Marcelo Caruso Azcárate
12/04/2018

"Mientras que las luchas emancipatorias, revolucionarias por su programa anticapitalista son parte de la historia de las luchas sociales y de clase, las contrahegemónicas por la vía electoral son aún muy jóvenes. El haber logrado entrar a la opción de gobernar es consecuencia de las crisis estructurales del sistema, las que hace 100 años se consideraban como posibles y terminales para el sistema capitalista, mientras que hoy comprendemos que nos toca vivir y sufrir sus crisis secuenciales, pero también sus renaceres más agresivos. Por eso, el balance de los resultados alcanzados no pueden ser derrotistas ni idealizados. Así se dio, así fue. Pudo ser mucho mejor pero ese es el nivel de conciencia de las direcciones y de poder autónomo e independiente de los pueblos que las sostienen. En clave popular, «eso es lo que ha dado la tierrita», y la próxima vez deberá ser mejor."

«No es posible negar categóricamente a priori la posibilidad teórica de que bajo la influencia de una combinación muy excepcional (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc...), los partidos pequeño burgueses sin excepción de los estalinistas, pueden llegar más lejos de lo que ellos quisieran en el camino de una ruptura con la burguesía. En cualquier caso una cosa está fuera de dudas: aún en el caso de que esa variante poco probable llegara a realizarse en alguna parte y un “gobierno obrero y campesino” llegara a constituirse, no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado».  León Trotski
(Programa de transición de la IV Internacional, 1938).

La posibilidad de que los partidos de izquierda pudieran gobernar en un Estado capitalista era considerada, antes y después de la Revolución Rusa, como una ilusión reformista con muy poco futuro. Aun para lograr gobernar un modelo de capitalismo de Estado, se afirmaba que era necesaria la revolución, como lo había demostrado la Comuna de París y la Revolución Rusa en sus inicios. Esta valoración profética de León Trotski, inicialmente compartida por el Partido Bolchevique, fue incluida en el Programa de Transición que pretendía mantener organizados y en la lucha política anticapitalista, a los revolucionarios internacionalistas que se oponían al estalinismo. Desde entonces, muchas son las diferencias de época, pero también muchas las semejanzas y aciertos en su predicción.

En primer lugar, debemos considerar que la utilización de la guerra como una forma de lucha adecuada para la disputa de los espacios de poder, como un momento en el proceso de lucha política y de clases, hoy es mucho más frecuente, normalizada, y está acompañada por formas de dominación hegemónica en los ámbitos económicos, financieros, culturales y ambientales, que requieren de la violencia como un complemento inevitable.

Cien años después, se puede afirmar que la crisis sistémica que ha provocado la fase neoliberal del capitalismo, genera crisis y fracturas recurrentes en su ordenamiento represivo y control internacional de las sociedades resistentes, que llevan a esas situaciones «anómalas» en el funcionamiento del sistema, como el que la izquierda llegue a gobernar, que no entraban en los cálculos de los bolcheviques. También se puede afirmar que hoy son comunes en Latinoamérica y el Caribe las ofensivas, levantamientos e insurrecciones de los sectores populares, explotados y excluidos, frente a las agresiones a los derechos humanos y de la naturaleza, y al crecimiento de las desigualdades sociales, lo cual nos coloca en un escenario de conflicto social y político que, con alzas y bajas, plantea que lo excepcional se convierta en algo corriente, y que los cortos e irrepetibles episodios, en la lucha por construir una sociedad conducida «por los productores libres y asociados», no sean tan cortos y se puedan extender, detener, y repetir en forma mejorada.

Con lo anterior estamos argumentando, que la categoría de ciclos de gobiernos de izquierda y progresistas que se utiliza para marcar sus comienzos y finales, como péndulos del poder a izquierda y derecha, son algo más que eso. Son procesos que expresan un nivel relativamente estable de la correlación de fuerzas políticas, sociales y culturales, donde las críticas sociales antisistémicas, con sus altibajos, serán crecientes y recurrentes, y por lo tanto, permitirán en cortos períodos históricos, nuevos y diversos episodios de gobiernos antineoliberales. Serán la expresión del derecho a las «revanchas sociales y políticas», que dependerán en sus avances exitosos del aprendizaje que se realice de las experiencias anteriores o en curso. Un indicador social de este resultado desigual y combinado, es que en todos los procesos de gobierno que han sido golpeados o resisten en medio de grandes dificultades propias y ajenas, más de un 30% de la población vulnerable persiste en el apoyo consciente y en la fidelidad a sus propuestas realizadas o prometidas.

Como parte del costo de este complejo aprendizaje, habrá que avanzar paralelamente y a más lentas velocidades, por la vía de la construcción de hegemonía en manos y cabeza de poderes populares. Por un período histórico de transición a una fase superior de las correlaciones de fuerzas, coexistirá esa disputa inestable por el acceso a funciones de gobierno que permitan construir contrahegemonía dentro del bloque histórico dominante, conviviendo con lo que se ha llamado la lucha emancipatoria, que va organizando y construyendo poderes duales sociales con fuerte peso territorial.

Mientras que las luchas emancipatorias, revolucionarias por su programa anticapitalista son parte de la historia de las luchas sociales y de clase, las contrahegemónicas por la vía electoral son aún muy jóvenes. El haber logrado entrar a la opción de gobernar es consecuencia de las crisis estructurales del sistema, las que hace 100 años se consideraban como posibles y terminales para el sistema capitalista, mientras que hoy comprendemos que nos toca vivir y sufrir sus crisis secuenciales, pero también sus renaceres más agresivos. Por eso, el balance de los resultados alcanzados no pueden ser derrotistas ni idealizados. Así se dio, así fue. Pudo ser mucho mejor pero ese es el nivel de conciencia de las direcciones y de poder autónomo e independiente de los pueblos que las sostienen. En clave popular, «eso es lo que ha dado la tierrita», y la próxima vez deberá ser mejor.

