Reflexiones sobre Cuba / Viabilidad
Cuba / A
Cuba
A CUBA Yo hubiera querido estar en ti para el 26, en los carnavales de Santiago. Sin sombra de duda, me hubiera gustado compartir la euforia del cumpleaños de la revolución, sentir al pueblo dialogando con Fidel en la plaza de la revolución, desde un océano de sombreros de yarey y machetes; bailar contigo en las calles; beber , contigo, guarapo y cerveza. Pero no es fácil llegar a ti, ahora. Como estás prohibida, hay que realizar itinerarios absurdos, y largos, para alcanzarte.
Mi caso , por ejemplo: de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Lima, de Lima a México, de México a Windsor, de Windsor a Montreal. Cinco dias de espera en Montreal, la ciudad bilingüe, donde uno lee –la belle province- en las chapas de los automóviles y –private property- en los carteles que hacen guardia al borde de los lagos y entre los bosques. Después el cruce del Atlántico, el aeropuerto de Orly, París, las muchachas anunciando la partida del avión con voz de estar haciendo el amor; de ahí a Madrid. Y de Madrid, por fin , a La Habana. Llegamos dos días después del aniversario del asalto al cuartel Moncada. Hacía nueve días que habíamos partido del Río de la Plata. Hablamos de los problemas de la vida en la isla revolucionaria
(Eduardo Galeano - 1964) Anécdotas y reflexiones para defender la Revolución
no sólo por sus logros. Javier Mestre Rebelión
Recién
regresado de Cuba, una de las conversaciones preferidas por los compañeros
que están también en nuestro lado, el de la lealtad absoluta a la
Revolución, es la de cómo se vive en Cuba. Y la experiencia en la isla lo
lleva a uno a hablar no sólo de lo magnífico de la Revolución, sino también,
y sobre todo, de los problemas y dificultades que afrontan los cubanos y
cubanas. Un compañero de Rebelión me pidió, en una de estas conversaciones,
que escribiera algo sobre esos problemas y dificultades, porque tiene que
quedar claro algo: no defendemos la Revolución porque sea perfecta, no debe
ser necesaria una imagen brillante y sin fisuras del Socialismo
–necesariamente irreal- para posicionarse leal y decididamente a su favor.
No defendemos la Cuba socialista desde la fantasía o la propaganda, vamos a
dejar claro que sabemos algo de lo que pasa, porque no olvidamos que es nuestro portaviones, es la línea del frente de la batalla
antiimperialista y es la alternativa viva, real, al capitalismo. Es
por eso que creo necesario reproducir, antes que nada, una versión del poema
de Brecht
“Parábola del Buda y la casa en llamas”, que resume de la mejor
manera el suelo que pisamos para decir lo que viene después. “Gotama, el Buda, enseñaba
la ciencia de la rueda de la codicia, de la que estamos tejidos, y recomendaba
prescindir de la avidez, para así entrar sin deseos en la Nada, que él llamaba
Nirvana. Un día un discípulo le
preguntó: -“¿Cómo es la Nada, maestro?. Todos nosotros queremos liberarnos de la
avidez tal como tú predicas, pero dinos si la Nada a la que iremos es algo así
como fundirse con todo lo creado, como cuando uno está echado en el agua a
mediodía, con el cuerpo ligero, casi sin pensamientos, o durmiéndose, apenas
notando cómo uno se acomoda bajo la manta, hundiéndose rápidamente; es decir, si
esta Nada es una Nada alegre, una buena Nada o si, por el contrario, tu Nada
sólo es una Nada fría, vacía y sin sentido”.
El Buda permaneció en
silencio mucho tiempo antes de decir alegremente: -“Vuestra pregunta no tiene
respuesta”. Pero por la tarde, cuando
se habían marchado, el Buda seguía sentado debajo del algarrobo y contaba a los
otros discípulos, a los que no le habían preguntado, la siguiente parábola: “Hace poco vi una casa.
Estaba ardiendo. Por el tejado salían llamas. Me acerqué y vi que todavía había
gente dentro. Le di una patada a la puerta y grité que había fuego en el tejado,
previniendo a los moradores que salieran deprisa. Pero no parecían tener prisa.
Uno de ellos quería saber, mientras el fuego ya le estaba chamuscando una ceja,
cómo era la vida ahí fuera, si no estaría lloviendo, si soplaba el viento, si
había otra casa cerca, y muchas cosas más. Sin responder volví a salir
de la casa. Esta gente –pensé- tiene que quemarse antes de dejar de hacer
preguntas. De verdad os digo, amigos, que no tengo nada que decirle a los que
todavía no tienen el suelo lo bastante caliente para cambiarlo por otro y se
quedan donde están”. Así habló Gotama, el Buda. Pero tampoco nosotros, los
que hemos dejado de dedicarnos al arte de la tolerancia para practicar el de la
intolerancia, los que damos consejos terrenales a las gentes para que se
deshagan de sus torturadores humanos, los que ante la llegada de los escuadrones
de bombarderos del capital constatamos que la gente prefiere oír nuestra opinión
sobre lo que pasará con su caja de ahorros o saber qué pantalones del domingo
deberían ponerse el día de la revolución, tenemos mucho que decir.”
