[4-IX y 9-X-1920; L.0.N., 154-163]

Se ha convertido en un lugar común, después de Sorel, el referirse a las primitivas comunidades cristianas para juzgar el movimiento proletario moderno. Hay que decir en seguida que Sorel no es en modo alguno responsable de la mezquindad y la vulgaridad espiritual de sus admiradores italianos, del mismo modo que Carlos Marx no es responsable de las absurdas pretensiones ideológicas de los "marxistas". Sorel es un "inventor" en el campo de la investigación histórica; no puede ser imitado, no pone al servicio de sus aspirantes a discípulos un método que todos puedan aplicar siempre mecánicamente con el resultado de inteligentes descubrimientos. Para Sorel, como para la doctrina marxista, el cristianismo representa una revolución en la plenitud de su desarrollo, o sea, una revolución que ha llegado hasta sus últimas consecuencias, hasta la creación de un sistema nuevo y original de relaciones morales, jurídicas, filosóficas, artísticas; la falsificación grosera y estúpida de la intuición histórica de Sorel consiste en tomar esos resultados como esquemas ideológicos de toda revolución; pero aquella intuición no puede hacer más que originar una serie de investigaciones históricas acerca de los "gérmenes" de una civilización proletaria que deben existir ya, si es verdad, como lo es para Sorel, que la revolución proletaria es inmanente a la sociedad industrial moderna, se encuentra ya en su seno, y si es verdad que también de esa revolución saldrá una regla de vida original y un sistema de relaciones absolutamente nuevas, características de la clase revolucionaria. ¿Qué significación puede tener entonces la afirmación de que, a diferencia de los primeros cristianos, los obreros no son castos ni templados, ni originales en su modo de vida?

Aparte de la generalización propia de diletantes y por la cual los "obreros metalúrgicos de Turín" se convierten en una banda de brutos que comen todos los días pollo asado, que se emborrachan cada noche en los prostíbulos, que no quieren a la familia y que buscan en el cine y en la imitación simiesca de las costumbres burguesas la satisfacción de sus ideales de belleza y de vida moral, aparte de esa generalización de diletantes y pueril, la afirmación no puede ser presupuesto de un juicio histórico. En el plano de la comprensión histórica equivaldría a esta otra: como los cristianos modernos comen pollo, van de prostíbulos, se emborrachan, levantan falsos testimonios, son adúlteros, etc. es una leyenda la tesis de que han existido ascetas, mártires, santos. En resolución, cada fenómeno histórico tiene que estudiarse según sus peculiares caracteres, en el marco de la actualidad real, como desarrollo de la libertad que se manifiesta en finalidad, en instituciones, en formas que no pueden en modo alguno confundirse ni compararse (como no sea metafóricamente) con las finalidades, las instituciones y las formas de fenómenos históricos pasados. Toda revolución que, como la cristiana o la comunista, se realice, y necesariamente, por una conmoción de las masas populares más profundas y amplias, tiene por fuerza que romper y destruir todo el sistema existente de organización social; ¿quién puede imaginar y prever las consecuencias inmediatas que provocará la aparición de la destrucción y la creación histórica protagonizadas por las inmensas muchedumbres que no tienen hoy ni voluntad ni poder? Esas masas, como nunca han "querido y podido", querrán ahora ver materializados en cada acto público y privado la voluntad y el poder que hayan conquistado; sentirán que todo lo existente les es misteriosamente hostil y querrán destruirlo desde las raíces; pero precisamente por esa inmensidad de la revolución, por ese carácter suyo de imprevisibilidad y de libertad ilimitada, ¿quién puede arriesgar ni siquiera una hipótesis concluyente acerca de los sentimientos, de las pasiones, de las iniciativas, de las virtudes que se forjarán en esa forja incandescente? ¿Qué cambios podrá experimentar lo que hoy existe, lo que hoy vemos fuera de nuestra voluntad y de nuestra fuerza de carácter? ¿No será una revolución cada día de una vida tan intensa? ¿No tendrá resultados creadores inimaginables cada cambio de las conciencias individuales, en cuanto se obtiene simultáneamente para toda la amplitud de la masa popular?