Pero tampoco se puede caer en el conformismo, pues la oportunidad pudo y puede ser mucho mejor aprovechada, y los reiterados errores son la consecuencia de los errores históricos del proceso que conocimos como el «socialismo real», deformado y burocratizado, y que se concentraron en lo que se conoció como estalinismo, categoría conceptual de ejercicio del poder político, que va más allá de los errores y crímenes de quien dio origen al nombre. Con esto no pretendemos caer en el facilismo de tirarle el agua sucia a la revolución más importante de la humanidad, ni a quienes la degeneraron, sino que queremos mostrar que ese fenómeno no fue una «desviación» propia de la sociedad feudal rusa, sino que es una estructura mental irracional y de poder que, en distintos marcos históricos, afecta gravemente las etapas de la evolución de la humanidad hacia su liberación, y que en la lucha cotidiana por una sociedad y un mundo mejor, que llamamos socialista, tendremos que tener muy en cuenta las enseñanzas que nos van dejando los ejercicios particulares de poderes políticos y estructurales, como parte de nuestra filosofía de la praxis.

Hoy podemos decir que ha desaparecido el estalinismo clásico, que, a pesar de sus brutales errores, se soportaba en los avances alcanzados con la planificación estatizada, inicialmente democrática, de la economía. Esa legitimidad heredada pero no merecida, les permitió perdurar en el poder durante 50 años de coexistencia conciliadora con el capitalismo y autoritaria con sus pueblos. Para solo caer como producto de su incapacidad de regenerarse y adecuarse a los nuevos pensamientos y energías críticas que se iban liberando, sea como producto de la propia existencia de ese campo socialista, como por el hecho histórico que significó la Revolución Cubana y, posteriormente, el mayo mundial de 1968, acontecimiento este último, que por su carácter anticapitalista y antiburocrático, deberemos prestarle especial y reflexiva atención en su próximo 50 Aniversario.

Los autoritarismos, conciliaciones y dogmatismos de hoy, que podemos llamar como un neoestalinismo diversificado, sean de Estados obreros, gobiernos denominados de izquierda o de liderazgos partidistas y sociales considerados de izquierda, son de mucho más corto plazo y de menos espacio político para consolidarse como «legítimos». Preservan del anterior estalinismo una visión de la revolución por etapas, lo cual ha afectado indiscriminadamente a los liderazgos de distintos sectores sociales y políticos, en tanto es una forma simple y aparentemente segura, de analizar la realidad y construir su estrategia transformadora, para, al mismo tiempo, blindarse frente al «aventurerismo generado por la impaciencia pequeñoburguesa», como califican a todo sector social que pretenda profundizar los contenidos antisistémicos de los procesos. En realidad, lo que producen y reproducen son miedos frente al enorme poder acumulado por su enemigo histórico, miedos a perder sus cargos dirigentes o de poder cedidos por el sistema, y miedos a que la población empoderada vaya más lejos de lo que sus aparatos y mentes estrechas logran abordar y controlar.

Ya no tienen el soporte de un campo socialista en competencia con el sistema capitalista, del que muchos de estos líderes ya habían renegado, y en sus políticas de conciliación con el capital han sido reemplazados, o se han convertido, en un tipo de socialdemocracia posibilista, originada y soportada en los desencantos militantes ante los partidos de la izquierda, y con la consecuente pérdida de confianza en las masas. Lo hacen sin abandonar del todo sus discursos socializantes, lo que les ha permitido hegemonizar la mayoría de los gobiernos progresistas y de izquierda, convencidos y convenciendo de que es posible sobrevivir y triunfar con una estrategia de evolución concertada con el capital, de paso pacífico «del gobierno al poder», siempre y cuando se logre controlar las presiones de los trabajadores y campesinos movilizados que exigen derechos «imposibles de garantizar», y sobre todo, se excluya de las decisiones a los «radicales de la izquierda» que cohabitan en sus partidos de gobierno y por fuera de los mismos. Si algo deberemos reflexionar con las comunidades y pueblos, es que lo que fracasó fue el creer en que se podía avanzar conciliando con los poderes dominantes, pero también que no se podía hacer sin escuchar y darle la participación decisoria a quienes son los soportes sociales, culturales, emocionales y productivos de estos procesos, única forma de soportar y derrotar las inevitables contraofensivas sistémicas.

La primera confirmación de esta profecía bolchevique se ha cumplido. Se llegó a gobernar en un Estado capitalista. Pero también tiene plena vigencia la alerta temprana contenida en lo que concierne a los alcances y límites de la misma. En esa época primaban mucho más las prevenciones, y no se consideraba a la posibilidad de gobernar como una experiencia donde se enriquecerían la capacidad y conciencia de los trabajadores y los pueblos; pero tampoco se le niega, pues la esencia del pensamiento marxista a retomar ha sido la filosofía de la praxis, es decir, aprender de la experiencia propia y ajena para enriquecer el pensamiento teórico, que, en estos casos, dará nuevas luces a las futuras experiencias de gobierno y poder.
Hoy estamos viviendo una primera etapa de un corto episodio, contado en tiempos históricos, y si bien ya no existe el campo socialista «realmente existente» que propició un equilibrio inestable en la correlación mundial de fuerzas, se repiten los crack financieros, los estallidos de burbujas y de las múltiples crisis sistémicas, se agudiza la disputa por la hegemonía del mercado mundial y de las nuevas tecnologías, tanto entre los distintos imperialismos capitalistas, como con el llamado socialismo de mercado en que se ha transformado la Revolución China.
Inicialmente el estalinismo buscó acuerdos con Hitler para sacar a la Unión Soviética de la Segunda Guerra Mundial, pero tardíamente y alertados por el ascenso del nazifascismo, comenzó a plantearse la estrategia de los Frentes Populares, donde los comunistas aceptaban alianzas con partidos de la burguesía «democrática», que los colocaban en casi total dependencia de las decisiones del aliado, el cual tenía todas las posibilidades electorales, económicas y militares para traicionar esa alianza, y luego reprimir a sus ingenuos aliados «bolcheviques», como repetidamente sucedió. Hoy las alianzas son a la inversa, pues el peso social que sostiene a estos gobiernos es claramente crítico al sistema capitalista, pero en tanto «la crisis de la humanidad sigue siendo la crisis de su dirección», como decía el «profeta» mencionado, sus direcciones mantienen esos miedos y tienden a someterse al aliado de último momento, justificándose en la necesidad de aparecer como «potables» frente al poder hegemónico de los centros del capitalismo mundial. Potabilidad que los lleva a ser absorbidos por las políticas de ajustes neoliberales y luego destronados de sus frágiles y transitorios cargos de gobernantes.

