¿Alternativa
socialista o aspiración comunista? Lucien
Sève[1]
Este texto fué leido el
4 de octubre de 1997 por Lucien Sève en el marco del coloquio de Actuel Marx
consagrado a “ la cuestión del socialismo hoy”. Propone una puesta en
coherencia teórica de la aspiración comunista, nutrida por las contradicciones
y reflexiones que el movimiento de nuestra realidad ha hecho nacer entre todos
los actores de la emancipación humana. Para quien persiste en
aspirar en pensamiento y acto a un más allá del capitalismo, el reciente
debate sobre la privatización es un severo recuerdo de donde estamos: cerca de
un decenio después del hundimiento de aquello que se convino en llamar el
socialismo real, y lejos todavía de una reconstrucción en los espíritus de
algún socialismo ideal, aunque sea según visiones poco comunes. Se ha podido
leer, en las úlimas semanas a propósito de Air France los puntos de vista de
dos hombres de izquierdas, muy cercanos en muchos temas, como Charles Fiterman
y Anicet le Pors[2]. El primero considera urgente una desestatización que
podria incluir la apertura del capital a empresas o personas sin detenerse
necesariamente, en el dintel , ilusorio a sus ojos, del 51 % para el Estado,
Ahí está, según él, uno de los imperativos del desarrollo en nuestra época (Le
Monde, 12/9/97). El segundo defiende, por contra, que la apropiación pública
es la que combina mejor la eficacia económica y la utilidad social y por otras
parte vé en ella algo más que un simple medio: un elemento constitutivo de la
dignidad del ciudadano ( Le Monde, 17/9/97). Que los franceses en su conjunto
estén ellos mismos divididos – un sondeo BVA ( Institut d’Etudes de Marché et
d’Opinion)de junio mostraba que, en bruto, uno sobre tres es partidario de la
privatización, otro es partidario del mantenimiento de la propiedad pública y
el tercero de una solución mixta – se comprende: sobre esta cuestión tan
compleja, no se ha hecho casi nada para favorecer en el pais la información
sincera y el entendimiento reflexivo. Pero que dos políticos altamente
informados teniendo casi la misma cultura y la misma historia sostengan puntos
de vista divergentes en este momento sobre este asunto primordial no deja
espacio para ninguna ilusión. El camino que deberá conducirnos, en la
diversidad fecunda de los enfoques, a una suficiente comunidad de los
proyectos para que encuentren coherencia una perspectiva histórica y un
movimiento político renovado de superación del capitalismo, será largo. ¿Qué tipo de propiedad
para los medios de producción y de cambio? Considerada ayer como arcaica y hoy
aguzada de nuevo, esta question-bateau es, desde mi punto de vista, el
ejemplo de una cuestión-trampa, no por lo que ella dice sino por lo que
esconde. Razón de más para examinarla. La socialización de los medios de
producción y de cambio era el axioma del antiguo “socialismo científico” tal
como cristalizó hace un siglo. Ella fué la transformación decisiva de la cual
nació el régimen soviético, la esperanza suprema de las clases y naciones
proletarias de todos los continentes, pero tambien, traducida en estatización,
la matriz general del despotismo burocrático estaliniano y bajo esta forma, el
vicio iremediable que condujo a tantos dramas y, al final, al derrumbe de un
mundo. Situarse sin evasivas en relación a esta cuestión nodal me parece una
de las maneras obligadas de entrar en el debate sobre los “proyectos
alternativos contemporáneos”, según el rótulo de nuestro taller. Escribo en
función de los debates en relación a este tema en los cuales tomé parte.
Durante la sesión final del Congreso Marx Internacional, hace dos años,
defendí la idea de que lo que había muerto en el Este era, propiamiente, el
socialismo, mientras que la aspiración comunista en el sentido fuerte que le
daba Marx conserva más que nunca su elevada pertinencia, con la condición de
repensarla sin pusilanimidad en el tan novedoso contexto de nuestra época.
