Emir Sader. Analista y sociólogo brasileño.
Julio 2017

¿Qué visión puede tener un revolucionario del siglo XXI en América latina sobre la epopeya de los bolcheviques 100 años después? Nadie mejor que Alvaro García Linera, hoy vicepresidente de la República Olurinacional de  Bolivia (junto a Evo Morales) para hacer una reelectura de la revolución bolchevique en su centenario.
 En el libro ¿Qué es una revolución?, con el subtítulo De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos (Editorial Akal) García Linera rehace toda la trayectoria de las narrativas sobre la Revolución Rusa en un texto denso y lleno de elementos para pensar la contemporaneidad de la revolución.
Antes que nada García Linera constata la dimensión del fenómeno en sus proporciones históricas: “La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX, pues cambia la historia moderna de los Estados, escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción (mundo) posible en el curso de la humanidad”.
La Revolución Rusa anunció el nacimiento del siglo XX, poniendo la revolución como “referente moral de la plebe moderna en acción”. “Revolución se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada del siglo XX”.
Por ello, “en los últimos 100 años morirán más personas en nombre de la revolución que en nombre de cualquier religión”, con la diferencia de que “en la revolución la inmolación es a favor de la liberación material de todos los seres humanos”.
Enseguida García Linera encara la revolución como “momento plebeyo”, que es “la sociedad en estado de multitud fluida, autorganizada, que se asume a sí misma como sujeto de su propio destino”, antes de definir el significado de la Revolución Rusa. Linera critica las visiones reduccionistas de la Revolución Rusa, las que la reducen a la toma del Palacio de Invierno y a la instauración de un nuevo gobierno. “La revolución no constituye un episodio puntual, fechable y fotografiable, sino un proceso largo, de meses y de años, en el que las estructuras osificadas de la sociedad, las clases sociales y las instituciones se licúan y todo, absolutamente todo lo que antes era sólido, normal, definido, previsible y ordenado se diluye en un ‘torbellino revolucionario’ caótico y creador”.

ALAI AMLATINA, 04/07/2017.

Este año que se cumple el centenario de la Revolución Soviética bien vale recordar algunas cuestiones que han sido vitales para nuestras sociedades capitalistas desde entonces.
La Revolución Soviética realizó la más rápida y profunda incorporación de derechos colectivos a las grandes masas de población que ha conocido la historia; masas que hasta entonces habían permanecido en estado de semi-vasallaje. Además de ello fue un elemento decisivo en la obtención de independencias y logros sociales y políticos para muchos pueblos de la tierra, permitiendo una correlación de fuerzas que posibilitó una generalizada redistribución de la riqueza y de garantías sociales en el mundo. Entre otras conquistas a agradecerle está la consecución del “Estado de Bienestar” en las formaciones del capitalismo europeo.
La universal influencia de la URSS (de la estrella de 5 puntas que simboliza los 5 continentes), el prodigio de una revolución que cambió el mundo, que hizo que el capitalismo no pudiera seguir siendo lo que había sido, no podía dejarse pasar por EE.UU. y las entonces debilitadas metrópolis europeas. En esos momentos Europa estaba sacudida por luchas sindicales, sociales y políticas que, bajo la capacidad de atracción del mundo soviético, darían paso a una progresiva integración de la fuerza de trabajo al orden burgués a través de los servicios del Estado y del consumo de masas. En contrapartida, el Capital llevaría a cabo un combate radical contra las organizaciones que aun así querían ir más allá de ese orden.
Esa integración reformista o socialdemócrata de la población fue la réplica a los logros sociales alcanzados por la URSS. Sin esos primeros derechos colectivos ganados gracias a la multiplicación de las luchas de clase, el capitalismo industrial no habría podido salir de las crisis del liberalismo y desarrollarse, ya que la construcción de una “sociedad sólida”, bien organizada y con niveles de seguridad adecuados, fue lo que permitió el desarrollo económico y la creación de la sociedad de consumo. El régimen de acumulación del capitalismo industrial-keynesiano no hubiera sido posible sin la erección de lo social, basado en la institucionalización de la relación Capital-Trabajo. Ese matrimonio de conveniencia requería de los mínimos necesarios en derechos colectivos.

