"Desde las perspectivas planteadas por Mariátegui y Arismendi, la posibilidad de un desarrollo capitalista que nos permita superar la dependencia es utópico, es utópico el desarrollismo capitalista en todas sus versiones, y utópico en el sentido de imposible e irrealizable. Hemos llegado tarde, en la división internacional del trabajo solo nos cabe el lugar de países dependientes, solo rompiendo con el latifundio y la dependencia del imperialismo, podemos lograr ponernos en la senda de un desarrollo autónomo, pero estas tareas solo pueden ser realizadas por la clase trabajadora, no serán realizadas por una burguesía cada vez más interrelacionada con el imperialismo, todo lo cual nos pone en la antesala del socialismo."

Alexis Capobianco
7/07/2016


En este artículo, me planteo intentar analizar algunos aspectos de nuestra realidad uruguaya y latinoamericana retomando algunos conceptos y análisis desarrollados sobre todo en el pasado siglo por dirigentes y pensadores marxistas latinoamericanos, en particular el peruano José Carlos Mariátegui y el uruguayo Rodney Arismendi, y hoy en gran medida olvidados o soslayados aun en el seno de la izquierda. También intentaré relacionar esos conceptos y análisis con algunos planteamientos que han desarrollado pensadores actuales.

Es común escuchar que el mundo “cambió” y que no podemos analizar la realidad de hoy con teorías propias de otros tiempos y otros contextos. Planteado así, no es más que un dogma de la vulgata postmoderna, amplificado por una derecha y un  pensamiento neoliberal que intentan convencernos de que ellos son lo “nuevo” y que la lucha de clases, el imperialismo y el socialismo son cosas del pasado. Ante el “todo cambia” y “nada permanece”, propio de algunas tendencias hegemónicas en el pensamiento actual, debemos contraponer una visión dialéctica: “todo cambia pero algo permanece” y el cambio sería en si inconcebible si algo no permaneciera. “No es posible bañarse dos veces en el mismo río” nos decía el materialista dialéctico Heráclito en la antigüedad, el río ha cambiado, si, pero sigue siendo el mismo río, hay algo que permanece a través de las transformaciones. Y que es lo que se ha transformado y que es lo que permanece en nuestras realidades es algo que hay que analizar en concreto.

Un debate que atravesó a la izquierda latinoamericana en el siglo XX fue la caracterización de las formaciones sociales latinoamericanas: ¿sociedades feudales, semifeudales o capitalistas? De estos debates se derivaban importantes consecuencias prácticas en el plano de las estrategias políticas.

En las primeras décadas del siglo XX, se separaron claramente las aguas en el debate entre los peruanos Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui. Para Haya de la Torre las sociedades latinoamericanas eran feudales y los procesos de cambio deberían ser vanguardizados por las “clases medias”, o por lo que desde otras perspectivas se podría llamar burguesía nacional, debiendo ocupar la incipiente clase trabajadora un lugar subordinado, en la tarea de superar el feudalismo y la constitución de sociedades capitalistas. Aunque Mariátegui llamara “semifeudales” a las sociedades latinoamericanas, su perspectiva era distinta, a su juicio las mismas contaban con diferentes tipos de relaciones sociales: comunitarias, feudales o semifeudales y capitalistas, pero las hegemónicas eran las capitalistas, la dirección en que iba América Latina, además, era el desarrollo del capitalismo, y había en América Latina países en que la hegemonía de las relaciones capitalistas era mucho más clara como en el caso de Uruguay. La visión política de Mariátegui tomaría derroteros muy diferentes a los de Haya de la Torre. Para el fundador del Partido Comunista Peruano era la clase obrera quien debería dirigir los procesos de cambio, por lo cual la misma se debería dar formas organizativas autónomas, y si bien debería buscar alianzas con otros sectores, no debería perder su identidad y autonomía. Sería esa clase trabajadora quien, para Mariátegui, debería dirigir el proceso revolucionario, cuyo horizonte era el socialismo.

Pero el capitalismo Latinoamericano tenía peculiaridades que lo hacían distinto a otros capitalismos. Es producto de una historia y ocupa un determinado lugar en la economía mundial, que no puede ser visualizada como un conjunto de formaciones diferentes sino como una totalidad en que las diferentes formaciones se encuentran interrelacionadas conformando un sistema mundial. Como rasgo histórico general, el capitalismo latinoamericano siguió una vía de desarrollo que se ha dado en llamar prusiana u oligárquica, esta vía no supone una ruptura con el latifundio, sino su continuidad, ni lleva “hasta sus últimas consecuencias” la revolución democrático-burguesa. Asimismo, ese capitalismo se empieza a desarrollar cuando ya existían potencias capitalistas desarrolladas, en particular Inglaterra, que se transformará en la gran potencia imperialista a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