El surgir y hacer de los gobiernos antineoliberales
Los llamaremos antineoliberales, pues en mayor o menor medida este ha sido el aspecto común que estos gobiernos han compartido, si bien con diferencias, pues mientras unos entienden al neoliberalismo como la fase actual del capitalismo financiero global, otros los conciben como un aspecto salvaje del capitalismo que se puede frenar, humanizar, y así regresar a su estadio anterior nacional y keynesiano. Lo que se puede afirmar es que fue la agudización de la explotación y dominación que generó la fase neoliberal del sistema capitalista, con la consecuente concentración monopólica del sistema financiero y productivo, lo que creó un creciente desempleo mundial, una caída creciente de la tasa de ganancia, y una acelerada explotación de la naturaleza, con el consecuente descontento social y el aumento de las resistencias y luchas ofensivas populares, contexto que abrió la puerta a gobiernos progresistas y de izquierda sin que socialdemócratas, neoestalinistas y revolucionarios, estuvieran estratégica ni concretamente preparados para asumirlos.
La improvisación, a veces creativa y otras veces destructiva, fue la constante de sus primeros esfuerzos. Sus errores fueron criticados pero también reiterados, pues la capacidad de escucha reflexiva y científica en sus líderes, fue apagada por los brillos momentáneos del ejercicio del poder. Los peligros profesionales del ejercicio del poder, que tan claramente había profetizado Rakovski en la fase de declinación de la Revolución Rusa,1 se repitieron con formas de gestión adaptadas al sistema, con la aplicación de las recetas del FMI, y más concretamente con la concentración del poder de gobierno en manos de nuevos caudillos, o mesías individuales y no colectivos como auguraba Walter Benjamin, con lo que desconocían las críticas de sus propios partidos y se alejaban de sus bases sociales.

Si bien en América Latina nadie puede negar el origen en la protesta social de estos gobiernos, lo que incluye a las burguesías locales, se escuchan en España voces de izquierda que niegan toda relación de partidos como «Podemos», con el Movimiento 15 M, de protesta de los indignados, que los precedió. Se intenta separar a los procesos sociales y democráticos contemporáneos de las luchas históricas y antisistémicas de los pueblos de Europa, de la misma forma que se quiere cortar las relaciones de las revoluciones del siglo XX con las luchas por gobiernos de izquierda en América Latina. Así las cosas, la historia comienza con mi lucha democrática actual, sin raíces de clase que la condicionen, y si se conquistan reformas y alguna transformación social, eso no tiene que ver con las luchas sociales y políticas de los pueblos, sino que es producto de líderes inteligentes, mediáticos, con un partido meramente electoral. En el debate interno de «Podemos» estos análisis no lograron imponerse, pero otra vez se demuestra que donde crece una nueva estrategia de poder contrahegemónico, nace a su costado el riesgo de que se creen nuevas castas políticas que tienden a reiterar aspectos del estalinismo, combinados con la apuesta socialdemócrata de gobernar humanizando el capitalismo neoliberal.

En los procesos que combinan las luchas por construir poderes sociales duales y alternativos con el gobernar Estados capitalistas en crisis, por lo general, sus dinámicas electorales han estado mediadas por liderazgos personalizados, fenómeno que se reproduce mucho más en los procesos político electorales que en los político sociales. De un candidato importa más su carisma que su formación y compromiso, pues eso significa votos, y como dicen los expertos en estos temas, nadie puede ir a elecciones sin intenciones de ganar. Situación más grave aun cuando las listas se ordenan por voto preferente, lo que lleva a desaparecer el programa y la función del partido, y suplantarlos por la propuesta y los compromisos que haga cada uno de los candidatos, generalmente en desmedro de los demás compañeros de campaña política. Y cuando ese candidato ha logrado un cargo de representación en el legislativo, su reelección se convierte en una empresa electoral, donde sus colaboradores, compañeros de militancia financiados por el Estado, se deben colocar al servicio de esa causa personal, y no de los objetivos del partido.

Y si ha sido elegido alcalde, gobernador o presidente, sostener su imagen en las encuestas se vuelve el objetivo político principal, más allá de la posibilidad de hacer una crítica objetiva del trabajo realizado, buscando siempre la superación y la ampliación del impacto social y político transformador de sus acciones y políticas públicas impulsadas. Es bastante común que lo primero que hace un candidato de izquierda elegido es cambiar su número de celular para no tener que recibir hojas de vida, solicitudes de empleo, lo que también lo aísla de la posibilidad de recibir propuestas innovadoras, en tanto gradualmente deja de asistir a reuniones con sus viejos camaradas del partido, o de la organización social a la que ha pertenecido. En esa dinámica en la que cae preso, sus objetivos políticos como miembros de un gobierno nacional o local están en principio subordinados a él en el contexto del acuerdo de la democracia burguesa, lo cual marcaba el contenido de la «profecía» inicial, quedando en segundo lugar aquella de que el soberano debe ser el pueblo.

¿Pero qué sucede cuando los mismos sectores de la burguesía que han construido y gozado en su beneficio privado de esa normatividad democrática liberal, comienzan a violarla, desconocerla, o buscan revisarla para restringir los derechos de los sectores progresistas y de izquierda que han pasado a gobernar utilizando esas mismas vías?
El proceso de gobernar a un Estado capitalista mantiene su carácter desigual y combinado, donde lo desigual es muy diverso y variable de acuerdo con la historia y realidad de cada proceso nacional o local, mientras que lo combinado comienza por la necesaria conjunción dialéctica de lo social y lo político, de lo contrahegemónico electoral con lo emancipatorio de las causas sociales, papel al que estaban llamados históricamente los partidos políticos de izquierda, pero que al igual que lo sucedido en la mayoría de los procesos de tránsito hacia el socialismo, los gobernantes del Estado subsumieron al partido, provocaron su forzoso alejamiento de las luchas de los movimientos sociales y generaron distancias y rupturas entre los dos campos que estaban llamados a sostenerlos y articularlos. Así, hubo líderes que llegaron a reclamar el derecho del partido a su autonomía frente a los movimientos sociales, en respuesta a la petición inversa que estos les hacían. Otros plantean que es correcto el acudir a la autocrítica, pero que en momentos de asedio de los medios y los grupos de poder debe primar la centralidad en la toma de decisiones. El problema es que desde que asumen estos gobiernos son y serán sometidos a ese acoso creciente, con lo cual quedaría excluido todo debate crítico y autocrítico y será siempre la voz de líder o gobernante la que defina. En esta lógica, quienes tienen la valentía de realizar la crítica en forma constructiva son los primeros alejados, y entre los que callan para sostenerse cerca del poder siempre existe la posibilidad de que se esconda el Judas maltratado listo para traicionar. Y cuando la traición interna o la de sus aliados aparece como inminente y se conjuga con los intereses golpista de la burguesía local, se llama a los sectores sociales y políticos afines a defender el proceso, pero ya en algunos casos ha sido tarde, pues la base social y política había dejado de creer en ellos, en sus partidos y en los líderes de las organizaciones sociales que callaron.

