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Aportes

Dean Baker

Por qué deberían aprender aritmética los economistas

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Por qué deberían aprender aritmética los economistas
Dean Baker

El gran economista norteamericano Dean Baker –uno de los pocos economistas del establishment académico que anticipó la presente crisis— prosigue su interesante reflexión científico-política sobre las raíces de la incompetencia y la irresponsabilidad de la profesión económica.

La moda actual en los círculos políticos de Washington es crear un "regulador del riesgo sistémico" para estar seguros de que el país nunca volverá a tener otra crisis económica como la actual. Esta campaña es parte de un encubrimiento de lo que realmente falló, y no es nada útil para afrontar el problema subyacente que nos condujo al desmoronamiento económico y financiero.

El hecho clave que todos debemos siempre recordar es que la historia de la caída no fue enrevesada. No necesitamos grandes mentes hincadas ante interminables rimeros de datos y dándole a una computadora capaz de increíblemente complicadas simulaciones para descubrir el problema que subyace a nuestra economía. Lo que necesitamos es gente que entienda el tipo de aritmética que muchos de nosotros aprendimos en la escuela.

Si los tipos de la Reserva Federal, del Tesoro y de otros puestos clave hubieran aprendido aritmética y estuvieran preparados para actuar sobre este conocimiento, se hubieran tomado medidas para poner freno al crecimiento de la burbuja inmobiliaria. Hubieran prevenido el crecimiento de la burbuja en el punto en donde su inevitable caída tiraría abajo tanto la economía de los EEUU como la mundial. 

Para repetir los hechos básicos: los precios de las viviendas empezaron a divergir ampliamente, a mediados de los 90, de la tendencia de los últimos 100 años cuando la riqueza creada por la burbuja bursátil comenzó a ejercer presión alcista sobre el nivel de precios inmobiliarios. Después de haber seguido el paso de la tasa de inflación durante 100 años, los precios de las casas la superaron considerablemente.

No hubo ni remotamente una explicación plausible ni del lado de la oferta ni del de la demanda para la escalada de los precios de las viviendas. El crecimiento de los ingresos era bueno, pero no extraordinario a finales de los 90. En la década actual, los ingresos en realidad se redujeron ligeramente después del ajuste inflacionario. Del lado de la oferta, construimos casas a ritmo de récord en 2002-2006 lo que indica que no había restricciones substanciales a la construcción.

Otro signo revelador de que estábamos en una burbuja era que los alquileres ajustados a la inflación no crecían, lo que indicaba que no había una escasez subyacente de viviendas que produjeran la subida de precios. Finalmente, la proporción de viviendas vacías marcaba niveles de récord ya en el 2002.

En su pico de 2006, los precios de las casas ajustados a la inflación habían crecido más de un 70 por ciento, lo que creó más de 8 billones de dólares de riqueza por la burbuja inmobiliaria. La pérdida de esta gran riqueza (110.000 dólares para cada propietario de su propio hogar) sólo podía conducir a una recesión grave y crear el tipo de crisis financiera que estamos viendo ahora.

En tiempos normales, la financiación de las viviendas se hace con mucho apalancamiento, y las cantidades adelantadas para la compra raramente pasan del 20% del valor de la propiedad. En los años de la burbuja, llegó a ser habitual que los propietarios pidieran préstamos por el valor total de su casa, y a veces, hasta con unos pequeños porcentajes adicionales. Debería haber sido obvio para cualquier economista o analista financiero serio que cuando la burbuja estallara, produciría estragos en el sector financiero.

En una palabra: todos los datos estaban ahí, a disposición de quien quisiera verlos. No se precisaba, pues, de supergenio alguno para resolver tan anodino misterio. Lo que se necesitaba era a un economista capaz de tomarse un respiro y ejercitarse en la aritmética. Pero las gentes que politiquean en Washington lo que dicen es que, de haber dispuesto de reguladores del riesgo sistémico, habríamos logrado prevenir el desastre.

Muy bien; hagamos un experimento intelectual. Supongamos que hubiéramos tenido nuestro regulador del riesgo sistémico en 2002. ¿Podría haber hecho frente a Alan Greenspan y decir: el país se está enfrentando a una enorme burbuja inmobiliaria, cuyo estallido se llevará por delante a la economía?

Recordemos que, antes del desplome, Greenspan era conocido como el Maestro [en castellano en el original; T.]. Políticos, periodistas y economistas rendían culto a todas y cada una de las perlas de sabiduría emanadas de su boca. Cuando anunció su propósito de jubilarse en 2005, muchos de los economistas y banqueros centrales de mayor peso en el mundo se reunieron en Jackson Hole (Wyoming) para debatir si Alan Greenspan era el banquero central más grande de todos los tiempos.