[Versión libre de Manel
Franquesa, subdirector de LA VERITAT, diario renacentista de Castelldefels (Catalunya)]
Pero, por si fuera poco, a lo
que sobre todo importa, a la condición de otro mundo posible que hace
frente a EEUU, bloqueado, combatiente por la humanidad, de la Cuba del
Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, antes de decir nada aparentemente negativo, hay que añadir –y no olvidar en ningún momento-, algunas verdades
fundamentales: La población cubana está bien
alimentada y bien vestida. Tiene un buen sistema sanitario universal y gratuito.
El Estado saca adelante un sistema educativo que funciona y que garantiza la
erradicación completa del analfabetismo, la enseñanza obligatoria de verdad hasta los quince años y el acceso general de las masas a una educación
superior de altísima calidad. Beca anualmente a millares de estudiantes de
Latinoamérica y África para que puedan cursar estudios superiores. El Socialismo garantiza el
pleno empleo y, por tanto, la existencia digna del cien por cien de la
población: quien no trabaja es porque no quiere… y, encima, no lo obligan
para tener acceso a su parte de la alimentación casi gratuita que distribuye el
Estado.
Los cubanos apenas pagan casa y tienen agua, luz, gas y teléfono a precios
irrisorios, lo mismo que los libros. Sus salarios son muy pequeños traducidos
a divisas, pero no tanto si se tiene en cuenta su poder adquisitivo en el
sistema de precios subvencionados. Cuba es un país muy tranquilo,
en comparación con toda Latinoamérica y EEUU. Tiene niveles muy bajos de
delincuencia y un sistema penitenciario básicamente orientado a la reinserción
social en el que los presos pueden estudiar carreras universitarias y las
condiciones de vida son las más dignas que, de verdad, puede proporcionar el
Estado. En nada se puede comparar con el desastre penitenciario que se
vive desde los Grandes Lagos hasta el Cabo de Hornos.
Tiene una policía que
sorprende por su capacidad de diálogo y el buen trato que dispensa a los
ciudadanos y, al contrario de lo que sucede en el resto de Latinoamérica, proporciona seguridad. Cuba es una nación
igualitaria, en la que las diferencias sociales son mínimas, en la que un
ministro apenas se distingue en su nivel de vida de cualquier otro ciudadano, en
el que la dignidad es la misma para todos. No hay mendicidad –sí hay pedigüeños
que se acercan a los turistas, pero sólo a los turistas y buscando las
ventajas consumistas de las divisas-, no hay niños de la calle ni
trabajo infantil, no hay maquilas ni bandas de delincuentes juveniles, no
hay villas miseria como las que siembran el paisaje de todos los estados
al sur del Río Grande.
En Cuba, las tasas de
mortalidad infantil, esperanza de vida al nacer, número de médicos por
habitante, etc, se sitúan al nivel del mundo desarrollado, a menudo por encima
de países con un PIB per capita muy superior. Cuba es, encima, el país más
solidario del planeta, con misiones de miles de médicos y maestros en decenas de
países del Tercer Mundo a cuenta del Estado, mostrando su verdadera vocación de
defensa de la Humanidad. Exporta salud, alfabetización, solidaridad humana... y
no guerra y expolio. Cuba, bajo la dirección de
Fidel, hace frente a un tremendo bloqueo y al hostigamiento permanente de EEUU y
su inacabable lista de aliados, encabezada por la Unión Europea. La Revolución
enfrenta constantemente todo tipo de agresiones terroristas, económicas,
bacteriológicas, propagandísticas. Cada día da una heroica lección al mundo y a
todos los movimientos anticapitalistas y de liberación acerca de cómo se lucha,
y se va venciendo, contra el poder casi ilimitado del Imperio. A partir de ahora voy a
referirme a mi experiencia, fundamentalmente habanera, en Cuba.
Voy a intentar
hablar de lo que he podido encontrar que de algún modo, no funciona todo lo bien que, a mi modesto parecer, podría funcionar. A partir de
vivencias concretas en la isla, pretendo plantear algunas reflexiones, siempre
con un espíritu de crítica constructiva, por si puede ser útil para mejorar el
Socialismo dentro de lo posible y aportando únicamente como ventaja la distancia
que da la extranjería, frente al buen hacer y la experiencia de los gobernantes
cubanos, que son los que saben dirigir la Revolución que resiste y crece. No hay
que olvidar que por cada línea crítica que yo pueda escribir sobre Cuba,
tendría que hacer un libro entero acerca de mi país.
