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La Cuestión del Comunismo.
Lucien Sève.
Exposición realizada en el
plenario de clausura del Congreso Marx Internacional donde se debatía el tema: ¿Qué
alternativa al capitalismo?. El autor se basa en una lectura en profundidad de los Grundrisse de Marx para analizar los fenómenos contemporáneos y en particular las condiciones de la
viabilidad y puesta al orden del día del comunismo.
Dar su pleno sentido al tema que nos
ocupa: "¿Qué alternativa al capitalismo?" exige plantear, para llamarlo por su
verdadero nombre marxiano, la cuestión del comunismo. Para ser claro, estructuraré mi
intervención en torno a varias tesis -es decir, por supuesto, hipótesis que espero
mostrar que no son arbitrarias. Y, para atenerme al tiempo fijado, me limitaré a sostener
tres.
1
Tomando la palabra
"alternativa" al pie de la letra, el interrogante "¿qué alternativa al
capitalismo?" consiste en preguntarse cuál es el otro del capitalismo en el seno de
la identidad en forma de dilema que constituirían juntos. ¿Pero qué dilema? La
respuesta ha parecido obvia desde hace más de un siglo: propiedad privada o propiedad
social de los grandes medios de producción y de cambio.
Desde este punto de vista, lo
que se ha llamado "socialismo real" ha sido el otro del capitalismo, es decir,
lo contrario dentro de un mismo género. Lo contrario: digamos, para proseguir muy
rápidamente, plan versus mercado. El mismo género: el de la puesta en acción de un tipo
idéntico de aumento de la productividad fundado, según las lógicas industriales, sobre
la acumulación de trabajo muerto como condición primordial de eficacia creciente del
trabajo vivo.
El mejor índice de esta identidad esencial tras la
antinomia inmediata, ¿no es la consigna que dominó la involución brezhneviana de los
países socialistas: "alcanzar el capitalismo "? A la pregunta "qué
alternativa al capitalismo", entendida en el sentido exacto de la palabra
"alternativa", la respuesta no está ni lógica ni históricamente, delante de
nosotros sino detrás de nosotros: tal alternativa no es otra que el fenecido socialismo
de tipo soviético, que perseguía el proyecto inviable de alcanzar al capitalismo sin
mercado ni democracia verdaderos. Resulta la conclusión que a muchos parece evidente:
estaría demostrado que no existe alternativa viable al capitalismo. Lo único que
se podría buscar sería no una alternativa sino variantes en la manera de regular y
circunscribir este elemento insustituíble de las sociedades desarrolladas: el mercado
capitalista. Si se considera -tal como es mi caso y sin duda el
de muchos entre nosotros- que los estragos de todo tipo que produce hoy el capitalismo y,
aún peor, los que nos promete para mañana son absolutamente inaceptables, la pregunta
abierta que conviene plantearse es pues, me parece, no la de una alternativa al
capitalismo que gire, de hecho, en la misma órbita, aunque fuera en el polo opuesto, sino
la de la superación, en que la órbita misma resulte profundamente transformada.
Tal es la problemática, no alternativa sino revolucionaria en el sentido propio dado por
Marx, y es en esta problemática que se inscribirá mi reflexión. No se trata entonces de
buscar alguna variante a la forma social hoy dominante ni siquiera de invertir tal o cual
signo en una fórmula general incambiada sino, por el contrario, para retomar algunos de
los temas más ambiciosos de Marx, de poner fin a las grandes alienaciones históricas
llevadas al límite por el modo de producción capitalista, de cerrar con él la era
milenaria de las sociedades de clase, de salir de la prehistoria humana. Se trata de
"cambiar de base". Para este movimiento de superación radical, Marx reservó el
nombre de comunismo. En este sentido, más allá de las cuestiones tan embrolladas que hoy
puede promover el uso político de este término, diría que el problema ineludible que
está planteado ante nosotros es siempre y nuevamente el del comunismo. Pero precisamente porque la perspectiva del
comunismo nos proyecta fuera de la órbita del desarrollo histórico actual, ella choca
con una objeción cardinal: la de su irrealidad. La visión muy extendida -aunque no
marxiana- del comunismo como un "ideal"no tiene por el momento existencia
alguna. Inscribirla en la sucesión no acabada de las formaciones sociales, ¿no
equivaldría a introducir las quimeras en la clasificación de las especies vivas?