Alan Greenspan dijo que no había burbuja inmobiliaria; que todo estaba perfecto. ¿Podría nuestro regulador del riesgo sistémico haberse manifestado en el sentido de que Greenspan estaba chiflado y de que toda la economía no era sino un castillo de naipes esperando el derrumbe?

Cualquiera que sea de la opinión de que un regulador del riesgo podría haber desafiado al gran Greenspan no sabe nada de la forma de trabajar en Washington. La administración está en manos de gentes que lo que buscan, por encima de todo, es el medro logrero para promover su carrera.
Y la mejor forma de trepar en sus carreras en Washington es estar de acuerdo con lo que están diciendo todos los demás. Si eso no era completamente obvio antes del desplome de la burbuja inmobiliaria, debería serlo al menos ahora.

¿Cuántos funcionarios han perdido sus empleos porque no fueran capaces de ver la burbuja? ¿Cuántas personas han perdido, al menos, por eso la oportunidad de promoverse? En realidad, a los altos cargos financieros de la actual administración de Obama, a todos sin excepción, se les pasó completamente por alto la burbuja financiera. A tal punto, que podría pensarse que haber estado en la luna ha sido uno de los criterios básicos para acceder a sus actuales puestos.

Esa dejación en la rendición de cuentas por parte de los analistas económicos y, en general, de los economistas es el problema central que debe abordarse. Porque lo cierto es que, a menos que estas gentes asuman la responsabilidad de sus yerros, como los vigilantes, como los lavaplatos, no habrá nunca el menor incentivo para nadar a contracorriente e identificar potenciales amenazas catastróficas como la de la burbuja inmobiliaria.

Tenemos un instituto regulador del riesgo sistémico. Se llama Junta de la Reserva Federal. Y la cagó. Haremos más por prevenir la próxima crisis exigiéndoles a nuestros actuales reguladores del riesgo responsabilidades por sus errores (poniéndoles de patitas en la calle), que cargando las tintas sobre un pretendido agujero en nuestra estructura reguladora y creando otra burocracia más, igual de incompetente.

Huelga decirlo: hay que enseñar aritmética a nuestros economistas. 
Dean Baker es co-director del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor de Plunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy.

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Raventós

Para conjurar la Gran Depresión

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Para conjurar la Gran Depresión
Dean Baker

 Los debates políticos de Washington de la semana pasada casi harían creer a un observador casual que la dirección política de la nación siente de verdad nostalgia de aquellos entrañables días de antaño de la Gran Depresión cuando el país sufría un desempleo de dos dígitos que acabó durando toda una década.

 Las dos grandes noticias de la semana pasada consistieron en un manojo de informaciones económicas absolutamente horrorosas y la publicación del presupuesto del presidente Barack Obama. Los medios informativos ignoraron completamente lo primero y se centraron primordialmente en esto último. Así que vamos a empezar por las malas noticias.

 Como era de esperar, buena parte de las malas noticias se centraron en la vivienda. La Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios informó de que la venta de casas ha descendido en la actualidad por debajo de 4,5 millones por vez primera desde mediados de los 90. También comunicaron que el precio medio de la vivienda ha caído 5.400 dólares en enero, un 3,1%.

 Desde julio, este ciclo muestra una caída en el precio medio de una vivienda del 18.9%. Hay otros datos que demuestran este desplome, el más notable de los cuales es el ciclo señalado por el Departamento de Comercio sobre la venta de vivienda nueva, que mostraba una caída del 10% en el precio medio entre diciembre y enero. Con las unidades de viviendas vacías en niveles nunca registrados, y habiendo muchos compradores potenciales carentes de patrimonio neto en sus actuales viviendas para un pago inicial, es difícil saber cómo se puede detener este desplome pronto y en poco tiempo. La vivienda no es el único sector que se desmorona. La inversión descendió en un 28% en el último trimestre, la tasa más intensa de declive en más de 50 años. La petición de órdenes ha descendido en más de un 5% en cada uno de los dos últimos meses.  

 Junto al derrumbe de estos sectores, sigue en ascenso el número de nuevos desempleados. La semana pasada fueron 667.000. Febrero puede llegar a mostrar más de 700.000 empleos perdidos en el informe distribuido el viernes [27 de febrero]. Es probable que la tasa de desempleo llegue al 8% pasado para el mes, y bien podría estar en un 9% para el verano.

 Mientras se sucedían estas malas noticias, el presidente Obama daba a conocer el primer presupuesto de su presidencia. Se trata de un documento ambicioso. Su propuesta apela a un enfrentamiento directo con poderosos grupos de interés con el fin de eliminar importantes fuentes de despilfarro en el presupuesto. Por ejemplo, el presupuesto elimina las subvenciones a las aseguradoras privadas de Medicare y a las empresas farmacéuticas de Medicaid. El ahorro se dedicará a financiar la reforma sanitaria. 

