Antepasados

Historia de los Charrúas
Tomado del libro de Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas
   

Cómo era el aspecto físico de los charrúas?
El testimonio inicial - El tipo racial pámpido

¿Cómo era el aspecto físico de los charrúas? ¿Qué estatua tenían? ¿La pigmentación de su piel tendía hacia el tono bronceado o al oscuro, o aun muy oscuro como afirman ciertos testimonios? ¿Sus cráneos eran alargados (dolicocéfalos) o redondeados (braquicéfalos), altos (hipsicéfalos) o bajos (platicéfalos)? ¿Qué relación existía entre el tamaño del tronco y el largo de las piernas? ¿De qué color eran sus ojos? ¿Tenían pelo liso, recio y negro como narran las crónicas? ¿El dimorfismo sexual era pronunciado o muy tenue?Estas preguntas referidas al porte y estructura del cuerpo, forma de la cabeza y rasgos del rostro de estos indios, han sido parcialmente contestadas por los antiguos cronistas. La despreocupación, la ignorancia y el desprecio, esto es, las habituales actitudes descalificadoras del europeo hacia los nativos del Nuevo Mundo, los cuales fueron considerados como "animales de primera categoría" por el naturalista Buffon en pleno siglo XVIII, apenas si nos han dejado un esbozo del indígena que los exploradores españoles y portugueses de la primera hora hallaron en nuestro territorio.

El testimoño inicial

Veamos un ejemplo. Se sabe que Antonio Pigafetta, el patrizío vícentino -como gustaba autodenominarse- que acompañó a Magallanes y al sobreviviente Elcano en la primera circunnavegación al mundo, fue sin duda el autor de la primera descripción de un indígena de estas latitudes. Al llegar en enero de 1520 al que es hoy el departamento de Colonia se produce un episodio que es narrado de este modo en el Primer viaje alrededor del mundo:

"Continuando después nuestro camino, llegamos hasta el grado 34, más un tercio, del Polo Antártico, encontrando allá, junto a un río de agua dulce, a unos hombres que se llaman 'caníbales' y comen carne humana. Se acercó a la nave capitana uno de estatura casi como de gigante para garantizar a los otros. Tenía un vozarrón de toro. Mientras éste permaneció en la nave, los otros recogieron sus enseres y los adentraron más en la tierra, por miedo a nosotros. Viendo lo cual, saltamos un centenar de hombres a tierra en busca de entendernos algo, trabar conversación; por lo menos, retener a alguno. Pero huían, huían con tan largos pasos, que ni con todo nuestro correr podíamos alcanzarlos. Hay en este río siete islas. En la mayor de ellas encuéntrense piedras preciosas; se llama cabo de Santa María".El primer indio que entra en la historia rioplatense, según esta relación, sería un caníbal, es decir, un guaraní. Pero entre los guaraníes, que son bajos y retacones, no hay individuos de estatura gigantesca. Esto sólo habría sido posible entre los charrúas, pertenecientes a la raza pámpida, cuya altura y belleza corporales fueron destacadas por los hombres de ciencia -Azara, D'Orbigny- que los describieron a principios del siglo XIX.De tal modo el cronista, que ya venía desde los puertos europeos -Magallanes zarpa desde San Lúcar- con una buena carga de preconceptos y chismes a cuestas, sin conocer el idioma ni haber visto ninguna escena de antropofagia, les endilga lindamente a los indios costeros, acampados a orillas del Plata, la condición de comedores de hombres. Y acto seguido inventa -o repite- que el Cabo de Santa María, al que convierte en isla, es un yacimiento de piedras preciosas.Pero el dato digno de ser retenido es el del aspecto colosal del indígena que subió abordo, sobre cuyo destino posterior nada agrega el noble italiano. Sin duda se trataba de un charrúa pues muchos de sus representantes llegaron a tener un metro ochenta, y más, de estatura. Resta preguntarnos por qué corrían los europeos con tanta presteza tras de los indios (¿o las indias?) y por qué éstos, que siempre recibían con hospitalidad a los viajeros, como luego cuenta Lopes de Sousa, levantaron tan rápidamente sus bártulos y se tomaron las de Villadiego.Un joven capitán de veintiún años, el portugués Pero Lopes de Sousa, incluyó en su Diario de Viaje importantes observaciones sobre los indígenas de nuestras comarcas. Arribó a un tormentoso Río de la Plata, donde las tripulaciones padecieron males sin cuento, hacia el año 1531. Bajó varias veces a tierra, trazó una emocionante pintura de la riqueza faunística de los campos vistos desde lo alto del Cerro de Montevideo -de la que me ocupé años atrás en una nota periodística publicada en La República (El Sol de los venados)- y tuvo varias veces trato con los indios, que lo recibieron con muestras de afecto.