Objeción que no perturba a ciertos utopismos, que aceptan sin dificultad que el comunismo
sea solamente una idea reguladora de nuestras prácticas políticas. Pero en esta
acepción es evidente que pierde toda consistencia en tanto perspectiva de superación
efectiva del capitalismo. Así la extraordinaria originalidad de Marx es querer incluir
rigurosamente esta anticipación visionaria del futuro en un análisis
materialista-crítico del presente. Allí está el punto crucial para las actuales
relecturas críticas de Marx. La actitud, sin duda alguna dominante hoy, es de
estigmatizar esta inaceptable confusión de géneros epistemológicos: por ejemplo, cuando
en el capítulo XXIV del Libro I de El Capital, Marx nos presenta "la expropiación
de los expropiadores" como una histórica negación de la negación que debe
cumplirse, dice, "con la ineluctabilidad de un proceso natural".
Muchas veces se ha recalcado, incluso en este
congreso, que se trata de una transición inadmisible de la comprobación empírica a la
construcción normativa, mediante una visión teleológica de los procesos sociales que
contradice radicalmente los principios del materialismo histórico. De modo que no habría
motivo para asombrarse de que nuestro siglo haya sido en este aspecto el de las esperanzas
cruelmente insatisfechas.
Pese a los méritos de estas consideraciones, mi
tesis no es por eso menos firme en cuanto a que ellas no invalidan lo esencial. Admito que
valen contra aforismos globalizadores en que la dialéctica hace las veces de deux ex
machina especulativo. Pero sostengo que estos poco frecuentes enunciados remiten, en
Marx a un vasto trabajo analítico que en sus principios, en todo caso, escapa enteramente
a la objeción. Este trabajo de Marx consiste en poner en evidencia la producción,
empíricamente atestiguada por el movimiento del capital de los supuestos objetivos de su propia superación; no son nada más que supuestos previos que, aprisionados en las
formas capitalistas, son incapaces por sí mismos de revertirlas en el sentido comunista y
no hacen más que agudizar en ellas contradicciones devastadoras, pero presupuestos no
menos esenciales de aquella superación. Ejemplo: el dinamismo con que el modo de
producción capitalista desarrolla sin pausa la productividad real del trabajo engendra
condiciones materiales que, al mismo tiempo, hacen cada vez más posible el desarrollo
libre y pleno de los productores y los exigen más y más fuertemente en aras de una
productividad todavía mayor: ¿no es ése el centro de la actual "crisis del
trabajo"? No hay ahí ningún resbalón teleológico. Crear las premisas de una forma
social en que cada uno podrá recibir "según sus necesidades" no es para nada
la finalidad de la actividad capitalista: su finalidad es y sigue siendo la maximización
de la cuota de beneficio, de manera que ella produzca no la riqueza para todos sino la
pobreza relativa e incluso la miseria absoluta para la mayoría. Pero no puede tender
hacia esta productividad superior sin crear por eso mismo, "a sus espaldas" y
"cabeza abajo", como le gusta decir a Marx, supuestos objetivos para un modo de
producción y de distribución profundamente diferente, que a nosotros nos incumbe
construir a partir de aquéllos, si nos lo proponemos como finalidad consciente.
"Si la sociedad tal cual es no contuviera,
ocultas, las condiciones materiales de producción y de circulación para una sociedad sin
clases, todas las tentativas de hacerla estallar serían otras tantas quijotadas"
escribe Marx en los Grundrisse.
No veo en esto ningún paso fraudulento del
indicativo al condicional, de lo empírico a lo normativo, sino sólo la base de un
optimismo histórico razonado: "la humanidad no se propone nunca, más que tareas que
ella misma puede resolver", en la medida en que la toma de conciencia y la función
de la tarea como posible esté sostenida por el proceso de formación tendencial de sus
supuestos objetivos. Nada más, nada menos. El éxito no está jamás garantizado, pero la
desesperanza metafísica queda descalificada. En este sentido, hablar de
"ineluctibilidad de un proceso natural" entraña, sin duda alguna, un
deslizamiento muy peligroso: hay que pensar el proceso en términos no de una necesidad
mecánica ilusoria, sino de una posibilidad dialéctica real. Pero, bajo esta segunda
forma, es un pensamiento de importancia capital.
