados o altamente requeridos son eficientemente reemplazados hoy por tecnologías y nuevos saberes.
Grandes cambios ocurren también con los vínculos sociales, en los que se han multiplicado las formas familiares, las modalidades de trabajo, las posibilidades de comunicarse y también los impedimentos para hacerlo sin interferencias. El lenguaje, considerado en otros tiempos un cohesor social fundamental, ha variado sensiblemente, derivando hacia una nueva torre de Babel protagonizada por diferentes tribus generacionales y segmentos poblacionales.
En el mundo casi subatómico de la intimidad, se han diversificado las tendencias afectivas y las identidades sexogenéricas, al tiempo que en el plano geopolítico, las reglas de la anterior predominancia única de Occidente ya son hoy contestadas por una poderosa multipolaridad.
Incluso la imagen misma del espacio sideral está cambiando a partir de la instalación en una órbita lejana de potentes lentes que nos permiten ver mucho más allá de lo conocido.
Lo que antes parecía totalmente imposible, hoy es verosímil y transforma en profundidad la visión que se tiene de la realidad.
En este panorama incierto y voluble, grandes conjuntos humanos tienden a buscar seguridad, certezas, algo que sea o al menos parezca inamovible. Sobre todo, en poblaciones que van aumentando su proporción longeva, como es el caso de las naciones del norte de Europa, del Asia oriental y crecientemente también, las del Cono Sur sudamericano.
Esa tendencia en el trasfondo sicosocial, esa respuesta mecánica en resistencia a este tiempo de severas transformaciones y paisajes irreconocibles, es la que explica el auge transitorio de las opciones retrógradas.
Desde ese estado de profunda inestabilidad que sienten las poblaciones, se pueden reconocer réplicas pendulares como la adhesión a corrientes recalcitrantes y violentas, que proponen detener y volver atrás el reloj de la historia, tanto en el campo político como en el religioso. Incluso las prácticas de cuidado ecológico y la preocupación cotidiana por la situación medioambiental contienen, más allá de sus aspectos racionales, un elemento conservacionista que se encuadra también en lo anterior.
Esto permite también comprender por qué las propuestas de cambio social que suelen ser enarboladas desde los sectores progresistas, a pesar de estar totalmente justificadas en su carácter conceptual, son rechazadas por las mayorías poblacionales, que añoran sin duda un mundo diferente, pero sin tener que transitar nuevas perturbaciones o alteraciones significativas.
Sumidos en esta paradoja de enorme significación, cabe preguntarse entonces si acaso las transformaciones necesarias han de ser producidas sin que la población sienta inquietud por ellas. ¿Acaso es necesario un gatopardismo invertido, en el que todo cambie sin que lo parezca, a diferencia del tan mentado gatopardismo tradicional en que ningún cambio ocurre más allá de una pátina discursiva incendiaria pero carente de contenido real?
Por otra parte, si se afirma la necesidad del concurso popular para producir modificaciones de gran calado tanto en la organización social como en la conciencia colectiva, esto representa un total contrasentido.
¿O es que los conjuntos, guiados por sus creencias, introducen en sus revoluciones cambios impensados que van mucho más allá de los programas que asumen como bandera en una coyuntura? ¿Qué margen queda entonces para los proyectos explícitos y la convocatoria de sumar intenciones a ellos?
El futuro de la memoria
La población total actual de América Latina y el Caribe se ha casi cuadruplicado desde 1950 – otro cambio importante – pasando de 168 a más de 660 millones y continuará creciendo a un ritmo algo menor hasta 2086, alcanzando los 752 millones, para luego comenzar a decrecer. [1]
Sin embargo, este crecimiento no es uniforme a lo largo de los segmentos etarios. Según las estimaciones demográficas, se proyecta en la década actual una disminución del número de habitantes menores de 30 años y un crecimiento positivo de la población adulta en la región, sobre todo de los mayores de 50 años.
Descomponiendo el actual reloj generacional, encontramos que hay aproximadamente seis generaciones coexistentes en el momento actual, cuatro de ellas nacidas en el siglo pasado, en una era predigital, una quinta en la transición hacia y posterior a los años 2000 y una sexta, entre infantil y adolescente, plenamente perteneciente a los tiempos que corren.
En términos de proporción, los menores de 15 años representan hoy algo menos de un cuarto de la población, estimándose que en unos veinticinco años más, fruto del descenso de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida, las personas de más de 60 años, que hoy son más o menos la mitad de aquellos, los superen en número.
La generación hoy en pugna por asumir un papel transformador – que situamos con cautela entre los 15 y los 30 años de edad – suma otro 25%, mientras que los que están en proceso de instalación social son un 22%. Las y los latinoamericanos que ocupan el centro de la escena generacional, entre unos 45 y 60 años, comportan a su vez un 17% del total.
Si consideramos la velocidad de los cambios y las diferencias que éstos van estableciendo en la percepción de las distintas generaciones sobre la realidad que les toca vivir, estas estadísticas nos muestran tan solo un abultamiento creciente de las franjas menos dinámicas, es decir, menos proclives a las transformaciones. Lo que no informa en absoluto sobre el signo de las mismas, ya que nada de esto es lineal y las generaciones pueden proponer como parte de su proyecto direcciones reactivas al progreso social. Esto puede observarse con nitidez en cierto sector de la juventud, que a contracorriente de lo que intentaron construir sus antecesores desde un paisaje más contestatario, se rebelan en términos conservadores o incluso retrógrados.
Sin embargo, a principios de la década pasada el mundo y también nuestra región fueron nuevamente sacudidos por fuertes movilizaciones juveniles que parecían protagonizar una nueva sensibilidad con aspectos muy positivos, como una mayor horizontalidad, el reclamo por una democracia real, una mayor justicia en la redistribución de la riqueza y la paridad de género, por solo citar algunas de sus proclamas más destacadas.
Esa asonada generacional logró ocupar un espacio político importante y sin embargo, parece haber sido absorbida por un sistema que entonces semejaba estar herido de muerte.
Otro alzamiento de carácter más complejo en su conformación, pero igualmente protagonizado por una “primera línea” de jóvenes, es la que se suscitó poco antes de la pandemia del Covid-19 en Chile y Colombia, ayudando a remover a gobiernos conservadores en esos países. Distinto fue el signo de esa arremetida en Bolivia, colaborando con un golpe de Estado que perseguía intereses antirrevolucionarios y en Ecuador, situación que fue manipulada eficazmente por el sistema y paradójicamente permitió la entrada a la presidencia de un banquero, hoy felizmente ya derrotado.
¿Cuál es entonces el proyecto de la actual generación en crecimiento, la generación nacida en entornos de plena digitalización, qué posibilidades de implantación tiene, a qué resistencias se enfrenta y cuáles serán sus implicancias sociales y políticas en América Latina y el Caribe? ¿Serán salidas creativas, reactivas, tenderán a la adaptación sin cambios, a una acción efectiva y transformadora o pretenderán desacoplarse y recluirse en sí mismos, perdiendo toda incidencia?
No son interrogantes fáciles ni podremos develarlos por completo, pero estamos seguros que entre esos pliegues podremos entrever algo del futuro de la memoria.