Al fin y al cabo, la
Revolución está aún por hacer en España y, si dejamos de lado los
escandalosos espejismos que caracterizan el renombrado nivel de vida
occidental, la situación es infinitamente más insostenible, inhumana e
injusta en este país capitalista desde el que escribo que en la Cuba socialista
en la que nos apoyamos y a la que debemos toda la esperanza y todo el cariño. En
todo caso, creo que también justifica un poco mi atrevimiento el hecho de que,
en realidad, casi todas las inquietudes que creo recoger no son originalmente
mías, sino que corresponden a gentes muy válidas y muy revolucionarias que viven
dentro y para la Revolución y que desearían que los detalles que a continuación
se discuten fueran asunto de un debate más público y profundo en el seno de la
heroica isla.
1. No está el ingeniero. En la Habana se está
trabajando intensamente en el remozado de la red de distribución de agua, que en
amplias zonas está ya viejita y tiene que irse cambiando para garantizar un buen
servicio en un futuro próximo. Eso implica que en buena parte de la capital, el
suministro de agua deja de funcionar un día sí y otro no, o algunas horas, según
las zonas. La situación es complicada y todo el mundo no ha tenido más remedio
que prepararse, unos mejor y otros peor. Muchas casas y apartamentos disponen de
dispositivos de almacenaje y bombeo que reducen considerablemente las
incomodidades de esta situación transitoria.
Un buen día, el agua falló antes de
lo previsto y llamamos por teléfono al organismo encargado de la distribución en
el barrio en que vivíamos. “Es que hoy no vino a trabajar el ingeniero”, fue la
respuesta. Pero... ¿estaba previsto que ese día no trabajara el ingeniero? No,
desde luego que no, pero seguramente algo le surgió que no pudo incorporarse a resolver la avería que tenía sin agua a todo un barrio de La Habana.
Cuando le contamos esta
anécdota sin importancia a un buen amigo, defensor a ultranza de la Revolución
como tantos otros cubanos y cubanas, nos replicó que eso es normal.
Resulta que no hay la disciplina que debería haber en muchos entornos laborales.
Seguramente, al ingeniero ese no le pasará nada, el sistema asume con excesiva
facilidad la negligencia. Cobra lo mismo el que se compromete y curra tanto que ni puede ver a sus hijos, como el que apenas pone nada de su parte, a
menudo ni su cuerpo aparece por el puesto de trabajo. “Ese debate ya pasó,
compañero”, me dice mi buen amigo, “y seguimos con los estímulos”. ¿Y qué
es, en Cuba, eso de los estímulos? Pues pequeños premios y
reconocimientos públicos, casi siempre sin trascendencia económica para
las familias, que reciben los empleados que destacan por su compromiso en la
tarea.
Y es que el propósito del Estado cubano, cuando evita las diferencias
salariales por productividad, o lo que es lo mismo, los estímulos monetarios, es luchar por una igualdad efectiva de los ciudadanos. Sin embargo,
la pregunta de mi amigo es inevitable: ¿Es eso justo? ¿Es aceptable que obtenga
los mismos beneficios sociales el que escamotea sus obligaciones y pone piedras
en el engranaje con su holgazanería, que el que arrima de verdad el hombro? ¿No
está teniendo esa política, por otro lado, repercusiones negativas en la productividad de los trabajadores cubanos? ¿No se está creando en parte una
cultura popular de la desgana? Es un hecho que faltan profesionales, sobre todo
maestros, que quieran dedicarse a su oficio a los salarios que puede ofrecer el
Estado.
La Administración cubana está saliendo adelante a pesar de todo, con
creatividad e inteligencia. Pero también es un hecho que en una economía
planificada, la remuneración salarial sí que depende esencialmente de la
productividad del trabajo, y las mejoras en este ámbito pueden implicar
sensibles alzas en la capacidad adquisitiva de los trabajadores, con la
correspondiente resolución de problemas que eso conllevaría. Viene al caso otra anécdota.
Fuimos con los niños –es un placer, y muy requeteseguro, viajar a Cuba con críos
pequeños, dicho sea de paso- al parquecillo de atracciones que hay en La Habana
Vieja. Impresiona ver tanto disfrute en unas instalaciones tan apañadas como modestas. A mis dos hijos –de tres y cuatro años- les atrajo
particularmente un trenecito que es todo un ejemplo para el mundo: tanta alegría
infantil condensada en una atracción tan sencilla, apenas unas cajitas de metal
con sombrajo y ruedas y un mecanismo artesanal de tracción eléctrica sobre unos
raíles en círculo. Barato, bonito, seguro, sin el insultante derroche de
materiales y esfuerzos que caracteriza a sus equivalentes del mundo capitalista desarrollado, tan opulentos como castradores de la imaginación. Para entrar en el recinto del parque se entrega una cantidad simbólica a una
persona en un kioskito, la cual te da a cambio un papelito que, inmediatamente a
continuación, se le da a otra persona cuya función es quedárselo e introducirlo
en una cajita.
