Homar Garcés
18/09/2019

El orden de dominación (el régimen hegemónico del capital, para una mayor precisión) confronta sin un éxito total el desorden causado por la rebelión plebeya (protagonizada por los excluidos, política, económica, social y culturalmente) alrededor del planeta.

Esta -a pesar de la dispersión de las luchas- es una amenaza que frecuentemente le impone reacomodos a las clases dominantes con que conjurarla, producto, entre otras cosas, de las crisis cíclicas que sufre el capitalismo, las cuales suelen arrastrar consigo a los países periféricos y dependientes, cargando éstos con el mayor peso de tales crisis. Sobre esta base, el profesor Diego Guerrero, al prologar el libro “Valor, mercado mundial y globalización” de Rolando Astarita, opina que “los problemas que tiene la humanidad no derivan de la violencia y el poder políticos, sino de su base económica: el capitalismo”. Una certeza que, poco a poco, se ha extendido a un contingente creciente de personas ante el carácter excluyente y destructivo de semejante sistema.
 
Lejos de manifestarse en beneficio de la satisfacción de las necesidades colectivas, el crecimiento capitalista global se orientó al enriquecimiento superlativo de unos pocos, a tal grado que sus fortunas particulares superan en mucho los presupuestos juntos de varias naciones. La expansión ilimitada del capital -en su acepción y praxis neoliberales- ha marcado también una profunda diferenciación en relación con la soberanía de muchos países, especialmente los ubicados en el rango de países subdesarrollados y dependientes, que se ven obligados a acatar las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, las cuales, generalmente, obedecen a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales antes que a un deseo humanitario por solventar las crisis económicas por las que éstos atraviesan; lo que -al final de cuentas- contribuye a una mayor dominación monopólica de economías, recursos naturales, bienes y servicios contra la que, dicho sea de paso, poco o nada lograrían hacer, de manera aislada, dichos países al estar obligados a minimizar sus problemas de producción, de miseria y de desempleo.
 
De todos es conocido que la vacua esperanza sembrada hace más de tres décadas atrás por los apologistas del capitalismo neoliberal supuso la posibilidad, en un corto plazo y a manos llenas, de alcanzar el mismo grado de desarrollo de Europa occidental, Japón, Canadá y Estados Unidos. Nada de esto ocurrió. La pobreza, el desempleo, la carencia y el encarecimiento de servicios públicos (en manos del sector privado) y, por añadidura, la incapacidad del Estado para resolver la acuciante problemática social fueron el resultado de la implementación de este capitalismo neoliberal. Entonces, como ahora, se obvió que la reproducción de tal capitalismo es factible mediante la explotación indiscriminada de la plusvalía producida por trabajadoras y trabajadores, además de los recursos naturales, sin que en ello medie un atisbo de moralidad, ni la pretensión real de una distribución más equitativa. De esta forma, el capital pasó a tener una preponderancia aún mayor que en el pasado respecto a lo que representan la naturaleza y los seres humanos. Sin embargo, muchos lo consideran un mal necesario e insalvable, sin el cual el desarrollo anhelado seguirá siendo una quimera. A estos se agregan quienes, aparentemente, desde la acera de enfrente, comparten los ideales socialistas, dispuestos a secundar, bajo control estatal, toda media en esta dirección, cuestión que sólo ha servido para ensanchar también las brechas socio-económicas existentes.
 
Algo que suele pasarse por alto es el hecho que el interés que mueve al capital es su propia expansión. En palabras del filósofo italiano Giordano Amgaben, “la separación entre lo humano y lo político que estamos viviendo en la actualidad es la fase extrema de la escisión entre los derechos del hombre y los derechos del ciudadano”, que se expresa en que todo lo colectivo tenga que claudicar ante el interés individual del capital, imponiéndose, en consecuencia, que una minoría decida por su cuenta, prácticamente, el destino de la humanidad entera. A la falta de un modelo económico coherente que permita superar las crisis recurrentes del sistema capitalista y resarcir las necesidades y las dificultades sufridas por los sectores populares, se impone que éstos tiendan a su autogestión, a través de formas organizativas propias y articuladas entre sí, cuyas relaciones -obviamente- se diferencien de las relaciones sociales de producción y de las estructuras de poder y de explotación generadas por dicho sistema. En otras palabras: definición y construcción de un verdadero poder popular.
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