Wladimir Turiansky
Diciembre de 2008

Rebuscando entre papeles, encontré este artículo de Wladimir. A pesar de los 9 años transcurridos, tiene enorme vigencia para las tareas pendientes de la izquierda, tan perdida hoy en el camino de transformaciones radicales para, por y CON el pueblo. Y el alcance de estas lineas, de ese extraordinario compañero que ya no está con nosotros, no es sólo nacional, sino que tiene un valor universal en ese difícil bregar por definir "una linea".   www.quehacer.com.uy

______________________________ He aquí sus palabras:

Por una vez voy a copiar a Valenti (que tituló “LA MALDITA LINEA POLÍTICA” a su nota publicada en Bitácora).

La maldita antinomia, en este caso. ¿A que me refiero?.
En los lejanos y añorados tiempos de la construcción de la unidad, de la elaboración programática, de la acumulación de fuerzas, del debate de ideas, se nos presentó un problema, por suerte no como un ejercicio teórico, de charla de café, sino como un problema planteado por la vida. Teníamos por un lado, como uno de los ejes de la línea (“la maldita línea”) la política de amplitud, es decir, la construcción de una alianza social y política capaz de abarcar al conjunto de clases, sectores y capas sociales objetivamente incluidas en lo que definíamos como un programa mínimo de progreso social, de liberación nacional. Por el otro lado, como otro de los ejes de esa línea, nos planteábamos la elaboración de un programa capaz de expresar en su texto esas ideas generales de progreso social y de liberación nacional, y capaz de ser asumido como propio por el pueblo, por las grandes masas populares.

La antinomia se nos presentaba de inmediato: a mayor profundidad y radicalidad programática, más limitación en la amplitud de las alianzas, y a la inversa, a mayor amplitud en las alianzas menor profundidad en los programas. ¿Qué debíamos hacer?

Recuerdo muchas intervenciones, y algún artículo esclarecedor de R. Arismendi en torno al tema, en ese estilo tan particular de pensamiento dialéctico que lo caracterizaba.
Para empezar, la antinomia no lo era tanto, pues la experiencia práctica nos estaba enseñando que la política de alianzas, amplia, en sí misma ayudaba a construir programas, a construir consensos programáticos, siempre que se actuara sin estrechez sectaria y sin espíritu de suficiencias. Y que, del mismo modo, la elaboración programática avanzaba en profundidad en la medida que se desarrollaba la amplitud en las alianzas, siempre que no se pretendiera fabricar programas en círculos cerrados partidarios o académicos. Un “programa positivo” lo definía Arismendi, es decir, construido en la práctica de las masas.

Cada una de esas categorías, alianza y programa, resultaban así incluidas una en la otra, contenían en si mismas esos elementos contradictorios, y la contradicción se superaba en la misma medida que ambas se desarrollaran en las grandes masas, en el seno del pueblo. En esto consistía “la maldita línea de acumulación”.
Y si bien la dictadura cortó por 12 años este proceso, a su salida nos encontramos con que, ni habíamos perdido por completo lo acumulado en la organización social y política del pueblo uruguayo, ni habíamos perdido por completo lo acumulado en la construcción del programa positivo.

Pero tal vez no apreciamos en toda su dimensión los cambios regresivos que la ola neoliberal generó, a partir de la dictadura y después, durante los gobiernos blanqui-colorados, en la estructura económica y social del país, y sus repercusiones en los hábitos, la cultura y los modos de pensar de los uruguayos. De pronto ocurría que, en las formas y los contenidos, lo acumulado no se correspondía con los nuevos tiempos, y era preciso iniciar un proceso de actualización programática, y de construcción de nuevas formas organizativas. En eso se está, o se debería estar.

Sin embargo, algo permanecía y permanece constante en medio de las transformaciones. Es “la maldita antinomia”. Otra vez se trata de resolver la vieja contradicción entre amplitud y profundidad. Y otra vez hay que superarla al viejo modo dialéctico, como ayer.

¿Queremos profundizar, radicalizar, el programa, este programa que en su momento definimos como el “programa mínimo” de la revolución uruguaya? No lo lograremos en debates entre “los que sabemos”, lo lograremos fortaleciendo y ampliando la alianza política y social y desplegando en su seno el debate programático, procurando la participación de cientos de miles de hombres y mujeres y en todo el país, en ese debate. Esta es la vía, nuestra “vía de aproximación”, similar a las que se vienen desarrollando en tantos países hermanos de América Latina, cada una con sus peculiaridades, y esto más allá de rasgos comunes que apuntan a la profundización democrática y a la justicia social. En este proceso, repito, que hoy nos ha llevado al Gobierno, sigue siendo verdad que avanzaremos tanto como logremos avanzar en la conciencia social de las grandes mayorías, ni un milímetro más. Y eso por mas voluntarismo que pongamos en el empeño, con el cual, en todo caso, no haríamos más que edificar en la arena.

(Nota: más de un lector se estará preguntando a santo de qué he escrito la presente reflexión. Es que ciertas formas esquemáticas de abordar la actualización programática, al igual que algunas reacciones, tanto en el ámbito gremial como en la interna frenteamplista en torno a la ley de educación me lo hicieron recordar. Vaya uno a saber porqué)