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¿HEMOS PERDIDO LOS EJES DE REFERENCIA?

Veamos. Desde la dictadura, ella incluída, para acá, se fue conformando en el país un bloque de poder que hoy tambalea.

La filosofía que sustenta ese bloque es, en lo económico, la elevación a la categoría de supremo hacedor del mercado, irrestricto, ilimitado, capaz por su mera existencia de derramar, algún día, cataratas de bienestar y de felicidad sobre todos los estratos sociales, de hacer de todos los ciudadanos felices consumidores. En lo social y lo político, el decaecimiento de la democracia, la pérdida de su sustancia movilizadora de la sociedad, su reducción al proceso periódico de elección de gobernantes, la anomia de la sociedad civil organizada, el dejar hacer a la élite gobernante en sus formas tecnoburocráticas. En la escala de valores, el individualismo egoísta frente al principio de la solidaridad, la impunidad en lugar de la justicia, la exclusión en lugar de la inclusión social, el castigo en lugar de la reinserción, las cárceles en lugar de las fábricas.

Ese bloque de poder, (cuyos orígenes bien pueden rastrearse más lejos, desde que la división internacional del trabajo nos condujo al capitalismo dependiente y simples subsidiarios de los centros de poder internacional), ha estado compuesto, a lo largo del tiempo, por diversos sectores de la economía y por variados personajes en el campo de la actividad empresarial, de la vida política, de la burocracia y de la esfera militar.

Hoy lo podemos visualizar en grupos empresariales poderosos, vinculados al sistema financiero y el comercio exportador, en políticos de ideología conservadora, por lo general afines a las concepciones filosóficas señaladas al comienzo, en burócratas y tecnócratas que ponen su saber, sus habilidades, su influencia y su poder al servicio de dichas concepciones, y una vieja y sobreviviente casta militar golpista, responsable de abominables violaciones a los derechos humanos.

No estoy pensando en una especie de asociación conciente, algo así como una logia o agrupamiento deliberado, o concertación de clases o sectores de clases sociales, que sin duda puede existir. Hablo de bloque en el sentido de una identificación de intereses económicos, de formas de pensamiento y de acción política, de intereses o ambiciones personales, y también, claro, de la necesidad de la protección que la impunidad confiere en algunas situaciones, y no sólo de los militares golpistas.

Este bloque de poder siente que comienza a perderlo a partir del triunfo popular del 31 de octubre del 2004. No sólo el poder, sino también la hegemonía ideológica sustentada en él.

Esto es lo que está en juego. El pueblo, esa categoría socioeconómica que abarca mucho más que el concepto de clases sociales, que identifica un modo de vida, una escala de valores, un sentimiento de patria, un proyecto de país, abrió camino a ese proceso.

No hay tarea más importante, entonces, para el movimiento popular, que consolidarlo. Desplazar definitivamente del poder ese bloque, construir una nueva hegemonía, o contrahegemonía, con valores como la justicia, la libertad, la solidaridad, la igualdad. En fin, rescatar el sueño americanista de Artigas.

¿Lo hemos asumido? ¿tenemos claro que esa construcción ha comenzado ya, con este gobierno, nuestro gobierno, con quienes lo integran, nuestros compañeros, con sus errores y sus aciertos, con sus vacilaciones y contradicciones, que no son por otra parte, ajenos a las vacilaciones y contradicciones en que se debate la sociedad toda?

¿Estamos recuperando los ideales de la solidaridad, hemos asumido de verdad que los más infelices deben ser los más privilegiados, y eso en un país cargado de deudas, externas e internas, tratando de emerger de una brutal crisis? ¿Lo asumimos, realmente?

Cuando uno observa la dureza y la radicalidad de algunos reclamos sectoriales, el manejo de la relación con el Gobierno como quien ve en él al enemigo, la ausencia de una reflexión que levante la mira del economicismo estrecho para abarcar los intereses de la clase en su conjunto, que pierde de vista el viejo lema de la solidaridad con los más débiles, del papel del movimiento obrero en la construcción de un nuevo Uruguay, piensa si de verdad no estamos perdiendo los ejes de referencia.

Y esto vale también para nosotros, los militantes frenteamplistas, miembros de las organizaciones partidarias o de los comités de base. Tenemos, como integrantes de un proyecto común, motivos de disensos, no pequeños algunos, y los estamos debatiendo, no sin dificultades. Pero, por favor, que los árboles no nos impidan distinguir el bosque y lo que en él sucede.

Contemplémoslo. El bosque presenta retoños nuevos, de un fresco verdor primaveral. Ahí tenemos 60 mil familias hasta ayer socialmente excluídas, que comienzan a sentir que se las intenta incluir. Con el ingreso ciudadano, con la atención de la salud, con la escolaridad de los niños, con el trabajo solidario, y con el esfuerzo por diseñar rutas de salida. Ahí tenemos otro, un viejo árbol que intentaron disecar para siempre y que retoña: los consejos de salarios, la negociación colectiva, los derechos sindicales. Por ahí crece porfiado el de la búsqueda de la verdad, el comienzo del fin de la impunidad. Otros se van abriendo paso: la reforma tributaria y la vieja consigna, de cuño artiguista, “que pague más quien más tiene, que pague menos quien menos tiene”; la salud y la educación como derechos humanos de carácter universal y no como mercancías adquiribles por quienes tienen medios para ello; en fin, la generación de espacios de participación democrática de la sociedad civil organizada. Todo ello es el bosque que crece, que se renueva, y que es nuestra tarea defender de la cizaña, arraigarlo y extenderlo.

Porque atención. El bosque contiene otras cosas. Lo nuevo crece sustituyendo lo viejo, lo caduco, pero que se resiste a dejar el lugar. El tufo de la impunidad y el privilegio lo impregna. Es la impunidad de viejos militares golpistas, y civiles también, como no, que temen la verdad y el veredicto de la historia.

Pero hay otras impunidades y privilegios. La impunidad de poderosos grupos empresariales que no vacilaron en despedir a miles de trabajadores, al amparo de la protección militar, y por el “delito” de haber jugado su trabajo, su libertad y su vida en la defensa de la libertad. La impunidad con la que lo siguieron haciendo luego en democracia, con los procesos de desregulación y flexibilización del mercado de trabajo, al amparo entonces del crecimiento de la desocupación y el consiguiente debilitamiento sindical. La impunidad de quienes hicieron de la administración del Estado fuente de privilegios para ellos y sus amigos, de quienes pusieron por encima del interés nacional, y a pretexto de la consolidación de una plaza financiera, especie de maná milagroso para todos nuestros males, el interés de un sistema financiero que terminó siendo botín de banqueros inescrupulosos y responsable del vaciamiento del país. Atención con ello. Es el viejo bloque de poder que no renuncia ni renunciará fácilmente a sus privilegios y sus impunidades.

No permitamos que nos destruyan lo que está naciendo.

Es nuestra obra, generaciones trabajaron para ella. Si tiene defectos son nuestros defectos, si vacila son nuestras vacilaciones, si es débil son nuestras debilidades. Asumámoslo y no nos hagamos los distraídos, mirando desde afuera, o, lo que es peor, con hostilidad y desde la vereda de enfrente.

Recordémoslo: son otra vez los tiempos de la “admirable alarma”. Son tiempos de asumir, como entonces, que sólo la unión nos hará libres.

Wladimir Turiansky.

 

 

 

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"Nada debemos esperar sino de nosotros mismos"
José Gervasio artigas -primer jefe de los orientales-