La teoría de la revolución permanente había planteado la importancia de romper con las visiones «etapistas» de la lucha revolucionaria, donde las etapas se suceden una a otra ordenadamente, y se asimilan a la idea de los ciclos. Pero así como las etapas no siempre se ordenan en forma escalar, y menos aún el surgimiento de una depende del fin de la otra, los llamados ciclos son también procesos simultáneos articulados y desarticulados entre sí, que permiten aprender de las derrotas, unos más rápido que otros, y preparar saltos y rupturas que llevan a saltar etapas supuestamente inevitables. Los pueblos indígenas de Bolivia discutiendo el socialismo, como lo hacía en Colombia Quintín Lame hace más de 70 años, al igual que los pueblos tribales de África que bajo el impulso de la Revolución Cubana y mundial intentaron avanzar a un socialismo raizal, no estaban fuera de época ni debían sentarse a esperar a la república burguesa, quienes sí lo estaban eran los líderes internacionales y nacionales de ese neoestalinismo que no entendieron el significado histórico cultural del tránsito de la lucha anticolonial hacia Estados y sociedades más justas y libres, construyendo la prometida utopía socialista de acuerdo a sus contextos, culturas y sus propias relaciones de producción. Fueron esas mismas esquemáticas concepciones y métodos llamados a «ordenar científicamente» los ciclos de ascenso revolucionario los que muchos de estos líderes aplicaron cuando llegaron a gobernar, donde el avanzar por etapas era parte de sus aprendizajes y dogmas preestablecidos. Solo algunos de ellos fueron capaces de aprender sobre la marcha. Chávez fue el mejor ejemplo, llegando a comprender la importancia de dejarse impulsar por los pueblos que, en esos procesos participativos de movilización, adquieren conciencia y fortaleza política y organizativa, y con sus luchas los empujan a ir más allá de lo que en la superficie aparece como posible.

«Bendiciones» para los que resisten y luchan
Acudimos a las «bendiciones», que según la definición son «deseos benignos dirigidos a otra persona o grupo», pues hoy son muy frecuentes en el lenguaje popular, y supuestamente, muy útiles para enfrentar las dificultades de la sobrevivencia en esta fase de la sociedad capitalista. Lamentablemente, este ha sido solo el lado amable de los «nuevos» cultos religiosos, pues por otro lado han sido las creencias religiosas uno de los ejes centrales de la estrategia regresiva conservadora para confrontar a estos gobiernos alternativos. Junto con las percepciones maliciosamente construidas por sus medios de comunicación, acuden a la imagen de la idealizada familia cristiana, la que se supone amenazada por las luchas sociales que han obligado al Estado a cumplir con las garantías para los derechos sexuales y reproductivos, los derechos de las poblaciones discriminadas por su opción sexual y el enfoque de género.
El ambiguo papel jugado por la Iglesia Católica en el pasado cercano, sea frente a las dictaduras y guerras civiles, como en las conductas de abusos sexuales de sus prelados, ha llevado al aumento de la población atea y agnóstica, pero también a la proliferación de nuevos cultos carismáticos y pentecostales, surgidos de las iglesias evangélicas, bautistas, presbiterianas, metodistas, episcopales, luteranas y católica, los cuales se alejan del contenido bíblico e incluyen el culto a la prosperidad e indirectamente al dinero, todo al servicio de sus pastores. Es en esa fe, que llega a incluir lo sobrenatural, en la que se refugian muchos de los más excluidos y desesperados.

El fenómeno comenzó en Chile luego del golpe de Estado de Pinochet, apoyado en los miedos que generaba la represión, la crisis económica que aumentó la pobreza, y sobre todo, en el impacto político emocional de la derrota del gobierno de izquierda y socialista de Salvador Allende, cuyas causas y enseñanzas nunca fueron socializadas a fondo con los trabajadores y las comunidades, pero tampoco asimiladas por quienes hoy gobiernan en nombre del pueblo. Por muchos años la izquierda chilena luchó heroicamente contra la dictadura exigiendo derechos humanos pero nunca se abordaron con profundidad los balances históricos sobre la incapacidad de respuesta de los líderes de partidos y sindicatos para ponerse al frente de unas mayorías dispuestas a defender su gobierno democrático y popular, y dar la vida enfrentando a un ejército dividido y solo apoyado por una minoría oligárquica. Ante ese vacío de verdad, de reflexión autocrítica sobre el que sería el primer ensayo de un gobierno de izquierda, los sectores populares se pasaron de la militancia social política, que costaba el exilio o la vida, a buscar en la fe cristiana su nicho de estabilidad emocional, lo cual fue aprovechado por una invasión de telepastores que llegan a vender la franquicia de sus iglesias como la de cualquier negocio, y disponen de todo el escenario para pasar del poder religioso al poder político. A Jesucristo le tocó pasar de la multiplicación de los panes y los peces, que era una idea de la época sobre cómo garantizar el derecho humano a la alimentación, a la multiplicación de los pesos y los votos al servicio de quienes pasan del oficio de falsos profetas, a falsos Mesías, y de allí a políticos corruptos.