Ante todo, el cúmulo de información que comparten las nuevas generaciones llega hoy a todos los rincones y segmentos sociales en tiempo casi real, pese a los esfuerzos sistemáticos por censurar, desinformar, convertirla en nueva mercancía o vaciarla de sentido. Este hecho incontestable permite inferir una suerte de nivelación en los contenidos que manejan la mayor parte de los jóvenes y por tanto, en la posibilidad de constituir proyectos con elementos similares, más allá de las diferencias culturales o de posición socioeconómica. Precisamente esa nivelación informacional permite pensar que, en proceso, nadie querrá quedarse atrás en el disfrute de los beneficios que la humanidad ha acumulado en su conjunto a lo largo de la historia, lo que augura nuevas movilizaciones en ese sentido.
Asimismo, esta ancha avenida de posibilidades que se abre ante las nuevas generaciones, estimula cierta indecisión en las elecciones vitales, un vértigo propio de la ampliación de horizontes, contrario al carril predeterminado de tiempos anteriores, pero que a la vez entorpece la adopción de un proyecto colectivo común.
Por otra parte, la velocidad en la dinámica social, en ocasiones rayana en la inmediatez más absoluta, promueve una sensación que dificulta cualquier idea de proceso o gradualismo. Todo debe suceder ya y en el “ahora”. Esto se opone radicalmente a la anterior idea de “progreso” o “movilidad social ascendente” que requería de muchos años de esfuerzo formativo, lo cual explica en parte el fracaso del modelo educativo actual y la búsqueda juvenil de caminos más cortos (o atajos como la migración o incluso la delincuencia) para lograr ciertas metas.
Al mismo tiempo, el alto grado de comodidad facilitada hoy por los artilugios tecnológicos, hace que la misma idea de “esfuerzo”, pese a las enormes dificultades que atraviesan muchos jóvenes, pierda vigencia. En todo caso, el esfuerzo es impuesto por la necesidad de supervivencia en un sistema explotador, pero no constituye ya una virtud, al igual que el concepto de “sacrificio”, tan en boga en generaciones precedentes.
En términos de relación, las nuevas generaciones se encuentran sometidas al flagelo de la fragmentación social, que no solo las afecta en el seno de sus hogares, sino en la desarticulación de lazos y vínculos profundos e inamovibles a su alrededor. Esto hace que, muy probablemente y por necesidad, un importante factor del proyecto juvenil tenga que ver en la actualidad con la búsqueda de comunidad en la que cobijarse y con la cual identificarse.
Esto choca con las pretensiones y las prácticas neoliberales, que imponen modalidades cada vez más individuales y de menor contacto humano en todos los ámbitos ya permeados por aplicaciones y tecnologías digitales.
Mientras tanto, cada vez más jóvenes descreen del sistema político actual y rechazan la inacción o ineficacia de los representantes para dar respuesta a las severas dificultades que padecen. En ocasiones, muestran su disconformidad mediante la abstención, el voto en blanco o nulo. En otras oportunidades, apoyan a algún candidato o candidata que se promueve como al margen del sistema, aunque por lo general, esta es una nueva mentira.
Al ser mínimas o nulas las posibilidades de subsistencia y tranquilidad económica para los jóvenes dentro del sistema, muchos buscan formas o espacios alternativos, que si bien muestran modos diferentes y más colaborativos de hacer las cosas, por lo general terminan fracasando o siendo absorbidos ya que el marco general o plano mayor continúa siendo adverso.
A toda esto se suma algo más importante aún. Es el vacío existencial que siente la mayor parte de esta nueva generación por la desazón que produce la provisoriedad y la carencia de sentido del sistema mismo, que tan solo promueve la posesión y la competencia como conductas prioritarias. Un primitivismo que conduce al absurdo, a la proliferación de afecciones mentales como la depresión, las adicciones, los trastornos alimentarios, la violencia contra otros y contra sí mismos. Cabe mencionar aquí que la autolesión ya es la tercera causa principal de mortalidad adolescente a nivel regional.
¿Permiten estos primeros trazos bosquejar un posible programa generacional coherente o delinean apenas un contorno de situación no suficientemente inteligible pero ciertamente refractario a hábitos añejos?
Nos inclinamos por lo segundo, pero esta comprensión nos invita a afirmar sin dubitaciones que el mundo ya ha cambiado y las viejas recetas ya no funcionarán en éste.
Estamos en la última etapa de un “ancién regime”, tal como se catalogaba al vetusto régimen monárquico, aristocrático y clerical en el transcurso de la revolución francesa. Y es altamente probable que sea la presente generación en crecimiento la encargada de darle la espalda definitivamente. Este aserto se basa no solo en un acto de conciencia esperanzado, sino en el fracaso total y evidente del sistema para dar respuestas efectivas a las necesidades sociales y existenciales acuciantes, más allá de la distracción que provocan los nuevos fetiches tecnológicos.
Aunque algunos de los grandes problemas de hoy datan de hace mucho tiempo, la juventud emergente no adherirá a las misma respuestas por las que las anteriores generaciones apostaron en el pasado.
Lo que estamos queriendo decir, es que hay que desplegar propuestas acordes a la nueva sensibilidad, sin temor al rechazo que puedan provocar en coetáneos de otras épocas. Y con ellos, avanzar en la comprensión de aquellos paisajes profundos que generan adhesión a ciertos idearios y acciones y reaccionan con escepticismo ante la novedad.
Por supuesto que, como toda revolución la próxima, ya en curso, contendrá contradicciones, será resistida por los viejos moldes, no logrará por completo sus objetivos ni siquiera en su ciclo más fecundo y finalmente será reemplazada en sus paradigmas por las generaciones subsiguientes. Pero lo cierto es que con la rebelión estruendosa o silenciosa de la nueva generación ante lo establecido, la historia continuará su avance hacia la Nación Humana Universal, inclusiva, colaborativa, paritaria, diversa y no violenta, utopía fundacional del tiempo histórico que nos toca vivir.
[1] Fuente: Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE)-División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), revisión 2022 y Naciones Unidas, WorldPopulationProspects, 2022 [en línea] https://population.un.org/wpp
(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza
En la segunda vuelta presidencial que tendrá lugar el próximo 11 de Abril, los ecuatorianos enfrentan la disyuntiva entre apostar por un candidato progresista o tener que soportar durante cuatro años un gobierno empresarial, ligado a las finanzas y a los poderes económicos fácticos, nacionales e internacionales.
Por Javier Tolcachier
Si bien la visión binaria es habitualmente reduccionista y puede suscitar la sensación de extorsión, es claro que a estas alturas se trata de una elección a cara o cruz. Y es literal, la opción cruz, la de la derecha, la banca y el socialcristianismo, la representada por Guillermo Lasso, miembro del Opus Dei, es la de quienes no muestran su cara real.