Esta tesis fué estimada interesante por algunos, pero embargo inadmisible si
mayor examen, si conduce a decretar voluntario, incluso caduco el principio de
la socialización de los medios de produccción - punto que ha sido objeto de
útiles aclaraciones en el marco del seminario organizado en 1996-1997 por
Actuel Marx sobre el socialismo. De ahí resulta, me parece, un estado de la
cuestión menos alejado del que requerirá la posible y deseable coincidencia en
una misma perspectiva histórica de conjunto entre los partidarios de una
superación efectiva del capitalismo. Los lectores juzgarán, en todo caso, si
esto es así.
Propiedad
de los medios de producción: una apuesta perenne
Es suficiente para
convencerse de que la
cuestión del modo de
propiedad de los grandes medios de producción y de cambio no tiene nada de
desfasada, observar el acarnizamiento de los grandes detentores del capital
para batirse hoy en todos los frentes, desde el económico al ideológico, para
hacer de la generalización máxima del estatuto privado la ardiente obligación
de nuestro tiempo. Sería dudoso que ellos desplegasen tantos esfuerzos por un
objetivo, si fuera tan obsoleto como han intentado de hacérnoslo creer. Por
otra parte, no es difícil de captar la amplitud, por lo menos triple, de la
apuesta. 1.En su reciente libro, Reconstruire un pouvoir politique ( la Decouverte, 1997), Philippe
Herzog[3] explica que, criticando durante una discusión con Alain Gomez
entonces ejecutivo de Thompson, los efectos negativos de su gestión sobre el
empleo, enseguida le espetó esta “respuesta clara y limpia: el fin de la
gestion ( privada) no es el empleo sino el beneficio” (p.32). Recuerdo banal
pero crucial: tener como bien privado el capital de una empresa, es estar en
posición de apropiarse el beneficio como decidir sobre los salarios, por tanto
dominar el reparto primario de las riquezas creadas. Lo que, por sí mismo, es
enorme. 2. Pero, al mismo tiempo,
ello significa además: poseer - teniendo la propiedad privada de los unos su
directo contrario en la privatización de la propiedad de los otros – un poder
de esencia monárquica sobre la produccion misma, sobre sus modalidades,
finalidades y criterios; es ser dueño de la gestion económica y financiera de
vastos bienes sociales – dueño después de Dios, es decir del mercado- en una
relación de poder que, salvo que exista una suficiente potencia colectiva,
domina inexorablemente sobre todo Estado, sobre todo derecho, sobre toda
ética: nosotros tenemos el ejemplo de eso cada día y en todas partes. Ahí está
el corazón desde el cual renace sin cesar la aspiración a un más allá del
capitalismo. 3. Aún hay más: a partir
de la economía se afirma la incansable candidatura de la rentabilidad privada
a ser erigida en norma de toda gestión – tanto sanidad como enseñanza, tanto
investigación como creación -, en modelo universal de civilización eficiente,
es decir, a corroer de forma radical todos los valores hasta pretender
determinar el precio de la vida humana o del planeta Tierra mismo. Ese
totalitarismo no es el menos glaciar. Por estas razones, toda aspiración
emancipatoria está abocada al conflicto frontal con la impudicia del capital
privado, nazca éste de la más salvaje de las rapiñas, como hoy mismo del
Brasil o de Indonesia, o prospere en la urbanidad democrática por la
usurpación de la plusvalía colectivamente producida de la cual él está
esencialmente constituido, lo que deja claro el carácter usurpador de su modo
de apropiación. Como además el capital, bajo el doble efecto de las mutaciones
tecnológicas que él acelera y de las contradicciones nuevas que resultan de
estas mutaciones, está abocado a una crisis histórica de eficacia cuya fuga
hacia delante hacia la mundialización no hace otra cosa que generalizar los
estragos, nadie duda que la superación de su principio mismo no sea el gran
asunto en el orden del día del próximo siglo. Que quede pues, bien claro:
oponer como yo hago a una alternativa socialista de muy pobre credibilidad una
aspiración comunista de rica perspectiva, no es decretar cerrada la cuestión
del modo de propiedad de los grandes medios de producción y de cambio, y, sin
prejuzgar la solución aportar en cada caso y momento dados, tampoco no
consiste en desestimar los grandes méritos potenciales de una apropiación
pública digna de ese nombre. Mi punto de vista crítico- muy crítico - en este
asunto consiste en juzgar, como se verá, no tanto como excesivo el proyecto de
una socialización real sino indigente, prohibitivamente indigente la creencia
en la virtud decisiva de una pura transferencia de propiedad en torno a la
cual se construyo, muy por debajo de Marx, el concepto tradicional de
socialismo.
