El partido político. Antonio Gramsci.
Cuadernos  de la Cárcel. Texto posterior a 1931.

 La cuestión de cuándo se ha formado un partido, o sea, cuándo tiene una tarea precisa y permanente, produce muchas discusiones y a menudo también, desgraciadamente, una forma de orgullo que no es menos ridículo y peligroso que el "orgullo de las naciones" del que habla Vico. Verdaderamente puede decirse que un partido no está nunca perfecto y formado, en el sentido de que todo desarrollo crea nuevas obligaciones y tareas y en el sentido de que para algunos partidos se comprueba la paradoja de que están perfectos y formados cuando ya no existen, o sea, cuando su existencia se ha hecho históricamente inútil. Y así, como un partido no es sino una nomenclatura de clase, es evidente que para el partido que se propone anular la división en clases su perfección y cumplimiento consisten en haber dejado de existir porque no existan ya clases, ni tampoco, por tanto, sus expresiones. Pero aquí se desea aludir a un particular momento de ese proceso de desarrollo, el momento inmediatamente posterior a aquel en el cual un hecho puede tener existencia o no tenerla, en el sentido de que la necesidad de su existencia no ha llegado todavía a ser "perentoria", sino que depende "en gran parte" de la existencia de personas de extraordinaria potencia volitiva y de extraordinaria voluntad.

¿Cuándo se hace históricamente "necesario" un partido? Cuando las condiciones de su "triunfo", de su indefectible conversión en Estado, están al menos en vías de formación y permiten prever normalmente sus ulteriores desarrollos. Pero, ¿cuándo puede decirse, en condiciones tales, que un partido no podrá ser destruido con medios normales? Para contestar a esa pregunta hay que desarrollar un razonamiento: para que exista un partido es necesario que confluyan tres elementos fundamentales (propiamente, tres grupos de elementos):

La filosofía de la práctica ha sido un momento de la cultura moderna; en cierta medida ha determinado o fecundado algunas corrientes de ella. El estudio de este hecho, muy importante y significativo, ha sido descuidado, o incluso se ignora, por los llamados ortodoxos, y por la razón siguiente: que la combinación filosófica más destacada se ha producido entre la filosofía de la práctica y determinadas tendencias idealistas, lo cual, para los llamados ortodoxos, esencialmente ligados a la particular corriente de cultura del último cuarto del siglo pasado (positivismo, cientificismo), resulta un contrasentido, si no una astucia de charlatanes (aunque, de todos modos, en el ensayo de Plejánov sobre los Problemas fundamentales hay alguna alusión a este hecho, pero sin más que rozarlo y sin intentar ninguna explicación crítica). Por eso parece necesario revalorizar el planteamiento del problema tal como lo intentó Antonio Labriola.

EL MOVIMIENTO TURINES DE LOS CONSEJOS DE FABRICA - Antonio Gramsci

(Informe enviado al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en julio de 1920.)

[Julio de 1920, 14-III-1921; L.0.N.; 176-186]

Uno de los miembros de la delegación italiana, recién regresado de la Rusia soviética, contó a los obreros de Turín que la tribuna dispuesta para acoger a la delegación en Kronstadt estaba adornada con la siguiente inscripción: "¡Viva la huelga general de Turín de abril de 1920!"

Los obreros oyeron esa noticia con mucho gusto y gran satisfacción. La mayor parte de los componentes de la delegación italiana que fue a Rusia hablan sido contrarios a la huelga general de abril. Sostenían en sus artículos contra la huelga que los obreros turineses habían sido víctimas de una ilusión y habían sobrestimado la importancia de la huelga.

[4-IX y 9-X-1920; L.0.N., 154-163]

Se ha convertido en un lugar común, después de Sorel, el referirse a las primitivas comunidades cristianas para juzgar el movimiento proletario moderno. Hay que decir en seguida que Sorel no es en modo alguno responsable de la mezquindad y la vulgaridad espiritual de sus admiradores italianos, del mismo modo que Carlos Marx no es responsable de las absurdas pretensiones ideológicas de los "marxistas". Sorel es un "inventor" en el campo de la investigación histórica; no puede ser imitado, no pone al servicio de sus aspirantes a discípulos un método que todos puedan aplicar siempre mecánicamente con el resultado de inteligentes descubrimientos. Para Sorel, como para la doctrina marxista, el cristianismo representa una revolución en la plenitud de su desarrollo, o sea, una revolución que ha llegado hasta sus últimas consecuencias, hasta la creación de un sistema nuevo y original de relaciones morales, jurídicas, filosóficas, artísticas; la falsificación grosera y estúpida de la intuición histórica de Sorel consiste en tomar esos resultados como esquemas ideológicos de toda revolución; pero aquella intuición no puede hacer más que originar una serie de investigaciones históricas acerca de los "gérmenes" de una civilización proletaria que deben existir ya, si es verdad, como lo es para Sorel, que la revolución proletaria es inmanente a la sociedad industrial moderna, se encuentra ya en su seno, y si es verdad que también de esa revolución saldrá una regla de vida original y un sistema de relaciones absolutamente nuevas, características de la clase revolucionaria. ¿Qué significación puede tener entonces la afirmación de que, a diferencia de los primeros cristianos, los obreros no son castos ni templados, ni originales en su modo de vida?

El discurso de Croce en la sección de Estética del Congreso filosófico de Oxford (resumido en la Nuova Italia del 20 de octubre de 1930) desarrolla de una forma extrema las tesis sobre la filosofía de la práctica expuestas en la Storia della Storiografia italiana nel secolo XIX. Este reciente punto de vista crítico de Croce sobre la filosofía de la práctica (que innova completamente el sostenido en su volumen Materialismo storico ed Economia marxistica), ¿cómo puede juzgarse críticamente? Habrá que juzgarlo no como juicio de filósofo, sino como acto político de alcance práctico inmediato.

Es verdad que se ha formado en la filosofía de la práctica una corriente inferior, la cual puede considerarse respecto de la concepción de los fundadores de la doctrina como el catolicismo popular respecto del teológico o del catolicismo de los intelectuales: del mismo modo que el catolicismo popular puede traducirse a un lenguaje de paganismo o de religiones inferiores al catolicismo, por las supersticiones y las brujerías que las dominaban o las dominan, así también la inferior filosofía de la práctica puede traducirse a un lenguaje "teológico" o trascendental, o sea, propio de las filosofías prekantianas y precartesianas. Croce se comporta como los anticlericales masones y racionalistas vulgares que combaten precisamente el catolicismo con esas comparaciones y con esas traducciones del catolicismo vulgar a un lenguaje "fetichista". Croce cae en la misma posición intelectualista que Sorel reprochaba a Clemenceau: juzgar un movimiento histórico por su literatura de propaganda, y no comprender que también unos folletos vulgares pueden ser expresión de movimientos sumamente importantes y vitales *.