El proceso es también desigual, y otra cosa fueron los sacerdotes católicos que piensan y aplican la Teología de la Liberación buscando el paraíso en la tierra, en clara ruptura con el sentido alienante y paralizador de las religiones oficiales. Ese fue su compromiso por los pobres, demostrado frente a las dictaduras en Brasil y en parte en Chile, y otro el que demostraron las jerarquías católicas que, en Argentina, utilizaban la confesión a las víctimas de los campos de tortura de la dictadura, para definir quién debía morir y quien podía «regenerarse». Lo cual se expresó también en las luchas de jesuitas y de Monseñor Romero junto al pueblo salvadoreño, por resolver el conflicto armado y avanzar en la construcción de paz. Desigualdad que fue evidente en Nicaragua, donde las mismas jerarquías de la Iglesia Católica que confrontaron la Revolución Sandinista pasan hoy a ser un fuerte aliado del gobierno sandinista.
Mientras en casi toda Centroamérica el imperialismo norteamericano impulsó con muchos recursos el crecimiento de las iglesias evangélicas, las que se han derechizado y cooptado un gran público electoral, como se acaba de confirmar en la «democrática» Costa Rica, en Nicaragua se presenta una alianza entre el gobierno y las autoridades de la Iglesia Católica, dirigida a frenar ese auge carismático conservador, que ha sido útil para la estabilidad de las dos partes, más allá de las formas y contenidos que se le está dando, y que no compartimos, pues no resuelven el problema de la liberación de los seres humanos de toda forma de alienación. No hay una alienación buena y otra mala, pues la más benigna puede mañana tornarse dañina en tanto cambie quien la maneja. Y esa radical disputa de la orientación ideológica y política en el campo del cristianismo demuestra que al igual que en la época de los años sesenta, surgirán a izquierda y derecha, como de hecho ya sucede, movimientos que tendrán un fuerte papel social político en los procesos de la lucha sociales y de clases.

Esta contraofensiva del sistema también se apoyó, paradójicamente, en los sectores populares que gracias a las políticas de estos gobiernos pasaron de la pobreza a un nivel de vida con mayor garantía de derechos. Se dice con razón, pero como si fuera una traición, que la nueva pequeña burguesía no votó por quienes la favorecieron. Pero lo que no se explica es el por qué. Toda garantía de derechos que el Estado concede en forma paternalista, nunca es suficiente para quien la recibe, y va acompañada del miedo que pueda ser revertida; pero todo derecho que se conquista luego de un proceso colectivo y formativo de lucha, genera confianza, solidaridades a futuro y autoestima social. Estos gobiernos debieron combinar las garantías de derechos y las oportunidades laborales y de negocios por cuenta propia, con procesos de formación, de movilizaciones previas que exigieran esos derechos y organizaran a esas poblaciones, para luego el gobierno, como reconocimiento a esa forma de democracia directa, pase a concederlas, y así demostrar que la lucha social obtiene sus resultados cuando movimiento social y gobierno comparten los mismos valores e intereses de clase. Si solo se los convierten en pequeño burguesía con ánimos de continuar ascendiendo en la escala social en forma personalizada, o en comerciantes que hacen buenos negocios pero no importa con quién ni para qué, se está reproduciendo la pirámide de la escala social que prometió la burguesía y nunca fue capaz de concretarla. El gran objetivo no es tener más personas que asciendan en la escala social, sino que todos, como un gran colectivo social con igualdad de oportunidades, puedan sentir que son capaces de vivir dignamente con su propio trabajo.

El regreso a nacionalismos excluyentes y discriminatorios fue otro frente de la contraofensiva de la derecha global, como se manifestó en Europa y Estados Unidos, pero que también encontró sus versiones progresistas, como son los independentismos frente a asfixiantes centralismos, que se fortalecen en Cataluña y Córcega, como también en las antiguas colonias, caso de Puerto Rico, excluidas y tratadas despectivamente por el rostro desnudo del imperio. Estrategia que no les ha funcionado en Latinoamérica, ya que estos gobiernos han centrado su accionar en propuestas de defensa de la soberanía nacional en respuesta a las amenazas de los grandes grupos económicos de poder transnacional, lo que permite que el nacionalismo tome su perfil progresista, integracionista y antiimperialista, al cual buscan frenar con el invento de la amenaza «castrochavista». Otra vez el proceso desigual, contradictorio, dependiendo en su combinación progresiva de las relaciones de poder que genera la lucha de clases en sus diversas formas y expresiones.

Los gobiernos locales en ciudades capitales
El primer gobierno de izquierda en una capital del Estado nacional fue el de Alfonso Barrantes entre 1984 y 1987, elegido alcalde de Lima por el frente de Izquierda Unida. No tuvo ni una sola denuncia de corrupción frente a su gestión y desarrolló novedosos programas sociales, como el vaso de leche para todos los niños, tomado del gobierno de Salvador Allende, junto con la promoción de la democracia y la garantía de derechos. Cuando tenía toda la posibilidad de triunfar en las siguientes elecciones presidenciales, la izquierda se dividió y triunfó la mezcla de nacionalismo y socialdemocracia oportunista de Alan García y el APRA. Poco se estudia esta experiencia que marcó una crisis prolongada de la izquierda peruana, pues no estaba preparada para responder al desafío de acceder al gobierno nacional.
A partir de allí fueron muchos los gobiernos alternativos en pequeñas y grandes ciudades y en gobernaciones hasta que llegaron los primeros triunfos presidenciales. Hoy se trata de reflexionar sobre las enseñanzas que se pueden obtener de todas estas experiencias, buscando patrones comunes de acciones y reacciones, de programas implementados y reacciones encontradas, algo que se pretende dejar en manos de los lectores de esta obra de reflexión colectiva. Con algunos criterios comunes, como el asumir que cada caso ha sido y será distinto, y en eso incluimos la experiencia de los tres gobiernos seguidos de la alcaldía de Bogotá, en manos de gobiernos progresistas apoyados o integrados, en distintos niveles, por las fuerzas de la izquierda colombiana, en la cual nos concentraremos.

En la lucha interburguesa, gobernar en Bogotá era casi el salto asegurado a la Presidencia de Colombia. De allí la sorpresa para los grupos del poder hegemónico, que contando con la restricción a las libertades que implicaba la guerra civil colombiana, en la cual habían logrado retomar la iniciativa militar y mantenían bajo amenaza de muerte a los líderes sociales y políticos de izquierda, perdieran tres veces seguidas el manejo político del presupuesto territorial más grande del país.
La pregunta que hoy nos hacemos es hasta dónde era posible que avanzaran estos gobiernos progresistas del Distrito Capital, y hasta dónde estaban las élites del sistema dispuestas a soportarlas y convivir con ellas, sin acudir a todas las formas de lucha posibles. Las tibias medidas iniciales de gobierno fueron dirigidas a dar mayores garantías para el derecho a la salud, la educación, y a la diversidad étnica y sexual, lo cual no pasaba de una gestión de reformas «sin indiferencia», aunque importante para las poblaciones más excluidas. La apuesta inicial de los grupos de poder fue avanzar en la estrategia de cooptación del primer Alcalde, para impedir nuevas derrotas, el cual gobierna con funcionarios que muy poco tienen que ver con la izquierda, y al que finalmente logran cooptar, al punto que hoy es una ficha al servicio del sistema.