Mi tesis número uno es pues, la siguiente: la
cuestión comunista es en primer lugar una cuestión de hecho.
¿Sí o no, el movimiento actual del capital
continúa acumulando, cabeza abajo, los supuestos objetivos de la superación de la
sociedad de clases? Si es no, ningún "ideal " o "utopía",
ninguna política que reivindique el comunismo podrán hacerlo revivir. Si es sí,
ninguna bancarrota histórica, por aplastante que haya sido, estará en condiciones de
retirarlo del orden del día. Es necesario entonces reelaborar una propuesta comunista
adaptada a esta cuestión insoslayable.
2
¿Qué supuestos de su propia superación produce el capitalismo?
En la lectura tradicional de Marx y de Engels por
parte del movimiento obrero revolucionario, lo central era sin duda alguna lo siguiente:
basado en el carácter privado de los medios de producción, el capitalismo imprime a la
producción un carácter cada vez más social. De esta premisa resultaban los rasgos
principales del "socialismo científico": la tarea histórica era convertir en
social la propiedad de los grandes medios de producción y de cambio, lo que presuponía
la conquista del poder político por la clase obrera y, por lo tanto, su organización en
un partido apto para esta conquista, abriendo así la vía a la abolición del
capitalismo. Hoy evaluamos de qué lectura reduccionista solamente del Libro I de El
Capital se nutría tal concepción. Al considerar decisiva la cuestión del modo de
propiedad (y ni siquiera de posesión efectiva) de los medios de producción, ella
permanecía ciega ante relaciones y lógicas de orden más fundamental, como el tipo de
progresión de la productividad, con el sacrificio de seres humanos y de la naturaleza que
le es inherente, el carácter socialmente alienado de las regulaciones más importante,
con los despojamientos de todo tipo que están ligados a ello. En tal sentido, el
"socialismo real" no ha sido a fin de cuentas -aún si no se ha reducido
enteramente a ello- más que una alternativa estatista del modo de apropiación
capitalista, de cuya órbita renunciaba así a escapar sin darse cuenta de ello. De tal
modo, hay lógica en que haya finalmente recaído en él.
Sin embargo -no pocos de los trabajos de estas
últimas décadas lo han mostrado- hay en Marx mismo ideas que llegan mucho más lejos a
lo esencial en el estudio histórico-crítico del capitalismo. Por falta de tiempo, evoco
aquí un solo ejemplo, que es crucial para nuestra época. Extrapolando, con un gran
conocimiento de las realidades industriales de su tiempo y también, con una audacia
inaudita de pensamiento, en qué medida se vería trastornada la producción por la
introducción en ella, en gran escala, de la ciencia, vio aproximarse un nivel de
productividad en que el tiempo de trabajo directo "desaparece como algo infinitamente
pequeño" en relación a su producto, en que el hombre-productor no es más que
"supervisor y regulador" del proceso de producción. De tal modo, razona,
"el robo del tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual,
aparece como una base miserable comparada con este fundamento recién desarrollado, creado
por la gran industria misma". "El plustrabajo de la masa ha dejado de ser la
condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no-trabajo de unos pocos
ha cesado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano".
Así se convierte en obsoleta "la producción fundada en el valor de cambio",
encerrada en las formas contradictorias de la "penuria" en medio de la más
grande riqueza, mientras que florecen los supuestos materiales del "desarrollo libre
de las individualidades". (*)
Ciento cuarenta años después que fuera escrita
esta página profética de los Grundrisse, ¿no hemos llegado justamente a este
punto? Con la irrupción sin precedentes de la ciencia en la producción, ¿no estamos
viviendo la reducción drástica del tiempo de trabajo necesario, aunque "cabeza
abajo", es decir, preso de las lógicas capitalistas de la desocupación masiva, de
la contratación aleatoria del trabajo, del trabajo precario, del despido precoz, al
tiempo que surgen por doquier condiciones tales como los requerimientos de superación de
la dicotomía esclerosante tiempo de trabajo/tiempo libre, de la reducción mercantil de
la fuerza del saber y del trabajo, en síntesis, las premisas de una nueva era de la
organización social y de la existencia personal? Otros supuestos, que Marx no previó,
vienen por lo demás a vincularse a ello, como el inmenso auge de los servicios y la
omnipresencia de la información, hoy encorsetadas en la forma-mercancía al precio de una
desastrosa mutilación de las posibilidades que ellos implican: repartición de los
costos, cooperaciones no depredatorias, desarrollo superior de las capacidades personales.
