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AHORA CONSOLIDAR EL AVANCE

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AHORA CONSOLIDAR EL AVANCE
Wladimir Turiansky.


Me acuerdo que durante la militarización de trabajadores estatales, en tiempos del pachecato, le preguntaron en la Asamblea General al entonces Ministro de Defensa, Gral. Francese, porqué, si no habían conflictos en los entes se mantenía la militarización. “Porque es terreno conquistado pero no dominado”, tal fue, mas o menos, la lacónica y militar respuesta del General.

¿Porqué me vino este recuerdo a la memoria?. Porque esa respuesta no hacía otra cosa que expresar un principio elemental de la estrategia militar. Cuando la guerra es una guerra de posiciones, todo avance se sustenta en la consolidación de las posiciones conquistadas. Paso a paso y sin regalar nada. Eso es “dominar la posición conquistada”. Y, trasladándonos al escenario de la acción política, el mensaje que encierra ese principio es igualmente válido y no debiéramos despreciarlo. ¿Qué significa, mirado desde este ángulo, “dominar la posición conquistada”?

Con el voto de la mayoría absoluta del pueblo uruguayo, el FA conquistó el Gobierno Nacional. En el camino de la construcción de un Uruguay democrático, justo y solidario, hemos alcanzado una posición decisiva. No la podemos perder. No la debemos perder. Y aquí la correlación de fuerzas no es militar. Esta posición no la ganamos con balas, la ganamos con votos. Y con votos la conservaremos o la perderemos.

¿Qué tenemos que hacer entonces para consolidar la posición conquistada, esta posición decisiva, repito, para los futuros avances, y a la que hemos llegado con votos sí, pero al cabo de un largo proceso de construcción de la conciencia colectiva, lento, trabajoso, cargado de heroísmo en ocasiones, siempre esperanzado, y con la indispensable herramienta de la unidad, de la unidad social y de la unidad política de las fuerzas que el pueblo construyó en ese proceso?.

Lo primero es preservar esa unidad. Es condición necesaria, como lo ha sido hasta ahora, para cumplir los objetivos trazados para esta etapa, y para las nuevas metas a desarrollar en las próximas.

Es bueno ser claros en esto. En realidad, en contra de la unidad no vamos a encontrar ni una sola voz. Es una condición tan hondamente arraigada en el movimiento popular que quien declare abiertamente su intención de dividir se suicida, políticamente hablando.  Pero no siempre se comprende que la unidad implica compromiso. Implica comprender que la unidad es la unidad “en la diversidad”, y que en consecuencia la construcción de acuerdos políticos, en esa “unidad en la diversidad”, requiere la búsqueda tenaz de los consensos y una administración de los disensos que por la vía de mecanismos democráticos no traben la acción. Ni más ni menos. No somos ni un ejército sometido a la verticalidad del mando ni un conjunto anárquico y como tal inoperante.

Y al hacer estas observaciones no estoy pensando en quienes apuestan a la derrota, o peor aún, trabajan  para ella. Los hay, ya se sabe, y son harto conocidos. No, ellos son ajenos al proyecto político y la vía acordada para llevarlo a término. Pienso en quienes entre nosotros, a mi juicio equivocadamente, olvidan ese principio de estrategia militar a que hizo alusión el Gral. Francese, el de “dominar”, o consolidar, diríamos en el lenguaje político, la “posición conquistada”.
Para pensar en términos de ciencia política, es bueno recordar el concepto de “correlación de fuerzas” y la necesidad de su análisis meticuloso a los efectos de decidir la acción política a desarrollar.

Muchas veces tendemos a simplificar ese concepto, y manejarlo sólo en su faceta de correlación política, olvidando los momentos sucesivos del análisis, cuyo punto de partida es la correlación de fuerzas sociales, esto es, el examen de la base material y las relaciones sociales que de ellas emergen. Aún en el examen de la propia correlación de fuerzas políticas es necesario distinguir los grados de desarrollo de la conciencia social, esto es, aquellos momentos en que los componentes de una clase o de un grupo social pasan de una etapa elemental económico-corporativa a la de asumir conciencia del rol que como clase o grupo social juega en la sociedad, y la coincidencia de sus intereses con los de otros grupos igualmente subordinados. (Antonio Gramsci, en sus apuntes sobre Maquiavelo, analiza el concepto de correlación de fuerzas y su aplicación tanto en etapas que acostumbramos a calificar de acumulación de fuerzas, y que él compara con la llamada guerra de posiciones, como en etapas de situación revolucionaria concreta, comparable a la guerra de movimientos. Su descripción de los “momentos sucesivos, o grados” de la correlación de fuerzas es bien ilustrativa, y a ella me remito).