Son bien conocidos en esta región los artilugios del asesor de campaña de Lasso, Jaime Durán Barba, cuya foja de servicios habla a las claras de los intereses a los cuales suele servir. En los 90 asesoró en Colombia al Partido Alternativa Liberal comandado por el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Fue luego secretario de la Administración Pública de Ecuador durante la presidencia del neoliberal Jamil Mahuad, bajo cuyo mandato se produjo el dramático “feriado bancario”, en el que se esfumaron los ahorros de miles de familias ecuatorianas. Guillermo Lasso era por entonces Gobernador de Guayas, cargo que obtuvo como gratificación por los fondos aportados a la campaña de Mahuad.[1] Durán Barba trabajó también en la campaña del empresario derechista Álvaro Noboa y manejó en Argentina las campañas a jefe de gobierno y a presidente del también empresario Mauricio Macri, derrotado en 2019 por una amplia coalición popular. Actualmente, ante el magro resultado (algo menos de 20%) obtenido por Lasso en la primera vuelta, le fue ofrecido el puesto de consultor de campaña para intentar revertir su fracaso definitivo.
La estrategia habitual, también usada en esta oportunidad, es pretender disfrazar lo antipopular de popular, ocultando las reales intenciones políticas de sus mandantes a través de slogans vacíos, augurio del vaciamiento de lo público que defienden. Lo cierto es que, aunque la banca se vista de sierra, banca queda. Lasso, como Macri, es el intento de regresar 30 años, de volver a los 90, de ampliar los negociados privados desde la administración pública enajenando recursos preciosos que pertenecen al común.
Más allá de la fachada y apagados los reflectores y la música, los gobiernos de la derecha producen un daño directo a las mayorías, destruyendo en poco tiempo con sus programas privatizadores lo que costó largo tiempo construir, reduciendo la oferta y calidad de los servicios públicos de salud, educación y cultura, entre muchos otros, para abrir las puertas a su mercantilización.
La falsificación de la real identidad política de Lasso va de la mano con una campaña sucia y degradatoria. Por ejemplo, utilizando a migrantes pidiendo limosna, para sugerir ese tipo de imagen de futuro para el Ecuador, en el caso de que Andrés Aráuz, candidato de la Unión por la Esperanza (UNES), acceda a la presidencia.
La cara del progresismo es una cara joven, que representa un símbolo de recambio y renovación del proceso anterior de la Revolución Ciudadana, liderada entonces por el ex presidente Rafael Correa, proscrito a través de la persecución y una viciada condena judicial, en el mismo estilo del montaje contra el ex presidente brasileño Lula da Silva. Estos procesos cuentan invariablemente con el asesoramiento del Departamento de Justicia estadounidense a través de diversos programas y cuyo objetivo es impedir la elección de líderes populares, renuentes a obedecer los mandatos neocoloniales del Norte.
La significación de las opciones en términos de política exterior y geopolítica
Más allá de que el pueblo del Ecuador esté, con justísima razón, interesado prioritariamente en las consecuencias directas de un plan de gobierno para su propio destino, en un mundo de interconexión total, no es en absoluto indiferente la orientación que se de a la política exterior.
Lasso representa una sumisión directa al plan de dominación estadounidense, significa Grupo de Lima, agresión sistemática contra Venezuela, contra Cuba, asociación con el criminal gobierno colombiano, alejamiento de la soberanía y de la integración regional con sentido social. Su postura política implica una atadura de manos en la puja geopolítica de los Estados Unidos contra China y Rusia, encarna el regreso de Ecuador a la senda de represión contra el pueblo y la re-militarización ya emprendida por el actual desgobierno de Moreno, anticipa la muy posible instalación en territorio nacional de fuerzas militares y de seguridad de Estados Unidos o Israel. En el peor de los casos, el alineamiento automático significa participar de peligrosas confrontaciones armadas.
Como contracara, un gobierno de Aráuz seguramente se sumará al bloque progresista cuyo eje central son Alberto Fernández, Andrés Manuel López Obrador y también Luis Arce, presidentes de Argentina, México y Bolivia respectivamente (éste último bisagra hacia los países del ALBA-TCP), constituyéndose en factor de paz en la región, actuando como un defensor de la autodeterminación de los pueblos, contrario a la injerencia geopolítica de potencias externas.
Asimismo, una victoria de Aráuz en segunda vuelta, además de posibilitar de manera casi inmediata la recomposición de la UNASUR y la recuperación progresiva de la integración regional con sentido soberano, podría fortalecer a otros actores y movimientos progresistas de la región como Verónika Mendoza, mujer andina y de izquierdas, si logra acceder a la segunda vuelta en Perú. Lo mismo sucedería con las candidaturas independientes y de los partidos de izquierda en Chile, en las ahora postergadas elecciones de constituyentes y las presidenciales previstas para el 21 de Noviembre, como así también con la enorme posibilidad del pueblo hondureño de sacudirse al fraudulento régimen de Juan Orlando Hernández en la contienda a realizarse una semana después.
Un resultado favorable al progresismo en la segunda vuelta de Ecuador, alentaría a las movilizaciones populares en curso en Paraguay, Haití y Guatemala, fortalecería las esperanzas del Pacto de Unidad en Colombia para vencer en Mayo del año próximo al cártel empresarial y mediático cuyo brazo ejecutor es la facción política liderada por Álvaro Uribe e incluso colaboraría con la imagen de la posible vuelta al poder de un bloque popular de unidad en Brasil.
En definitiva, el muy posible triunfo de Andrés Aráuz, implicaría un fuerte impulso a la reversión de la segunda ola neoliberal producida por el desgaste inducido y también propio de los proyectos populares iniciados en la primera década del siglo.
En términos de relaciones internacionales, la reconstitución de un bloque progresista a la izquierda constituirá un claro avance hacia el multilateralismo, abriendo espacio para las naciones subalternizadas y saliendo de la bipolaridad confrontativa. La paradoja es que hoy, las elecciones “binarias”, en las que los pueblos eligen entre alianzas populares heterogéneas o sectores proempresariales, pueden modificar la geopolítica, al permitir abandonar, en el caso de la derrota de estos últimos, la lógica de la Guerra Fría entre dos bandos.
Del rechazo a la construcción del otro mundo posible
La amplitud del voto protesta en la primera vuelta de la elección en Ecuador se expresó en una significativa abstención, un alto porcentaje de sufragio nulo o blanco y la dispersión de casi la mitad de los votos afirmativos. Sin duda que, más allá de toda estrategia electoral, el fenómeno amerita comprensión, reflexión, actualización y necesidad de profundización de la dimensión humanista de las izquierdas y el progresismo en nuestra región.
Esa tendencia, presente también en las distintas compulsas electorales en otros lugares, es un clamor contra el alejamiento entre la superestructura política y las preocupaciones reales de los pueblos, es la rebelión frente a la frecuente incapacidad de los gobiernos para escuchar y dialogar, frente a las dificultades de abrir la mente y corazón a los nuevos tiempos, a los nuevos derechos y la nueva forma de construir política que reclaman los jóvenes, las mujeres, los sectores indígenas y afrodescendientes, principales discriminados de esta región que no logra desprenderse de su matriz colonial.
La denominación “volver mejores” suele aludir a esa transformación del proyecto progresista, es decir, acometer nuevos horizontes y reivindicaciones para iniciar un período virtuoso de gobierno que recoja lo mejor del ciclo anterior y lo eleve en el marco de una espiral evolutiva.