Agregaría a todo ello un proceso naciente pero ya poderoso: el gran frenesí actual del
capital en los países más desarrollados es el de convertir al mayor número de
asalariados en trabajadores independientes con contratos puntuales, es decir, liberarse
enteramente, no sólo de las cargas sociales sino del salario mismo. Esta tendencia
inédita del capital a superar el régimen del salariado, ¿no ofrece un enorme tema para
reflexionar acerca del estadio al que estamos llegando de maduración objetiva de la
cuestión comunista?
Lo que pasa aquí a primer plano es, de otra manera,
más que el problema de la propiedad, el de las regulaciones en su conjunto y de su
carácter intrínsecamente alienado en el capitalismo, en que no cesan de crecer las
potencias sociales indómitas que nos subyugan y nos aplastan. Como decía Marx en
fórmulas sintéticas que sería un grave error, desde mi punto de vista, considerar como
una mera especulación filosófica, la esencia del capitalismo es invertir las relaciones
entre la persona y la cosa, entre el fin y el medio. La superación del capitalismo tal y
como se nos presenta hoy, ¿no tiene eminentemente que ver con la de recolocar sobre sus
pies esas relaciones fundamentales para construir la primacía del desarrollo de los seres
humanos por sobre la producción de los bienes y de la deliberación colectiva de los
fines por sobre la puesta en acción de los medios? De la socialización burocrática de
los medios de producción, hay que pasar a la apropiación democrática de las finalidades
de todas las actividades sociales. Desde este punto de vista, la noción de criterio, cara
a P. Boccara, me parece efectivamente central, porque en la intervención para cambiar los
criterios de las actividades sociales se realiza el retorno desalienante de la cuestión
de los medios subordinada a la de los fines. Por ahí también se nos sugiere un cambio en
profundidad en la manera de pensar el avance consciente hacia esa civilización superior
que Marx llama comunismo. A lo súbito, tan brutal como poco operatorio, en definitiva, de
la revolución -abolición se sustituye la figura del vuelco progresivo, de las mixturas
conflictivas de formas privadas y públicas, mercantiles y no mercantiles, que evolucionan
hacia el predominio de las segundas y de sus criterios, mientras que el planteo demasiado
sumario del poder se ramifica, sin desaparecer por cierto, en la construcción de nuevos
centros y de nuevas capacidades de decisión, apoyándose en los supuestos más
desarrollados de otro orden socio-político. Una lógica esencialmente diferente de
superación del capitalismo parece esbozarse aquí, no por cierto menos sino más
auténticamente revolucionaria en sustancia que la que ya ha transcurrido, liberada sin
embargo de las mitologías sangrientas de la lucha final y de la tabla rasa. Todo esto puede resumirse en una segunda tesis: si
Marx está vivo en tanto filósofo, lo está tanto más como pensador del comunismo. Mas
allá de la vulgata falaz del "socialismo científico", hay un núcleo racional,
desconocido por muchos y todavía más actual hoy que en su tiempo, en su análisis del
movimiento del capital en tanto productor de las condiciones materiales de su superación.
Considero que se puede generalizar el ejemplo que he
dado brevemente a propósito de la productividad y del tiempo de trabajo, como podría
demostrarlo el proceso polimorfo de la mundialización, de la crisis universal de las
relaciones autoritarias o del irreprimible movimiento de las mujeres hacia la igualdad.
3
Si Marx produjo un concepto sustancial del comunismo
cuyo contenido está pues lejos de haber caducado enteramente, nada puede sin embargo
eximirnos de reelaborarlo de nueva cuenta y, para ello, volver a partir de su concepto
puramente formal: el de la superación hasta el fin de los antagonismos del modo de
producción capitalista y, todavía con mayor amplitud, de todas las alienaciones
históricas de las sociedades de clases. ¿Y cuáles son, en las sociedades y el mundo de
hoy, los supuestos objetivos de esa superación? He ahí la vasta cantera de
investigación que se nos presenta si queremos reconstruir un concepto sustancial del
comunismo para el siglo XXI. En ese trabajo analítico y prospectivo sobre lo real, la
obra de Marx puede con todo servirnos aún de apoyo, en la medida en que nos preguntemos:
¿qué supuestos subestimó, interpretó errónemente o, sobre todo, desconoció, aunque,
más no fuera por la simple razón de que todavía no se dibujaban claramente en su
época? Aquí también debo limitarme a algunos ejemplos. Para Marx, el supuesto de los supuestos del
comunismo era lo que llama el "desarrollo universal de las fuerzas productivas".