Pero su incomprensión del proceso social político se ratifica cuando sus partidos tradicionales vuelven a perder las elecciones, a pesar de sus esfuerzos clientelistas. Nuevamente la apuesta es dirigida a aprovechar el tibio perfil del nuevo Alcalde que, sin necesidad, ofrece gran parte de su administración a funcionarios del liberalismo, pero sus preocupaciones crecen cuando este comienza a amenazar las arcas de la corrupción de los partidos tradicionales en alianza con los grandes contratistas del país. El problemita es que ese ataque no se basó en combatir esa alianza corrupta, como ya exigía la comunidad, sino que su grupo familiar entra en la disputa por la apropiación de la renta del mercado de las obras públicas. Organismos de control y fiscalía pasan a aprovechar esa oportunidad no esperada y apuntan por esa vía a enterrar definitivamente la opción de un gobierno de izquierda en lo local y nacional.
La reacción de la izquierda, entonces articulada en el Polo Democrático Alternativo no fue en su conjunto lo suficientemente visionaria para romper pública y políticamente con ese foco de corrupción, y dejó su decisión «a la espera del fallo de la justicia» como si esta no fuera una institución politizada. Unos no quisieron hacerlo pues estaban incluidos en el negocio, otros dudaron pues temían dañar a su partido, y otros no pudieron provocar pronunciamientos trascendentes que permitieran afrontar la dimensión de la olla que se estaba por destapar y cómo esta repercutiría en el quehacer político. Cuando el Alcalde es apresado se intenta retomar la continuidad del proceso con un corto período de gobierno con mayor perfil de izquierda, pero el daño para el PDA ya estaba consumado. Afortunadamente, un sector de la izquierda liderado por quien sería el tercer Alcalde ha roto con el PDA denunciando la corrupción con anterioridad al escándalo mediático, y se pone al frente de una campaña contra la corrupción en todo el espectro del Estado, lo que le garantiza nuevamente el triunfo electoral. Esto último demuestra la paciente comprensión de la población, en particular de los sectores populares, pero también la debilidad que hereda un gobierno con una izquierda debilitada por su división, estigmatizada y con enfrentamientos sectarios.

Paralelamente se desarrolla un debate sobre la ruptura del falso paradigma de que en la izquierda no hay corrupción, que ya venía siendo cuestionado pero se justificaba como si fueran casos aislados, al igual que lo ha hecho históricamente la burguesía. Faltaba entender que después del derrumbe del socialismo burocratizado, los ladrillos del muro de Berlín habían caído sobre la cabeza de un amplio sector de la izquierda revolucionaria, generando una pérdida de la voluntad y entrega desinteresada por la que se filtró la decepción y con ella la corrupción. En tanto hoy la izquierda amplia se disponga a gobernar el Estado capitalista, el primer riesgo a controlar con la activa participación de las comunidades es la corrupción de sus funcionarios como forma de cooptación y posterior descrédito político.
El tercer Alcalde se inicia despidiendo a toda una camada de funcionarios progresistas y de izquierda que habían logrado entender el funcionamiento del Estado, pues los asimila con la corrupción de la familia gobernante. Los reemplaza por sus antiguos compañeros de lucha y personas que le manifiestan su apoyo, muchos de ellos sin experiencia de gobierno. Toda su gestión es de inmediato atacada y perseguida pero no encuentran pistas de corrupción. De ahí que pasan a utilizar la falta de experiencia y los errores de los nuevos funcionarios y el estilo cerrado de toma de decisiones del Alcalde, para hacer de la ineficiencia en la gestión la principal bandera de desprestigio, lo que impacta sobre las capas medias. Y con esa relativa validación, acuden a la justicia y a los organismos de control para que políticamente lo persigan y destituyan.

Un ejemplo de la reaccionaria ofensiva jurídico administrativa es la respuesta a la decisión del Alcalde de reestatizar más del 50% de la recolección de basuras, uno de los más grandes negocios públicos-privados. Decisión justa que fue tomada sin la participación de las comunidades interesadas, que incluso llegaron a plantear formas de asociatividad y cooperativismo para que no fuera un Estado burocratizado quien la llevara adelante, pero no fueron escuchados por los vestigios neoestalinistas en los funcionarios encargados. Sin embargo, fue un hecho de gran significación política de defensa de lo público, combinado con la organización y garantías para los trabajadores del reciclaje, tal vez el oficio más explotado y no reconocido, sin antecedentes en las ciudades gobernadas por la izquierda. Por un día no se recogen basuras como parte de un empalme boicoteado por las empresas privadas salientes, y en corto plazo se resuelve la destitución del Alcalde por parte del reaccionario Procurador de la Nación, posteriormente destituido por corrupción en su nombramiento. Frente a esa amenaza ya decretada, el Alcalde llama a toda la población a manifestarse en un Cabildo Abierto frente a la sede de la Alcaldía colindante con el Congreso Nacional y el Palacio Presidencial, generándose una multitudinaria movilización que se toma e instala en la Plaza Central para escuchar a sus líderes y deliberar, todo contando con gran simpatía en la población y la reunificación creciente de las fuerzas de izquierda que comprenden el enfrentamiento de clases que se ha instalado.