Como ya ha sido demostrado, no alcanzará con la buena voluntad o las promesas. El acompañamiento movilizado, participativo y crítico de las poblaciones, es sin duda alguna una condición imprescindible para ese logro.
Andrés Aráuz, con 36 años recién cumplidos, forma parte de una generación de recambio, no solo por su edad, sino también por la situación en la que la persecución judicial y mediática, la proscripción antidemocrática y en otros casos la muerte biológica, colocó a los liderazgos latinoamericanos. Eso, junto a la crítica de sectores anteriormente aliados, puso al progresismo y a las izquierdas en situación de renovarse, no solo en términos de caras electorales, sino también de incorporar nuevos contenidos que hoy son parte de la agenda de la nueva sensibilidad a nivel mundial.
Temas como la paridad de género, los feminismos, y el derecho de las mujeres a no ser tratadas como máquinas de reproducción; la fuerte reconversión hacia políticas de mayor equilibrio medioambiental; la valoración de la diversidad cultural y la efectiva construcción de la plurinacionalidad; la afirmación de la diversidad sexoafectiva y las nuevas formas familiares; la democracia participativa y real; la descentralización del poder; la apuesta por nuevas tecnologías soberanas y la alfabetización digital crítica; la plena inclusión de las nuevas generaciones o la no-violencia como política de Estado, son asuntos pendientes que existen en distinta medida y que se van asentando y e irán amplificando cada vez más en la agenda de todos los gobiernos progresistas.
Sin duda que hoy, ante una enorme crisis sistémica, puesta crudamente de manifiesto por la emergencia sanitaria de la pandemia, las exigencias de transformación son mayores. En este nuevo ciclo, el mandato popular reclama a los gobiernos progresistas no solo la continuidad sino la profundización veloz de la tendencia hacia la igualdad de derechos y oportunidades en la educación, la salud y las posibilidades de un creciente bienestar colectivo. Bienestar para el cual, en el contexto actual, no bastará la muy moderada redistribución del producido social anterior, excesivamente respetuosa del injusto statu quo de hiperconcentración capitalista.
En la práctica, los futuros gobiernos populares, si quieren cumplir con el mandato encomendado por las urnas a cabalidad, deberán incluir reformas estructurales en el sistema económico e impositivo y en la matriz de exportación extractivista sin valor agregado, posibilitando además el establecimiento de una revolucionaria renta básica universal incondicional, que permita deshacerse del yugo de las dependencias, de la condena del trabajo por la mera subsistencia y favorable al desarrollo de capacidades y potencialidades no reconocidas por el mercantilismo vigente.
Lo mismo deberá suceder con la decidida democratización de los medios de comunicación, parcialmente iniciada por algunos gobiernos populares pero que no logró atravesar los impedimentos que interpuso el poder real de la monopolización mediática… a lo que ahora se suma el desafío de afrontar las amenazas de captura de toda la actividad social por parte de empresas digitales monopólicas.
Es preciso descolonizarnos no solo hacia afuera, sino también hacia adentro de los países, recuperar la vitalidad y la riqueza de todas nuestras culturas, integrando sus aspiraciones en un marco de convergencia creativa y dinámica.
Asimismo, la despatriarcalización total de las estructuras dirigenciales y políticas, y sobre todo, de las conductas cotidianas violentas contra nuestras compañeras mujeres, es un imperativo moral ineludible.
En consonancia con estas aspiraciones políticas, debe avanzar la transformación de la conciencia personal y social, haciendo crecer un sentido de coherencia que no tenga como propósito vital el consumismo, la apropiación de objetos, el individualismo o la competencia, sino la hermandad, la solidaridad, la colaboración y la ayuda.
Poco a poco se hará más visible la necesidad de apuntar a la construcción de un espíritu de comunidad incluyente de la diversidad, no fundado en la diferencia, sino alrededor de un parámetro compartido verdadero, indiscutible y firme, capaz de establecer la base de un futuro más armónico en este planeta, en el que ya todas las culturas están interconectadas. Este valor es el reconocimiento de nuestra común humanidad.
El resultado de la segunda vuelta en Ecuador puede abrir las puertas a la renovación y ampliación de los sueños, pero también tornarse fuente de retroceso y legitimación de un recurrente ciclo de pesadillas. Confiamos en que el buen conocimiento, que une el corazón a la cabeza, ayude a superar anteriores desencuentros y guie a las y los ecuatorianos al mejor de los senderos.
(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en la agencia internacional de noticias Pressenza.
Claudio Katz Rebelión - 22-11-2019 América Latina registra un abrupto cambio, al calor de grandes confrontaciones entre desposeídos y privilegiados. Esa disputa incluye revueltas populares y reacciones de los opresores. En un polo aflora la esperanza colectiva y en el otro el conservadurismo de las elites.
La desorbitada beligerancia del imperio Una pregunta que no dejan de hacerse víctimas y testigos de la creciente agresividad del imperialismo refiere a la inexistencia, o en todo caso debilidad, de las fuerzas y actores internacionales que deberían impedir o por lo menos tratar de limitar los alcances de la intensificación de la ofensiva lanzada contra Venezuela, Cuba y Nicaragua por parte de la Administración Trump. [1] La historia de los imperios demuestra sobradamente que en su fase de declinación éstos se tornan más violentos y sanguinarios, y que sus líderes tienden a ser más toscos y brutales. No sólo sus líderes, como lo demuestra con claridad Donald Trump. También su entorno de asesores y consejeros refleja similar involución, llegando a constituir algo semejante a lo que Harold Laski, refiriéndose a los dirigentes del fascismo europeo, denominaba “elites de forajidos”. [2] No hace falta remitirse al profeta Moisés y las Tablas de la Leypara concluir que torvos personajes como John Bolton, Elliot Abrams, Mike Pompeo, Juan Cruz, Marco Rubio y la directora de la CIA, Gina Haspel, son una pandilla de hampones que sólo como producto de la acelerada descomposición moral y política del imperio trasiegan por las oficinas de la Casa Blanca cuando el sitio apropiado para sus afanes debería ser una cárcel de máxima seguridad en el desierto de Nevada. No hay entre ellos un solo estadista o un intelectual capaz de ofrecer una visión realista y sofisticada de la realidad contemporánea. Ninguno resistiría diez minutos de debate con Vladimir Putin o Serguéi Lavrov, eventualmente con Xi Jiping, porque serían intelectualmente destrozados de manera fulminante.