Para utilizar las instalaciones, hay que comprar tickets de un peso, aproximadamente cuatro céntimos de euro, en otra casetita atendida
por otra persona. Cuando accedes al trenecito, hay otras dos personas, dos, que
apenas tienen como función recoger el billetito de un peso y decirles a los
niños que no se sienten en un vagón que está estropeado. Cuánta gente para tan
poco trabajo. Nueve horas de apertura, nueve horas de laburo para todo
ese exceso de gente. Reconozco que, viendo aquello y pensando en todo el
trabajo que hay por hacer en la Cuba revolucionaria, me vino a la cabeza el
imprescindible ensayo del yerno de Marx, P. Lafargue, titulado “El derecho a la
pereza”. Pensé: hay aquí tres posibilidades socialistas, que pueden
simbolizar al tiempo tres culturas del Socialismo:
1. Dejar las cosas como están, a saber, mucho tiempo de trabajo, mínima
productividad, muchos problemas por resolver, poco tiempo de ocio para un
salario muy, muy justito. 2. Hacer turnos. Con la misma
plantilla, intensificando un poco el ritmo, se puede reducir, sin ningún
problema en absoluto, la jornada laboral a la mitad cobrando lo mismo, ya
que el mismo equipo humano produciría exactamente el mismo beneficio a la
sociedad. Habría, así, más tiempo para dedicar a los niños, a la familia... o a
la construcción de la propia casa, o a la participación política y al Comité de
Defensa de la Revolución (CDR) o, sencillamente, a la literatura, el descanso,
el cine o la música... Una cultura socialista más cercana a las ideas del yerno
de Marx y más alejada del molde stajanovista. 3. Cabría pensar en reducir la
plantilla y ocupar a los despedidos en otra cosa. Una cadena de
reestructuraciones productivas podría dar lugar, quizás, a una economía mucho
más eficiente, si se combinaran con procedimientos de remuneración que
estimularan verdaderamente otro ritmo de trabajo. No debería hacer falta matarse a trabajar al estilo capitalista, pero sí un incremento notable del
esfuerzo en cada puesto. Aumentaría el nivel de consumo, la capacidad de
resolución de los problemas de transporte y vivienda... aunque es probable que
se le agriara el carácter a la mitad de los cubanos y cubanas...
Hablando de todo esto con otro amigo, me dio un poco de miedo la tendencia a que
cunda la idea de que la alternativa al problema de la indisciplina y la baja
productividad, es un incremento de los niveles de privatización de la
economía y la posibilidad del despido y el paro. No, por favor,
compañeros, no abandonen jamás su planificación central, su colectivismo. Los
problemas se han de resolver dentro de un Socialismo irreductible, manteniendo y
mejorando los niveles de igualdad social y las prioridades económicas orientadas a la resolución de los problemas de la gente y no a la ley de la
máxima ganancia empresarial. De verdad, no es en absoluto necesaria la figura
del patrón que machaque la hermosa dignidad de los cubanos y las cubanas.
Al fin y al cabo, estos problemas no deben servir de coartada ideológica para
que se pierda lo esencial, la conquista del Socialismo y sus indiscutibles
beneficios generalizados en lo que más importa, a saber: la independencia
nacional, la salud, los niños.
2. El plomero (“fontanero”
en España). A otro amigo se le estropeó la
cisterna del baño. Un verdadero problemón. Una fuga tremenda de agua lo obligó a
cerrar la llave de paso general, tuvo que vivir sin agua corriente, con su
hijito de un año de por medio, durante todo el tiempo que tardó en resolver la avería. Lo que voy a narrar a continuación es tan cierto como inevitable.
Este compañero es un consciente revolucionario que, si incurre en lo que
incurre, es porque no tiene otra alternativa y sí tiene una familia a la que
cuidar y proteger.
J.F. tuvo que buscar un plomero. No hay listas de plomeros que funcionen, al
acceso de la economía en moneda nacional. Tuvo que recurrir a un conocido,
procedente de otra provincia, que trabaja en una brigada de construcción. Le
tuvo que pagar más de un tercio de su salario mensual (más de cien pesos
cubanos) por la chapuza que hizo en sus escasos ratos libres. Y el tipo la hizo
mal; al poco tiempo de supuestamente haber concluido, resurgió el problema.
