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Espacio Frenteamplista

Por la Libertad, la Democracia y el Socialismo

VINDICACIÓNUn torrente de publicaciones ha invadido en los últimos tiempos librerías, espacios mediáticos, debates de todo tipo. Periodistas, politólogos, historiadores, investigadores, se han dedicado a la tarea de contar a las nuevas generaciones que pasó en nuestro Uruguay en los 60’. Desde la derecha, desde la izquierda, y, por supuesto, desde la “Academia”. Y bien, ¿qué nos cuentan?, “¿de que hablan los poetas andaluces de hoy”?.

Es llamativo. Todas esas publicaciones, con rara unanimidad, enfocan esa historia desde el ángulo de la confrontación armada. El Uruguay de los 60’ es el Uruguay de la guerra, el Uruguay de “los dos demonios”. Tupamaros de un lado, fuerzas conjuntas por el otro. En el medio una sociedad inerme, desarmada, víctima de una violencia ajena, o en todo caso, indiferente. ¿Fueron eso los 60’?. Quienes, directa o indirectamente, avalan esa tesis, ¿lo hacen por una pobre información o lo hacen porque tienden intelectualmente a menospreciar el rol de “los de abajo”, de ese gran protagonista colectivo que es el pueblo en la dinámica de las sociedades?.Ni una cosa ni la otra, creo. Pobreza de información es impensable, tanto por la calidad de los investigadores como por la proximidad de los hechos, para los que se cuenta con abundante documentación y hasta con testigos vivientes de ese período. Pensar lo segundo implica agraviar la inteligencia de los autores, cosa que jamás haría. ¿Porqué entonces?. Primero pensemos un poco que fueron esos años. Para empezar veníamos de una gran batalla social, de multitudes en la calle, cuyos rasgos marcaron toda la etapa posterior. Fue por un lado la consolidación de la Reforma Universitaria, gestada en 1918 en Córdoba, Argentina, que colocó las Universidades latinoamericanas y a los universitarios de cara a las realidades nacionales, al drama latinoamericano, y que gestó generaciones de intelectuales, escritores, pensadores, investigadores, brillantes en la construcción de un pensamiento genuinamente americano. Esa consolidación, en nuestro caso, se expresó en la Ley Orgánica de la Universidad con sus reivindicaciones de autonomía y co-gobierno. Pero además, las coincidencias con las movilizaciones obreras sellaron en la calle una alianza de los universitarios con los sectores populares, sin lo cual no se entenderían bien los procesos posteriores.Por otro lado, el país había inaugurado una nueva era en la conducción de su economía, la de las cartas de intención con el FMI, la de las políticas de ajuste (“ajustarse el cinturón, reclamaba Chicotazo, “un cimbronazo”, pedía Jorge Batlle), la de la desindustrialización y la regresiva redistribución de la riqueza. Las consecuencias sociales no se hicieron esperar. Los 60’ fueron años de intensas movilizaciones obreras, durísimas huelgas, que abarcaron desde los grandes centros fabriles hasta las empresas del Estado y las administraciones central y municipales. Medidas de seguridad en 1963, en 1965 en dos oportunidades, en 1967, en 1968 y 1969, dan idea de la magnitud de los conflictos sociales de esos años. Y entendámonos: esa intensa conflictividad social no se produjo por órdenes tenebrosas de Moscú, Praga o La Habana (que no han faltado desde la derecha sesudos “investigadores” que así lo han afirmado una y otra vez, y ya se sabe la razón última de tales argumentaciones). Es que en el Uruguay se había construido en décadas un movimiento sindical fuerte, bien organizado, democráticamente organizado, herramienta histórica de los asalariados desde el origen mismo del modo de producción capitalista. Ahora bien. Lo distintivo de esos años no fue sólo eso, la resistencia. Lo distintivo, lo que en definitiva generó las raíces de los tiempos que hoy vivimos, fue la comprensión de que, más allá de resistir, había que construir una alternativa distinta, un viraje progresista, y que eso requería pensar en