De alguna manera, se trata de la comprensión de que los fenómenos de la estructura de la sociedad, las relaciones sociales que de ella derivan, y sus cambios, “se reflejan” en la  superestructura, en el campo de la conciencia social. Más que reflejarse, se interrelacionan, actúan mutuamente y contribuyen a la formación de nuevas formas de pensar.

En fin, no está demás tener en cuenta la advertencia claramente apoyada, como todo lo anterior, en el pensamiento marxista, de Gramsci, en el sentido de que estos análisis no pueden ni deben ser fines en sí mismos, no tienen carácter especulativo o de investigación abstracta, sino que “solo adquieren significado si sirven para justificar una actividad práctica, una iniciativa de voluntad”.

Es lo que, en la práctica uruguaya, hemos definido como la necesidad de abordar “el examen concreto de la realidad concreta”, para trazar la línea política de una organización, en particular por parte de quienes se proponen transformar esa realidad en un sentido revolucionario.

Y así como este análisis sirvió de base en los años 60’ del siglo pasado para la construcción social y política asumida como tarea entonces, es ineludible hacerlo hoy, en la misma medida que el Uruguay y el mundo han sufrido cambios tan profundos, que llevan a que aquel análisis y aquellas conclusiones de entonces sólo tengan valor como fuente histórica y como método de trabajo.

Creo que olvidan todas estas cosas quienes entre nosotros simplifican los problemas al suponer que la mayor o menor profundización del proceso de cambios depende de tal o cual actor concreto, de tal o cual protagonista responsable de tal o cual esfera del poder. Olvidan “el examen concreto de la realidad concreta”, olvidan el minucioso análisis de la correlación de fuerzas al que se refiere Gramsci, olvidan los límites, “estructurales” y “superestructurales”, de la “posición conquistada”, esto es, de la conquista del gobierno. 

Esta posición, alcanzada por la voluntad popular, tiene ciertos límites, algunos estructurales, a lo que ya hice referencia, otros provenientes de la vía que, de común acuerdo, todos hemos acordado transitar, de las reglas de juego que de ella derivan y que nos hemos comprometido a respetar; y otros, finalmente,  derivados de nuestros acuerdos políticos, difundidos en el seno del pueblo y para los cuales le hemos pedido su voto y su apoyo. Hemos alcanzado una posición decisiva, pero no es el objetivo final. Hay que consolidarla, en la perspectiva de nuevos avances. Su consolidación requiere fortalecer la alianza social y su expresión política. El predominio en ella de tal o cual clase o sector social no depende de una disputa subjetiva sino de lo que Gramsci define como “un primer momento” de la correlación de fuerzas, es decir, aquella “estrechamente ligada a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de los hombres, que puede medirse con los sistemas de las ciencias exactas o físicas”. Por eso, la concepción de la etapa en la que estamos situados, como la de “un gobierno en disputa” es a mi juicio una concepción que apunta objetivamente al debilitamiento de la alianza social y política que sustenta al Gobierno y el proceso de cambios que el Gobierno expresa, y, en última instancia, debilita la unidad.

Mas bien la tarea es retomar el proceso de desarrollo de la conciencia social, construir la nueva hegemonía, y esto requiere generar profundos cambios culturales, terminar con el egoísmo individualista propio de la hegemonía dominante, construir solidaridad, combatir las tendencias corporativas ajenas a todo sentimiento de pertenencia a un colectivo, sentir de verdad, y no como consigna, el sufrimiento ajeno como propio. Y esto, tanto como construir organización y desarrollar capacidades de movilización y lucha. Y pensar sobre todo en una tarea que es para multitudes, para cientos de miles o para millones, y no para algunos miles de abnegados militantes.

Porque además, y estando convencido que debemos trabajar desde ya para ganar la elección del 2009, si no avanzamos en esa construcción de una conciencia social más avanzada, y no construimos las condiciones objetivas, materiales, de tales avances, entonces ganar las elecciones, por sí solas, no nos hará ganar el futuro.  
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