Digamos, para abreviar, que tiene esencialmente en vista el papel de la ciencia (esta
forma universal de los poderes de los hombres sobre las cosas y sobre ellos mismos) para
arrancar a las fuerzas objetivas y subjetivas de la producción de su estrecha
privatización. Este desarrollo universal no es solamente, a sus ojos, determinante en
cuanto crea las condiciones materiales del "a cada uno según sus necesidades"
-consigna premarxista que, por otra parte, nunca significó para Marx la vía libre a los
apetitos individualistas, sino la libre satisfacción de las necesidades socialmente
cultivadas de todos-. Al mismo tiempo, este "desarrollo
universal" anula la premisa más profunda de la división en clases -esta división,
escribe Engels en el Anti-Düring" se basaba en la insuficiencia de la producción:
será barrida por el pleno desarrollo de las fuerzas productivas modernas". Y en el
corazón de este "pleno desarrollo" figura el de los individuos mismos- "la
sociedad comunista, se lee en La Ideología Alemana, es la única en que el desarrollo
original y libre de los individuos no es una frase hueca
".
Pero lo que ni Marx ni Engels habían visto, y que
hemos aprendido rudamente en este último medio siglo, es que este desarrollo universal
tropieza, más allá de ciertos límites, con umbrales de viabilidad económicos,
ecológicos y antropológicos. Esta dialéctica de la cantidad y la calidad, en la que
ellos ni soñaron, da nacimiento a un nuevo conjunto de interrogantes prospectivos
fundamentales. Ella nos obliga a cuestionar nuevamente, a mi juicio, de ningún modo la
perspectiva de una hominización cada vez más avanzada mediante la superación hasta el
fin de las grandes alineaciones históricas, sino ese concepto de desarrollo humano que
varios siglos de crecimiento capitalista profundamente deshumanizador nos han hecho
aceptar, en actitud poco crítica, como natural.
Este es el punto de necesaria convergencia entre una
reflexión marxista renovada y la advertencia ecologista, al menos si se la concibe a su
máximo nivel. Para decirlo rápidamente, no pienso en absoluto que este legítimo llamado
sea capaz de poner en tela de juicio la herencia marxista, invalidando la problemática de
clase; desde varios puntos de vista, muchos problemas ecológicos actuales son en sí
mismos problemas del capitalismo. Pero tampoco creo que, inversamente, el pensamiento
marxista tenga la capacidad de absorber la problemática de los umbrales de viabilidad,
tomada en toda su profundidad, en un análisis de clase. Porque -y, a mis ojos, es la
novedad esencial de los problemas de umbral-, en la exigencia de un desarrollo
durablemente sostenido afloran ya preocupaciones y responsabilidades del género humano en
su totalidad que sólo una sociedad sin clases podrá convertir en una realidad plenamente
efectiva. Estas cuestiones son típicamente las de una humanidad comunista, aunque
tropecemos con ellas en el capitalismo; nuevo y elocuente índice del momento histórico
que estamos abordando.
Para aquellos que adhieren al marxismo en su letra
más que en su espíritu, a quienes rechina totalmente la idea de que pueda ser actual una
problemática post-clases, quisiera hacer notar que, quizás más que en el problema
ecológico, esto rompe los ojos en el campo bioético. En este momento, en que la llamada
revolución biomédica comienza a trastrocar las bases mismas de la condición humana
-desde la condición genética al destino sanitario, desde el parentesco biológico a la
actividad neuronal-, ya está planteada a cada una y cada uno de nosotros, como ser humano
sin más, esta pregunta insólita: ¿qué humanidad queremos ser? Y alcanza con afrontar
en el alma y la conciencia un problema bioético trascendente -por ejemplo: ¿hay que
comprometerse con la vía de la terapia genética germinal, que modificaría en alguna
medida la especie en toda su descendencia? -para percibir que el análisis político
clasista tradicional es en este punto completamente impotente para sugerirnos una
respuesta. Estamos ante uno de esos interrogantes antropológicos que serán el pan
cotidiano de la sociedad comunista, ante los cuales numerosos problemas políticos
actuales aparecen como tremendamente mezquinos y, en ese aspecto, todos los pensamientos,
incluso los marxistas, están llamados a superarse sin suprimirse. Lo que nada quita al hecho de que hoy la revolución
biomédica, cuya apuesta es inmensa, está dramáticamente piloteada, en medida creciente,
por negocios de mucho dinero y por cotizaciones de la Bolsa, es decir por objetivos de
clase.