En el orden de la vida moral y de los sentimientos no puede preverse nada partiendo de las observaciones actuales. Hoy puede verificarse un solo sentimiento que se ha hecho ya constante hasta el punto de caracterizar a la clase obrera: el de la solidaridad. Pero la intensidad y la fuerza de este sentimiento no pueden estimarse sino como sostén de la voluntad de resistir y de sacrificarse durante un período que incluso la escasa capacidad popular de previsión histórica consigue medir con cierta aproximación; no pueden, en cambio, apreciarse y tomarse como sostén de la voluntad histórica para el período de la creación revolucionaria y de la fundación de la sociedad nueva, período en el cual no será ya posible fijar límite temporal alguno a la resistencia y al sacrificio, porque el enemigo al que habrá que combatir y vencer no se encontrará ya fuera del proletariado, no será ya una potencia física externa limitada y controlable, sino que estará en el proletariado mismo, en su ignorancia, en su pereza, en su maciza impenetrabilidad frente a las intuiciones rápidas; un periodo en el cual la dialéctica de la lucha de clases se habrá interiorizado y en cada conciencia el hombre nuevo tendrá que luchar, en cada acto, contra el "burgués" al acecho. Por eso el sindicato obrero, organismo que realiza y disciplina la solidaridad proletaria, no puede ser motivo ni base de previsiones para el porvenir de la civilización; no contiene elementos de desarrollo para la libertad; está destinado a experimentar cambios radicales a consecuencia del desarrollo general: está determinado, no es determinante.

En su fase actual, el movimiento proletario tiende a realizar una revolución de la organización de las cosas materiales y de las fuerzas físicas; sus rasgos característicos no pueden ser los sentimientos y las pasiones difusas en la masa y que sostienen la voluntad de la masa; los rasgos característicos de la revolución proletaria no pueden encontrarse más que en el partido de la clase obrera, en el Partido Comunista, el cual existe y se desarrolla en cuanto es la organización disciplinada de la voluntad de fundar un Estado, de la voluntad de dar una estructuración proletaria a la ordenación de las fuerzas físicas existentes y de poner las bases de la libertad popular.

El Partido Comunista es en el período actual la única institución que puede compararse seriamente con las comunidades religiosas del cristianismo primitivo; con las limitaciones dentro de las cuales el partido existe ya a escala internacional, se puede intentar una comparación y sentar un orden de juicios entre los militantes de la Ciudad de Dios y los militantes de la Ciudad del Hombre, el comunista no es, desde luego, inferior al cristiano de las catacumbas. Al contrario. La finalidad inefable que el cristianismo proponía a sus campeones es, por su sugestivo misterio, una plena explicación del heroísmo, de la sed de martirio, de la santidad; no es necesario que entren en acción las grandes fuerzas humanas del carácter y de la voluntad para suscitar el espíritu de sacrificio de la persona que cree en un premio celeste y en la beatitud eterna. El obrero comunista que durante semanas, meses y años, desinteresadamente, luego de ocho horas de trabajo en la fábrica, trabaja ocho horas más para el partido, para el sindicato, para la cooperativa, es, desde el punto de vista de la historia del hombre, más grande que el esclavo y el artesano que desafiaban todos los peligros para acudir a la reunión clandestina de los orantes. Del mismo modo, Rosa Luxemburg y Carlos Liebknecht [26] son más grandes que los más grandes santos de Cristo. Precisamente porque la finalidad de su militar es concreta, humana, limitada, los combatientes de la clase obrera son más grandes que los combatientes de Dios: las fuerzas morales que sostienen su voluntad son tanto más inmensas cuanto más definido es el objetivo propuesto a su voluntad. ¿Qué fuerza expansiva podrán conseguir un día los sentimientos del obrero que, inclinado sobre la máquina, repite durante ocho horas diarias el gesto profesional, monótono como el desgranamiento del cerrado circulo de un rosario, cuando sea "dominador", cuando él sea la medida de los valores sociales? Ya el hecho de que el obrero consiga seguir pensando a pesar de verse obligado a actuar sin saber ni el cómo ni el porqué de su actividad práctica, ¿no es un milagro? Este milagro del obrero que conquista cotidianamente su autonomía espiritual y su libertad de construir en el orden de las ideas, luchando contra el cansancio, contra el tedio, contra la monotonía del gesto que tiende a mecanizarle y, por tanto, a matarle la vida interior, ese milagro se organiza en el Partido Comunista, en la voluntad de lucha y de creación revolucionaria que se expresa en el Partido Comunista.