Nadie a quien reclamar... Tuvo que volver a llamar al dichoso plomero del
mercado negro de la plomería, el cual le dijo que le tenía que conseguir no sé
qué pieza para resolver de verdad la avería y le exigió más dinero. J.F.
se volvió loco buscando la piecita porque no hay un almacén abierto al público
donde uno vaya y haya todo tipo de piecitas de plomería, lo que hay que más se
le parece es una ferretería... ¡en divisas! ¿Cómo consiguió J.F. la piecita que
le permitiría volver a tener agua en casa? Tuvo que entregar una cierta cantidad
de dinero a un responsable de un almacén de la brigada del susodicho plomero
para que se la hurtara al Estado...
Me informaron de que así son las cosas en muchos sectores de la vida cotidiana
de la gente. Las pequeñas reparaciones y reformas de las casas, los trabajos de
fontanería y electricidad, la reparación de automóviles y electrodomésticos y un
largo etcétera de flecos que no contempla adecuadamente la planificación central
y que se van resolviendo a través de una combinación del peor libre
mercado, que es el mercado negro, en el que no hay derechos del
consumidor, y una cultura del hurto al erario público que me
preocupa por sus tremendas dimensiones. El amigo J.F. me contaba que cuando
alguien que por la razón que sea tiene divisas y quiere reformar o ampliar su
casa, en gran medida consigue sus materiales a través de corruptelas. “Le das al
encargado de tal o cual almacén una caja de botellas de ron y te saca unos
cuantos metros cúbicos de arena. Luego, cuando viene el responsable de brigada
que necesitaba la arena para su obra pública, el ladrón le dice que lo siento,
compañero, no está la arena”. Una compañera que trabaja
demasiado por compromiso integral con la Revolución, me habla con ironía de los
grandes proyectos del Gobierno, de los que duda de su continuidad en el tiempo.
“Cuando se acaben las piezas de repuesto, se acabó la fábrica.
Así llevamos
desde siempre. Se planifica con la mejor voluntad, pero falta construir el
tejido básico, de las cosas pequeñas, un sistema que garantice una
infraestructura que sostenga todo lo demás”. Sin embargo, esta compañera también
se hace cargo de que una buena parte de las causas de la poca sostenibilidad de
algunos macroproyectos de la Revolución estriba en el bloqueo económico y las
consiguientes dificultades con el comercio exterior, que a menudo imponen
cambios bruscos de proveedores y situaciones por el estilo. En todo caso, piensa
que se funciona un poco “a golpes”, por grandes movimientos, y puede que falten
mecanismos, en la planificación económica, para tener más en cuenta las
necesidades inmediatas de la gente. “Deberían preguntar qué nos hace falta ahora
para criar a nuestros hijos, no decidirlo desde arriba sin consultar cuáles son
las carencias más urgentes”, reclama. Por ejemplo, quitando el papel de váter,
un jabón de baño que a veces falla y un tosco jabón de lavar, los productos más
elementales de higiene personal sólo son accesibles en el mercado de divisas. Yo, aquí, quisiera recordar
las ideas de Carlo Frabetti, acerca de cómo se podría utilizar la informática
para mejorar la planificación en una economía socialista. Cuba tiene la ocasión,
única hasta ahora en la Historia de la Humanidad, de preparar ese software necesario para desburocratizar los procesos, crear un potentísimo control
central de los inventarios y, al mismo tiempo, mejorar la comunicación con la
ciudadanía, para que pueda expresar por cauces efectivos las necesidades a tener
en cuenta en las previsiones de la producción y circulación económicas.
Y es que, además, se respira
un verdadero lapsus entre la generación heroica que derrotó a EEUU y
Batista y que aún dirige en gran medida la Revolución, y sus nietos, los jóvenes
nacidos y criados en la Cuba socialista. Éstos necesitan un mayor protagonismo,
sentir que tienen mucho más que decir en los procesos de planificación
revolucionaria. Sin duda, ser escuchado, sentirse dirigente, protagonista, fortalece el ánimo y la capacidad de lucha y sacrificio. La
Revolución dispone de dos generaciones de magníficos técnicos, profesionales de
todas las ramas del arte y de la industria, y da un poco la sensación de que no
se les está aprovechando al máximo para resolver los importantes problemas de la
economía y la vida cotidiana de la población. Para terminar con esto, una
nueva llamada de atención a quienes suponen que abrir la mano con la libre empresa es la solución para estos asuntos de la planificación. Aunque
parezca un camino sencillo, es el peor, el más peligroso.
Sus lacras
inmediatas: los precios ya impiden, en el mercado negro, la generalización
igualitaria de los servicios; se favorecería de manera oficial a quienes se
benefician de la circulación de divisas, frente a la gran cantidad de cubanos y
cubanas que vive casi exclusivamente en moneda nacional. Ahora, de facto,
Cuba está habitada por muchas microempresas que nadan en la necesidad de
la gente como pez en el agua, y que no tributan y, es más, al revés, hasta
hurtan al Estado su capital, a modo de acumulación primitiva, esa que
Marx explica que es, necesariamente, violenta, salvaje. No se trata de legalizar al plomero que ya trabaja motu proprio, sino de que el
Estado sea quien se plantee como prioridad, nada menos, encontrar la fórmula
para ofrecer los servicios de plomería –y de todo lo demás- de una manera
estable y bien organizada, para desalojar de la escena el mercado, blanco o negro, y para cortar de raíz la tan extensa como irritante cultura del hurto
de lo público.
