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Montevideo, 31 de agosto de 2004
SANGUINETTI Y LA REVOLUCION DEL CENTRO

La entrevista que la periodista Sonia Brescia le realizó a Julio Ma. Sanguinetti el pasado 27 de agosto en el programa Hoy x hoy, permitió, en medio de ese peculiar estilo verborrágico y gestual del ex presidente, una clara visión de su pensamiento, ubicado a la derecha del espectro político contemporáneo, por más que intente, él y su partido, calificarse a sí mismo como “el centro”. (Hay tanta gente metida ya en ese “centro” que deben sentirse bastante apretados, como en el pasillo de un ómnibus a la hora pico. Me trae el recuerdo de uno de los relatos cosmicómicos de Italo Calvino. En él, y a raiz de la teoría del “big -bang”, sobre el origen del Universo, su protagonista, un sujeto de extraño nombre, nos cuenta justamente que en el momento inicial, cuando todo el Universo se encontraba concentrado en un punto, estaban todos muy apretados, ni siquiera unos arriba y otros debajo, o a los costados, porque además no había ni arriba ni abajo, ni atrás o adelante, nada, todos en un punto, hasta la suegra, para peor. En fin, dejemos ese relato fantástico y desopilante y volvamos al punto, a nuestro punto, claro).

*IZQUIERDA Y DERECHA.

Dijo el Dr. Sanguinetti: ... Izquierda y derecha son hoy conceptos superados, pertenecen al pasado, ...¿quién podría definir hoy lo que es ser de izquierda, o de derecha? ... El mundo, agregó, es hoy una gran república de centro, democrático, donde parece que poco a poco, como en ese Universo puntual del relato de Calvino, vamos entrando todos.

Ya me referiré a esa especie de “revolución mundial del centro”, pero hay que responder al desafío del lider colorado: ¿qué es hoy ser de izquierda, y qué ser de derecha? ¿Existen esas categorías en el pensamiento político contemporáneo?

Claro que sí, existen! Negarlo es negar el progreso social, es aceptar la tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la Historia, es plantear como premisa irrefutable la imposibilidad de superar las profundas contradicciones del sistema social mundial hoy imperante.

En tanto existan, y existen, habrá en el mundo un pensamiento de izquierda, que no se resigna al proceso creciente e infernal de una enorme porción de la humanidad condenada a la exclusión, a la condición de “población sobrante, innecesaria y molesta”, y que se plantea cambiar esa realidad, buscando incesantemente caminos para ello. Es por eso, por esa búsqueda tenaz, porfiada, que la izquierda resulta para una mirada superficial, por no decir tendenciosa, como una variopinta mezcla de ideas, diversas, a veces contrapuestas, y de difícil caracterización.

Pero que no se apresure el Dr. Sanguinetti. Sea cual sea el camino que cada quien explore, aquella consigna fundacional de la izquierda, “libertad, igualdad y fraternidad”, (o solidaridad, como decimos hoy), sigue rigiendo la manera de pensar y de sentir de cualquier hombre de izquierda, cualquiera sea el lugar del mundo en que le toque actuar. Y todavía hoy, a más de 200 años, sigue sonando como consigna revolucionaria, en la misma medida en que aún no se ha realizado. Y por eso mismo absolutamente actual, no perimida.

Como también es actual, y existe, un pensamiento de derecha, que considera que sí, que hemos llegado al estadio social final, y que la suma de “la forma democrática y el libre mercado” se encargarán, en su propia dinámica, de corregir las “desarmonías” existentes, y que a la postre el bienestar y la felicidad se derramarán sobre todos los hombres (los que queden, deberían agregar). Ese pensamiento existe, ¿cómo negarlo si nos lo difunden a diario, en todos lados y por todos los medios?. Ese es el pensamiento conservador, de derecha, aquí y en todos los lugares.

EL CENTRO.

Devolvamos ahora la pregunta al Dr. Sanguinetti: ¿qué es ser de centro?. Y utilicemos para contestárnoslo el método casuístico que él empleó en el caso de la izquierda (y sólo de la izquierda, dicho sea de paso, porque no la utilizó para ejemplificar por el lado de la derecha, por las dudas, pienso yo).

Sea por tanto, a título de ejemplo, el modo de pensar respecto al papel del Estado.

Quien piense que el Estado debe desempeñar hoy un papel regulador en la economía, que debe contraponer una política de integración social ante los desequilibrios pavorosos que produce la economía de libre mercado irrestricta, que debe desarrollar por tanto una política activa, capaz de colocar el interés colectivo, de la sociedad en su conjunto por encima del apetito individual, ¿es para el Dr. Sanguinetti un hombre de centro? Sería bueno saberlo, porque si es así, hay que excluir del centro a su correligionario Jorge Batlle, quien ha dicho que sus autores de cabecera son Hayek y Von Mises, los padres del llamado neoliberalismo, cuyo grito de batalla es justamente quitar al Estado de la economía, desregularla y dejar que las leyes del mercado hagan lo suyo. ¿Y que hacemos con el Dr. Lacalle, cuya presidencia se caracterizó por la desregulación de la economía, en especial el mercado de trabajo, pero también la energía, o por su intento privatizador, para ir quitando al Estado de la estructura económica, y que sólo la instancia democrática del referéndum hizo encallar? ¿Y el ex ministro de Economía del gobierno blanco, el Dr. De Posadas, que todavía hoy arremete contra toda intromisión del Estado en la economía?

