bridge1.jpgbridge2.jpgbridge3.jpg

La Conquista de la Unidad

El cielo patrio se ensombrece

Ratio:  / 0
MaloBueno 
Compartir

     Wladimir Turiansky

"En 1972 los nubarrones de la tormenta se han instalado sobre el cielo patrio.  La crisis económica no ha cesado de agravarse, y siguiendo el camino de su predecesor, Bordaberry intenta seguir descargando sus consecuencias sobre los magros salarios de los trabajadores.  Como respuesta, la CNT programa un conjunto de movilizaciones que culminan con un paro general el 13 de abril.

Al día siguiente los tupamaros desarrollan una serie de acciones dirigidas contra los llamados escuadrones de la muerte, cayendo en el transcurso de las mismas 4 presuntos integrantes de dicha organización paramilitar, y las fuerzas armadas responden atacando refugios de militantes de la organización con un saldo de 8 tupamaros muertos.  Montevideo vive el 14 de abril un día tenso, de ciudad ocupada.  En pocas horas, el efecto político del paro del día anterior se borra, se diluye en medio de los comunicados oficiales, el despliegue militar en la ciudad, y los rumores de todo tipo que la inundan.

El Gobierno aprovecha la situación para remitir al Parlamento un proyecto de resolución por el que se suspenden las garantías individuales y se decreta el "estado de guerra interno" figura desconocida en nuestras normas constitucionales, que coloca a las personas en todo el territorio nacional bajo la jurisdicción de la justicia militar, un paso más en el proceso de militarización del país al que ya hice referencia.  Este «estado de guerra interno» sería sustituido luego por la ley de seguridad del estado, que, en muchos aspectos, y en particular en lo relativo a la extensión de la jurisdicción militar, no hace más que consolidar v dar permanencia a las normas transitorias del decreto anterior.  Lo grave de todo esto es que el bloque opositor del P. Nacional acompaña con su voto tanto los decretos de excepción como la ley.  Ejemplo tanto de las debilidades y vacilaciones de ese sector, como de una metodología de lucha que, pretendiendo radicalizar las luchas sólo consigue estrechar el campo de los posibles aliados.

 (Recuerdo que en los mismos momentos en que la Asamblea General discute las medidas de excepción, un operativo policíaco-militar asalta la casa central del P. Comunista, en un despliegue inusitado, con policías vestidos de civil y portando metralletas, las que descargan contra paredes y muebles del local.  El tableteo se sintió en la propia sede del Legislativo.  Alertados de que se trataba de un ataque contra la casa del Partido, decidí llegarme hasta el lugar.  La cuadra de Femández Crespo, de Uruguay a Paysandú, estaba bloqueada por vehículos militares y aquellos camiones que se utilizaban para el transporte de las fuerzas especiales de represión de manifestaciones, y que la gente había bautizado con el mote de «chanchitas».  En medio del caos, los gritos y las órdenes pude penetrar al local, me imagino que como consecuencia de la confusión derivada de tanta gente de civil entrando y saliendo, y al salón de actos.  AW el espectáculo era medio dantesco: cientos de personas, pues se estaba realizando en esos momentos un activo de jóvenes comunistas, tiradas en el suelo, de cara contra el piso, y un número indeterminado de sujetos, presuntamente policías, aunque de civil, portando metralletas y armas cortas, corriendo de aquí para allá, fuera de sí, aunque ya el tiroteo había cesado.  Recién se percataron de mi presencia cuando, invocando mi condición de diputado, pregunté en voz alta quien estaba a cargo de ese operativo.  Por cierto no tenía la más mínima esperanza de que se contestara mi requerimiento ni de que se respetara el fuero parlamentario, pues ya habían ocurrido como también ocurrirían otros episodios que no dejaban dudas al respecto.  Lo único que me interesaba era que los compañeros tirados en el piso supieran de que no estaban librados a su propia suerte.  En fin, percatarse de mi presencia y sacarme del local con la amenaza de las armas fue todo uno.  Regresé, pues, al Palacio Legislativo, donde, con la indignación que es de suponer, increpé duramente al Ministro del Interior, el Coronel Bolentini quien comparecía en la sesión de la Asamblea, y a quien responsabilicé por las eventuales consecuencias del asalto.  En el ínterin, en tanto, el propio Presidente de la Cámara de Diputados, el «Toba» Gutiérrez Ruiz, se apersonó con Arismendi y otros diputados en la Casa del Partido y el episodio pudo ser controlado).