 También propone eliminar la desgravación fiscal de los gestores de fondos que permitía a los gestores de hedge funds y fondos de acciones (que se encuentran entre la gente más opulenta del país) pagar solamente un tipo impositivo del 15%. Obama propone que estos magnates de Wall Street estén sujetos a los mismos tipos impositivos que todos los demás.  

 Hay muchos otros terrenos en los que el presupuesto se dedica a cuestiones descuidadas durante largo tiempo, y la más importante es la propuesta de establecer un sistema de mercado de emisiones que proporcione incentivos para reducir los gases de efecto invernadero. No está claro que Obama pueda desarrollar enteramente la agenda establecida en su presupuesto, pero no cabe duda de que espera conseguir mucho durante su mandato presidencial.

 Lo que es sorprendente es que buena parte de la discusión no se centrase en la agenda de Obama sino en los objetivos respecto al déficit. Sobre todo, muchos comentaristas se cuestionaban si llegaría a su objetivo de déficit para 2012, dado que la economía podría estar más débil de lo que su presupuesto asume.

 La preocupación de los expertos sobre este punto debería haber hecho que la gente tirase televisores, radios y periódicos por la ventana. Supongamos que los expertos tienen razón y la economía se hunde aún más y crece luego más lentamente de lo que la administración Obama asumía al planificar su presupuesto. ¿Preferirían los expertos que Obama recortara más el gasto y elevara más los impuestos? Esto sería casi de locos. Con la economía desplomándose, la primera prioridad de la administración y el Congreso debe consistir en levantar la economía.    

 Si la tasa de desempleo está en un 12% al término del primer mandato de Obama, ya se puede ir olvidando de la reelección, aunque el presupuesto se mantenga equilibrado. Por otro lado, si ha conseguido rebajar el desempleo a un nivel razonable, sólo a unos cuantos expertos les molestará el déficit que podría ser necesario para conseguir este resultado.

 El electorado anda bastante por delante de los expertos en esta cuestión. El gobierno federal es la única fuerza capaz de darle la vuelta a la economía en un próximo futuro y sostener el crecimiento. La opinión pública reconoce este hecho y exigirá una buena política económica aún cuando los expertos continúen presionando con políticas que arrojarían al país a otra depresión. Aunque sus megáfonos sean considerables, los expertos constituyen una minoría muy pequeña y es poco probable que se cumpla aquello con lo que sueñan.

 Dean Baker es co-director del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor de Plunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy. También escribe un blog , "Beat the Press," en The American Prospect, donde debate la cobertura de temas económicos por parte de los medios de información.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

La tiranía de la mala teoría económica

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La tiranía de la mala teoría económica

Dean Baker
Goya: Un maestro burro no puede enseñar más que a rebuznar


Los antiguos animadores del "boom" tóxico en los Estados Unidos quieren ahora que rescatemos a los bancos norteamericanos. Se equivocaron antes y se equivocan ahora.  

Se dice con frecuencia que pocas fuerzas hay tan destructivas que tengan la potencia de la mala teoría económica. Rara vez ha quedado esto más claramente demostrado que en el caso de la presente crisis.     

 Mientras la codicia de los banqueros alimentaba la burbuja inmobiliaria, la incompetencia y corrupción del gremio de los economistas permitió que la mayor burbuja financiera del mundo creciera sin control, hasta que su desplome inevitable descalabró a la economía. Ya es notable que a aquellos economistas que se equivocaron en todo a medida que se expandía la burbuja se les siga concediendo la oportunidad de equivocarse en todo mientras tratamos de bregar por salir de entre los escombros.  

 Aunque la mayoría de los "mejores" economistas del mundo no lo vieran, la historia de la burbuja y su derrumbe era en realidad extremadamente sencilla. La recuperación del "crack" del mercado de valores de 2001 la impulsó el crecimiento de la burbuja inmobiliaria.  
 En los Estados Unidos, esa carrera sin precedentes en los precios de la vivienda alimentó a la economía al provocar un auge de la construcción, y lo que es aún más importante, un auge del consumo, mientras la tasa de ahorro caía a cero. Aunque muchos destacados economistas sermonearon al país sobre la necesidad de ahorrar y poner fin al despilfarro, los que sabían economía apuntaron al conocido efecto de riqueza de la vivienda.  

Los hogares gastan en parte en proporción a la riqueza de su vivienda. El previsible resultado de la creación de la riqueza de la burbuja de la vivienda por valor de 8 billones de dólares (110.000 dólares por propietario de vivienda) fue un boom de consumo masivo del orden de 400.000 a 600.000 millones de dólares. El problema no era el despilfarro de la gente; el problema era que los responsables de la política económica permitieron que se desarrollara una inmensa burbuja. La gente consideró esta riqueza de la burbuja como si fuera riqueza real, y respondió exactamente como la teoría economía preveía que reaccionaria: gastando como locos.  