¿Hampones? Sí, pero también algo más. En una entrevista relativamente reciente Madelein Albright sentenció que “un fascista es un matón con ejército”, definición que calza como anillo al dedo para definir a la actual dirigencia estadounidense. [3] Son fascistas que dirigen un ejército de alcance planetario. No sorprende que el diagnóstico sobre la situación internacionalde estos personajes sea de un espeluznante simplismo, a la Hollywood. Están los buenos y los malos, los primeros son ellos, los estadounidenses, y los demás, los malos que se subdividen en dos tipos. Una tropa de cobardes poco dispuestos a pagar por su defensa (como los europeos, según el círculo áulico de Trump) y un enorme conglomerado de holgazanes, ladrones, narcotraficantes, asesinos y violadores que seríamos todos los restantes habitantes del planeta. Este desaforado maniqueísmo lo expresó de manera rotunda otra eminente mediocridad que ocupó la Oficina Oval de la Casa Blanca: George W. Bush quien, al lanzar su campaña “antiterrorista” después del 11-S advirtió a los pueblos del mundo que “quien no esté con nosotros estará contra nosotros”. Con nosotros, los buenos, o los malos redimidos; contra nosotros, y ateniéndose a las consecuencias, todos los demás.
Por consiguiente, la actual escalada belicista instrumentada mediante la aplicación de todos los capítulos de la Ley Helms-Burton en contra de Cuba y un torrente de sanciones económicas en contra de Venezuela, Nicaragua y, allende del Atlántico, Rusia y Corea del Norte, es expresión de la tambaleante situación que atraviesa el imperio americano, cuyos más lúcidos analistas y estrategas coinciden en señalar que los días del apogeo imperial ya quedaron definitivamente atrás. De ahí que Trump y sus secuaces hayan arrojado por la borda las sutilezas y losdelicados pasos de minué propios del juego diplomático (ejemplificado al reducir el presupuesto y funciones del Departamento de Estado y designar a un “hombre de acción” como Mike Pompeo como su Secretario) y exaltado el papel de la coerción y la violencia como instrumentos para reconstruir aquel orden mundial con que muchos se ilusionaron: el “nuevo siglo americano”, infantil espejismo con que se entretuvieron muchos académicos y analistas tras el derrumbe de la Unión Soviética pensando que este sigloveintiuno sería el del predominio absoluto e incontestable de Estados Unidos. Se equivocaron de medio a medio, y a la inicial frustración derivada del incumplimiento de tan rosados designios siguió una apuesta tan tenebrosa como temeraria por la violencia.
Una vieja obsesión y la guerra de quinta generación Sería injusto decir que todo esto sobreviene, como un rayo en un día sereno, de la mano de Trump. Tiene orígenes lejanos. Como lo hemos demostrado en nuestro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo [4] la opción guerrerista estaba ya firmemente instalada en los planes de la Administración Clinton y Madelein Albright fue una de sus más elocuentes voceras cuando advertía a propios y ajenos que para Washingtonla opción por el multilateralismo sería respetada “cuando fuera posible”; en caso contrario “el unilateralismo seguiría siendo necesario”. Traducción: negociación diplomática multilateral enel marco de la ONU en la medida que sea posible -y conveniente- para los intereses de EEUU; si esto no funciona el músculo militar deberá aplicarse cada vez que sea necesario. No podemos olvidar que fue el presidente Barack Obama quien en el 2015 abrió las puertas ala violencia desatada por Trump contra Venezuela cuando emitió una infame orden ejecutiva declarando que la situación del país sudamericano obligaba a la Casa Blanca a declarar una “emergencia nacional” por la “amenaza inusual y extraordinaria” que la patria de Bolívar y Chávez representaba para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos. [5]
El razonamiento anterior permite comprender las razones por las que ante el evidente fracaso diplomático de EEUU para lograr un consenso a favor de su criminal bloqueo a Cuba –repudiado masivamente año tras año en la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas- o de hacer que la “comunidad internacional”se encuadre tras las directivas golpistas de Washington para designar a un fantoche impresentable como “presidente encargado” de Venezuelala respuesta del gobierno estadounidense haya sido recurrir a las nuevas armas de la guerra, esas que constituyen lo que algunos analistas denominan como “guerra de quinta generación.” Ya de poco o nada sirven los tratados de control de armas de la época de la Guerra Fría porque hoy las guerras se libran cada vez con mayor frecuencia con artefactosdistintos de los convencionales: ataques informáticos, pulsos electromagnéticos teledirigidos, propaganda, terrorismo mediático, sanciones económicas, presiones diplomáticas, nanotecnología y robótica aplicadas al campo militar. No es que las armas tradicionales hayan caído en desuso sino que las tareas de “ablande” de la resistencia ante el agresor imperialista, que antaño realizaban los bombardeos y los ataques convencionales con helicópteros artillados o misiles lanzados desde navíos de guerra, hoy esas tareas se llevan a cabo apelando a unapropaganda que sataniza al enemigo, promueve el caos y la desintegración social a la vez que lanza formidables agresiones económicas (bloqueos comerciales, confiscaciones de activos, amenazas a proveedores de insumos básicos o compradores de lo producido por una economía, etcétera)y ataques informáticos a centros neurálgicos de un país -una usina hidroeléctrica, por ejemplo- como lo demuestra el caso de Venezuela en estos días. Nuevas armas para un nuevo tipo de guerra que sin disparar un solo tiro pueden ocasionar inmensos daños a la infraestructura de un país al privarlo de energía eléctrica -y, por ende, de iluminación, agua, gasolina, transporte, internet, etcétera -y causar enormes sufrimientos a su población. En el caso del país bolivariano la apuesta del imperio es que ante tamañas penurias y sufrimientos se produzca un incontenible levantamiento popular que ponga fin a la revolución bolivariana y al gobierno de Nicolás Maduro. Fracasaron, y seguirán fracasando porque subestiman la capacidad de resistencia de venezolanas y venezolanos; y porque los ataques de Estados Unidos han consolidado aún más la vocación antiimperialista del pueblo venezolano al paso que la oposición –por su cipayismo, su falta de patriotismo, su desprecio por la historia nacional y por la autodeterminación popular- ha quedado reducida a casi nada. Carente por completo de capacidad de liderazgo. Guaidóse desdibuja como una figura fantasmal en acelerado proceso de evaporación, sostenido a duras penas por la canalla mediática y los gobiernos tributarios de la Casa Blanca que se desviven por satisfacer las órdenes del nuevo Calígula, el más monstruoso de los emperadores romanos según el historiador Suetonio. [6]
La agresión económica, hoy perfeccionada como un puntal del nuevo tipo de guerra, ya fue ensayada sin éxito con Cuba desde hace más de sesenta años. En un memorando elocuentemente titulado (con una enorme dosis de wishful thinking) “La declinación y caída de Castro”, fechado el 6 de Abril de 1960 y dirigido al Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Roy R. Rubottom Jr.se reconocía que la mayoría de los cubanos apoyaban al gobierno revolucionario y que, como hoy en Venezuela, no existía oposición efectiva, ante lo cual lo se concluía que el “único medio previsible para alienar el apoyo interno a Castro era el desencanto y ladesafección basados en la insatisfacción y las penurias económicas.” Era responsabilidad de Washington, por lo tanto, desatar toda clase de iniciativas tendientes a producir, precisamente, los sufrimientos y privaciones que encenderían la chispa de la rebelión. [7]
La incentivación de este tipo de conducta es lo que, con las renovadas presiones económicas y financieras, está en los planes actuales de Washington en relación no sólo a Venezuela sino también Cuba y Nicaragua. Al principio de esta nota nos preguntábamos por la ausencia, o al menos notoria debilidad, de fuerzas compensatorias en el marco internacional que pudieran atenuar, cuando no neutralizar, los letales efectos de la brutal contraofensiva norteamericana encaminada a recuperar el control absoluto de Nuestra América. Es indiscutible que en el emergente mundo policéntrico o multipolar estas fuerzas compensatorias existen y, hasta ahora, han tenido una cierta eficacia en impedir que Estados Unidos apelara, como lo hiciera rutinariamente a lo largo de todo el siglo veinte, a la “opción militar”, que al decir de los personeros de Washington “está siempre sobre la mesa.” Basta con recordar lo ocurrido en Santo Domingo en 1965, Granada en 1983 y Panamá en 1989 para constatar lo mucho que ha cambiado el mundo y la declinante capacidad de Estados Unidos para apelar unilateralmente a la intervención militar para deshacerse de gobiernos desobedientes. Hoy es muy poco probable que lo vuelva a intentar, y esto es de por sí una gran noticia. Claro que si esa alternativa parece descartada se debe menos a los escrúpulos morales de la dirigencia norteamericana que a los límites que impone una correlación internacional de fuerzas en donde países como Rusia y China se han manifestado, de modo rotundo, en contra de la misma con declaraciones de una inusual dureza. Pero la neutralización de una guerra económica,o de una pertinaz propaganda satanizadora de gobiernos revolucionarios, o del terrorismo mediático para ni hablar de los ataques informáticos es algo mucho más difícil de concretar.