El tipo racial pámpido

    Los charrúas pertenecían a la raza pámpida y como tales deben ser considerados. Esta raza era la más alta, vigorosa y bien proporcionada entre todas las anteriormente citadas. El habitat de las diferentes tribus pámpidas ocupaba la zona del embudo austral de Sudamérica que se extendía entre las montañas andinas y el Atlántico. Por el norte se desprendía una avanzada hasta el Mato Grosso, donde aún residen los bororos. Luego, de modo continuo, ocupaban -y sus restos se hallan todavía en algunos de esos lugares- los bosques y las sabanas chaquetas, las pampas húmeda y seca, la Banda Oriental y parte de Rio Grande do Sul, las estepas y mesetas escalonadas de la Patagonia y el norte de la Tierra del Fuego.

La estatura de los pámpidos debe catalogarse entre alta y altísima puesto que los varones miden promedialmente desde 1,70 m. en el Chaco hasta 1,83 m. en la Patagonia. Entre los patagones recientes el cráneo, sometido a prácticas de deformación, aparece como braquiomorfo (redondeado), pero en los antiguos esqueletos preservados en las tumbas revela caracteres dolicomorfos (alargados), tales como son los cráneos de los ona, ya en vías de extinción, y de los pueblos chaquefíos, cuyas penurias económicas, sociales y culturales los han degradado y marginalizado en grado sumo. Los antropólogos físicos contemporáneos describen los caracteres genéricos que distinguen a la raza pámpida del siguiente modo:"El cráneo es voluminoso y presenta con frecuencia un elevado espesor óseo y notable peso, especialmente en los grupos macrosomáticos conservados en el sur; los pómulos son poderosos y el mentón grueso y saliente; la cara es alargada y el índice nasal leptorrino (nariz estrecha y larga). La construcción del esqueleto es maciza, a, veces enorme. Al lado de este canon macrosomático algo grosero, hay que tener en cuenta las proporciones recíprocas de los miembros, que señalan una notable armonía. El corte atlético y el equilibrio de las masas musculares hacen del pámpido uno de los más soberbios modelos del organismo humano. En cuanto a la fisonomía, no existe casi dimorfismo sexual, y los hombres muy poco se distinguen de las mujeres. Color cutáneo de pigmentación intensa, con reflejos bronceados. Iris oscuro; pelo duro y liso". Esta caracterización, ya clásica, del Dr. José Imbelloni, fue realizada en 1948 (De Historia Primitiva de América. Los grupos raciales aborígenes. Cuadernos de Historia Primitiva, Madrid). Según dicha descripción somática los charrúas, a los que este antropólogo no conoció, habrían sido hombres atléticos, de armoniosas proporciones, a semejanza de los sobrevivientes de aquella macroetnia de cazadores y recolectores cuyos restos, degradados y en vías de extinción, perviven en las zonas periféricas de la cuenca rioplatense.

Quienes conocieron de cerca a los charrúas y tribus afines pintan de modo semejante a los ejemplares humanos que formaban parte de las bandas de cazadores, tardíamente convertidos en jinetes, en perpetua lucha contra los representantes de los imperios transmarinos.

