La
introducción a ritmos vertiginosos, de la informática y la automatización en los
procesos productivos ha generado una nueva realidad y no pocas interpretaciones y
predicciones en torno al presente y al futuro de la especie humana. Algunos han denominado
a estos acontecimientos la tercera revolución tecnológica, para de alguna manera
enlazarla con tiempos tal vez parecidos, los de la introducción del vapor en la industria
y el transporte primero, y la electricidad y el motor de combustión después. Es por
cierto una etapa más en el largo proceso de la civilización, signado por la
productividad creciente del trabajo. Pero es, sin embargo, una etapa distinta, mucho más
profunda y radical que las anteriores.
Los Rasgos de la actual Revolución Tecnológica
¿Qué es lo que distingue pues a esta revolución
tecnológica de las anteriores?
Creo que por lo menos se pueden señalar tres rasgos
distintivos:
Uno, la directa incorporación de la ciencia a la
actividad económica de los hombres. Las fronteras entre ciencia, tecnología y técnica
han desaparecido o están en vías de hacerlo, en muchas ramas del saber, y la ciencia es,
de más en más, modo de conocimiento y a la vez fuerza productiva. Baste un ejemplo, el
de la biología molecular, o biotecnología. Ambas denominaciones se confunden, pues
¿qué distingue hoy por hoy un centro de investigación de una fábrica de clones para
diversas especies agrícolas, por ejemplo?
Como señala Lucien Séve en su tesis sobre la cuestión
del comunismo al que hago referencia en el título, ya Marx había especulado en torno a
los cambios que se producirían en la producción por la introducción en ella, en gran
escala, de la ciencia, y ve aproximarse un nivel de productividad en que el tiempo de
trabajo directo "desaparece como algo infinitamente pequeño" en relación a su
producto, en que el hombre-productor no es más que "supervisor y regulador" del
proceso de producción. Y Marx no podía imaginarse el enorme poder multiplicador que la
electrónica ha generado, por vía de los ordenadores y de las comunicaciones, en la
productividad del trabajo y en cualquier ámbito de la actividad de los hombres que sea
dable imaginar.
Dos, el ritmo endemoniado y la universalidad de los
cambios. Procesos tecnológicos introducidos hace 10 años como innovaciones
revolucionarias, son hoy obsoletos y dan paso a otros. Campos nuevos de investigación
aparecen y se transforman rápidamente en nuevas ramas de producción o de servicios. Como
nunca antes, el hombre es testigo de una realidad que cambia ante sus ojos cada día.
¿Cuántos años pasaron desde las primeras
investigaciones de Faraday en torno a la interacción entre el magnetismo y la
electricidad y la formulación de sus leyes, hasta el momento en que, basado en ella, se
puso en marcha el primer motor eléctrico o la primera dínamo? Decenas de años.
¿Y que tiempo pasa ahora entre cualquier descubrimiento
científico y su aplicación a la industria o a cualquier sector de la actividad humana?
Ya casi no hay solución de continuidad entre uno y otro, y se prevé el tiempo en que
aún tan pequeños lapsos desaparezcan.
Tres, el fenómeno de enormes masas de hombres y
mujeres cuya fuerza de trabajo deja de ser una mercancía porque sencillamente no existen
compradores para ella. Ya no se trata sólo del acrecentamiento del llamado
"ejército de reserva", del que se nutren los capitalistas en los períodos en
que se incrementa el consumo de productos existentes o como consecuencia de la aparición
de nuevos productos o nuevos servicios. Se trata más bien de la creación de un
"ejército excedentario", sin esperanzas de una reinserción futura a la
actividad laboral.
Es que, a diferencia de las revoluciones tecnológicas
precedentes, no hay ahora espacios que puedan ocupar los desplazados por las innovaciones
tecnológicas por la sencilla razón de que no hay espacios en los que no se produzcan
tales innovaciones.
Revolución tecnológica y el mundo del trabajo
Dice Rifkin al respecto, y refiriéndose a quienes
afirman que estamos llegando a un nuevo y excitante nuevo mundo industrial caracterizado
por una producción automatizada a partir de elementos de alta tecnología, por un fuerte
incremento en el comercio global y por una abundancia material sin precedentes.