De la
propiedad estatal al dominio colectivo
En efecto, interroguemos
de manera un poco atenta, a partir de las lecciones de ayer y de las
realidades de hoy, cada uno de los términos de esta fórmula canónica:
propiedad social de los medios de producción. En primer lugar, propiedad. Como
lo revelaba ya Marx en el Prefacio de la Contribución de 1859, las relaciones
de propiedad no son más que la “expresión jurídica” de las relaciones de
producción. La posesión efectiva de los medios de producción no se reduce
únicamente a su propiedad nominal, aunque ésta no sea entendida como
secundaria. Implica muchas otras condiciones no sólo simplemente jurídicas
sino de hecho, en particular la capacidad de gestión, que presupone el acceso
real a la información económica y financiera, al saber teórico y práctico, a
compartir la experiencia, etc. Desprivatizar la propiedad de medios de
producción puede ser hecho de golpe por un poder político; socializar la
capacidad de gestión es una cosa mucho más larga y compleja. En los años
cincuenta, Georges Cogniot explicaba a quien quisiera escucharle que si en la
URSS el poder económico estaba tan concentrado en la cúpula, ello se debía no
sólo alguna voluntad política – en lo cual él explicaba algunas historias-
sino a un retraso histórico- en lo cual no se equivocaba: hay ya en ese pais
decenas de millares de grandes empresas ( decía él) y, por entonces aún,
muchos menos ejecutivos capaces. Pero el pensamiento socialista tradicional no
ha asimilado verdaderamente la diferencia profunda entre títulos de propiedad
y condiciones de apropiación y por tanto de dominio reales. Aún menos ha meditado
sobre las consecuencias de esta “revolución managerial” de la que Gerard
Duménil y Dominique Lévy, en su libro sobre un siglo de economía americana
intitulado Dynamique du capital ( Actuel Marx/PUF, 1996), muestran todo
lo que ella ha trastornado. A partir del momento donde el capitalismo entraba
en un nuevo estadio, presentido por Marx, donde se han diferenciado las
funciones de financiamiento de las funciones manageriales, anudando entre
ellas nuevas relaciones dialécticas, y por tanto estas clases que constituyen
los propietarios del capital y los cuadros de gestión, se convertía cada vez
menos posible aún escapar a las lógicas del sistema a través de un simple
cambio de propietario. Ésto deberían haberlo hecho visible a todos, por
ejemplo, las nacionalizaciones francesas de 1981: después como antes, en
cuanto a lo esencial, los mismos hombres, la misma cultura, los mismos
criterios y a fin de cuentas la misma gestion para las empresas industriales y
bancarias concernidas. Duménil y Lévy concluyen que “la emergencia del
capitalismo managerial a principios de siglo significó el toque a muertos del
paso al socialismo tal como lo imaginaban los revolucionarios del siglo XIX” (
pag. 332). Lo que es seguro en todo caso, es que la desprivatización de los
medios de producción no puede ser tenida por ella misma como condición
decisiva de la superación del capitalismo. Evidentemente, todos los huérfanos
del antiguo socialismo científico aún no lo han comprendido. Para operar una
tal superación es precisa nada menos que una revolución en el acceso social a
la gestión. Parafraseando a Lenin, se podría decir: es necesario que cada
asalariado aprenda a gobernar la empresa. Es el asunto de una época entera.