un programa y en la organización social y política capaz de llevarlo a la práctica.Esas metas se alcanzaron. Cristalizó la unidad del movimiento sindical, y así tuvimos entre 1964 y 1966 la constitución de una central única, la CNT. Y de aquella originaria alianza de obreros, estudiantes y universitarios del 58 se generó un particular encuentro de fuerzas sociales que aglutinó además a cooperativistas, pequeños productores y comerciantes, sectores de la intelectualidad y la cultura, en fin, el embrión de aquella necesaria fuerza de cambio. Esta vasta conjunción se llamó Congreso del Pueblo, que en 1965 plasmó el programa del cambio.Tan potente fue ese proceso que, cuando pocos años después y como síntesis de los 60’ se constituye el Frente Amplio en 1971, sus Bases Programáticas tienen como fuente referencial aquel Programa de Soluciones a la Crisis del Congreso del Pueblo de 1965. El árbol que sin duda florecerá esplendorosamente el 31 de octubre tiene raíces muy profundas en aquel período de los 60’. Las crónicas de esos años, al olvidar o desconocer esto caen, y es lo menos que puede decirse, en superficialidad o ligereza. Es el momento de pensar en los actores, y es aquí donde yo me atrevo a hablar, no de ignorancia, sino de una tendenciosa subjetividad.Suele ocurrir. Los hombres, como los partidos, construcciones humanas al fin, son siempre un conjunto de virtudes y defectos. A la hora de los éxitos, se magnifican las virtudes y se disimulan los defectos. A la hora de los fracasos ocurre lo contrario, se magnifican los defectos y se minimizan las virtudes. Esto ocurre con los individuos y ocurre con sus construcciones colectivas.Este proceso que acabo de señalar tuvo, como ya he dicho, un gran protagonista colectivo, el pueblo, y tuvo también actores decisivos, individualidades que supieron interpretar lo que en esos años comenzaba a germinar y aportaron su inteligencia y su voluntad, y también partidos políticos, los de aquella izquierda inicial, que asumieron la tarea como propia.Entre los primeros, me arriesgo a citar cuatro nombres emblemáticos, expresión de las vertientes del pensamiento con las que se construyó la unidad del movimiento obrero: José D’Elía, Hector Rodríguez, Gerardo Gatti, y Enrique Pastorino.Entre los segundos, y junto al P. Socialista y la Democracia Cristiana, está el P. Comunista del Uruguay.A él me quiero referir. Con él ocurre lo que decía más arriba. Sumergido en la crisis, que algunos califican de terminal, del movimiento comunista internacional con el colapso del sistema de estados que él construyó, y zarandeado por sus propios conflictos irresueltos, sus defectos adquieren a los ojos de los analistas tales dimensiones, se vuelven tan monstruosos, que sus virtudes se hacen como contrapartida infinitamente pequeñas y terminan por desaparecer (son, remedando al obispo Berkeley cuando intentaba ridiculizar ese invento matemático de los infinitésimos, “fantasmas de cantidades desaparecidas”).Pero ¡que diablos!, los comunistas uruguayos fueron actores de primera línea en esa construcción colectiva de los 60’. Concientemente trabajaron por ella. Su peso en el seno de la clase obrera organizada era grande y lo pusieron sin reservas al servicio de la unidad. Pensaron tempranamente en la necesidad del programa y sobre todo, en su elaboración colectiva y desde el seno mismo de las organizaciones populares. Y se plantearon como objetivo indispensable sintetizar ese programa y esa construcción unitaria en un instrumento político común para la izquierda.

Quienquiera que se tome en serio la investigación sobre el proceso histórico de aquellos años, que hurgue en la prensa y en la abundante documentación existente no puede por menos de coincidir con estas afirmaciones. Ignorarlo se puede, pero debe saberse que quien lo haga está borrando de la historia no sólo una de las vertientes más importantes en la formación del pensamiento político uruguayo, sino también de su cultura.

 

Ing. Wladimir Turiansky.