"Millones de trabajadores se mantienen escépticos
ante este tipo de afirmaciones. Cada semana más y más empleados se enteran de su despido
inminente. En diferentes fábricas y oficinas, a lo largo y ancho del mundo, la gente
espera, con miedo, que no sea éste su día. Al igual que una implacable epidemia mortal
que se abre paso por el mercado, la rara y aparentemente inexplicable nueva enfermedad
económica se extiende, destruyendo vidas y desestabilizando comunidades completas en su
avance inexorable".
Y agrega: "En el pasado, cuando una revolución
tecnológica afectaba al conjunto de puestos de trabajo en un determinado sector
económico, aparecía, de forma casi inmediata, un nuevo sector que abasorbía el
excedente de trabajadores del otro. En los inicios del presente siglo, el incipiente
sector secundario era capaz de absorber varios de los millones de campesinos propietarios
de granjas desplazados por la rápida mecanización de la agricultura.
Entre mediados de la década de los 50 y principios de
los 80, el sector de servicios fue capaz de volver a emplear a muchos de los trabajadores
de "cuello azul" sustituidos por la automatización. Sin embargo, en la
actualidad, dado que todos estos sectores han caído víctimas de la rápida
reestructuración y de la automatización, no se ha desarrollado ningún sector
"significativo" que permita absorber los millones de asalariados que han sido
despedidos".
Y frente a quienes plantean la reeducación como forma
de enfrentar los tales desafíos, y habida cuenta del nivel intelectual y el grado de
formación requerido por los poquísimos empleos que la alta tecnología pudiera ofrecer,
Rifkin se pregunta: Reeducar, ¿para qué?. "Los pocos buenos empleos disponibles en
la nueva economía tecnológica global están en el sector del conocimiento. Es un tanto
inocente pensar que un gran número de trabajadores especializados o sin especialización,
tanto de los llamados de "cuello azul" como de "cuello blanco",
podrán ser reeducados como físicos, expertos en ordenadores, técnicos de muy alto
nivel, biólogos moleculares, consultores de empresa, abogados, contables y
similares". Demos traslado de esta pregunta al profesor Rama.
Hoy tenemos el robot comandado por ordenadores
electrónicos en las operaciones fabriles, pero tenemos también la granja automatizada,
la oficina "virtual", la programación y la automatización en los almacenes, la
sustitución del insumo "just on line" por el procedimiento "just on
time", eliminando el stock de mercancías y toda la etapa de la intermediación
mayorista, en fin, las autopistas de la información, el arte y los artistas
sustituidos
por las técnicas electrónicas, en la generación de expresiones musicales, pictóricas,
literarias, y hasta en la "clonación" de artistas y extras cinematográficos,
resucitando y volviendo a hacer actuar a los famosos de los grandes momentos del cine. Y
por supuesto, la generalización de ese "just on time" también al trabajo
asalariado, generalizando la técnica del empleo temporal, de menor salario y sin las
cargas derivadas de las prestaciones sociales que largas décadas de luchas obreras fueron
incorporando al contrato de trabajo.
Estos procesos de "reingeniería" alcanzan a
las propias estructuras empresariales y a sus mandos. Bien se pude remedar aquí el
conocido verso de Bertold Brecht y decir, a su manera: primero fueron los trabajadores de
menor especialización, los que realizaban aquellas operaciones simplificadas y siempre
iguales de la cadena de producción, y también los operarios más especializados, en fin,
el sector llamado de "cuello azul"; pero después les tocó el turno a los
oficinistas, a los vendedores, a la gente de "cuello blanco", y no se escaparon
tampoco las del "cuello rosa", las telefonistas, recepcionistas y secretarias; y
finalmente les llegó el turno a los gerentes, poco a poco sustituidos por veloces redes
de informática capaces de tomar sus mismas decisiones en tiempos infinitamente más
pequeños y con márgenes de error despreciables. Pero como dice Brecht, "entonces ya
era demasiado tarde". Había llegado el tiempo del "cuello de silicio".
Jeremy Rifkin, este norteamericano autor de un libro muy
reciente y que tuvo su momento de notoriedad, aunque se habla poco de él hoy por hoy, y
que se llama "El fin del trabajo", y al que me estoy refiriendo, relata entre
otras cosas de las que pienso hablar, el drama de ese sector de clase media (y clase media
en los EEUU es bastante más de lo que por aquí denominamos de esa manera) que se
encierra en sus casas de 6 o más habitaciones, en los barrios residenciales de las
grandes ciudades norteamericanas para que sus vecinos no se enteren de que se han quedado
sin trabajo, y que, cuando se deciden a salir y tratan de conseguir un nuevo empleo,
terminan, de ser gerentes y directores de departamentos en grandes compañías, en
choferes o empleados de empresas de seguridad.