Europa y el imperialismo norteamericano Lo anterior obedece, en buena medida, a la lamentable deserción de los gobiernos europeos de sus responsabilidades en el mantenimiento del orden y la legalidad internacionales. Un efectivo contrapeso a las sanciones económicas arbitrariamente impuestas por Washington a los países que, en su parecer, representan una amenaza a la paz mundial o a la seguridad nacional de Estados Unidos sólo puede ser interpuesto por gobiernos que cuenten con una cierta gravitación internacional. No es algo que esté al alcance de la enorme mayoría de los países de la periferia mundial del capitalismo, carentes de los recursos económicos, intelectuales y tecnológicos para neutralizar los dispositivos de la guerra de quinta generación que ha lanzado Estados Unidos. Pero sí es algo que las viejas potencias coloniales pueden hacer ydesgraciadamente no hacen. Países como Francia, Italia, Reino Unido, Alemania, España, Portugal, Holanda y Bélgica, amén de algunos otros, podrían rechazar de plano la antidemocrática e ilegal “extraterritorialidad” de las leyes dictadas por el Congreso de Estados Unidos, y sin embargo no lo hacen. Al contrario, aceptan sin chistar este humillante avasallamiento de la soberanía nacional. Las leyes de los países europeos carecen de aplicación en Estados Unidos, pero las de éste se imponen, como corresponde a un imperio, en casi todo el mundo. Un ejemplo extremo, pero no por ello único, es lo ocurrido con el principal banco de Francia, el BNP Paribas que en Junio de 2014 fue condenado a pagar una multa de 8.834 millones de dólares (unos 6.450 millones de euros) por desobedecer las sanciones económicas impuestas contra Sudán , Irán y Cuba . No sólo eso: por órdenes del Departamento del Tesoro de EEUU el BNP Paribas tuvo también que despedir a 13 funcionarios involucrados en esas operaciones y al jefe de operaciones internacionales del banco. Y ante tamaño atropello las autoridades francesas no tuvieron las agallas para rechazar de plano la insolente injerencia estadounidense en su propio país limitándose a refunfuñar que aquella decisión “no era razonable” (el canciller Laurent Fabius dixit); o que le parecía “desproporcionada” (el presidente François Hollande) mientras el General Charles de Gaulle se revolvía asqueado en su tumba. [8]
Lo antes dicho confirma que la apuesta de la Casa Blanca para construir un imperio mundial encuentra en la casi totalidad de los gobiernos europeos vasallos dispuestos a convalidar dicha pretensión, convencidos, en su estúpida ingenuidad, que en algún momento podrán recoger las migajas de esa aventura y ser copartícipes en un ilusorio “condominio imperial”. La realidad es muy diferente y lo que queda en evidencia es que esos países se encuentran sometidos a una relación de subordinación tan asfixiante como la que caracteriza a las naciones de América Latina y el Caribe.
Tres dimensiones de la autonomía nacional-estatal ¿Europa sometida, al igual que Latinoamérica, a la dominación imperialista? Algunos podrán fruncir el ceño ante semejante afirmación. Pero si examinamos detalladamente el asunto veremos que no hay exageración alguna. Un examen sobrio de la relación entre el imperialismo norteamericano y los países europeos revela que éstos se encuentran sometidos a aquél con lazos tan asfixiantes como los que encontramos en Latinoamérica. En las tres dimensiones críticas de la actividad gubernamental: la gestión de la economía, la defensa y la política exterior la sumisión de los países de la Unión Europea a las directivas emanadas de la Casa Blanca es inocultable. En efecto, basta con recordar que ningún presupuesto de los países que pertenecen a la UE puede ser sometido al parlamento sin contar primero con el visto bueno del Banco Central Europeo. La firma de su presidente -Mario Draghi, italiano, ex director ejecutivo nada menos que de Goldman Sachs en Europa y del Banco Mundial- es la que establece cuánto se puede gastar, cómo y de qué modos financiar el gasto público. A los devaluados “representantes del pueblo”, democráticamente electos, les resta la ingrata tarea de adecuar sus promesas electorales a las duras realidades impuestas por el capital financiero global a través del BCE. Va de suyo que éste funciona en línea con el FMI y desempeña, en el ámbito europeo, las mismas funciones que la institución basada en Washington realiza en Latinoamérica. A lo anterior hay que agregar otro dato muy significativo: la mayoría de los países de la Unión Europea pertenecen también a la Zona Euro lo cual, en la práctica significa que sus gobiernos no disponen de un instrumento fundamental de gobernanza macroeconómica: la política monetaria, que permite a un país establecer un tipo de cambio, administrar la tasa de interés y devaluar o sobrevaluar su moneda en función de las cambiantes realidades de los mercados mundiales y del comercio internacional. La dictadura del Euro responde en realidad a las necesidades de la economía alemana (y en muchísimo menor medida a las economías más débiles de Europa), estando aquella íntimamente articulada con el capital financiero internacional que encuentra su expresión institucional en el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y su expresión informal, pero de enorme gravitación, en Wall Street y en menor medida en la City londinense. Por consiguiente, la autonomía nacional en una materia tan sensitiva como la política monetaria es igual a cero en los países integrados a la Zona Euro, lo que refuerza su subordinación y su dependencia de los Estados Unidos. [9] Tomando en cuenta todas estas consideraciones la soberanía popular definitoria de la democracia en temas como el presupuesto -la “ley de leyes”, como suele decirse- queda al igual que en los países del Sur global reducida a un mero simulacro. La infortunada experiencia de Grecia en donde la voluntad popular expresada en las urnas fue desestimada por la troika que maneja la economía de la UE -el BCE, la Comisión Europea y Alemania a través de la Canciller Angela Merkel- es un triste recordatorio de la subordinación de la democracia a los imperativos del capital financiero y los mercados.
