Daniel Albacete – 30/05/2016
En el inicio de los 90 una gran cantidad de militantes comunistas que no abandonamos ningún principio
pero sí el dogmatismo, hemos transitado por una permanente búsqueda con miras a una real reelaboración que nos permitiera-en especial a las generaciones actuales y futuras-instalarnos actualizadamente en el  siglo XXI.
En lo que nos queremos centrar aquí es en un aspecto vital del marxismo y el leninismo, como es el papel del partido desde el ángulo de la dialéctica materialista y su método de análisis.
 En el período predictatorial los comunistas uruguayos asentábamos nuestro accionar en la definición-entre otras- de que “la cuestión cardinal de la revolución uruguaya es la construcción de un gran partido comunista”. Y fuimos guiados por ese concepto hasta la crisis de 1990-92.
En ese momento, el partido que quedó pos Congreso Extraordinario necesitaba, por un lado,  un discurso de reafirmación, que lo tuvo con creces; pero, por otro lado, le era imprescindible-vital se podría decir- incluir en su agenda el inicio de un proceso de debate  y análisis crítico y autocrítico de 1- la experiencia del socialismo y su colapso y 2- la etapa propia desde  1955 a 1973. Estos dos cruciales temas se omitieron hasta la actualidad y por tanto el desarrollo se detuvo.
Las profundas transformaciones-verdaderas mutaciones-que tuvieron lugar en el mundo al unísono con la caída del campo socialista, transformaciones culturales, económicas y fundamentalmente tecnológicas volvían más imperioso e ineludible aquel debate.

Como se verá, no sólo no entramos aquí en el análisis de estos temas: los obviamos, pues sería ridículo intentarlo individualmente algo sólo posible colectivamente y por todo lo alto. En cambio, lo que nos proponemos es abordar una realidad política objetiva. Esa realidad nos muestra un claro retroceso político-ideológico en la izquierda, retroceso que ha impactado de lleno en el FA-paradójicamente en el gobierno-y que sólo podría ser revertido por una fuerza política de la clase obrera que recuperara la madurez de los años 60 y 70. Esa fuerza política existe, pero atomizada, dispersa. Su confluencia y reconversión en un nuevo PCU-o  como se llame-será un proceso más o menos largo.
 Y la propia vida, que ya está golpeando a nuestras puertas, con acuciantes grandes desafíos que nos interpelan y lo seguirán haciendo, será un medidor de cuál será ese futuro devenir.

Y es justamente este punto el que queremos enfocar, insistimos, con el método dialéctico.
Las generaciones que hoy estamos llegando-o ya llegamos-a los 70, nos formamos con aquella premisa de “la cuestión cardinal…” que, aplicada en forma estática y dogmática nos conduciría hoy, en una perspectiva revolucionaria, a un callejón sin salida o, peor aún, a caer en un seguidismo claudicante ante las clases dominantes disimulada u oculta tras frases como “seguir avanzando” y “profundizar los cambios”. De ahí la utilidad de recoger experiencias-sin calcar, obviamente-de los procesos de nuestra América Latina.

Cuando fracasan los manuales

En otros países latinoamericanos se han generado procesos muy particulares y complejos, verdaderos “escándalos teóricos” como en Cuba, en donde, a principios de los 50 el partido comunista-denominado entonces Partido Socialista Popular-  fue absorbido por el M26 de Julio, posteriormente refundado  por éste luego de un período larvario con el nombre de Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba. “En 1957 la guerrilla de Castro había logrado una cierta entidad, pero aún no estaba en condiciones de impulsar la insurrección que acabara con Batista. Su propuesta de huelga general fracasó en medio de la indiferencia popular y por la falta de apoyo de los sindicatos oficialistas y comunistas. El Partido Comunista, conocido como Partido Socialista Popular (PSP), rechazaba la táctica insurreccional”(1).

En Argentina, la izquierda tuvo un importante desarrollo en la primera mitad del siglo pasado, hasta la aparición del peronismo, con un considerable peso del partido comunista (PCA) en el movimiento sindical, particularmente en la experiencia de las históricas “62 organizaciones”. La eclosión de masas que significó el 17 de octubre 1945 no fue bien asimilada por el conjunto de la izquierda marxista, salvo el trotskismo. En las inmediatas elecciones de 1946, la habilidad de Perón  instalando el slogan antinómico de “Braden o Perón”(2),  terminó de aislar y raquitizar a la izquierda, en particular el PCA, que apoyó, junto al partido socialista  y  la Unión Cívica Radical  la fórmula Tamborini- Mosca, presentada por la Unión Democrática, cuya base social era la más rancia oligarquía. A partir de entonces, los partidos marxistas  prácticamente no tuvieron  incidencia en el movimiento sindical argentino, pasando a ser éste controlado por la burocracia gangsteril enquistada en la CGT y arropada por el peronismo de derecha.