26 Los dírigentes comunistas alemanes Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, ambos (sobre todo Rosa) destacados también como teóricos, fueron asesinados en Berlín la noche del 15 al 16 de enero de 1919. Estaban detenidos en el Estado Mayor de la División de tiradores de caballería de la Guardia, en el hotel Edén, de Berlín. Pretextando su traslado a la cárcel de instrucción de Berlín-Moabit, fueron muertos a tiros y culatazos por los oficiales y soldados de la División, capitán Horst von Pflugk-Hartung (jefe del destacamento que trasladaba a Líebknecht), teniente Rudolf Liepmann, teniente Kurt Vogel (del destacamento que trasladaba a Rosa Luxemburg), húsar Otto Runge (que confesó haber derribado a culatazos a ambos detenidos), sin duda con la participación de otros varios que no fueron procesados. El capitán Waldemar Pabst, del que partió la orden de trasladar a Rosa Luxemburg, no fue siquiera acusado. El asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fue el primer crimen político de la Alemania de Weimar. Los asesinos fueron condenados: Liepmann a seis semanas de arresto domiciliario, Vogel a dos años y cuatro meses de prisión y expulsión del ejército, Runge a dos años de prisión, dos semanas de detención y expulsión del ejército. Los demás, incluidos el capitán von Pflugk-Hartung y otros oficiales que, según los testigos habían disparado contra las víctimas, fueron absueltos. El Gobierno era socialdemócrata.

El obrero tiene en la fábrica misiones puramente ejecutivas. No sigue el proceso general del trabajo y de la producción; no es un punto que se mueva para crear una línea, es un alfiler clavado en un determinado lugar, y la línea resulta de la cadena de alfileres dispuesta para sus fines por una voluntad ajena. El obrero tiende a trasladar ese modo de ser suyo a todos los ambientes de su vida: se adapta fácilmente en todas partes a la función de ejecutor material, de "masa" guiada por una voluntad ajena a la suya; es perezoso intelectualmente, no sabe ni quiere prever más allá de lo inmediato, y por eso carece de criterio selectivo en la elección de sus jefes y se deja engañar fácilmente por las promesas; quiere creer que se puede obtener todo sin un gran esfuerzo por su parte y sin tener que pensar demasiado. El Partido Comunista es el instrumento y la forma histórica del proceso de liberación íntima por el cual el obrero pasa de ser ejecutor a ser iniciador, de ser masa a ser jefe y guía; de ser brazo a ser cerebro y voluntad, en la formación del Partido Comunista puede sorprenderse el germen de libertad que tendrá su desarrollo y su expansión plena una vez que el Estado obrero haya organizado las condiciones materiales necesarias. El esclavo o el artesano del mundo clásico "se conocía a sí mismo", realizaba su liberación, entrando en una comunidad cristiana en la cual sentía concretamente que era igual, hermano, por ser hijo de un mismo padre; así hace el obrero, entrando en el Partido Comunista, en el que colabora para "descubrir" e "intentar" modos de vida originales, en el que colabora "voluntariamiente" con la actividad del mundo, en el que piensa, prevé y tiene una responsabilidad, en el que es organizador además de organizado, en el que siente que construye una vanguardia que avanza arrastrando consigo, a toda la masa popular.

El Partido Comunista, ya como mera organización, ha revelado ser la forma particular de la revolución proletaria. Ninguna revolución del pasado ha conocido el fenómeno de los partidos; éstos han nacido después de la revolución burguesa y se han descompuesto en el terreno de la democracia parlamentaria. También en este terreno se ha comprobado la idea marxista de que el capitalismo crea fuerzas que luego no consigue dominar. Los partidos democráticos servían para indicar hombres políticos de valía y para hacerlos triunfar en la concurrencia política; hoy los hombres de gobierno son impuestos por los bancos, por los grandes periódicos, por las asociaciones de industriales; los partidos se han descompuesto en una multiplicidad de camarillas personales. El Partido Comunista, que nace de las cenizas de los partidos socialistas, repudia sus orígenes democráticos y parlamentarios y revela sus caracteres esenciales, que son originales en la historia: la Revolución rusa es una revolución realizada por los hombres organizados en el Partido Comunista, por hombres que en el partido se han hecho una personalidad nueva, han conseguido nuevos sentimientos, han realizado una vida moral que tiende a convertirse en conciencia universal y en finalidad para todos los hombres.