En ese contexto, el capitalismo latinoamericano ocupará un lugar subordinado en el capitalismo mundial, sometido primero a las potencias capitalistas europeas y sometido luego a la hegemonía del imperialismo norteamericano, que ya a principios del siglo XX comienza a competir claramente con el imperialismo inglés y que consolida su hegemonía durante ese siglo, en particular después de la segunda guerra mundial. Ese lugar subordinado nos coloca en una posición determinada en la división internacional del trabajo, básicamente productores de materias primas, dependientes de las potencias centrales en el capitalismo, lo cual se expresará de diversas formas y en diversas dimensiones,que no implican solo lo económico, como pueden pensar ciertas visiones reduccionistas, sino también lo político, lo militar y lo cultural.

Nuestras formaciones sociales son por tanto -para esta tradición del pensamiento latinoamericano que se inicia claramente en Mariátegui y que continúa Arismendi entre otros- capitalistas y dependientes, con una fuerte presencia del latifundio, producto de la vía prusiana u oligárquica que siguió su desarrollo, que supone no la ruptura con la clase terrateniente sino su perpetuación, puesto que, en el proceso de revolución independentista y en las repúblicas que se formaron a posteriori, no se llevaron hasta sus últimas consecuencias las transformaciones democrático-burguesas, siendo derrotadas aquellas tendencias que, como el artiguismo, intentaron llevar adelante otra vía de desarrollo, uno de cuyos ejes era, precisamente, la reforma agraria impulsada en el “reglamento de tierras”.

¿Qué implicaba a nivel de las consecuencias prácticas esa caracterización como sociedades capitalistas (o formaciones sociales donde las relaciones capitalistas eran hegemónicas) y dependientes? Una de las implicancias es que se concibe la existencia de una clase trabajadora que tiende a desarrollarse, la cual debe formar organizaciones autónomas tanto en el plano sindical como político, que deberían apuntar a transformarse en fuerzas hegemónicas de lo que gramscianamente, podemos llamar “bloque contrahegemónico”.

El carácter capitalista de nuestras formaciones sociales (o la hegemonía de las relaciones capitalistas), transforma el socialismo en una posibilidad histórica, pero la concreción del mismo no es inmediata. Para estos pensadores es necesaria una primera etapa de liberación nacional, orientada a acabar con las tareas propias de la revolución democrático-burguesa y la conquista de la segunda y definitiva independencia, y una segunda etapa socialista. Pero diferentes etapas no significa que deban ser dirigidas por diferentes clases, ni que haya un corte insalvable entre las mismas, existen condiciones para un tránsito ininterrumpido de una etapa a otra si el proceso es dirigido por la clase trabajadora. Este concepto de revolución ininterrumpida que fue planteado por Lenin en su debate con el menchevismo.

Desde las perspectivas planteadas por Mariátegui y Arismendi, la posibilidad de un desarrollo capitalista que nos permita superar la dependencia es utópico, es utópico el desarrollismo capitalista en todas sus versiones, y utópico en el sentido de imposible e irrealizable. Hemos llegado tarde, en la división internacional del trabajo solo nos cabe el lugar de países dependientes, solo rompiendo con el latifundio y la dependencia del imperialismo, podemos lograr ponernos en la senda de un desarrollo autónomo, pero estas tareas solo pueden ser realizadas por la clase trabajadora, no serán realizadas por una burguesía cada vez más interrelacionada con el imperialismo, todo lo cual nos pone en la antesala del socialismo. Decía Mariátegui:

“A Norteamérica capitalista, plutocrática, imperialista, sólo es posible oponer eficazmente una América latina o íbera, socialista. La época de la libre concurrencia en la economía capitalista ha terminado en todos los campos y todos los aspectos. Estamos en la época de los monopolios, vale decir de los imperios. Los países latinoamericanos llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos están ya definitivamente asignados. El destino de estos países, dentro del orden capitalista, es de simples colonias”.1

Y unos 30 años después sostenía Arismendi:

“La teoría ‘del desarrollo’ elude definir la estructura de estos países en función de la presencia del imperialismo y del latifundio, y promueve, como ideal, la elevación de la ‘tasa de producción por habitante’ concibiéndola como un simple desarrollo cuantitativo de las fuerzas productivas sin romper las viejas relaciones de producción. Y de ahí, infiere la cuasi verdad de que urge una mayor disponibilidad de ‘capitales para la inversión’... los que pueden venir del extranjero, o de una ‘mayor productividad’”

¿Qué se ha transformado y que permanece hoy en relación a estos planteamientos que ya tienen más de medio siglo?  Intentaremos contribuir, a partir de los próximos artículos, con algunos elementos y argumentos que seguramente no responderán la pregunta pero que pueden aportar en ese sentido.