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Historia de los Charrúas
Tomado del libro de Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas

    ¿hasta qué punto podemos reivindicar los uruguayos el ancestro charrúa?
    Cuántos eran?
    Cómo era el aspecto físico?
    Tres siglos de combate
    Salsipuedes

   A medida que la civilización científico-técnica desencadenada en la segunda mitad del siglo XX impone a las culturas nacionales el común denominador de sus artefactos y mentefactos, convirtiendo así a todo el planeta en el escenario de una sociedad consumista homologado por la informática y el mercado, los pueblos del mundo buscan, a veces con una desesperación que da alas a los fundamentalismos, las raíces antepasados de sus modos de ser y de pensar, los
signos y símbolos de sus elusivas identidades.

   El Uruguay no ha escapado a los dictados del aire del tiempo. Intelectuales, artistas, gobernantes y gentes del común tratan de encontrar en el pasado -y no en cualquiera, sino en el de la arcaica Banda Oriental las raíces de nuestra personalidad de base, las fuentes genuinas de nuestras concepciones del mundo y conductas cotidianas. Para no convertirnos en una muchedumbre de autómatas que contemplan los mismos programas de TV y sintonizan los mismos informativos radiales y visten idéntica ropa y escuchan las mismas audiciones de rock y ostentan -cuando pueden- los mismos automóviles fabricados en serie, tal cual hoy se estila en los distintos órdenes de la industria material y cultural, es que intentamos dar este salto en el vacío de la historia para remitirnos así a nuestros orígenes americanos. De tal modo, al inquirir por los rasgos que nos diferencian del Otro y, a la vez, exhibirlos e ilustrarlos, procuramos esclarecer lo que antes ignorábamos, o desdeñábamos, que es la misma cosa, acerca de las indianidades del lejano ayer.

    Entonces, casi desnudos en la intemperie genealógica de una América profunda que nos niega autenticidad y solera, rastreamos las antepasados huellas indígenas y les pedimos a los fantasmas de aquellos aborígenes escopeteados, atropellados y humillados, la sangre de sus cuerpos y la rebeldía de sus espíritus. Finalmente, una vez efectuada esta operación nostálgico -al cabo una especie de trampa al solitario jugado con un naipe europeo- nos proclamamos, con autoritaria autodeterminación, los genuinos descendientes de la garra charrúa.

Entre la realidad y el mito

Pero ¿hasta qué punto podemos reivindicar los uruguayos el ancestro charrúa? ¿No existen, numérica y culturalmente hablando, otras raíces indígenas más significativas en la génesis del imaginario colectivo criollo? ¿No será más metafórico y voluntarista que real el entronizamiento de un charruismo cuya casi invisible hebra se pierde en el collage de nuestra colcha de retazos nacional, ya se la considere desde el punto de vista demótico, ya desde el punto de vista étnico? Y de ser importante la aportación charrúa ¿en qué sentido se le puede conceder fuerza, legitimidad y permanencia?

     Ete es un tema que merece un examen serio porque constituye el obligado santo y seña para una pujante porción del pueblo uruguayo integrada por sedicentes vanguardias políticas y culturales que, tras romper el cerco antropológico de los ojos azules y los cabellos rubios heredados de los abuelos italianos o gallegos, emprende una huida hacia el pasado en pos del vellocino de una quimera.

La macroetnia charrúa comprendía a los charrúas propiamente dichos y a los minuanes, bohanes y guenoas; los yaros quizá tenían origen kaingang; los chaná-timbú-beguá eran, posiblemente, el producto de reiterados mestizajes y aculturaciones entre pámpidos y láguidos; los guaraníes del litoral oeste y los tupí-guaraníes del este pertenecían a los amazónidos, también llamados brasilidos, y los arachanes, que jamás poblaron otro territorio que no fuera el de la imaginación, no son otra cosa que un ectoplasma histórico, o sea un invento, como tantos otros, de Ruy Díaz de Guzmán (1612).

Hablo, claro está, de los indios existentes en el momento de la conquista, iniciada con el establecimiento de San Lázaro (1527) un fortín minúsculo fundado por los expedicionarios de Gaboto en el actual departamento de Colonia. A partir de esa fecha comienzan los choques entre charrúas y europeos, que recién iban a finalizar con las matanzas de Salsipuedes y Mataojo (1831). 0, si se prefiere, con la revancha de Yacaré Cururú (1832).