¿Qué decir de las políticas de defensa? Si en materia económica la dictadura del BCE es humillante no lo es menos a la hora de hablar de la defensa “nacional”. Esta sólo existe en los papeles y en las encendidas declaraciones oficiales porque esta política -la que establece una hipótesis de conflicto, define quién es el enemigo y como defenderse de él o la forma de atacarlo- la decide la OTAN y no los gobiernos europeos. Sus ministerios de defensa son museos en donde se exhiben uniformes militares y armas del pasado pero sin que allí se tome decisión alguna acerca de cómo defender la soberanía nacional y la integridad territorial. No sorprende, porque hace ya bastante tiempo que los gobernantes europeos han arrojado por la borda cualquier pretensión de sostener la una y la otra, consideradas como molestas antiguallas en la era de la globalización en donde, según se dice, los estados nacionales son reliquias reducidas a una vida apenas espectral. Y el nervio y el corazón de la OTAN, tal como lo reafirman continuamente los expertos, no es otro que el Pentágono. [10] De ahí se deduce que los enemigos de los europeos no pueden ser otros que los rivales de Estados Unidos. Esto no es una novedad de los últimos años sino una realidad con una historia de casi tres cuartos de siglo que se desprende de la Segunda Guerra Mundial, el orden bipolar instaurado a partir de su finalización y el desarrollo de la alianza atlántica anti-soviética cristalizada en el Plan Marshall y la creación de la OTAN. Y las guerras que se libren tendrán lugar, apropiadamente, en territorio europeo (recordar la ex Yugoslavia) o en sus cercanías (Cercano Oriente), y serán los europeos quienes tendrán que recibir a los millones de refugiados, como ha venido ocurriendo luego de los ataques a Siria, a Afganistán, a Libia, a Irak, mientras que ninguno de ellos se arriesgaría a atravesar en una patera o un bote de goma el Atlántico Norte para llegar a la Ellis Island y ser recibidos por la Estatua de la Libertad. Influjo descontrolado de refugiados que, sabemos, suele alimentar las reacciones más racistas y xenofóbicas en amplios sectores de la población y proyectar a primer plano a fuerzas de la derecha radical antaño reducidas a expresiones marginales en la vida política europea. En suma: en este terreno la subordinación de los países europeos a las prioridades militares y de defensa de Washington no sólo no es menor que la que tienen los países latinoamericanos (con algunas conocidas excepciones) sino mucho mayor, dado que Europa y la cuenca del Mediterráneo son el escenario principal de la confrontación geopolítica global. Los enemigos de Estados Unidos se convierten, automáticamente y en contra del interés nacional y de seguridad de los europeos, en los enemigos de Europa.
Tercero, la política exterior. Un país independiente debe definirla en función de sus intereses nacionales. El imperio es muy claro en este tema: John Quincy Adams, el sexto presidente de Estados Unidos sentenció que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes.” Y éstos no pueden ser otros que consolidar y expandir hasta donde sea posible los confines del imperio, batallar en contra de sus adversarios y enemigos y unificar la tropa de sus amigos y aliados. Pero como los gobiernos europeos han abdicado de toda pretensión de afianzar su autodeterminación y dado que desde la época de la Guerra Fría y el Plan Marshall optaron por asumir como propios los dictados de la política exterior de Estados Unidos en su competencia con la Unión Soviética y como, luego de desintegrada ésta, se entregaron a la estrategia de Washington que definió a Rusia como el rival a vencer (¡y posteriormente a China!) las capitales europeas se plegaron a las posturas más reaccionarias de la Casa Blanca en América Latina y el Caribe. Acompañaron durante más de medio siglo el criminal bloqueo contra Cuba. Más recientemente, fueron cómplices de la bufonesca maniobra de Juan Guaidó en Venezuela, estruendosamente fracasada. Esto demuestra como gobiernos de países que en su época de esplendor (que ciertamente no es la actual) dieron origen a algunas de las doctrinas y teorías que ensalzaban el estado de derecho, la legalidad internacional y el respeto a la autodeterminación de las naciones cayeron en la más abyecta sumisión al reconocer al autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela ungido como tal por el mandamás de la Casa Blanca. Pocas veces la historia vio un espectáculo tan bochornoso como ese, cuyas consecuencias no serán fácilmente olvidadas. Por consiguiente, los gobiernos europeos renunciaron a elaborar una política exterior propia para una región que es un imperio formidable de bienes comunes y recursos naturales de todo tipo, desde agua a biodiversidad; desde petróleo a gas y energía hidroeléctrica; desde alimentos a minerales estratégicos, y asumen como propia la política exterior de saqueo y pillaje que los gobernantes estadounidenses tienen reservada desde los tiempos de la Doctrina Monroe (1823) para Nuestra América.
Resumiendo: al abstenerse de elaborar una política exterior independiente de Washington –no sólo en relación a América Latina y el Caribe sino en general, en referencia al conjunto de países que conforman la comunidad internacional- los gobiernos europeos actúan en desmedro de sus propios intereses. Si durante el apogeo del poderío soviético y con una Europa absorbida por las tareas de su reconstrucción de posguerra aquella era una opción inescapable, en la situación actual signada por el debilitamiento de la hegemonía estadounidense y la reconfiguración del tablero geopolítico mundial este curso de acción conduce a los pueblos de Europa hacia un peligroso atolladero. Entre otras cosas, aparte del riesgo de un enfrentamiento bélico en las puertas –cuando no al interior mismo- de Europa porque la aplicación integral de la Ley Helms-Burton perjudicará a Cuba y otro tanto a Venezuela y Nicaragua pero también afectará a numerosas empresas europeas –sólo en Cuba más de 200- que verán menoscabados, cuando no arruinados, sus negocios en estos países. Sordas protestas se dejan oír en varias capitales europeas y mismo la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Federica Mogherini alertó -en un comunicado conjunto también firmado por la comisaria de Comercio de la UE, Cecilia Malmström- a la Casa Blanca que su organización acudiría a la Organización Mundial del Comercio (OMC) para impugnar la decisión de aplicar con todo rigor la ley Helms-Burton y en especial su título III. Para Trump y sus hampones la intensificación de los padecimientos económicos de la población cubana, recomendada en el memorándum de 1960 que citáramos más arriba, es un arma de la guerra de quinta generación que no sólo afectará a la Isla rebelde sino también a los países europeos, que Washington los prefiere debilitados para que corran en busca de la protección que pudiera ofrecerle con sus armas convencionales. Claro que una política de este tipo podría, bajo ciertas condiciones, provocar un cambio en la conciencia de las dirigencias europeas y convencerlas que tienen poco o nada que ganar siendo furgón de cola de un imperio en decadencia y mucho que ganar estableciendo relaciones de respeto mutuo y cooperación con los dos grandes rivales de Estados Unidos, que no son sus rivales sino posibles socios de un proyecto que beneficie a todos por igual. Difícil, porque significa nada menos que revertir los férreos lazos forjados con Estados Unidos en la segunda posguerra. Pero no sería la primera vez en la historia europea en donde alianzas aparentemente inconmovibles son puestas en cuestión o viejos antagonismos dan nacimiento a nuevos acuerdos y coaliciones.