Razón de más para empezar enseguida y entregarse a ello. Paso al segundo punto:
propiedad social de los medios de producción. ¿Cómo entender correctamente la
expresión “social”? Como sabe todo el mundo, se trata de una de las cuestiones
más duramente disputadas a lo largo de la historia del movimiento socialista,
en particular a final del último siglo – como lo muestra, en paso de los
trabajos de Jacques Granjonc, el libro de Marc Angenot sobre la época de la
Internacional titulado “Utopie colectiviste” ( PUF, 1993)- entre las
corrientes anarquistas deseosas de una apropiación comunista por los
productores directos y las corrientes llamadas “autoritarias” partidarias de
una socialización por parte del Estado proletario. Y todo el mundo sabe, es
esta segunda concepción la que ha vencido en general en el movimiento obrero,
de manera que el socialismo se transformó íntimamente en sinónimo de estatismo
y esto, más allá de su vehemente oposición, tanto en sus variedades
socialdemócratas cómo en su ortodoxia marxista-leninista. Ahora bien, no
solamente una estatización de los medios de producción no pone fin a la
desposesión de los productores sino que, y toda la experiencia del siglo está
ahí para atestiguarlo, ella no instituye en último análisis otra cosa que
variantes insidiosas y brutales de la dominación continuada del capital sobre
los hombres. Lejos de ser la supuesta “primera fase” del avance hacia el
comunismo, dicho de otra forma: hacia la superación de las grandes
alienaciones históricas, el socialismo estatista le gira claramente la espalda
, y ello es claramente la razón mismo del aborto de esta superación. He aquí
porque yo creo que es crucial entender que lo que murió en el Este no ha sido
en absoluto el comunismo, en el sentido conceptual del término, sino más bien
el socialismo en su acepción consagrada.
La
apertura del capital a los asalariados y a otros agentes sociales
En otro sentido es pues,
evidente que es necesario asumir la idea de una apropiación social. Ella
implica de entrada apertura del capital a los asalariados de la empresa, y
esto hasta niveles elevados dándoles la posibilidad de intervenir en todas las
decisiones de gestión. Apertura también a otros agentes sociales efectivos de
las actividades concernidas – asociaciones de usuarios, colectividades
locales, empresas de servicios concernidas, sin excluir lo privado, mientras
haya mercado capitalista- y esto será durante un largo periodo- , es también
en el interior de una mezcolanza conflictiva que los imperativos de orden
público deberán tender a prevalecer sobre las exigencias del beneficio
privado. Pero pongámonos en la perspectiva general de una socialización de
este tipo: está claro que de muchas maneras, el Estado estará presente y a
título tendencialmente preponderante, aunque sea por participación directa,
legitimada sobretodo por la dimensión nacional de las apuestas, o por la de
los inversores institucionales, por la de empresas de servicios públicos o de
colectividades territoriales. La cuestión del contenido de la intervención
estatal en la esfera que nos ocupa aquí, es ineludible. ¿ Cómo no ver desde
ahora que si el Estado continua siendo lo que es masivamente hoy, una
formidable máquina de confiscación de todo poder real a través de la
delegación generalizada, de la centralidad burocrática, de la verticalidad
administrativa, de la autonomía alienada a escala nacional y actualmente
supranacional, ninguna socialización es posible más allá de las puramente
formales? Así de cualquier manera que se considere las cosas, ir hacia una
apropiación efectivamente social del aparato productivo exige nada más y nada
menos que desestatizar el Estado mismo en beneficio de los ciudadanos puestos
en posesión de un poder político de nuevo tipo. Constatemos por segunda vez:
se ha creído ir al fondo de las cosas queriendo cambiar el modo de propiedad
de los medios de producción, pero un cambio de este estilo no se puede
transformar en real si no es a través de transformaciones de otros órdenes y,
bien mirado, de muy otro alcance.