3. ¡Va a estallar la televisión!. Poco después del ciclón que
atravesó Cuba en julio, escuchamos en una emisora de radio de La Habana un
llamado a que la población no hiciera caso de los rumores, posiblemente
difundidos a partir de la radio gusana –que no se merece en absoluto el
nombre que le han puesto, así que no lo digo-, de que los electrodomésticos
podían sufrir daños irreparables por incrementos inesperados de la tensión de la
red eléctrica de la capital. Al mismo tiempo, por la ventana nos llegaban los
gritos de una vecina: ¡Fulanito, desconecta la televisión, que va a estallar!
Asistimos, atónitos, al desarrollo inmenso de la vox populi en Cuba, como
espectadores simultáneos del rumor y de cómo la radio estatal reconocía de
facto la magnitud del fenómeno. Nos hizo gracia en el momento, pero tardamos
bien poco en quedarnos preocupados. ¿Cómo se le puede dar tanto crédito a un
rumor tan infundado?
Con el paso de los días, nos dimos cuenta de que,
sencillamente, la habladuría es el medio informativo más importante para los
cubanos cuando se trata de sucesos internos. Lo cierto es que los
corresponsales de la prensa extranjera se mueven a placer por Cuba y cuentan, de
la peor manera, muchas de las cosas que los medios del Gobierno cubano se
callan. A menudo, la vox populi se alimenta de las crónicas de los
corresponsales extranjeros, ya que Internet está cada vez más al acceso de los
cubanos y cubanas. Es un fenómeno curioso: la vox populi alimenta al
corresponsal y, a su vez, el corresponsal alimenta la vox populi. Así
sucedió con la muerte, bajo investigación de los científicos cubanos, de una
decena de críos en La Habana.
La gente hizo correr el rumor desde el principio
y, a los pocos días, el suceso llegaba a los medios de prensa españoles...
Granma tardó dos semanas en publicar una escueta nota oficial, dos días antes
del discurso del Comandante en Jefe por el 26 de julio, sobre todo para atenuar
el daño que estaba causando el rumor, que culpaba injustamente a un medicamento.
Posiblemente, un adecuado flujo informativo hacia la población civil podría
haber prevenido mucho mejor a las familias y a los servicios médicos y se habría
reaccionado mejor ante el problema. Preocupante, de verdad. Unos días después me acerqué a
una farmacia y les dije a las trabajadoras –cinco o seis, todas sentadas sin
hacer nada en la trastienda- que si podía hablar con alguien, como periodista,
acerca de cómo funciona y qué tal anda el suministro de medicamentos. “Esto no
es como tu país, aquí no hay libertad de expresión”, me espetó la que parecía la
responsable del establecimiento. Yo le expliqué someramente quién tiene en
exclusiva eso de la libertad de expresión en mi país, cuatro capitalistas
sin escrúpulos, que condenan a la inexistencia a todas las disidencias y a la
censura y la prostitución intelectual a sus explotados periodistas.
Y me suelta
la tía: “Sí, pero en tu país se accidenta un autobús y sale en todos los
periódicos, y aquí te tienes que enterar por tu vecino”. Yo le respondí que
precisamente a menudo son los sucesos casi lo único de que informan los medios
en España, dejando de lado las cosas más importantes. Cuando le puse el ejemplo
de la huelga de Correos que silenciaran los medios no hace mucho tiempo, la
señora esa ya no me escuchaba. Para hacerme callar, me dijo irónicamente: “Pues
mira, desde que tenemos los acuerdos con China, ya no hay ningún problema con
los medicamentos”. Me fui de ahí algo más preocupado: todas las compañeras de
esa mujer, que había hablado con tanta libertad, por cierto, parecían estar
completamente de acuerdo con lo que decía y con su desdén hacia mí. ¿Qué daño puede hacer a la
Revolución que se publiquen los sucesos? En Cuba pasan cosas, no es una sociedad
perfecta.
Los cubanos y las cubanas tienen cada día más formación académica y
necesitan que sus periódicos les cuenten muchas de las cosas que pasan en el
país. Hace falta que los cubanos y las cubanas adquieran confianza en los medios
y aprendan a desconfiar de la rumorología. Entre otras cosas, porque sus medios
también les tienen que contar mucho más sobre lo que acontece en el mundo
capitalista sin que los lectores desconfíen y crean que se trata de propaganda.