 Pero es evidente que los que planearon y llevaron a cabo ese operativo tenían una clara finalidad provocadora: derramar sangre de comunistas, desencadenar una espiral de violencia, «guatemalizar» el proceso político uruguayo.  Por eso repitieron la acción 2 días después, esta vez en el local comunista del Paso Molino, fusilando de manera despiadada a 8 militantes comunistas que se encontraban ese día de guardia en el local.

El episodio, por su brutalidad, conmovió al pueblo, y mostró al desnudo el plan de los sectores más regresivos de la sociedad civiles y militares, de aprovechar el clima de inseguridad promovido a raíz de los hechos del 14 de abril, para montar una escalada represiva que condujera, en última instancia, a la liquidación del resto de libertades democráticas que aún nos iban quedando.

 De ahí la respuesta que el Frente Amplio dio, pocos días después, y por boca de su presidente, el Gral.  Seregni: ¡Basta de sangre!, reclamó Seregni. ¡Detener la espiral sangrienta, la imposición de la lógica de la guerra! ¡Debe haber paz para los cambios, afirmó, de la misma manera que debe haber cambios para la paz!

No habría paz auténtica en tanto no se cambiara la orientación económica regresiva y el ataque a las libertades democráticas en que se hallaba embarcado el Gobierno.  Y, por otra parte, no habría posibilidad real de impulsar el desarrollo de ese necesario proceso político de cambios si no se cortaba la lógica de la guerra y se restablecía el clima de paz.  En esa línea y con esa consigna, de paz para los cambios y cambios para la paz, se desenvolvió el accionar del Frente, y también el de las organizaciones sociales y del movimiento sindical.

No fue fácil, porque las provocaciones continuaron.  Día a día se producían detenciones de jóvenes en todo el país, sepultados en cuarteles durante semanas y sin que se pudiera saber que estaba ocurriendo con ellos.  En mi condición de diputado, creo haber recorrido casi todos los cuarteles del interior del país, inquiriendo por los detenidos, a petición de sus familiares, y muchos compañeros de la bancada del Frente debieron hacer más o menos el mismo periplo (jamás pudimos pasar de sus portones.  Ya me tocaría a mí traspasarlos, pero encapuchado y esposado, por lo que tampoco entonces los pude conocer por dentro, si eso es lo que se quería evitar).

 El fuero parlamentario era cuestionado permanentemente.  El episodio más sonado ocurrió en oportunidad de estar reunida la Asamblea General.  Uno de sus integrantes, el diputado Ituño, del sector «Por la Patria» (y dicho sea de paso, ex-funcionario de UTE y dirigente de su sindicato allá por fines de la década del 50), debió ausentarse por motivos personales, regresando casi de inmediato para denunciar en el seno de la Asamblea lo que le había ocurrido: resulta que al salir con su automóvil fue interceptado por una de las habituales «pinzas> militares que formaban parte ya del paisaje montevideano, si así se lo puede llamar. Ituño invocó su condición de diputado y exhibió como constancia el carnet que lo acreditaba como tal.  La respuesta del oficial a cargo del operativo fue terminante: ¿para qué me muestra ese carnet?  ¡Eso no sirve ni para limpiarse el c ... !

Ese fue el clima en que transitamos el resto del año 72 y los meses del 73 que nos separaron del golpe de estado del 27 de junio." (3)

(Capitulo XXIX del libro "El Uruguay desde la izquierda" de Wladimir Turiansky)


Compartir
Joomla templates by a4joomla