Todo el sistema se tambalea y los propios medios entran en confusión, pues es evidente la persecución política y la legitimidad de la protesta social, al punto que se logran medidas cautelares con la Corte Interamericana de Justicia que lo devuelve al cargo. Pero en lugar de mantener ese estado de movilización deliberativo para seguir gobernando como los famosos Cara al Pueblo que realizó la Revolución Sandinista, se abandona el estado de asamblea permanente desmovilizando a la población para continuar gobernando un aparato del Estado distrital en franca oposición y con unos medios de comunicación que retoman su ofensiva mediática buscando su mayor desprestigio posible, para que no se convierta en una alternativa presidencial exitosa.
En esa resistencia se comprobó que cuando la respuesta social es decidida y les golpea con legitimidad popular en su credibilidad sistémica, se pueden revertir sus golpes jurídico-políticos. ¿Pero, qué hacer frente a realidades como la de Honduras, tanto frente al golpe de Estado militar como al posterior fraude electoral grosero aceptado por el «demócrata» Secretario General que manipula la OEA? ¿Cuál debe ser la respuesta de ese poder social electoral en camino de convertirse en poderes duales cuando intenten repetir los golpes o impedir los nuevos triunfos electorales, considerando que esta situación de rebeldía frente a la desigualdad neoliberal continuará estallando en distintos países y con distintos procesos?

Si este será el determinante social político de la época, lo primero a entender es que las contraofensivas sistémicas que se están utilizando contra estos procesos contrahegemónicos y emancipatorios implican fuertes retrocesos, pero que en tanto no tienen perspectiva histórica ni voluntad de mantener y estabilizar un mínimo de garantías de derechos humanos, serán transitorios. En consecuencia, lo estratégico de la resistencia y contraofensiva social seguirá pasando por dos grandes ejes:
1. Realizar con urgencia balances políticos de lo sucedido en los distintos procesos del continente, en espacios conjuntos de las distintas fuerzas de izquierda implicadas y con la participación de los principales líderes sociales, sindicales y étnicos. Presentar las enseñanzas que cada proceso está generando y debatirlas aplicándolas a cada realidad nacional. Combinarla con el balance de la situación en cada país, donde la crítica y la autocrítica deberá ser en lo fundamental de carácter conceptual y estructural, sin caer en la personalización de las responsabilidades, para centrar el debate en entender que los errores no fueron un problema de carácter personal, sino que lo personal puede desenvolverse, con intereses distintos a los inicialmente proclamados, por la falta de una democracia directa partidista, sindical, social y sobretodo territorial, que permitiera el seguimiento y control político por parte de los líderes medios y las bases políticas y sociales.
 
2. Continuar fortaleciendo las organizaciones sindicales, sociales, étnicas y territoriales, como organismos de doble poder en sus espacios de trabajo, de vida y de estudio, y preparar con ellos los planes de respuesta rápida que apunten como un punto álgido a la paralización del proceso productivo, financiero y comercializador que soporta a la ultraderecha autoritaria y dictatorial.
Una de la más grande resistencia civil a este tipo de golpes de mano antidemocráticos fue la Huelga General de 16 días de los trabajadores de Uruguay frente al golpe cívico militar que clausuró el Congreso de la República en junio de 1973, cuyas enseñanzas deberán actualizarse para los nuevos contextos del mundo del trabajo y de las resistencias populares. La pregunta es sobre qué tanto se podía resistir en esa lucha de los trabajadores, qué recursos se requerían para sostener a sus familias pero también para integrarlos a la lucha, y cómo se lograría que el conjunto de la población urbana y rural se sumara a esa movilización.

La Central de Trabajadores había resuelto públicamente que la huelga general sería la respuesta al golpe de Estado, pero no se tenía claro por las fuerzas políticas de la izquierda si se apostaba a que el paro, aislado, derrotaría al golpe de Estado e impediría la dictadura. Se esperaba de reacciones de sectores progresistas en las propias fuerzas armadas que ya se habían expresado, pero no se tenía programado los tiempos que podía durar, el cómo incidir en la lucha interna de los militares, ni como detener la feroz represión contra los líderes sindicales. El principal saldo de esta heroica huelga general de los trabajadores uruguayos fue que la dictadura nació deslegitimada, desenmascarada, y debilitada internamente para llevar adelante un modelo similar al aplicado por la dictadura argentina, la cual al imponerse tres años después, no encontró esa resistencia de clase, obtuvo cierta legitimidad inicial en las capas medias, y pudo perpetrar la más grande atrocidad humanitaria del continente,2 mientras que el retorno de la democracia en Uruguay implicó el crecimiento gradual del Frente Amplio de toda la izquierda y su gobierno por ya tres períodos. Con fuertes debates internos y diferencias de proyectos estratégicos en el seno del Frente Amplio, la clase obrera en huelga general impuso la unidad estratégica y le puso sus límites a un proyecto neoliberal y represivo en Uruguay.

En el caso reciente de Honduras y en otros donde se puedan desarrollar en el futuro, países con riesgos de repetición de los fraudes, caso México, se deberán pensar en estrategias superiores a las que ya se implementaron sin lograr revertirlos, considerando que contaran con el silencio cómplice de la OEA y el apoyo del Presidente de Estados Unidos. El eje central en el análisis de estos casos pasa por pensar previamente qué cosas se pueden prever, evitar, y cómo responder a cada una de estas. En particular, en el manejo de los medios de comunicación y las respuestas a sus falsas verdades, y en contar con una gran masa de gente que controle voto a voto y paso a paso todo el proceso, como se realiza hoy en Uruguay y en Nicaragua. No se puede evitar fácilmente en Colombia la corrupción en las Registradurías Regionales, ni la compra de votos, pero una presencia internacional y una campaña de información y formación mediática vía redes sociales, como de hecho ya está en marcha, puede ayudar a frenar esa corrupción de la democracia. Pero si no existe la amenaza de tener que confrontarse con una suma de poderes duales convertidos en un centralizado poder popular, capaz de responder con un Paro Cívico Nacional dirigido a sostener el triunfo electoral o el gobierno en ejercicio, debe considerarse, como ya se ha demostrado, que estarán dispuestos a pasarse por la faja todos los controles y a violar su propia legalidad.

Siendo estos golpes y fraudes parte de una estrategia acordada con el imperialismo norteamericano, lo cual hoy no es discurso izquierdista sino una posición proclamada por su Presidente, la respuesta deberá ser también latinoamericana y caribeña. No se puede ocultar que nuestra solidaridad internacional sigue siendo más política que concreta e institucionalizada. Al igual que no se pudo avanzar en la integración económica, social y política del continente, más allá de los esfuerzos valiosos pero insuficientes de UNASUR y la CELAC, no se ha tenido una capacidad de respuesta social y política orgánica y global que supere los espacios diplomáticos, los que además están en constante disputa y no obligan a nadie.
El nacionalismo antiimperialista es mucho más útil cuando se combina con la solidaridad internacionalista, como pregonaba y actuaba el presidente Chávez, caso ejemplar cuando los bombardeos del gobierno de Colombia contra las FARC en territorio ecuatoriano. Al igual que las acciones que hoy realiza Estados Unidos y sus aliados en el continente contra el gobierno de Venezuela, se deberán preparar con suficiente antelación y planeación, bloqueos socioeconómicos al comercio con los gobiernos que realizan y apoyan estos golpes y fraudes antidemocráticos, aislando sus embajadas y obligando a la ruptura de todo tipo de relaciones, realizar movilizaciones de carácter americano que paralicen la producción y movilidad en todos los países cómplices de estas acciones.