 

No más de de dos mil indios

    Los estudiosos de la paleohistoria dedicados al tema demográfico calculan que los grupos recolectores, cazadores y pescadores requieren 200 quilómetros cuadrados de territorio por cabeza para obtener sus alimentos.

Si aplicamos este canon a los más de 200.000 quilómetros cuadrados de una Banda Oriental que por lo menos llegaba hasta el río Ibicuy, ya que los indios no reconocían fronteras políticas que limitaran sus desplazamientos, la cifra no va más allá de los 1.000

    La etnia charrúa, por lo consiguiente, debe ser estimada en alrededor de 1.000 integrantes, número que tal vez aumentó, pero no mucho, cuando los ganados cimarrones se adueñaron de las cuchillas.

De todos modos, lo admirable es que estos mil y pocos más charrúas, cuya fuerza de combate comprendía la mitad de la población total, sostuvieran durante tres siglos (1527-1831) una guerra de resistencia al invasor que...

Los charrúas no poblaron desde siempre nuestro territorio.

En tanto que representantes de la raza pámpida pisaron por primera vez nuestras cuchillas alrededor de 1.500 años antes de la era Cristiana. Y tampoco estuvieron sempiternamente asentados en una zona determinada. Eran nómadas y tanto la búsqueda de alimentos como las luchas con otras tribus indígenas y los soldados europeos, amén de los choques con los guaraníes reducidos en las Misiones, cuyos ejércitos eran en ocasiones "prestados" a los españoles -el sitio a la Colonia do Sacramento y otros episodios de guerra así lo certifican- los obligaron a continuos y a veces muy largos desplazamientos.

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Historia de los Charrúas
Tomado del libro de Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas
   

Tres siglos de combates

La lucha de un puñado de indígenas contra los ejércitos españoles y los batallones republicanos durante trescientos años tiene todas las características de una epopeya. Dicha lucha no fue continua. Hubo períodos de tregua y aun de entendimiento. Los poderosos pactan a veces para reiniciar luego las hostilidades según el ir y venir de sus intereses y designios. De tal modo los charrúas y minuanes se entendieron casi siempre con los portugueses y, menos frecuentemente, con los españoles. Sucedió lo mismo con las relaciones entre los indígenas y los ejércitos criollos de ambas márgenes de los ríos Uruguay y de la Plata. Rivera se alía con ellos para reconquistar las Misiones en 1828 y los desbarata en Salsipuedes tres años después; Artigas, comandante de los Blandengues de la Frontera los combate sin tregua y más tarde, cuando se enfrenta con las fuerzas peninsulares y bonaerenses, durante una ejemplar gesta libertadora, los convierte en su guardia de coros.

Pero detrás de esas conductas bivalentes de los próceres, al fin hombres blancos tributarios de la civilización de Occidente, palpita el designio claramente expresado por Sarratea en 1812. Este, para "cortar de raíz esa planta venenosa" -los indios- propone a un subalterno "convidar para un día determinado a los caciques principalmente sus mujeres y cuantos puedan de ellos a una función ofreciéndoles yerba, tabaco y aguardiente a fin de atraerlos más Entre la embriaguez y los festejos, teniendo a prevención tropa apostada, se echará Ud. sobre todos ellos y sus mujeres, acabando a los que se resistan...... Como se desprende de estas proféticas palabras ya existía una solución en la mente de los albaceas de la propiedad rural para resolver de una vez por todas lo que hoy se denomina en muchas partes de América "el problema indígena". Hasta se proponía los pagos de Paysandú para dar el golpe de gracia a la indiada turbulenta. Rivera, que era baqueano y tenía buen oído, escuchó aquella propuesta a través del puente del tiempo y la hizo carne en Salsipuedes, dos décadas después.

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Historia de los Charrúas
Tomado del libro de Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas
   

Salsipuedes
El estado de la campaña en 1830 / Los gauchos / Salsipuedes


   Ua de las zonas urticantes de la historia nacional, sobre la cual se pasa a menudo a toda carrera, y eso en el mejor de los casos, pues el silencio ha sido la norma, es la que atañe a los sucesos del año 1831, relacionados con la matanza y destribalización de los charrúas.