URUGUAY
ESPACIO COMUNISTA
BASES PARA UN DEBATE NECESARIO

 ¿Porqué nos seguimos definiendo como comunistas?
¿Es acaso por hábito, por rutina, por pereza mental a los cambios?
¿Es por tozudez, por no dar el brazo a torcer?
¿Es por un primario sentimiento de fidelidad a las viejas banderas?

No.

1) SOMOS COMUNISTAS porque creemos y luchamos por una sociedad comunista, una sociedad libre de hombres libres, una sociedad sin clases, sin explotados ni explotadores, sin discriminaciones en razón de raza, ideologías, edad o género, en la que el trabajo deja de ser un factor alienante para recuperar su condición como rasgo vital de la especie, en la que la humanidad, como lo definiera Federico Engels, pasa finalmente del reino de la necesidad al reino de la libertad y el hombre sustituye la depredación de la naturaleza propia del capitalismo por su uso racional, armónico y preservador de la vida.

Formamos parte del movimiento real de la humanidad hacia la superación positiva del régimen económico-social capitalista, intentamos en todo momento impulsar los intereses de dicho movimiento en su conjunto y hacemos el esfuerzo por tener y desarrollar hasta sus últimas consecuencias la conciencia científica, práctico-crítica, del mismo.

Escrito hace cinco años, publicado en la revista Estudios de Uruguay, creo que mantiene toda su vigencia en la actual coyuntura que vive nuestro país y el mundo, en torno a la confusión ideológica, el rebajamiento de la izquierda, las concesiones a la clase dominante.

Ruben López – www.quehacer.com.uy

 HISTORIA, MARXISMO Y POLÍTICA – Maria Battegazzore 3ª parte.

LA RENOVACIÓN Y LA HISTORIA

Si afrontamos la relectura de Gorbachov, vale la pena examinar su concepto de la historia. Luego de descubrir, que “el mundo actual es complicado, variado y dinámico, está penetrado de tendencias contrapuestas y lleno de contradicciones” -lo que supondría que ‘el mundo’ alguna vez fue simple, uniforme, estático y exento de contradicciones- Gorbachov declara que la historia es un proceso ascendente regular. “Sus contradicciones no sólo dictan la sentencia al mundo viejo, a todo lo que impide avanzar, sino constituyen también la fuente, la fuerza motriz del progreso social (...) Y por muchas que sean las dificultades, objetivas o artificiales, interpuestas por el mundo viejo en este camino, la marcha de la historia es inexorable”.[1]

Escrito hace cinco años, publicado en la revista Estudios de Uruguay, creo que mantiene toda su vigencia en la actual coyuntura que vive nuestro país y el mundo, en torno a la confusión ideológica, el rebajamiento de la izquierda, las concesiones a la clase dominante.

Ruben López – www.quehacer.com.uy

HISTORIA, MARXISMO Y POLÍTICA – Maria Battegazzore 2ª parte.

 DE LA DICTADURA Y OTRAS DERROTAS

Repasar obsesivamente los temas del golpe de estado y la dictadura también contiene una fácil y útil moraleja, funcional a la democracia gobernable: los proyectos radicales o revolucionarios sólo llevan a la derrota y el sufrimiento.

En las postrimerías del siglo vivimos una ofensiva del imperialismo, también en el plano ideológico. En sus manifestaciones fascistas o fascistizantes fue fácilmente reconocible y despertó la resistencia de amplios sectores sociales, incluso de tendencia liberal-conservadora. Condimentada con institucionalidad, relativo respeto a las normas jurídicas y formas democráticas, contrastada con los regímenes dictatoriales y combinada con la crisis del sistema socialista, sembró la confusión -con una dosis de sentimiento de culpa- en las filas otrora revolucionarias. Se reconstituyó la hegemonía del pensamiento burgués, que fuera puesta en jaque en los ‘60. Completó la obra de la dictadura: ésta castigó a los réprobos, ahora el sistema les daba cabida a condición de enmendarse. Purgatorio, y paraíso recobrado.