II

Los partidos políticos son el reflejo y la nomenclatura de las clases sociales. Surgen, se desarrollan, se descomponen y se renuevan según el modo como los diversos estratos de las clases sociales en lucha experimentan desplazamientos de alcance histórico real, perciben el cambio radical de sus condiciones de existencia y desarrollo y toman mayor y más clara conciencia de sí mismos y de sus intereses vitales. En el actual período histórico y a consecuencia de la guerra imperialista que ha alterado profundamente la estructura del aparato nacional e internacional de producción y cambio, se ha hecho característica la rapidez con la cual avanza el proceso de disociación de los partidos políticos tradicionales, nacidos en el terreno de la democracia parlamentaria, y de nacimiento de nuevas organizaciones políticas; ese proceso general sigue una íntima lógica implacable, sostenida por el resquebrajamiento de las viejas clases y de las viejas capas y por los vertiginosos cambios de situación de enteros estratos de la población en todo el territorio del Estado y a menudo en todo el territorio del dominio capitalista.

Incluso las clases sociales históricamente más perezosas y lentas en diferenciarse, como la clase de los campesinos, quedan bajo la acción enérgica de los reactivos que disuelven el cuerpo social; parece incluso que esas clases, cuanto más perezosas y lentas en el pasado con tanta mayor celeridad hoy, quieran llegar a las consecuencias dialécticamente extremas de la lucha de clases, a la guerra civil y al dominio de las relaciones económicas. Hemos visto en Italia, en el lapso de dos años, surgir como de la nada un potente partido de la clase campesina, el Partido Popular [27], que al nacer pretendía representar los intereses económicos y las aspiraciones políticas de todos los es tratos sociales del campo, desde el barón latifundista hasta el propietario medio, desde el pequeño propietario hasta el arrendatario, y desde el quintero hasta el campesino pobre. Y hemos visto al Partido Popular conquistar casi cien escaños en el Parlamento con listas de bloque en las cuales tenían un dominio absoluto los representantes del barón latifundista, del gran propietario forestal, del propietario agrícola grande y medio, con una exigua minoría de la población campesina. Hemos visto cómo empezaban enseguida y se hacían rápidamente espasmódicas en el Partido Popular las luchas internas de tendencia, reflejo de la diferenciación que iba realizándose en la primitiva masa electoral; las grandes masas de pequeños propietarios y campesinos pobres no quisieron seguir siendo masa pasiva de maniobra para la consecución de los intereses de los propietarios medios y grandes; bajo su enérgica presión el Partido Popular se dividió en un ala izquierda, un centro y una derecha, y luego hemos visto cómo, bajo la presión de los campesinos pobres, la extrema izquierda populista se las daba de revolucionaria, entraba en competición con el Partido Socialista, que se había convertido también, mientras tanto, en representante de amplísimas masas campesinas; ahora vemos ya la descomposición del Partido Popular, cuya fracción parlamentaria y cuyo comité central no representan los intereses y la conciencia de sí mismas que han conseguido las masas electorales y las fuerzas organizadas en los sindicatos blancos, representadas, en cambio, por los extremistas, que no quieren perder el control de ellas, no pueden engañarlas con una acción legal en el Parlamento y tienden, por tanto, a recurrir a la lucha violenta y a proponer nuevas instituciones políticas de gobierno. El mismo proceso de rápida organización y rapidísima disociación se ha verificado en la otra corriente que quiso representar los intereses de los mismos campesinos, la asociación de los ex-combatientes. Ese proceso, refleja la formidable crisis que agita los campos italianos y se manifiesta en las gigantescas huelgas de la Italia septentrional y central, en la invasión y la división de los latifundios de la Apulia, en los asaltos a los castillos feudales y en la aparición de centenares y miles de campesinos armados en las ciudades sicilianas [28].

[27] El Partito Popolare italiano, fundado en 1919 bajo la inspiración del clérigo Luigi Sturzo, fue el precedente de la democracia cristiana. En el ámbito de la política italiana consagró el abandono por el Vaticano de su política anterior, consistente en ignorar la existencia del Estado Italiano como protesta por la unificación de Italia en perjuicio de sus posesiones territoriales.