Los hechos de aquel entonces han sido interpretados, ya como una cruel necesidad, ya como una inútil carnicería. Los admiradores y los enemigos políticos de la figura del General Fructuoso Rivera han contemplado el episodio de Salsipuedes a la luz de los intereses partidarios que, a partir de aquel entonces -el enfrentamiento entre los latentes idearios de los futuros blancos y colorados- se han proyectado a lo largo de todo el acontecer nacional y a cuyo influjo no han podido escapar las evocaciones contemporáneas.

De todos modos, los archivos demuestran que en el caso del exterminio de los charrúas no puede atribuirse al brazo ejecutor la responsabilidad total del hecho. Todos los integrantes de la población criolla apoyaban explícita o tácitamente la desaparición de los aborígenes. Rivera fue solamente el gatillo de un arma cargada desde mucho tiempo atrás.

Pero el tema de Salsipuedes sigue siendo fértil, porque es polémico por una punta y dialéctico por la otra. Los criollistas, atentos a los argumentos de quienes procuraban pacificar la campaña y velar por la buena marcha de las estancias, aprueban las extremas medidas llevadas a cabo por Fructuoso Rivera en Salsipuedes y por Bernabé Rivera en Mataojo.

Contemplado el tema desde un punto de vista pragmático, al margen de los afectos o desafectos que puedan suscitar sus protagonistas, es fácil advertir que, tanto en la historia mundial como en la americana, al producirse el choque de los pueblos civilizados del Occidente con las naciones "bárbaras" o "salvajes", los triunfadores fueron los mejor armados y organizados, lo cual no significa que hayan sido superiores a los vencidos en el orden de las virtudes morales. El destino de los charrúas estaba sellado desde el momento que desembarcaron en América los contingentes hispánicos. La mayoría de los pueblos indígenas fueron rápidamente doblegados por la invasión del Occidente. Otros, como nuestros indígenas, combatieron durante tres siglos contra los ejércitos coloniales antes de ser destruidos por los ejércitos republicanos.

El estado de la campaña en 1830

Cuando nuestro país asoma a la independencia política y se constituye como Estado en los establecimientos ganaderos situados al norte del río Negro reinaba una situación caótica. Cuereadores clandestinos, cuatreros y melenudos forajidos sin otra ley que la de sus cuchillos, no le iban en zaga a los charrúas, quienes, en constantes correrías tras los ganados "ajenos", que ellos suponían propios, sobresaltaban con sus galopes, robos y golpes de mano a los estancieros y sus peonadas.

Rondeau y Lucas Obes advierten en enero de 1830 que debe ponerse coto a "los perversos que hacen la guerra constantemente a los ganados", cuyas fecharías provocan "el clamor penetrante de aquella parte del vecindario que tanto ha merecido de la Patria por sus esfuerzos en la lucha contra el Brasil". En consecuencia. el gobierno debe asegurar "a cada ciudadano la más tranquila fruición de sus propiedades", lo que requiere, de antemano, acabar "con las gavillas" que las devastan. Del mismo modo se propone saber "cuál es la situación de los salvajes llamados charrúas" y averiguar si "es cierto que en sus tolderías se hallan un número considerable de vagos y desertores". Esta providencia señalaba al General Rivera como el encargado de llevar a cabo estas tareas previas a un arreglo general de los campos, a los efectos de su pacificación definitiva.

Al igual que Rondeau y Lucas Obes, un mes después, en febrero de 1830 Juan Antonio Lavalleja comunica al Comandante General de armas, Brigadier GeneralFructuoso Riveraque, con relación a los excesos cometidos por los Charrúas", hay que proceder con mano de hierro.

Y de imnediato recomienda "altamente al Señor General la más pronta diligencia en la conclusión de este asunto, en el que tanto se interesa el bien general de los habitantes de la Campaña". El tono de esta comunicación no da lugar a dudas: el tiempo de los charrúas toca a su fin. Las figuras prominentes de los gobiernos que se sucederán de aquí en adelante serán solidarias en cuanto a las responsabilidades generadas por el exterminio de aquellos soliviantados indígenas.