El libro de Rifkin es removedor en muchos aspectos, y
contiene un minucioso análisis de los cambios tecnológicos y sus repercusiones sobre el
mundo del trabajo. Vale la pena detenerse también en sus conclusiones, en su propuesta,
la de la "era post-mercado" que nos ofrece. Habrá que volver a ello.
El proceso hacia la marginación
Es imprescindible detenerse en un capítulo dedicado a
las repercusiones de los cambios tecnológicos sobre el pueblo afro-americano. Es una
especie de paradigma, un adelanto de lo que nos espera a los pueblos del tercer mundo, los
que estamos en la periferia o en los márgenes de los centros del poder económico en el
planeta. Los negros llegan a los EEUU como mano de obra esclava, ya lo sabemos, en las
grandes plantaciones del sur. Después de la guerra de secesión, y abolida la esclavitud,
los esclavos pasaron a ser cultivadores de algodón, en pequeñas fincas que arrendaban a
los terratenientes, y en formas de explotación familiar.
Pero un buen día hicieron su aparición las máquinas
desmotadoras de algodón, cada una de las cuales era capaz de sustituir el trabajo de 100
ó 200 campesinos, y centenares de miles de familias de negros, ayer esclavos, y luego
míseros cultivadores de algodón, debieron abandonar los campos y emigrar en masa al
norte, a las ciudades en proceso de expansión industrial. Se instalaron en las periferias
de las ciudades, y pasaron a ocupar los empleos de más baja remuneración en la
industria, y en los servicios comunales.
Analfabetos o semianalfabetos, sin oficio, desarraigados
dos veces, constituyeron el nivel inferior de la escala social. Eran los primeros en ser
despedidos en épocas de recesión, y los últimos en ser incorporados en épocas de auge.
Pero otro buen día comenzó a desarrollarse la
automatización industrial, y como antes los campos de algodón, los negros debieron
emigrar de las fábricas, y se ocuparon, mientras lo hubo, de trabajos como el barrido de
las calles, el trabajo ocasional, etc..
Por otro lado, los procesos urbanísticos fueron
generando los barrios residenciales de la clase media blanca en las afueras de las
ciudades, y la población negra pasó a ocupar las zonas céntricas, ahora convertidas en
tugurios. Los procesos de automatización invadieron también el área de los servicios, y
esa población negra, primero esclava, luego cultivadora del algodón, luego peón de
fábrica, luego barrendero, se quedó finalmente al margen, con las consecuencias que ya
todos conocemos.
La conmoción que vivió Los Angeles hace pocos años, a
raíz de la golpiza por policías de un automovilista negro, no fue sólo una reacción
frente a un atropello concreto, dice Rifkin. Fue una explosión de odio ante un orden
social que condena a la gente a la marginación, a la exclusión.
La reflexión es válida, por cuanto estos procesos de
reestructura del capitalismo están conduciendo a la condición de excluidos y marginados
a millones de seres humanos en todo el planeta, prácticamente los 2/3 de la humanidad.
¿Qué nos espera en el futuro?
Jeremy Rifkin nos adelanta una propuesta: el desarrollo
del "tercer sector". ¿De qué se trata?
Tenemos en las sociedades, dice, tres sectores:
Por un lado está el sector privado, hoy constituido
básicamente, por poderosas transnacionales, verdaderamente ubicuas, instaladas en todas
partes y en ninguna, con capitales de giro que superan los de conjuntos enteros de
países, que rigen la economía y trazan las reglas de juego del comercio mundial. Han
impuesto al mercado como el supremo hacedor de todas las cosas, y en su nombre gobiernan
al mundo.
Luego tenemos el sector público, el de las
administraciones gubernamentales que, en función de los necesarios equilibrios fiscales
han dejado de jugar su papel de "última opción" como fuente de empleos en
tiempos de recesión o de desocupación creciente, que se ven obligados a reducir cada vez
más su rol en el campo de la asistencia social, y que se ven obligados asimismo a
incrementar su función policíaca en virtud de los fenómenos provocados por la
marginación creciente de las poblaciones. "De hecho, en casi todas las naciones
industriales del mundo, los gobiernos centrales reducen su tamaño y eliminan parte de sus
responsabilidades tradicionales de garantizar los mercados, perdiendo importancia frente a
las multinacionales y poder para seguir garantizando el bienestar de sus propios
ciudadanos".