[28] Ya en julio y: agosto de 1919 muchos campesinos hablan ocupado tierras en la Romaña. En 1920 el movimiento se generalizó no sólo por el sur y el centro, zonas en las que abundaban las propiedades sin cultivar o mal cultivadas, sino incluso por el valle del Pó. El movimiento era políticamente mixto: socialista en las Zonas con abundancia de braceros, católico en las demás ("bolchevismo blanco"), con la aspiración a una "gestión directa de las tierras por los cultivadores a través de una empresa colectiva" (propiamente, cooperativa) (F. Chabod, L’Italia contemporánea, Turín, 1961, pág. 36). Miglioli, el diputado del P.P.I. que dirigió el movimiento campesino católico, se aproximaría progresivamente a posiciones socialistas y luego comunistas. Gramsci se esforzó por ponerle en relación con la I.C.

Esta profunda conmoción de las clases campesinas sacude hasta los cimientos el edificio del Estado parlamentario democrático. El capitalismo como fuerza política se reduce así a las asociaciones sindicales de los propietarios de fábricas, no tiene ya un partido político, cuya ideología abarque también los estratos pequeño-burgueses de la ciudad y de los campos y permita, por tanto, la persistencia de un Estado legal con amplia base. El capitalismo se ve reducido a no tener representación política más que en los grandes periódicos (400.000 ejemplares de tirada y 1.000 electores) y en el Senado, inmune como formación a las acciones y reacciones de las grandes masas populares, pero sin autoridad ni prestigio en el país; por eso la fuerza política del capitalismo tiende a identificarse cada vez más con la alta jerarquía militar, con la guardia real, con los múltiples aventureros que pululan desde el armisticio y que aspiran, cada cual contra los demás, a convertirse en el Kornilov [29] y en el Bonaparte italiano, y por eso la fuerza política del capitalismo no puede realizarse hoy más que en un golpe de Estado militar y en el intento de imponer una férrea dictadura nacionalista que lleve a las embrutecidas masas italianas a restaurar la economía mediante el saqueo a mano armada de los países próximos.

[29] A finales de agosto de 1917 el general Kornilov realizó en Petrogrado, una intentona militar restauradora. Fracasó pronto. La actitud de los bolcheviques en esa crisis es ama dejas cansas de su rápida expansión a partir de entonces.

Agotada y desgastada la burguesía como clase dirigente al agotarse el capitalismo como modo de producción y de cambio, y no existiendo en la clase campesina una fuerza política homogénea capaz de crear un Estado, la clase obrera está ineluctablemente llamada por la historia a asumir la responsabilidad de clase dirigente. Sólo el proletariado es capaz de crear un Estado fuerte y temido, porque tiene un programa de reconstrucción económica, el comunismo, que encuentra sus premisas y condiciones necesarias en la fase de desarrollo alcanzada por el capitalismo con la guerra imperialista de 1914-18; sólo el proletariado puede, mediante un nuevo órgano de derecho público, el sistema de los Sóviets, dar una forma dinámica a la fluida e incandescente masa social y restaurar un orden en la general descomposición de las fuerzas productivas. Es natural y está históricamente justificado el que precisamente en un período como éste se plantee el problema de la formación del Partido Comunista, expresión de la vanguardia proletaria que tiene conciencia exacta de su misión histórica, que fundará los nuevos ordenamientos, que será el iniciador y el protagonista del nuevo y original período histórico.

Tampoco el partido político tradicional de la clase obrera italiana, el Partido Socialista, se ha librado del proceso de descomposición de todas las formas asociativas, proceso que es característico del período que atravesamos. El haber creído que podría salvar su vieja estructura de partido de una íntima disolución ha sido el error histórico colosal de los hombres que han controlado los órganos de gobierno de nuestra asociación desde el estallido de la guerra mundial hasta hoy. En realidad, el Partido Socialista italiano, por sus tradiciones, por los orígenes históricos de las varias corrientes que lo constituyeron, por el pacto de alianza, tácito o explícito, con la Confederación General del Trabajo (pacto que en los Congresos, en los Consejos y en todas las reuniones deliberativas sirve para dar un poder y una influencia sin justificación a los funcionarios sindicales), por la ilimitada autonomía concedida al grupo parlamentario (que da también a los diputados en los Congresos, en los Consejos y en las deliberaciones más importantes, un poder y una influencia semejantes a las que tienen los funcionarios sindicales y no menos injustificados), el Partido Socialista italiano no se diferencia en nada del Labour Party inglés y no es revolucionario más que en las afirmaciones generales de su programa. Es un conglomerado de partidos; se mueve, e inevitablemente, con pereza y retraso; está continuamente expuesto a convertirse en fácil terreno conquistado por aventureros, carreristas, ambiciosos sin seriedad ni capacidad política; por su heterogeneidad, por los roces innumerables de sus engranajes, desgastados y saboteados por tantas siervas-dueñas [30], nunca es capaz de asumir el peso y la responsabilidad de las iniciativas y de las acciones revolucionarias que le imponen constantemente los acontecimientos. Eso explica la histórica paradoja por la cual en Italia son las masas las que empujan y "educan" al partido de la clase obrera, y no es el partido el que guía y educa a las masas.