Cunde en exceso la infamia, reforzada por el papanatismo del turista occidental y por las sesgadas crónicas de su éxito con que se adornan
los emigrantes cubanos, de que la vida puede ser mejor en el capitalismo. Más de un cubano nos pidió,
recién llegados, algún ejemplar de El País o de cualquiera de los medios de
prensa que suelen ofrecer en el avión. “No leemos esa bazofia”, fue nuestra
respuesta. Pero nos sorprendió la avidez con que nos lo solicitaban gentes que
están, cien por cien, con la Revolución. Incluso nos han llegado a reclamar,
miembros del Partido Comunista de Cuba, ¡revistas del corazón! Cerca de un
mercado agropecuario que frecuentábamos, un señor vendía, a precios
significativos para un sueldo cubano en moneda nacional, números vetustos de
“Hola”, “Diez minutos” y cosas por el estilo. Más alarmante todavía: un
compañero nos informó, preocupado, que hay listillos que alquilan
clandestinamente un descodificador que permite, ¡por diez dólares al mes!, ver
en casa dos horripilantes canales de Florida llenos de mierda. Y hay gente que
gasta sus remesas en eso.
En Cuba hay excelentes
profesionales de la comunicación y del diseño. Y la maquetación del Granma es la
misma que hace treinta años. El Estado cubano debería aprovechar tanto talento
para ampliar y remozar sus medios de comunicación de modo que contribuyan con
mucho más peso y confianza de la gente al frente de batalla de la cultura
popular. Cerrarse en banda no evita las contaminaciones, cada día
mayores. No se puede olvidar el interior. El pueblo que habita en la Cuba
socialista no es lo unánime que quisiéramos y la Revolución tiene también, como
no podía ser de otra manera, algo de trinchera interna frente a todo tipo
de invasiones ideológicas y culturales. Por si fuera poco, se está
desaprovechando el potencial regulador del periodismo.
En la Cuba socialista,
los medios son del Estado y del Partido, y eso es como debe ser. Pero deberían
ser más periodísticos, más profesionales en el sentido de contar
las cosas con una cierta independencia profesional y un estilo menos
retórico, más directo. Un periodismo de funcionarios públicos encargados de
averiguar qué pasa y contarlo bien, con lealtad a la Revolución y generando
confianza en el público para desengancharlo de la vox populi.
Algunos de los máximos beneficiarios de la escasez de información interna son los negligentes y los corruptos, ya que se dificulta el escrutinio público
de sus malas conductas y la correspondiente vergüenza pública por sus actos. Es un gusto, por otro lado,
ver la tele en Cuba –no digamos oír la radio, esa sí que es una maravilla sin
paliativos-. No tiene interrupciones publicitarias.
Hay un uso público del medio
que es un ejemplo para el mundo, como sucedió con la Mesa redonda diaria en el
momento del ciclón: el país entero se coordinó a través de la televisión y los
responsables de cada área rindieron cuentas, uno por uno, ante la nación en
pleno de todas sus actuaciones. Sin embargo, al mismo tiempo sorprende que
Cubavisión, la primera cadena, programe tantas películas gringas
horrorosas –pura propaganda enemiga-, series españolas de pésima calidad (ahora
la estrella es Un paso adelante, de Antena Tres, de gran contenido social...)
y culebrones como para echarse a temblar –en estos días hay uno brasileño en
candelero- a los que medio país está enganchado. Se está cultivando un
gusto televisivo standard; con canales educativos y todo, da la impresión
de que la Revolución no quiere plantar mucha cara en esta guerra. Una
situación curiosa: un jueves por la noche, en Cubavisión ponían una comedia
facilona, inglesa con el concurso del archifamoso Hugh Grant, sobre cómo una
mujer, cómica y gordita, resuelve, a pesar de todo, su vida en La Inglaterra
capitalista (El diario de Bridget Jones).
Al mismo tiempo, en el Canal Educativo
2, que surgió un poco para contrarrestar la mediocridad de la televisión masiva, echaban una importante (y muy entretenida) película de Ken Loach,
Sweet Sixteen, que precisamente muestra cómo en la realidad capitalista resulta
casi imposible escapar de la marginación social. Pero no sólo era el canal
minoritario, en competencia con una comedia intrascendente, divertida, ligera y
muy conocida, es que, por si fuera poco, la copia estaba en un pésimo estado y
apenas se leían bien los subtítulos. Estoy seguro de que yo fui de los pocos
telespectadores en Cuba que se quedó viendo la obra del comunista Loach –con
guión del fantástico Paul Laferty- hasta el final, seguramente porque entiendo
algo el enrevesado inglés de Escocia.