Medios de
producción y fines de las actividades sociales
Tercer aspecto del
problema: propiedad social de los medios de producción. De aquí data
claramente la concepción socialista discutida aquí. Del tiempo de Marx, y
puede que a mediados de nuestro siglo, la base de toda vida social podía en
efecto pasar por resumirse en la esfera de la producción y de sus medios
objetivos. Hoy y por bastante tiempo, a diferencia de lo que anunciaba una
ideología débil, nosotros aún no vivimos el desvanecimiento de la producción
material dentro de la circulación de la inmaterial: uno no podrá nunca ir sin
el otro. Pero lo que es notorio, y crucial para nuestro asunto, es que el
desarrollo acelerado de las tecnologías y de la productividad real hace
predominar las actividades de servicios sobre la producción de bienes, es
decir el conjunto de prestaciones concernientes a las relaciones de los
hombres no con las cosas sino con ellos mismos. He aquí algo que introduce
modificaciones en la cuestión que nos ocupa y notablemente una. Si la puesta
en cuestión socialista del capitalismo se centraba sobre la propiedad de los
medios de producción, es porque antes que nada se tenía como tarea acabar con
la explotación de clase, de la cual esa propiedad aprecia como la condición
más inmediata. Sin embargo, el efecto producido por el creciente control del
capital sobre la dirección de las actividades de servicio, especialmente las
no mercantiles, consiste menos en que el extiende su explotación a nuevas
categorías de asalariados, si no más bien en que él altera para todos, de
forma tendencialmente radical, las propias finalidades de los servicios,
abatidas bajo la ley del beneficio máximo –alienación fundamental que se
vuelve posible bastante menos por la propiedad de los dispositivos materiales,
muchas veces inexistentes, como por la imposición de lógicas financieras que,
como el gusano en la fruta, vacían literalmente de su sentido las actividades
que penetran- competiciones deportivas o políticas de salud, estrategias de
investigación científica o de cobertura mediática. Lo que salta a los ojos,
es sobretodo el carácter ampliamente inoperante del tema de una apropiación
social de los medios de producción. Pero más ampliamente, es el hecho de que
al focalizarse sobre la cuestión de los medios de producción, tenida por la
clave de la explotación de clase, el antiguo pensamiento socialista está
abocado a no prestar atención suficiente a aquello que ya era ayer y que
constituye hoy aún más una dimensión decisiva de toda transformación social
profunda: la de los fines de las grandes actividades sociales de servicio, de
su cancerosa alienación presente por los criterios del capital, de su
indispensable reapropiación por los ciudadanos asociados. Se trata aquí de más
que una clase: está en juego el contenido humano de nuestra civilización de
mañana, si este mañana debe ser aún humanamente vivible. Uno de los aspectos
más imperdonables de la quiebra de los socialismos de este siglo ¿ no ha sido
haber estafado la confianza en estas desalienaciones esenciales de las cuales
él debería haber sido sinónimo? A la esperanza, no absurda de un mundo
incomparablemente más humano no ha dado más respuesta, fin de cuentas , que el
estalinismo en el Este y el molletismo al Oeste. Ahora bien, y habrá que
reflexionarlo, esta bancarrota antropológica ¿ no estaba, hasta cierto punto
inscrita ya en la creencia, poco marxista sin embargo, de que se podría salir
de la prehistoria resolviendo únicamente la cuestión de los medios – aunque
fueran ellos tan considerables como los de la producción moderna? He aquí lo
que el irresistible aumento de los servicios, es decir de la “producción de
los hombres”, nos impone comprender: al mismo tiempo que desmonopolizar la
gestión y desestatizar el Estado, es necesario organizar grandes procesos de
deliberación ciudadana sobre las finalidades humanas de las grandes
actividades sociales y conferirles una dimensión de regulación pública bajo
formas que hay que inventar. De donde se pueden esperar, además, efectos
potencialmente mayores no sólo sobre el derecho y la política, sino sobre la
propia producción material - se empieza a apreciar esto en la ecología y a
entrever en la bioética. Para quien sospecharía aquí de una concesión al
idealismo histórico, yo respondería parafraseando a Marx: los valores también
devienen fuerzas materiales cuando ellas se apoderan masivamente de las
personas. Para aquellos que quieren
repensar la superación del capitalismo en términos plausibles actualmente, me
parece que en estas tres series de planteamientos encontrarán motivos de
reflexión. A pesar de que están lejos de agotar la cuestión. Sobre todo, si se
tiene en cuenta que la propia cuestión está lejos de ser una formulación