Y, a mi modo de ver, el grave error de cierta
ecología política es de no advertir suficientemente que estos gigantescos problemas de
post-clases que no admiten postergación para mañana, no podrán ser tratados a plenitud
más que cuando se haya terminado con la sociedad de clase.
Lo cual me conduce a un segundo ejemplo, igualmente
central y problemático de un tema marxiano que las realidades de hoy nos obligan, salvo
error, a repensar de manera no clásica: tengo en vista la pertinencia actual del propio
análisis en términos de clase, que es el objeto notorio de uno de los principales
conflictos entre evaluaciones diversas de la herencia de Marx. Ahora bien, para ir
directamente a lo que me parece merecer tanto debate como los problemas de la clase
obrera, propondría esta hipótesis: a medida que el capital penetra más en campos de
actividad como la salud, la formación, la información, la investigación, la cultura, el
tiempo libre, ¿acaso no engendra, mucho más allá de la explotación del trabajo,
formas inéditas de alienación profundísima de la vida social y personal cuyo carácter
de clase no transforma, sin embargo, a las víctimas en clases? Porque lo que aquí se
encuentra afectado es mucho menos su status en el sistema de las relaciones de producción
y de repartición que su relación con las finalidades y regulaciones antropológicamente
esenciales y el destino mismo de tales actividades. Por ahí son agredidos, no solamente
en tanto asalariados explotados, sino mucho más profundamente en tanto actores
desarraigados de su propia actividad humanizante, y de ese modo alienados en el centro de
su persona. Althusser sostenía la aparente paradoja de una primacía de la lucha de
clases sobre las clases. De mi parte, adelanto la idea de que la lógica de clase es una
realidad mucho más vasta que la existencia de las clases: de hecho ha sido siempre así,
pero hoy esta dimensión, en más de un terreno, tiende a volverse dominante.
Todo ello se acentúa desde que una serie de
procesos, muy bien estudiados por sociólogos marxistas o no, contribuyen a esfumar los
límites de la clase obrera, a socavar su identidad, a relativizar su papel específico.
De tal modo que la fórmula de Marx, también profética, que veía en ella "la
disolución de todas las clases" está en vías de tomar para los obreros de hoy el
más concreto de los significados: antes tipo acabado de clase social en el sentido
marxiano, la clase obrera pierde progresivamente ese status histórico. En una
inversión espectacular ¿no es la clase capitalista la que constituye de ahora en
adelante la clase-para-sí por excelencia, mientras que, frente a ella y a las capas,
clientelas y maffias que gravitan en su órbita, se opera cada vez más, por la
vía de la generalización del salariado, la disolución de todas las otras clases? De
donde una asimetría absolutamente inédita en la dialéctica de las sociedades muy
desarrolladas, con prolongaciones mundiales: en un polo, una clase capitalista que
pretende encarnar el interés general en su feroz particularidad; del otro, el
desmigajamiento de vastas fuerzas sociales mutantes en los dolores de parto de una
universalidad humana efectiva, pero donde este implacable trabajo de lo negativo crea los
presupuestos de convergencias originales de valores y de iniciativas objetivamente
anticapitalistas.
Entonces, si bien la lucha de clases en el sentido
tradicional no ha agotado, ciertamente su papel nacional e internacional -a condición de
que sea capaz de rejuvenecerse profundamente- ¿no se ve emerger las condiciones para
luchas nuevas o renovadas que opongan los objetivos concretos de un universalismo
civilizado al particularismo cínico del capital? ¿No es, por ejemplo, lo que atestigua
la capacidad movilizadora creciente de valores como la dignidad y la solidaridad, que
dicen a quien quiera oírlo que lo nos hace desde ya avanzar en dirección a una sociedad
sin clases está camino de convertirse, justamente desde un punto de vista de clase, en un
gran asunto?.