Cree Rifkin que este sector debe retomar algunos
aspectos de su papel regulador en las sociedades, generar un "colchón" contra
los duros golpes impuestos por la demoledora tecnología de la tercera revolución
industrial y orientar los talentos y la energía, tanto de los que tienen trabajo como de
los desocupados, los que tienen poco tiempo libre y los que tienen todo el tiempo del
mundo, a la reconstrucción de miles de comunidades locales y la creación de una tercera
fuerza que florezca independientemente del mercado y del sector público. Tal es su
propuesta.
¿Y qué es este sector social, el "tercer
sector" de Rifkin?
Se trata de lo que en EEUU se denomina la "acción
voluntaria", es decir, la labor de gente que, sin retribución, y fuera de sus
horarios de trabajo, desempeñan labores en la comunidad en la ayuda al desempleado, al
sin techo, al marginado. Dotando de los suficientes recursos, utilizando incluso el
trabajo del desocupado, o remunerando de alguna manera, por la vía de la excensión de
impuestos, por ejemplo (el "salario fantasma", como él lo califica) a quienes
realizan tal tipo de labor comunitaria, piensa Rifkin que puede irse generando una zona de
la sociedad, cada vez más amplia, fuera del mercado, y de alguna manera confrontado con
él.
No hay que reírse de la propuesta, por más que la
podamos calificar de ingenua, o de "utopía reaccionaria", puesto que se propone
derrotar al mercado sin "cambiar al mundo de base", sin sus sustituir al
capitalismo por un sistema que ponga "cabeza para arriba" un modo de producción
puesto "cabeza para abajo", para utilizar la vieja jerga marxista.
Al fin de cuentas, el hombre liberado de la alienación
del trabajo, el hombre que delibera colectivamente sobre los fines más que sobre la
puesta en acción de los medios, el hombre que realiza plenamente su existencia personal
en el medio social en el que vive, es, más que el hombre de la era
"post-mercado", el hombre de la era "post-capitalista", cualquiera que
sea el nombre que le queramos poner a la sociedad superadora de la actual.
Retomando a Marx
Lucien Sève, retomando a Carlos Marx, pregunta, frente
a las insalvables contradicciones en que se debate el capitalismo, ¿no hemos llegado
precisamente a este punto? (Al punto señalado por Marx hace ya 140 años, en el que la
introducción masiva de la ciencia en la producción transforma en algo infinitamente
pequeño el tiempo de trabajo directo en relación a su producto, en que "el robo del
tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base
miserable comparada con este fundamento recién desarrollado, creado por la gran industria
misma". "El plustrabajo de la masa ha dejado de ser la condición para el
desarrollo de la riqueza social, así como el no-trabajo de unos pocos ha cesado de serlo
para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano". Así se convierte
en obsoleta la producción fundada en el valor de cambio, encerrada en las formas
contradictorias de la penuria en medio de la más grande riqueza, mientras que florecen
los supuestos materiales del desarrollo libre de las individualidades.).
Se pregunta Sève: "Con la irrupción sin
precedentes de la ciencia en la producción, ¿no estaremos viviendo la reducción
drástica del tiempo de trabajo necesario, aunque "cabeza abajo", es decir,
preso de las lógicas capitalistas de la desocupación masiva, de la contratación
aleatoria del trabajo, del trabajo precario, del despido precoz, al tiempo que surgen por
doquier condiciones tales como los requerimientos de superación de la dicotomía
esclerosante tiempo de trabajo/tiempo libre, de la reducción mercantil de la fuerza del
saber y del trabajo, en síntesis, las premisas de una nueva era de la organización
social y de la existencia personal?".
Sève agrega todavía otros supuestos, que Marx no
podía prever, como el inmenso auge de los servicios y la omnipresencia de la
información, "hoy encorsetadas en la forma mercancía al precio de una desastrosa
mutilación de las posibilidades que ellos implican: repartición de los costos,
cooperaciones no depredatorias, desarrollo superior de las capacidades personales".