exhaustiva de su propio problema- y ésta es una de sus más evidentes
debilidades. Querer cambiar el tipo de propiedad de los medios de producción,
es proponerse transformar el modo de producción entero. Y cómo transformarlo
completamente focalizándose únicamente sobre la propiedad de los medios de
producción, cuando una transmutación tan global pone en primer lugar tantas
otras cuestiones, como la de la división del trabajo, a la hora en que la
plena utilización de las posibilidades ofrecidas por las nuevas tecnologías
exigiría su recomposición radical; la del tiempo de trabajo, cuando los
fantásticos progresos de la productividad real permiten y piden algo más que
su reducción masiva: su redefinición cualitativa dentro de otras dialécticas
con el tiempo libre; la del mercado de trabajo y por tanto de la
asalarización, entrada hoy en una muy clara crisis histórica en su principio
capitalista, que es tratar como pura mercancía la fuerza humana de trabajo, de
saber, de iniciativa, cuando el desarrollo múltiple de todos los individuos
es más el primer medio de otro mundo que un fin en sí de la historia; tambien
la desimbricación del mercado con el capitalismo, para desplegar, en el marco
de las regulaciones mercantiles, muchas iniciativas contrarestadas por la
carrera por el beneficio, tales como la generalización del reparto de los
costes, la búsqueda de cooperaciones no predadoras tanto a escala nacional
como internacional, la inclusión sistemática en las evaluciones internas de
las externalidades sociales y de las misiones públicas y, en este mismo
sentido, la multiplicación creativa de sectores no mercantiles donde puedan
experimentarse nuevas lógicas de desarrollo humanamente eficaces. Cuando se
mide la amplitud de tales problemas, se percibe mejor aún hasta qué punto la
cuestión ritual de la propiedad de los medios de producción no es caduca, lo
repito, sino estéril si se persiste en ponerla a parte de tantas otras de las
que depende la posibilidad de avanzar hacia una autentica apropiación social
de sus condiciones y contenidos de existencia por parte de los actores
humanos. En resumen. Si hoy se
quiere pensar de nuevo una alternativa al capitalismo que se inscriba bajo el
signo del socialismo, ante todo se debe volver sobre la cuestión de la
apropiación llamada social de los medios de producción y de cambio.
Ciertamente la vulgata marxista no ha sido nunca tan basta como para
imaginarse que un proceso histórico gigantesco como la superación del
capitalismo pudiese reducirse a una transferencia de propiedad – yo he pagado
mi cotización al “socialismo científico” durante mucho tiempo como para
ignorarlo. Pero yo sé también desde dentro que la abolición de la propiedad
privada de los medios de producción era tenida en la cultura comunista
tradicional, y sin duda en algunas otras, por incontestable sésamo de la
sociedad sin clases invariablemente llamada socialismo. Precisamente por esto,
por ejemplo, el programa común de los años setenta fue concebido enteramente
en torno a un conjunto de nacionalizaciones. Ahora bien, por las razones
conocidas que he expuesto – y yo no veo que nadie les haya objetado nada
importante hasta ahora - , no corremos ningún riesgo de equivocarnos afirmando
que la socialización de los medios de producción, lejos de operar por ella
misma la superación del modo de capitalista, no se transforma en un factor
favorable a esa superación si no es en conexión orgánica con muchas otras
transformaciones no sólo fundamentales, sino incluso más importantes.
En el
Este, fue el socialismo en su versión consagrada quien murió
De pronto, a menos que
cambiemos completamente el sentido recibido del término, la pertinencia del
socialismo en tanto que sucesor potencial del capitalismo se vuelve
problemática. Yo no creo que se pueda contestar: una verdadera superación del
capitalismo exige por lo menos- la lista no es exhaustiva- la
desmonopolización de la gestión, la desestatización del Estado, la
reapropiación ciudadana de los fines de la actividad social, la superación de
las regulaciones capitalistas de la división del trabajo, del sistema
salarial, del mercado mismo. Ahora bien, que es todo esto, sino una serie de
elementos característicos de la aspiración comunista tal como Marx la pensó
constantemente, desde los manuscritos de 1844 a la Crítica del programa de
Gotha en 1875? La socialización de los medios de producción está evidentemente
dentro de esta aspiración comunista, como la recuerda fuertemente Roger
Martelli[1] en un reciente número del semanario Futurs ( nº 148, 19/9/97), pero,
tomada a parte, separada de los otros constituyentes esenciales de esta
aspiración, ella le gira siempre la espalda para dirigirse hacia el estatismo
y, desde allí, a la invención de variantes de las alienaciones capitalistas.