Las razones del indio y las del pobre suenan -la historia lo demuestra- como campanas de palo. Si bien los ganados que poblaban las enormes estancias, que durante el coloniaje se llamaban "los inconmensurables", alcanzaban para el abastecimiento de todos, aunque la lucha contra el Brasil los había raleado intensamente, dicho argumento no tenía validez jurídica. El derecho de los propietarios de la tierra y sus escasos servidores primaba sobre las necesidades de alimentación y supervivencia de los antiguos dueños del país, condenados al exilio en su propio reino. Esa era la ley impuesta por el hombre blanco y se haría respetar a sangre y fuego, como efectivamente sucedió. Suponer otras conductas es totalmente irreal: la razón de Estado, antes y después de Maquiavelo ha sido inflexible, no importa si justa o injusta.

La fuente del derecho es el poder, y eso lo supieron juristas como Kelsen o políticos como Napoleón, Lenin o De Gaulle.

Los gauchos

   Cando Rivera asume en 1830 la presidencia de nuestro país las estancias cimarronas estaban en crisis. Ladrones de cuero y ganado de todos los pelos se habían adueñado del país interior….

     Rivera, ya Presidente, abandona Montevideo, delega el poder, y parte tras los bandoleros y los indios. A los primeros, los "gauchos", como se dice en los partes de guerra del propio Garzón, se les redujo, se les quitó los productos de las proficuas cuereadas, se les metió en el cepo y en el calabozo, pero la sangre no llegó al río. A los charrúas, en cambio, se les condenó a la muerte física y a la muerte cultural, más terrible aun que aquella.

Salsipuedes

  Rvera, su sobrino Bernabé, el general Laguna y otros jefes se mueven con sigilo. No es posible luchar frontalmente contra los quinientos charrúas que se diseminaban aun al norte del río Negro. Todavía son temibles enemigos los remanentes de una etnia ayer soberbia y por ese entonces acosada, degradada y debilitada por el contacto con los vicios y enfermedades del hombre blanco, aunque dueña del espacio de los galopes y la estrategia de la supervivencia en un medio cada vez más hostil. Rivera se desplaza como un zorro cauteloso, al par que utiliza un doble discurso, como ahora se dice. Hay que prometerles a los indios el retorno al Paraíso Perdido del área riograndense. Luego es menester reunirlos sin que sospechen las intenciones de los promeseros y a continuación distraerles, ernborracharlos y, mediante un ataque fulminante, acabar con los caciques y los guerreros jóvenes.

Sobre la acción de Salsipuedes, acaecida en las puntasdel Queguay el 11 de abril de 1831, no existen casi detalles. El diario El Universal, publicado en Montevideo, dice brevemente en su edición del 15 de abril: "Estamos informados de que en el día 10 del corriente ha habido una acción en Salsipuedes, entre los Charrúas y la división del inmediato mando de S.E. el Señor Presidente en campaña, en la cual han sido aquellos completamente destruidos". En realidad, no fueron completamente destruidos. Algunos caciques, desconfiados, no acudieron a la cita. Otros indios, muy pocos, pudieron escapar. Los muertos no fueron los cuarenta que consigna el parte de Rivera ni los miles que los charruistás endilgan a las malas artes de] General. Como antes dije, por ese entonces los charrúas eran alrededor de medio millar. Luego de la acción, breve y mortífera, los viejos, niños, mujeres y algunos combatientes fueron tomados prisioneros y conducidos a la capital. Su destino fue sellado por un etnocidio llevado a cabo con habilidosos procederes, que algunos califican como satánicos y otros como humanitarios.

    La salida del cuerpo expedicionario a cargo del General Rivera cumplió a cabalidad con sus dos objetivos: terminar con las fecharías de los cuatreros y acabar con los charrúas.

    Luego del combate, si así se le puede llamar, se difunde un cuidadoso y hasta elegante parte de guerra, fruto de los buenos oficios de un secretario letrado, cuyo contenido no tiene desperdicio alguno, tanto en lo que trasluce su meditada y elusiva sintaxis como en lo que callan sus calculados silencios.

Tomado del libro de Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas