EL FACTOR SUBJETIVO
Noviembre, 9 de 2005
Desde hace algunos días (ocho al momento de escribir esto) venimos viendo en los noticieros en la televisión, cómodamente sentados en nuestros sofás, las imágenes de autos y edificios incendiados en los barrios periféricos de París. A la sombra de altísimos monstruos de hormigón, que en una época fueron la solución más rápida (y económica) al problema de la vivienda en muchas ciudades europeas (incluyendo las del Este), adolescentes en su mayoría inmigrantes (mejor dicho, hijos de) rompieron el silencio que les impone este sistema.
No se requiere un esfuerzo mental enorme para saber cuáles son las causas de esta “incomprensible” y “absurda” violencia. A esa masa anónima, apátrida, joven, a medio camino entre el Islam y la “adaptación al medio”, no le tocó ni pizca de Egalité o Fraternité (y de la Liberté ni hablamos). Tanta marginación, tanto desprecio, tanto desempleo y tanta injusticia cometida contra aquéllos a quienes el sistema asigna el rol de vanguardia del ejército de reserva, tenía que estallar tarde o temprano. Y estalló de la misma forma en que estallan la mayor parte de los grandes conflictos sociales del mundo moderno: de forma espontánea. Sin preparación ni consciencia siquiera de sí misma. Es que cuando falta la consciencia, los conflictos sociales y la lucha de clases adoptan formas bárbaras, vandálicas. Pero eso no quita que sean expresiones justamente del conflicto existente en las sociedades.
Marx y Engels concluyeron el Manifiesto con las célebreses frases: “ Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”. Por aquéllos años, mediados del diecinueve, la clase obrera realmente no tenía nada que perder. Sin embargo, el capitalismo y sus clases dominantes idearon un sistema que, sin salirse de las reglas de juego capitalistas, por lo menos daba a la clase obrera un estándar de vida bastante aceptable. Me refiero al Estado de Bienestar. Y la clase obrera europea, traicionada en las últimas dos décadas por dirigencias sindicales socialdemócratas e incluso aquéllas de inspiración eurocomunista, ha sabido “tragarse” el cuento del consumismo y la comodidad. La clase obrera europea hoy en día cree que tiene mucho que perder con un cambio socio-económico, a saber su “seguridad”, su bienestar y su estándar de vida. Hará falta que se termine de desmoronar la ilusión de un capitalismo “bueno” representado en el Estado de Bienestar para que la clase obrera se de cuenta del engaño. El cierre de fábricas y el traslado de la producción a países del Tercer Mundo y su consecuente aumento del ejército de reserva, están poco a poco anunciando el fin de este modelo reformista.
Mientras buena parte de la izquierda europea no encuentra mejor línea política a seguir ni mejor rol que asignarse que el de servir de soporte a traicioneros y podridos gobiernos socialdemócratas, y los sindicatos no pueden con los molinos de viento del conformismo y el consumismo (enemigos poderosos de la organización y reivindicación colectivas), un actor social escondido entre los monstruos enormes de hormigón de los ghettos periféricos, exige se lo tome en cuenta. Y este actor social consideró que no tenía demasiado que perder si tomaba un molotov y lo tiraba contra un auto. Total, la marginalización y la falta de empleo quizá lo iba a poner al margen de la ley tarde o temprano.
Si nos detenemos a mirar el panorama político mundial, veremos que los movimientos sociales revolucionarios más poderosos hoy en día son aquéllos que aglutinan personas que no tienen absolutamente nada que perder con un cambio revolucionario, más que sus cadenas. Los campesinos indígenas mexicanos de Chiapas, los campesinos sin tierra de Brasil organizados en el MST, son dos claros ejemplos. Fueron organizados en un comienzo en torno a reivindicaciones bien concretas, pan, tierra, techo, trabajo, democracia, y aún más concreto en el caso del MST: la Reforma Agraria. En torno a esas reivindicaciones se organizaron en un comienzo. Y a medida que se organizaba, se enseñaba a los nuevos militantes que ésas reivindicaciones concretas se debían enmarcar en un contexto más amplio, nacional e incluso internacional. De modo que no se los puede reducir como cierta gente hace, a movimientos puramente reivindicativos o del “pan y la mantequilla”, son movimientos políticos revolucionarios.
Para finalizar, quiero dejar en claro que con estas ideas expresadas acá, no estoy menospreciando el rol de la clase trabajadora en el cambio revolucionario. El punto central de este artículo sería que los sectores a los que en otra época se refería despectivamente como “lumpen proletario”, y que era una minoría, hoy se ha convertido en un actor social a tener en cuenta. Y las injusticias cometidas contra este “sector social”, que en realidad también es parte de la clase obrera sólo que como parte casi permanente del ejército de reserva, debe despertar la misma ira y desprecio que la explotación del obrero.
Manuel Caldas