La experiencia del sandinismo nicaragüense es, por su parte, también claramente ilustrativa del desarrollo de procesos revolucionarios con poca o ninguna incidencia de partidos marxistas leninistas de adhesión a la URSS. Así lo testimonia uno de los pocos trabajos que analizaron ese proceso.
“Desde el punto de vista sandinista, la cooperación política (de la URSS) probablemente era considerada útil para el establecimiento de futuras líneas de ayuda económica proveniente de los países socialistas si así se requería, y como parte del esfuerzo de los sandinistas por diversificar sus relaciones políticas. Por su parte, los analistas soviéticos, como I. Bulichev, aunque reconocían al FSLN como la vanguardia de la revolución nicaragüense (que dio al FSLN el carácter de un partido comunista, siendo el antiguo PSN prácticamente ignorado), intentaron subrayar la necesidad de una unidad nacional y un pluralismo económico como las características principales de la reconstrucción nicaragüense (3)”. Por otra parte, luego del triunfo del sandinismo sobre Somoza, más allá de la profusa divulgación de aquella “primavera popular” que a diario se recibía en todo el mundo, nunca apareció el partido comunista en el escenario nicaragüense y menos vinculado al FSLN.
Estas experiencias, que podrían interpretarse como desaciertos o negación  de las ideas de Marx y Lenin o, en el mejor de los casos, como se ha dicho más de una vez, su inviabilidad para el tercer mundo, demuestran precisamente todo lo contrario. La clave es tener una visión totalmente exenta de dogmatismo, lo que implica aplicar el método dialéctico. Néstor Kirchner respondió a la pregunta de Bush sobre si era un hombre de izquierda, que él era peronista; tiempo después, ante requerimientos periodísticos acerca de la izquierda en Argentina afirmó: a la izquierda mía sólo hay una pared. Esta última expresión, más allá de sus connotaciones políticas, es interesante porque es un tácito reconocimiento, no sólo a la existencia de izquierda y derecha tanto como visión del mundo como realidades políticas históricas, sino fundamentalmente a que él y su proyecto político eran esencialmente de izquierda. Era como decir “En Argentina no hay más izquierda que nosotros”. Si las fuerzas políticas marxistas toman nota o no de estas experiencias es harina de otro costal.    
Pero también, estos elementos de los procesos en Latinoamérica ilustran y reafirman la visión basada en el método dialéctico; en unos casos por la positiva, como el cubano; en otros negativamente o mediatizado. Lo cierto es que, desde esta perspectiva, queda cuestionada como verdad inamovible y cuasi sagrada la vieja consigna de “la cuestión cardinal de la revolución uruguaya…”
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Pero antes de cerrar el razonamiento, resulta inevitable abrir un paréntesis en honor a la honestidad intelectual y fundamentalmente a este método marxista que impide que la teoría se reseque. Es que si nos ponemos en el lugar del lector, no nos resistiríamos a cierta objeción, del tipo de “Bien, admitamos este planteo pero le faltaría un detalle: la desaparición de la URSS y el sistema socialista”.
Sin duda, soslayar un hecho de  esta magnitud quitaría seriedad a cualquier análisis. Solo un par de cosas a señalar.
Primero, este hecho-el final de la URSS- es precisamente el que nos debería impulsar a apelar a lo más preciado de la teoría de Marx, Engels y Lenin: La autocrítica y el método dialéctico.
Segundo, ello será, en todo caso, un largo proceso de debate creativo que tendrá lugar al calor de las luchas obreras y populares con un permanente ida y vuelta entre teoría y praxis.
Y esto, por lo tanto nos lleva a la cuestión de que la práctica política, que nos interpela cotidianamente, a veces en forma acuciante, seguramente no esperará la culminación  de ese debate.
Tal, entonces, el sentido y el enfoque de este planteo.  
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¿Que esté cuestionada la consigna de “la cuestión cardinal…”significa que no mantenga vigencia? En absoluto. Es más, estamos convencidos de ello, pero… ¿qué partido? ¿ el mismo del siglo pasado? La respuesta a tan nodulares interrogantes la dará la vida, la experiencia práctica. Habrá que buscar en Marx, no las respuestas, por supuesto (él mismo advirtió:”Nosotros no sabemos cómo serán las cosas en el futuro lejano”) sino desarrollar la elaboración con la llave maestra, el método. Entretanto deberemos trabajar con el espíritu de aquel dirigente del PCU que dijo hace unos años “…a todos los comunistas, aún a los que no están en la orgánica partidaria”, espíritu que, al parecer, nunca llegó a florecer.
Finalmente, recordemos, ante la alarmante atomización en el FA, de las fuerzas políticas que expresan el frenteamplismo histórico, la necesidad de una fuerza que-como antaño el PCU- fue garantía de unidad, se vuelve más que imprescindible. Claro que para ello es menester recuperar la política de principios que permita-entre otras cosas-orientar correctamente la otra política, la de alianzas.
Daniel Albacete 30/05/2016

1-www.elmilitante.org
2-Perón tomó distancia de EEUU, del cual  Spruille Braden era el embajador, que intervenía descaradamente en los asuntos de Argentina.
3-LA POLÍTICA SOVIETICA Y CUBANA HACIA NICARAGUA: 1979-1989 Edmé Domínguez Reyes Department of Peace & Development University of Goteborg. Sweden.