Eduardo Ibarra Aguirre
13/02/2019

Todo indica que cuando mucho incurrieron en un conflicto de intereses, mas no violentaron la ley el expresidente Felipe Calderón, el jefe de la Oficina de la Presidencia con Carlos Salinas, el otrora temido y temible José Córdoba; ni tampoco los exsecretarios de Energía Jesús Reyes Heroles, Luis Téllez y Georgina Kessel quienes encabezan la lista de nueve exfuncionarios que transitaron de su cargo oficial a sostener estrechos vínculos laborales con empresas privadas.

Como muy bien lo apunta el presidente Andrés Manuel, es una “práctica totalmente inmoral” que los funcionarios que terminan su desempeño en el sector público se pasan a trabajar a las empresas que reciben contratos, en detrimento de la Comisión Federal de Electricidad, pero también de Petróleos Mexicanos. Sólo que en el país del capitalismo salvaje y de compadres, la moral “es un pinche árbol que da moras”, como decía Gonzalo N. Santos, el cacique potosino y priista que ganaba elecciones robándose urnas y a balazos.
En la visión de López Obrador que comparte desde hace una docena de años, “Se han hecho jugosos negocios al amparo del poder político. Lo que queremos ahora revertir, sin autoritarismo, utilizando el marco legal que se tiene y convenciendo a particulares, que las empresas extranjeras actúen con dimensión ética”. Y pregunta: “¿Cómo es posible que una empresa extranjera contrate a un expresidente, a un exfuncionario, en este caso del sector energético, donde opera?” Para contestar que “Eso es totalmente inmoral, eso no puede hacerse en otros países”.
Se hace en Estados Unidos y éste modela a las instituciones y las prácticas mexicanas porque gobernantes y académicos fueron formados allende el Bravo, amén de que no se distinguen por la creatividad.
El presidente y general Dwight D. Eisenhower (1953-61) fue quien el último día de su mandato se quejó del influyente papel que desempeñó el complejo militar industrial en la política exterior y en el impulso decisivo al intervencionismo del Pentágono, encabezado por figuras provenientes de las multinacionales armamentistas. Y ahora, con Donald Trump, esa es la norma, son los empresarios los que mal gobiernan al imperio en retroceso y subrayada peligrosidad, como lo evidencia Venezuela.
AMLO advierte que su gobierno quiere “una revisión de conformidad con la empresa, para que esto se corrija voluntariamente. No queremos sólo la vía legal, (…) porque los que están acostumbrados a medrar inmediatamente gritan como pregoneros: ‘Ya se está afectando el Estado de derecho’”.
Lo de menos son los pregoneros que como Calderón Hinojosa ya adjetivó a AMLO. “Sólo quien ignora la complejidad del sector energético puede asombrarse de que verdaderos expertos en el tema trabajen honestamente en el sector”, autoelogio que es vituperio, como lo documentó Ana Lilia Pérez en Camisas azules, manos negras. El saqueo de Pemex desde Los Pinos (Grijalbo, 2010). El menos indicado para pontificar sobre honestidad es éste guerrerista señalado por decenas de millones de electores de robarse la Presidencia en 2006.
Lo demás será si la “corrección voluntaria” es dable en el gran capital (el 1% de la aldea global), que acude a los países y ramas de la economía donde se reproduce más rápido y mejor, pues no tiene patria y tampoco ética. Tal y como lo muestra la cotización de las acciones bursátiles de las empresas señaladas por Manuel Bartlett y los voceros de Carso Energy, IEnova y con menos intransigencia TransCanada. Pero no existe peor lucha que la que no se emprende y falta por ver otras cartas del presidente.
 
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