Todo apunta a la superación del capitalismo. Sectores
cada vez más amplios de las sociedades humanas, más allá incluso del carácter clasista
de la confrontación entre clase poseedora y clase desposeída, comienzan a cuestionar el
sistema en cuanto presenta lo que se ha denominado "umbrales de viabilidad" que
el sistema no puede traspasar por una regla ineludible que hace a su esencia, esto es, la
obtención permanente de la tasa máxima de ganancia, umbrales que hacen a la economía, a
la ecología y a la propia preservación de la vida sobre el planeta.
Es un sistema depredador, incapaz de resolver problemas
relacionados con el agotamiento de reservas energéticas y mineralógicas de la Tierra,
incapaz de cumplir las convenciones internacionales relacionadas con la preservación del
medio ambiente, incapaz de combatir el flagelo del hambre en vastas regiones del mundo en
tanto la abundancia plena de los bienes materiales y espirituales es generada a raudales
con el poderoso aliento de la inteligencia humana, incapaz de preservar la biodiversidad,
al extremo de poner en peligro, como bien lo señalara Fidel Castro en la Conferencia de
Río la propia supervivencia de la especie humana.
Pero lo grave es que es "esencialmente"
incapaz. No se trata de la perversidad o la ignorancia de tal o cual, de quienes en tal o
cual lugar deben tomar las decisiones. El capitalismo como sistema no puede hacer otra
cosa, salvo que se niegue a sí mismo. No puede superar sus "umbrales de
viabilidad".
Es por eso que la humanidad tiene planteada como tarea
la superación histórica del capitalismo. Sève repite dos afirmaciones de Marx. La
primera: "Si la sociedad tal cual es no contuviera, ocultas, las condiciones
materiales de producción y de circulación para una sociedad sin clases, todas las
tentativas de hacerla estallar serían otras tantas quijotadas". La segunda: "La
humanidad no se propone nunca más que tareas que ella misma puede resolver".
Cuando Jeremy Rifkin nos habla de un sector social por
fuera del mercado, capaz de ir cubriendo las necesidades de las masas humanas de una plena
existencia, de una plena realización como individuos, abandonando el culto de la
mercancía-fetiche impuesto por el mercado con su incontenible presión hacia el consumo,
priorizando la labor social en el seno de las comunidades por encima de la satisfacción
de apetencias materiales y las concepciones individualistas, más allá de la utopía que
puede significar la idea de la convivencia con las grandes transnacionales dominando las
economías de las naciones, está reconociendo el hecho de que existen ya las condiciones
materiales para la sociedad sin clases.
Claro, Marx habla de hacer estallar la sociedad tal cual
es", esto es, se plantea la transformación revolucionaria de la sociedad, poner
sobre sus pies lo que hoy está cabeza abajo, cambiar al mundo de base.
Pero no importa. Lo importante es constatar que en el
seno de la sociedad actual van germinando las condiciones objetivas, y también
subjetivas, para su superación.
Los Nuevos Problemas
Estas constataciones introducen, por otro lado, un
conjunto nuevo de problemas, que Lucien Sève se encarga de poner sobre el tapete, y que
también de alguna manera subyacen en el concepto de la era postmercado de Rifkin, y que
no hay más remedio que empezar a abordar. Pienso en particular en dos:
Problema 1 - Clásicamente, no sólo los comunistas,
sino en general los marxistas hemos concebido la revolución comunista con una etapa
intermedia, el socialismo, en la cual, efectuada la apropiación social de los medios de
producción se genera un proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, "impetuoso
desarrollo" según preveíamos, capaz de generar las condiciones materiales del
comunismo, y en la cual, por otro lado, el Estado concebido como el instrumento de
dominación de una clase sobre otras, va degenerando, en la medida de las contradicciones
de clase van desapareciendo, hasta su total extinción.
El comunismo se nos aparecía con perfiles borrosos.
Muchos de nosotros nos acostumbramos a definirlo con dos frases: una, es la sociedad en
que se aplica el principio "de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus
necesidades", y otra, es la sociedad en la que el estado y las clases desaparecen, y
"el gobierno de los hombres se sustituye por la administración de las cosas".
Pero no íbamos mucho más allá, salvo en alguna obra
literaria de anticipación.
Parecería que no podíamos avanzar mucho más porque en
el seno de la sociedad actual no habían germinado aún las condiciones para la sociedad
sin clases, y nos planteamos el socialismo como una fase de tránsito, preparatoria, cuyos
lineamientos sí podíamos elaborar porque partíamos de ciertas estructuras de
producción, de ciertas relaciones sociales, que conocíamos y sobre las cuales era
posible operar.