Cuba también produce algunos
espacios de ficción, como una serie policial de factura local que triunfa en
estos momentos. Pero, a decir de un buen amigo, la cosa ya no es lo que era. Se
echa de menos el culebrón cubano, con una buena orientación ideológica y
cultural, una tele que haga al pueblo cubano más protagonista de sus propios
relatos de ficción con las cosas que les preocupan y los detalles de la vida
cotidiana en la isla. La tele podría hacer reír y llorar naturalizando los apagones de luz y la inevitable escasez en la nación sitiada, por ejemplo, y
no la injusticia social en el Brasil decimonónico o el American way of life.
Todo a coste mínimo, aprovechando el talento inmenso de sus jóvenes cineastas,
perfectamente capaces de producir en vídeo y a todo correr excelentes series de
tv, no digamos cine. Un ejemplo de ello, la extraordinaria película “Viva Cuba”,
de Juan Carlos
Cremata, estrenada simultáneamente en doscientas salas de todo el
país. Como ya argumenté en el periódico cubano de Internet La jiribilla, este
film gusta a todo el público cubano, independientemente de sus tendencias
culturales o políticas, entre otras cosas porque hay una necesidad latente, cuyo
origen se encuentra rápidamente en cualquier tratado mínimo de antropología, de
sentirse identificados con los relatos cinematográficos en boga. La gente tiene
ansia por verse reflejada en las películas, por sentir que el relato de sus
vidas particulares está dentro del mundo, es normal, porque puede
ser también escenario y argumento del cine. Y la carencia de esa creación
narrativa cubana para el pueblo deja la función antropológica del relato de
ficción, que en el mundo moderno corresponde indiscutiblemente al arte
cinematográfico en todas sus vertientes, casi en exclusiva a producciones
extranjeras, a menudo del enemigo gringo. Eso no puede sino generar
sensación de extrañeza, de anormalidad, de estar en el mundo equivocado. Sólo una anécdota más de este
asunto de la batalla cultural.
Está prohibido, no sé bien por qué, ingresar
magnetoscopios o reproductores de DVD en el país. Sin embargo, es tal el número
de aparatos que la gente posee que el Estado dispone de varios bancos de
cintas de vídeo para prestar películas a los ciudadanos. Son pocos, y con las
dificultades del transporte, están lejos del acceso de mucha gente. Así que en
los barrios más diversos de La Habana hay desde hace tiempo ya auténticos videoclubs clandestinos. Lo peor del asunto es la selección de películas que
exhiben esos bancos de vídeo. Más o menos, de Van Dam a Chuck Norris,
pasando por Jackie Chang. Ese es un gusto cinematográfico que se está formando
entre muchos cubanos y cubanas, esa bazofia tiene abundante público, y luchar
contra ello probablemnte no es una cuestión de simple represión, sino de tomar
en serio el ofrecer seriamente una abundancia de alternativas fílmicas y
televisivas que contribuyan a la formación masiva de un gusto más cercano
a los valores éticos y estéticos de la Revolución.
Ah, esa batalla del gusto, de
la producción cultural. No basta con dar amplísima formación universitaria de
tal o cual especialidad, no basta la escuela generalizada, hay otra batalla en el campo de las ideas que, me atrevo a decir, puede ser importante
para el futuro de la Revolución.
4. De nuevo, un
recordatorio. Cuba no es un país
capitalista, de modo que puede tener, y tiene, un Gobierno que gobierna. En
España, el Gobierno puede, todo lo más, influir, pero de ningún modo
dirige los esfuerzos de la nación, de eso se encarga ese ente ingobernable al
que llamamos economía
En Cuba, sin embargo, el Gobierno sí que puede
decidir cuáles son las prioridades del esfuerzo de sus ciudadanos y ciudadanas.
Lo mismo que puede equivocarse, tiene siempre la oportunidad de mejorar. De
hecho, muchos de los problemas de Cuba tienen que ver con el empeño de su
Gobierno en sostener un sistema económico que tiene como prioridad la
generalización de una vida digna para todos, toditos, todos los cubanos y
cubanas sin distinción. En el contexto económico mundial, eso es algo
terriblemente ineficiente, insostenible, porque en el capitalismo los
objetivos económicos no tienen nada que ver con la resolución de los problemas
sociales, sino únicamente con la ley de la máxima ganancia empresarial.
Así, en
casi todas partes menos en Cuba, que la gente viva mejor es un efecto colateral de la economía –que se suele producir más bien poco-, lo mismo que
el empeoramiento de las condiciones de vida es un daño colateral que
produce la economía –con una frecuencia gigantesca, y con una intensidad mucho
mayor de los que los seres humanos suelen ser capaces de soportar sin deshumanizarse-. Los gobiernos de los países capitalistas no son, pues,
responsables de los problemas y las crisis. La violencia, el precio de la
vivienda o el desempleo, por ejemplo, son como los ciclones, son naturales,
y no se puede culpar de ellos al Estado que, por otro lado, explica fácilmente
su impotencia invocando el poder, que nadie dirige, de la economía, y lo
menguado de los recursos públicos para hacer nada realmente significativo.