El antiimperialismo y las tareas del momento actual De lo anterior se desprenden tres tareas urgentes. Primero, lograr un pronunciamiento a escala europea de los movimientos sociales, fuerzas políticos y de ser posible de los gobiernos y organismos regionales europeos en contra de la pretensión de Washington de profundizar la agresión económica en contra de Cuba, Venezuela y Nicaragua. En este sentido la reciente creación del Frente Antiimperialista Internacionalista en el Estado Español es un alentador paso hacia adelante. Deberá también denunciarse el descarado intervencionismo de Estados Unidos en los asuntos internos de terceros países, ninguno de los cuales es una provincia de Estados Unidos, como lo manifestara en un duro comunicado la cancillería rusa. Y subrayar, además, que la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton no sólo afectaría a los países latinoamericanos sino que haría lo propio con los europeos.
Segundo, concientizar a las poblaciones europeas de que ellas también están sometidas a los rigores de la dominación imperialista, que ésta no sólo se ejerce sobre los países de la periferia, y que, por esa causa, si en su locura Washington decidiera escalar su confrontación con Rusia y China y lanzar un ataque militar contra esas potencias las réplicas que éstas dispongan afectarían gravemente a los países europeos, sedes de innumerables bases militares estadounidenses que se convertirían en blancos inmediatos de la represalia afectando no sólo las instalaciones del Pentágono sino también a las poblaciones aledañas. No existe conciencia de este peligro en Europa, y es urgente e impostergable que este tema sea objeto de un muy informado debate.
Será preciso, además, acometer una tercera tarea porque no basta con la concientización: habrá que movilizar y organizar a las masas populares europeas para poner fin de su sumisión al dominio imperialista. El antiimperialismo es una lucha tan decisiva en Latinoamérica como lo es en Europa y la coordinación internacional de estas luchas es un imperativo categórico de la hora actual. Esto requiere exigir la disolución de OTAN –creada para “contener” a un enemigo, la Unión Soviética, que desapareció hace casi treinta años- y, tras cartón, clausurar las bases militares que Estados Unidos tiene en Europa que solo servirán para atraer la represalia de los países agredidos por el imperio. No es un dato menor para demostrar el sometimiento el imperialismo de los gobiernos europeos recordar el elevado número de bases militares estadounidenses asentadas en Europa, superior en cantidad y calidad a las estacionadas en Latinoamérica y el Caribe. En todos los casos poniendo en gravísimo riesgo a las poblaciones civiles que rodean a las bases, algo que, va de suyo, no despierta la menor preocupación a los estrategas del Pentágono curtidos en centenares de operaciones en donde los “daños colaterales” son cosas de todos los días.
A modo de conclusión: es imprescindible librar una batalla para que los pueblos de Europa tomen conciencia de que están tan sometidos a la dominación imperialista como sus contrapartes allende el Atlántico. Si por los latinoamericanos el imperio manifiesta sin tapujos su desprecio, en su relacionamiento con Europa prevalece un simulado respeto en lo formal que no alcanza para ocultar el vasallaje real que imponen sobre todos sus gobiernos sin excepción. Será necesario crear las condiciones para que los pueblos de Europa puedan romper el pesado velo de la ignorancia, producto de su errónea creencia en la amistad y la admiración que supuestamente les prodiga la clase dominante de Estados Unidos. Falsa conciencia cultivada con esmero por la ideología dominante y sus vehículos de divulgación y que impide que caigan en la cuenta que los principales problemas que hoy afectan a Europa: el crecimiento de la derecha radical; la xenofobia; la ruptura de la integración social; la hegemonía del capital financiero y sus efectos recesivos: el paro, la precarización laboral y la concentración de la riqueza; el incontenible flujo de refugiados por las guerras en Cercano Oriente o emigrados por la crisis económica en África así como el vaciamiento de los procesos democráticos tienen su origen en el imperialismo y las políticas que impone gracias al colaboracionismo de las decadentes burguesías europeas y sus representantes políticos. Concientizarlos también que los pueblos de Europa están en peligro porque si llegara a producirse una escalada en la rivalidad entre Washington con Moscú y Beijing Europa se convertiría ipso facto enel principal teatro de operaciones bélicas y los europeos en rehenes de ambas partes en conflicto, con las catastróficas consecuencias que es fácil de imaginar. A lo anterior hay que añadir la reaparición del terrorismo yihadista como respuesta a la abominable islamofobia del imperio y sus criminales políticas en Cercano Oriente. Batalla de ideas, por supuesto, pero combate organizacional también, porque la correlación de fuerzas existente no se podrá cambiar apelando tan sólo a discursos y argumentos teóricos. Si los pueblos no se organizan y ganan la calle el imperio seguirá perpetrando sus tropelías. Como lo está haciendo ahora en Venezuela, Cuba y Nicaragua y más pronto que tarde también, de nueva cuenta, volverá a hacerlo en Europa. Sólo una eficaz resistencia popular antiimperialista, articulada internacionalmente,podrá erigir límites infranqueables a su criminal accionar.
Atilio A. Boron: Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Director del Ciclo de Complementación Curricular de la Licenciatura en Historia del Departamento de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Avellaneda. Investigador del IEALC, Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires
Notas : [1] Quiero agradecer los comentarios y sugerencias formulados a una versión preliminar de este trabajo por Ángeles Diez Rodríguez y Txema Sánchez. Quedan eximidos de toda responsabilidad por los yerros o deficiencias que puedan subsistir en el presente escrito, producto exclusivo del empecinamiento de su autor. [2] Harold Laski, Reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (Buenos Aires: Editorial Abril, 1945), pp. 117 y ss. [3] (En https://elpais.com/elpais/2018/09/20/eps/1537435497_152676.html ) [4] Ediciones en varios países. Original en Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2012. [5] ( https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2015/03/150309_ultnot_eeuu_venezuela_sanciones ) [6] Cf. sus Vidas de los Doce Césares, ediciones varias. [7] (Ver: https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d499 ) [8] Sobre este tema: https://plazafinanciera.com/mercados/empresa/mayor-sancion-banco-historia-eeuu-bnp-paribas/ y también https://elpais.com/economia/2014/06/30/actualidad/1404118266_164607.html [9] Pertenecen a la zona Euro: Alemania , Austria , Bélgica , Chipre , Eslovaquia , Eslovenia , España, Estonia , Finlandia , Francia, Grecia, Irlanda , Italia, Letonia , Lituania , Luxemburgo, Malta , Países Bajos y Portugal. Por fuera de dicha zona se encuentran Bulgaria, Croacia, Dinamarca, Hungría, Polonia, Reino Unido, República Checa, Rumania y Suecia. [10] Sobre esto ver Mahdi Darius Nazemroaya, OTAN. La globalización del terror (Prefacio de Miguel d’Escoto y Prólogo de Atilio A. Boron) Managua: PAVSA, 2015.