Son temas a incluir en los planes de acción política y en los balances de los procesos golpeados por esta contraofensiva imperialista, pero que comienzan por debatir el cómo reconstruir la unidad de las izquierdas en los espacios nacionales, la cual se ha agravado por nuestras incapacidades para responderle en conjunto a los enemigos de la democracia y tratar de resolver la encrucijada cargándole las responsabilidades a las otras fuerzas y grupos de la izquierda. Sucesos como la reciente división en las fuerzas progresistas que han gobernado en Ecuador, que tanto alegran a la derecha local y latinoamericana, son una puerta que se abre para que la aplastada derecha oligárquica regrese al poder. Y la responsabilidad no será exclusiva de Correa ni de Moreno, sino de las fuerzas sociales, políticas e indígenas que, respaldando a uno y otro, deberán unirse para preparar las nuevas etapas de la resistencia.
A punta de golpes de Estado y deslegitimando los mínimos democráticos y éticos del Estado de Derecho, se anuncian rupturas políticas en las fuerzas armadas, las que tendrán que decidir si, como en el pasado, asumen funciones represivas para las cuales no fueron concebidas. Las políticas migratorias no tendrán posibilidad de control, tanto en sentido Sur-Norte como en el Sur-Sur, y los inhumanos resultados que muestran las destrucciones de los Estados naciones en Siria, Libia, Irak y Afganistán, se están repitiendo con Venezuela, donde los gobiernos latinoamericanos que buscan intervenir en sus asuntos internos, comenzando por Colombia, se están disparando en su propio pie.
Solo la compleja y difícil articulación virtuosa de las formas avanzadas de doble poderes territoriales y sectoriales, con las estructuras de poder político electoral contrahegemónico, podrá frenar esta irracionalidad generada por los miedos de perder el poder de las clases dominantes. Lograrlo dependerá de liderazgos colectivos y multidisciplinarios, no meramente electorales, con la suficiente comprensión crítica transformadora para conducir esos procesos hacia la construcción de bloques de poderes regionales, conformados por países gobernados por quienes se comprometan, simplemente, a defender y garantizar los derechos humanos y de la naturaleza.

El pos acuerdo de paz
Una cosa era negociar acuerdos de paz 20 años atrás, y otra es hacerlo luego de la agudización de la lucha de clases que se generó con el triunfo de los gobiernos progresistas y de izquierda. En el caso del conflicto armado colombiano, el nuevo escenario permitió que se abrieran negociaciones en un clima de mayores garantías regionales y mostró que se podía gobernar el Estado capitalista, que sin equipararse con la toma del poder a la que aspiraban los insurgentes, era posible utilizar ese poder político de gobierno para instalar reformas, impulsar poderes duales y avanzar en un camino más democrático en la disputa del poder económico. Pero era también previsible que lo que más preocupaba a los enemigos de los acuerdos era el riesgo de la reactivación de las luchas sociales al no existir más la amenaza de la guerra con todas sus consecuencias.

Hoy el temor de la clase dirigente colombiana pasa porque esa irrupción de lo social político, combinada con la corrupción de su justicia que llega hasta la Corte Suprema, abriera la posibilidad de extender hacia el espacio nacional, las experiencias de gobiernos progresistas y de izquierda conquistados en Bogotá. Estos miedos llevan a la ultraderecha a hablar del «peligro de un gobierno castrochavista», y a utilizar la presencia de las FARC en el campo político electoral para mostrarlos como los próximos gobernantes dictatoriales. De allí nace su estrategia de agredir en forma violenta a los excombatientes que intentan realizar su campaña electoral, para la cual no tienen garantías que les permitan explicar sus programas y objetivos. Recuperar las confianzas de los sectores populares que apoyaron el NO en el plebiscito de la paz, implica trasladar el centro del debate a la desigualdad, pobreza y exclusión que genera el modelo extractivista y que hoy unifica a la derecha y la ultraderecha. Los enemigos del proceso de paz son los mismos que buscan impedir, desprestigiar y derrocar a los gobiernos progresistas y de izquierda del continente, para lo cual ya le han encontrado sus puntos débiles, que no son pocos, y cuentan con el apoyo abierto del gobierno de Estados Unidos, que ha resuelto que ningún dólar de su cooperación internacional podrá tener algo que ver con los acuerdos de paz y particularmente con las FARC, a la cual mantienen en su sesgada lista del terrorismo internacional. Estrategia que se complementa con el renacer de los grupos paramilitares, particularmente en las regiones costeras del país por su relación con el tráfico de estupefacientes, que están apostando a un nuevo-viejo escenario en el que se pase del avance que implica una paz imperfecta donde sobreviven formas de violencia a nuevas formas de violencia sistemáticas y organizadas en complicidad con sectores del establecimiento, como ya preanuncian los continuos asesinatos de líderes sociales populares y de excombatientes. La paz de Colombia es la paz del continente y la democracia en el continente será la democracia para Colombia.

Marcelo Caruso Ázcarate es miembro de la Coordinadora Socialista y de los espacios de unidad de la izquierda colombiana. Consultor y profesor universitario en temas de democracia directa y sostenibilidad medioambiental, doctor en Ciencias Filosóficas. Parte de su obra la escribió como Fermín González Chávez.
Este artículo fue publicado en la antología Los gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina, Roberto Regalado (compilador), Partido del Trabajo de México, Ciudad de México, 2018.
1 Christian Rakovski: Los peligros profesionales del poder, agosto de 1928.
2 Este párrafo se apoya en una entrevista realizada a Carlos Alejandro, líder sindical y del Frente Amplio de Uruguay.
https://www.alainet.org/es/articulo/192219