 Al decaer rápidamente los precios de la vivienda, el auge de la construcción de viviendas se ha convertido ahora en reventón y las tasas de ahorro están volviendo a lo normal. La economía experimenta un desplome en la burbuja inmobiliaria no residencial que se desarrolló siguiendo la burbuja de la vivienda. Ha habido un ingente exceso de construcción en espacio para locales comerciales, oficinas, hoteles y la mayor parte de las demás categorías de construcción no residencial.    

 Este trasfondo resulta extremadamente importante a la hora de valorar el grito de guerra de "sanead los bancos" de aquellos economistas que no vieron la burbuja de la economía. El lema de este distinguido grupo es que si conseguimos que los bancos vuelvan a ofrecer crédito, entonces la economía entrará en vías de recuperación. Casualmente, el ingrediente central de su fórmula consiste en derramar sobre los bancos cientos de miles de millones, e incluso de billones, de dólares del contribuyente. En otras palabras, quieren imponer ingentes impuestos a los trabajadores corrientes para dar más dinero a quienes fueron los más directamente responsable de propulsar la burbuja.   

 Los economistas de élite nos dicen que aún cuando esta idea pueda ofender a nuestra sensibilidad, es la única manera de poner de nuevo en funcionamiento la economía. Y aquí es donde un poquito de economía sería otra vez útil. 

 Supongamos que chasqueamos los dedos y devolvemos a la plena solvencia al Citigroup, Bank of America y a todos los demás zombis; ¿qué sucedería? ¿Hay alguna razón para creer que los consumidores gastarían más? ¿Se acuerdan del efecto de riqueza de la vivienda? La riqueza de la burbuja ha desaparecido; la gente gasta menos porque no disponen de la riqueza que justifique el gasto. Estamos viendo el tipo de niveles de gastos de consumo que serían esperables en ausencia de una burbuja inmobiliaria. ¿Qué parte de esta historia es la que no pueden entender los economistas de élite?  

 Volvamos a la construcción. Si saneamos los bancos, ¿asistiremos a una mayor construcción de viviendas en un mercado ya saturado de ellas? ¿Un exceso aún mayor de oferta de espacio para oficinas y locales comerciales? Se puede suponer que es negativa la respuesta a estas preguntas. Sanear los bancos tendrá escasos resultados tanto en el caso de la construcción residencial como no residencial.  

 ¿Quizás sanear los bancos resucite la inversión en equipamiento y software? Al considerar esta posibilidad, es importante recordar que grandes compañías que gozan de buena salud como Intel, Verizon e IBM tienen ya capacidad de conseguir crédito tanto a largo como a corto plazo con tipos muy bajos. Así pues, las inversiones de estas compañías no es probable que se vean muy afectadas por el saneamiento de los bancos.   

 Con ello nos queda la inversión en equipamiento y software en las empresas más pequeñas, con menos seguridad en el crédito. Sin duda, muchas de estas empresas están experimentando dificultades para acceder ahora mismo a capital. Parte del problema se debe al hecho de que estas empresas parecen representar un pésimo riesgo de crédito en medio de una empinada recesión, pero otra parte del problema se debe a la situación de los bancos.  

 De manera que si chasqueamos los dedos y los bancos quedan saneados, estás empresas se verán súbitamente en situación de poder invertir más. La inversión en equipamiento y software contabiliza el 7% del PIB. Si asumimos generosamente que las pequeñas empresas sedientas de capital contabilizan la mitad de esta inversión, y que el saneamiento bancario impulsaría su inversión en un 50%, entonces derramar fondos sobre los bancos aumentará sus inversiones en una cantidad equivalente al 1,75% del PIB, cantidad que es aproximadamente igual a la mitad del descenso en la construcción de viviendas, y menos de una cuarta parte de la caída total de la demanda debida al derrumbe de la burbuja inmobiliaria.  

 Dicho de otro modo, la aritmética muestra que sanear un banco, si bien es deseable, posiblemente no baste para contrapesar el desplome de la burbuja inmobiliaria. Si nuestra prioridad consiste en salvar a los banqueros de que sufran las consecuencias de sus propios errores, entonces tiene sentido que les demos nuestro dinero. Pero si la cuestión estriba en reparar la economía, entonces hay que buscar en otra parte.  

Quienes sabemos de economía admitimos este hecho. A quienes insisten en la senda del saneamiento de los bancos se les debería formular una sencilla pregunta: "¿Cuándo dejó usted de equivocarse con la economía?"

Dean Baker es co-director del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor de Plunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy. También escribe un blog , "Beat the Press," en The American Prospect, donde debate la cobertura de temas económicos por parte de los medios de información.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
The Guardian, 22 abril 2009

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