El error de los errores a mis ojos es pues ésta tesis canonizada en el
movimiento obrero revolucionario desde el último fin de siglo según la cual
el socialismo, es decir, de hecho la apropiación estatal de los medios de
producción, sería la “fase inferior” del comunismo, reapropiación general por
los hombres de sus potencias sociales devenidas extrañas, dicho de otra manera
su antecámara mientras que en realidad se trata de su antítesis. Reconstruir
una perspectiva comunista al mismo nivel de exigencia que fue el de Marx en su
tiempo en función directa de todo lo que caracteriza el nuestro, he aquí para
mí el verdadero “proyecto alternativo” que necesitamos.
La
necesidad de un proyecto alternativo en el ámbito de las exigencias actuales
Revalorizar así el tema
comunista en relación con su versión reducida socialista es evidentemente
portador de vastos efectos políticos. Digamos las cosas en muy pocas palabras,
llegado el momento de concluir. El socialismo científico ha convencido durante
mucho tiempo a mucha gente por lo que parecía ser su rigor deductivo: el
capitalismo es ante todo explotación del hombre por el hombre; esta
explotación es posible porque los medios de producción son la propiedad
privada de los capitalistas; este régimen de propiedad está garantizado por el
poder de su Estado; acabar con la explotación supone pues la bolición de esta
propiedad privada, el precedente de lo cual es la conquista del poder político
por la classe obrera; para triunfar ésta tiene necesidad de un partido
revolucionario organizado en estado mayor de la guerra de clases. La
rusticidad de esta cadena deductiva tiene algo que ver con el hecho de que el
comunismo histórico en el sentido político de la palabra se haya revelado ,
salvo rarísimas excepciones de hecho irreformable hasta su caída final. Es una
coherencia como esta pero diferente, infinitamente más flexible y no lineal no
siendo menos fuerte en su orden, la que invita a producir una aspiración
comunista de nuestro tiempo, y que yo me arriesgo a esbozar así: el
capitalismo es ante todo la intensa estimulación por el beneficio del
desarrollo de todas las potencialidades sociales en la forma de su alienación
esencial; todas las alienaciones que el suscita se interpenetran, de manera
que la superación de la una no puede ir lejos sin la superación de todas las
demás; una alienación social no es abolida por decreto, pero puede ser
readsorbida por la reapropiación individual y colectiva al propio tiempo de
las potencialidades que ella confisca; la superación del capitalismo está ya
en las reapropiaciones parcelarias emprendidas, ella se acelerará si y
solamente sí se teje una red coherente de reapropiaciones mayores a través de
lo que Jaurès llamaba una “evolución revolucionaria”, como lo recuerda
oportunamente Jean Lojkine en Le Tabou de la gestion ( l’Atelier,
1996); la única forma de organización política verdaderamente útil en este
perspectiva es aquella donde se hace fructificar e irradiar conjuntamente las
culturas y las prácticas de la reapropiación. He aquí lo que hace la
diferencia.
Mi esperanza es que ésta
diferencia sirva para reducir lo más posible las diferencias entre todos y
todas los que queremos contribuir a construir un más allá del capitalismo.
Puesto que importa enormemente que logremos entendernos mejor, lo que no
significa pensar igual sino empujar juntos. Yo estoy, por mi parte preocupado
por una tendencia a la división que nutre la actual situación política entre
lo que yo llamaré muy sumariamente repliegues derechistas y frases de
izquierda, y que entra en resonancia con otra que se desarrolló entre las
fuerzas anticapitalistas después de la implosión de la URSS entre lo que con
una fórmula también un poco sumaria yo llamaría un cambio sin gran contenido y
un contenido sin gran cambio. Una alternativa a la altura de la época
histórica de crisis que vivimos exige grandes cambios dentro de grandes
contenidos. Lo que se llama una refundación.