30- En el "intermezzo" de Pergolesi La serva padrona (1733 librero de Gennarantonio Federico), la criada Serpina domina a su viejo amo Uberto y acaba casándose con él.

El Partido Socialista se dice afirmador de las doctrinas marxistas; por eso debería tener en esas doctrinas una brújula para orientarse en la madeja de los acontecimientos; tendría que poseer la capacidad de previsión histórica que caracteriza a los seguidores inteligentes de la dialéctica marxista; debería tener un plan general de acción basado en esa previsión histórica, y estar en condiciones de lanzar a la clase obrera en lucha consignas claras y precisas; en vez de eso, el Partido Socialista, el partido que afirma el marxismo en Italia, está expuesto, como el Partido Popular, el partido de las clases más atrasadas de la población italiana, a todas las presiones de las masas, y se mueve y se diferencia cuando ya las masas se han movido y se han diferenciado. En realidad, este Partido Socialista que se proclama guía y maestro de las masas no es más que un mísero notario que registra las operaciones realizadas espontáneamente por las masas; este pobre Partido Socialista que se proclama jefe de la clase obrera no es más que la impedimenta del ejército proletario.

Si ese extraño proceder del Partido Socialista, si esa curiosa condición del partido político de la clase obrera no han provocado todavía una catástrofe, eso se debe a que en la clase obrera, en las secciones urbanas del partido mismo, en los sindicatos, en las fábricas, en las aldeas, existen grupos enérgicos de comunistas conscientes de su deber histórico, enérgicos y cautos en la acción, capaces de guiar y de educar a las masas locales del proletariado; se debe a que existe potencialmente, en el seno del Partido Socialista, un Partido Comunista al que no falta más que la organización explícita, la centralización y su disciplina para desarrollarse rápidamente, conquistar y renovar la formación del partido de la clase obrera y dar una nueva orientación a la Confederación General del Trabajo y al movimiento cooperativo.

El problema inmediato de este período que sucede a la lucha de los obreros metalúrgicos y precede al congreso en el que el partido ha de tomar una actitud seria y precisa ante la Internacional comunista consiste precisamente en organizar y centralizar estas fuerzas comunistas ya existentes y operantes. El Partido Socialista se descompone y deshace cada día, con una rapidez fulminante; en muy poco tiempo las tendencias han tomado una nueva configuración; puestas ante la responsabilidad de la acción histórica y de los compromisos contraídos al adherirse a la Internacional comunista, los hombres y los grupos se han separado y desplazado; el equívoco centrista y oportunista ha ganado a una parte de la dirección del partido y ha sembrado la turbación y la confusión en las secciones. El deber de los comunistas en este fallo de las conciencias, de la fe, de las voluntades, en esta inundación de bajeza, de cobardía, de derrotismo, consiste en unirse fuertemente en grupos, concordarse, estar dispuestos para las consignas que se publiquen. Los comunistas sinceros y desinteresados se basarán en las tesis aprobada por el II Congreso de la III Internacional, en la disciplina leal a la autoridad suprema del movimiento obrero mundial, para desarrollar el debido y necesario trabajo con objeto de que lo más rápidamente posible se constituya la fracción comunista del Partido Socialista italiano, la cual, por el buen nombre del proletariado de Italia, tiene que convertirse nominal y realmente en el Congreso de Florencia, en el Partido Comunista italiano, sección de la III Internacional; para que la fracción comunista se constituya con un aparato directivo orgánico y fuertemente centralizado, con sus propias articulaciones disciplinadas en todos los lugares en que trabaja, se reúne y lucha la clase obrera, con un complejo de servicios y de instrumentos para el control, para la acción, para la propaganda, que la pongan en condiciones de funcionar y de desarrollarse desde hoy como un partido propiamente dicho.