Pero, de la mano de la revolución técnica-científica,
el "impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas" se produjo en el seno mismo
de la sociedad capitalista, dando a luz nuevas contradicciones , profundas, diversas e
insalvables, que han puesto en cuestión su propia existencia, y que, como contrapartida,
con el formidable incremento de la productividad del trabajo va generando las condiciones
materiales de la sociedad sin clases, de la sociedad comunista.
De manera harto polémica, y por tanto discutible, Sève
resume de esta manera su planteo: "lo que ha muerto en estos finales del siglo XX,
tomando el término en su sentido conceptual, es el socialismo, socialismo que debía ser
la primera fase del comunismo y ha comprobado ser su antítesis esencial. Lo
que se incorpora en cambio al orden del día, en el sentido marxiano de la palabra, es el
comunismo, un comunismo cuyo concepto sustantivo debe ser enteramente reelaborado a partir
de las realidades de hoy, y de los supuestos de mañana que en ellas proliferan".
Teniendo presente las realidades de un mundo en que se
ensancha de más en más el abismo entre un centro altamente industrializado, teatro real
de las espectaculares transformaciones en la producción, en los servicios, en las
comunicaciones, objeto de todos estos comentarios, y una periferia que sólo sufre las
consecuencias de esos fenómenos pero marginada de ellos, cabe preguntarse, de acuerdo a
esta tesis, qué papel habremos de jugar nosotros, pobres mortales que somos además los
2/3 de la humanidad, en cuanto en nuestras sociedades no se vislumbran, ni de cerca, esas
condiciones materiales de la sociedad sin clases, y para quienes tal vez siga siendo
necesario pensar en etapas intermedias.
De todos modos, el tema está planteado, es superador
del desaliento causado por tantas derrotas y fracasos, y, sobre todo, reafirma de manera
contundente la vitalidad del pensamiento marxista.
Problema número dos: el papel de la lucha de clases
para la transformación revolucionaria de la sociedad.
¿Qué dice al respecto Sève?: "...a medida que el
capital penetra más en campos de actividad como la salud, la formación, la información,
la investigación, la cultura, el tiempo libre, ¿acaso no engendra, mucho más allá de
la explotación del trabajo, formas inéditas de alienación profundísima de la vida
social y personal, cuyo carácter de clase no transforma, sin embargo, a las víctimas en
clases? porque lo que aquí se encuentra afectado es mucho menos su status en el sistema
de las relaciones de producción y de repartición que su relación con las finalidades y
regulaciones antropológicamente esenciales y el destino mismo de tales actividades. Por
ahí son agredidos, no solamente en tanto asalariados explotados, sino mucho más
profundamente en tanto actores desarraigados de su propia actividad humanizante, y de ese
modo alienados en el centro de su persona".
En una palabra, que el campo de los sectores sociales
agraviados por el sistema, y por tanto objetivamente anticapitalistas es muy amplio, y
supera al mero concepto de clases, aunque no lo sustituye. Se trata, y esa es la tarea, de
encontrar los caminos de convergencia para esas vastas fuerzas sociales por ahora
dispersas, y por lo mismo incapaces de revertir esa sensación de la imposibilidad de
superar el dominio capitalista actual.
Termino citando una vez más a Sève: "Si todo no
es falso en tal análisis, puede conducir a reconsideraciones prospectivas y estratégicas
de primer orden. Las fuerzas potencialmente motrices de una superación real del
capitalismo no pueden ya de ningún modo quedar encerradas en una mera definición de
clase a la antigua: desde muchos puntos de vista la desbordan. El retraso en tomar clara
conciencia de ello se paga con una muy lamentable carencia de intervención de las
organizaciones anticapitalistas, por ejemplo, en las graves crisis de contenido que se
esbozan o se agudizan en el campo de la investigación científica o del sistema de salud,
de la escuela o del deporte, de la creación artística o de las redes de información.
Lo que confiere al capitalismo su reputación de ser
imposible de superar, ¿no se debe acaso concebir y construir los movimientos sociales,
culturales y políticos nuevos, capaces de empeñarse en su superación, movimientos cuyos
supuestos están ya dados o en vías de surgir?"
En fin, que son éstos, tiempos de pensamiento tanto
como de acción.