Si todo no es falso en tal análisis, puede conducir
a reconsideraciones prospectivas y estratégicas de primer orden. Las fuerzas
potencialmente motrices de una superación real del capitalismo no pueden ya de ningún
modo quedar encerradas en una mera definición de clase a la antigua: desde muchos puntos
de vista la desbordan. El retraso en tomar clara conciencia de ello se paga con una muy
lamentable carencia de intervención de las organizaciones anticapitalistas, por ejemplo,
en las graves crisis de contenido que se esbozan o se agudizan en el campo de la
investigación científica o del sistema de salud, de la escuela o del deporte, de la
creación artística o de las redes de información.
Lo que confiere al capitalismo su reputación de ser
imposible de superar, ¿no se debe acaso en gran medida a una pusilanimidad teórica y
práctica para concebir y construir los movimientos sociales, culturales y políticos
nuevos, capaces de empeñarse en su superación, movimientos cuyos supuestos están ya
dados o por lo menos en vías de surgir? La responsabilidad es pues considerable para
todos los que nos proponemos renovar la cultura desarrollada por Marx. ¿No es tiempo de
decir que se ha vuelto completamente obsoleta la problemática del socialismo entendido
como relevo de la burguesía por la clase obrera en tanto que clase dirigente?. Cada vez
más claramente ingresa al orden del día una problemática directamente comunista, en que
el objetivo es iniciar desde ya el relevo, muy conflictual pero progresivo, de las
gestiones capitalistas por regulaciones del interés común -en el límite: común a todo
el género humano. A quien viera en ello la extravagante utopía de la consigna: el
comunismo ya, se le podría preguntar si nunca reflexionó sobre el consejo dado por Marx,
hace ciento treinta años, a los trabajadores de Europa: en lugar de "la consigna
conservadora: un salario justo para una jornada de trabajo justa" inscribid en
vuestras banderas "la consigna revolucionaria: abolición del trabajo
asalariado".
Resumo estas consideraciones en una tercera tesis:
lo que ha muerto en estos finales del siglo XX, tomando el término en su sentido
conceptual, es el socialismo -socialismo que debía ser la "primera fase del
comunismo" y ha comprobado ser su antítesis esencial. Lo que se incorpora en cambio
al orden del día, en el sentido marxiano de la palabra, es el comunismo -un comunismo
cuyo concepto sustantivo debe ser enteramente reelaborado a partir de las realidades de
hoy, y de los supuestos de mañana que en ellas proliferan.
Por cierto, incluso aquellos que suscribrirían en
alguna medida estas tesis, no dejarían de plantear entonces otra cuestión: si tal
concepto del comunismo es pertinente, ¿sería posible conservar el término pese a todo
lo que se ha hecho en su nombre -diría más bien: con su seudónimo- en este siglo como
denominación de una fuerza política que adopta como objetivo semejante superación del
capitalismo? Mi respuesta personal es afirmativa, a condición de una verdadera
refundación de una organización política de nuevo tipo, liberada hasta el fin de las
herencias de todas las Internacionales que han existido después de la primera. Pero para
justificar esta respuesta me haría falta nada menos que adentrarme en la exposición de
motivos de una tesis número cuatro, y ya no hay más tiempo.
Sin embargo, un último interrogante. ¿Mi
intervención no será, al fin de cuentas, demasiado optimista frente a la bancarrota cuyo
terrible pasivo nos abruma? Respondo que si es así, se trata de un optimismo de tonalidad
bastante trágica, porque ¿cómo no estar acosado por la urgencia unida a la extrema
dificultad de reconstruir una perspectiva de transformación social radical, a riesgo de
no poder conjurar catástrofes políticas y humanas demasiado previsibles? Pero, se se
adhiere verdaderamente al materialismo crítico de Marx, ¿podría dejarse de advertir,
sin embargo, que la eventualidad misma de tales catástrofes es el reverso de las
posibilidades aún muy poco utilizadas para evitarlas? Es la tesis que atraviesa todas mis
tesis: lo peor no siempre es seguron
(*) Las citas están tomadas de K. Marx, Elementos fundamentales para la crítica
de la economía política (Grundrisse), 1857-1858. Siglo XXI, 9ª edición México-Madrid,
1982, Vol.2, págs. 220 y 228.
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