Los comunistas, que con su energía y su espíritu de iniciativa han salvado a la clase obrera de un desastre durante la lucha de los metalúrgicos, deben llegar hasta las últimas consecuencias de su actitud y de su acción: salvar la formación principal (reconstruyéndola) del partido de la clase obrera, dar al proletariado italiano el Partido Comunista que sea capaz de organizar el Estado obrero y las condiciones para la llegada de la sociedad comunista.

Se ha convertido en un lugar común, después de Sorel, el referirse a las primitivas comunidades cristianas para juzgar el movimiento proletario moderno. Hay que decir en seguida que Sorel no es en modo alguno responsable de la mezquindad y la vulgaridad espiritual de sus admiradores italianos, del mismo modo que Carlos Marx no es responsable de las absurdas pretensiones ideológicas de los "marxistas". Sorel es un "inventor" en el campo de la investigación histórica; no puede ser imitado, no pone al servicio de sus aspirantes a discípulos un método que todos puedan aplicar siempre mecánicamente con el resultado de inteligentes descubrimientos. Para Sorel, como para la doctrina marxista, el cristianismo representa una revolución en la plenitud de su desarrollo, o sea, una revolución que ha llegado hasta sus últimas consecuencias, hasta la creación de un sistema nuevo y original de relaciones morales, jurídicas, filosóficas, artísticas; la falsificación grosera y estúpida de la intuición histórica de Sorel consiste en tomar esos resultados como esquemas ideológicos de toda revolución; pero aquella intuición no puede hacer más que originar una serie de investigaciones históricas acerca de los "gérmenes" de una civilización proletaria que deben existir ya, si es verdad, como lo es para Sorel, que la revolución proletaria es inmanente a la sociedad industrial moderna, se encuentra ya en su seno, y si es verdad que también de esa revolución saldrá una regla de vida original y un sistema de relaciones absolutamente nuevas, características de la clase revolucionaria. ¿Qué significación puede tener entonces la afirmación de que, a diferencia de los primeros cristianos, los obreros no son castos ni templados, ni originales en su modo de vida?

Aparte de la generalización propia de diletantes y por la cual los "obreros metalúrgicos de Turín" se convierten en una banda de brutos que comen todos los días pollo asado, que se emborrachan cada noche en los prostíbulos, que no quieren a la familia y que buscan en el cine y en la imitación simiesca de las costumbres burguesas la satisfacción de sus ideales de belleza y de vida moral, aparte de esa generalización de diletantes y pueril, la afirmación no puede ser presupuesto de un juicio histórico. En el plano de la comprensión histórica equivaldría a esta otra: como los cristianos modernos comen pollo, van de prostíbulos, se emborrachan, levantan falsos testimonios, son adúlteros, etc. es una leyenda la tesis de que han existido ascetas, mártires, santos. En resolución, cada fenómeno histórico tiene que estudiarse según sus peculiares caracteres, en el marco de la actualidad real, como desarrollo de la libertad que se manifiesta en finalidad, en instituciones, en formas que no pueden en modo alguno confundirse ni compararse (como no sea metafóricamente) con las finalidades, las instituciones y las formas de fenómenos históricos pasados. Toda revolución que, como la cristiana o la comunista, se realice, y necesariamente, por una conmoción de las masas populares más profundas y amplias, tiene por fuerza que romper y destruir todo el sistema existente de organización social; ¿quién puede imaginar y prever las consecuencias inmediatas que provocará la aparición de la destrucción y la creación histórica protagonizadas por las inmensas muchedumbres que no tienen hoy ni voluntad ni poder? Esas masas, como nunca han "querido y podido", querrán ahora ver materializados en cada acto público y privado la voluntad y el poder que hayan conquistado; sentirán que todo lo existente les es misteriosamente hostil y querrán destruirlo desde las raíces; pero precisamente por esa inmensidad de la revolución, por ese carácter suyo de imprevisibilidad y de libertad ilimitada, ¿quién puede arriesgar ni siquiera una hipótesis concluyente acerca de los sentimientos, de las pasiones, de las iniciativas, de las virtudes que se forjarán en esa forja incandescente? ¿Qué cambios podrá experimentar lo que hoy existe, lo que hoy vemos fuera de nuestra voluntad y de nuestra fuerza de carácter? ¿No será una revolución cada día de una vida tan intensa? ¿No tendrá resultados creadores inimaginables cada cambio de las conciencias individuales, en cuanto se obtiene simultáneamente para toda la amplitud de la masa popular?   http://www.gramsci.org.ar