¿En ese centro político caben entonces todos, los émulos de Hayek, Von Mises y Milton Friedman, con los herederos de un batllismo que, al decir de Sanguinetti, unió la libre iniciativa del mercado con un Estado protector de los humildes, esto es, y sigo a Sanguinetti, unió el socialismo y la democracia, ergo, fue en 1904 un precursor de la socialdemocracia; o con blancos que se definen wilsonistas, cuya labor política se inspiró en el pensamiento desarrollista expresado en la CIDE, en su diagnóstico y en su plan de desarrollo? 

¿Nada hacia la izquierda, nada hacia la derecha? Tal pareciera que ese centro político, en esta versión “post –moderna”, resulta ser lo más parecido a la vidriera discepoliana de un cambalache, con la Biblia junto al calefón. Sobre todo porque en “esa república mundial de centro” el liderazgo es ejercido nada menos que por George W. Bush, que nos mete la democracia y el libre mercado a misilazo limpio, aunque tenga que arrasar con pueblos y culturas milenarias. ¡Un verdadero “apostolado”! ¿A esa “república mundial” nos convoca Sanguinetti?. En ese caso, ¡vade retro!.

Pero vamos a entendernos. En la sociedad, como en la vida, nada es blanco o negro. Los matices son infinitos. Por eso, entre izquierda y derecha existe una vasta zona, no de neutros o indecisos, sino de gentes que expresan, en esa gran variedad de matices, el mundo real, tan difícil de encerrar en esquemas o en encuestas. En él hay quienes tienden a coincidir con principios éticos que provienen de la izquierda, se sienten y definen a sí mismos como progresistas, y desde ese pensamiento progresista se aproximan objetivamente a la izquierda. En él hay, por otro lado quienes tienden a coincidir con esquemas conservadores, que adjudican los males sociales no al modelo de sociedad imperante sino a errores o debilidades de los gobiernos en su implementación, o a los hábitos de molicie de las gentes, y desde ese ángulo de pensamiento tienden a coincidir objetivamente con la derecha. Al fin no otra cosa refleja la actual polarización electoral, con el grado de matices, en una dirección o en otra, que tal polarización nos muestra. 

LA DEMOCRACIA.

Por último una referencia a la democracia. Se preguntó el Dr. Sanguinetti en esta ya citada entrevista: ¿qué es la democracia? Y se contestó a sí mismo: la democracia es una forma. Lo enfatizó, además, para que nadie tuviera dudas.

Es verdad, es una forma. Tiene forma jurídica, forma institucional, forma de expresar, debatir, y resolver, en torno a ideas, de todo tipo, incluso las que se planteen modificar esas mismas formas. Es así, y al pueblo uruguayo le costó mucha sangre, en muchas etapas de su historia, conquistar y defender esa democracia formal, como la definiera Sanguinetti. Incluso quienes en algún momento asumimos que, en cuanto forma, no era más que un medio para alcanzar otros fines, esto es, una sociedad más justa, hemos hecho nuestra autocrítica, en el papel y en la vida, y nos jugamos junto a todo nuestro pueblo en su reconquista. De manera que en cuanto a lo formal no hay objeción que hacer. En todo caso, de lo que se trata es de hacer que las formas reflejen en cada instante el pensamiento mayoritario de la “demos”, y que ese pensamiento mayoritario, “formalmente” expresado, sea asumido por todos y en todo instante y ocasión.

Pero, ¿es la democracia sólo eso?

¿Es una forma sin contenido? ¿Una cáscara vacía, como alguna vez clamó R. Arismendi en tiempos de desborde institucional?.

Se ha hecho muy extensas estas reflexiones, pero no hay más remedio que abordar esta pregunta, porque ese sí es un debate necesario.

Forma y contenido son categorías indisolubles. A los efectos de un análisis, alguien puede pensar en separarlas para su estudio. Pero no solamente son indisolubles en la realidad, sino que se condicionan mutuamente, una hace a la otra.

Como simple forma, el concepto de democracia se niega a sí misma. Por ejemplo:

La democracia “forma” implica la igualdad ante la ley (como decía Anatole France, la ley prohibe por igual, o autoriza por igual, da lo mismo, al millonario y al vagabundo dormir debajo de los puentes), pero esa igualdad ante la ley implica, para no caer en la ironía de A. France, la igualdad en los derechos, en el pleno acceso a los mismos, aquellos que surgen de la ley primera de la “forma”, esto es, la Constitución. Acceso a una vivienda digna, al trabajo y la justa retribución del mismo, a la salud y la educación en todos los niveles y con plena calidad. Acceso en igualdad de condiciones a la información, a la libertad de expresión y la disponibilidad de medios para ello, a la toma de decisiones políticas y el control de su cumplimiento, etc, etc, etc.

Como se ve, el respeto por la forma implica necesariamente abordar el contenido, precisamente para no violar la forma, para no transformarla en una “cáscara vacía”.

El propio Dr. Sanguinetti puso otro ejemplo, una grosera desvirtuación de la “forma”, si se me permite. El Parlamento, dijo, era una forma suprema de democracia, tribuna de los representantes del pueblo. En él, antes, se pronunciaban majestuosos discursos, por él transcurría la vida política. Hoy, preguntó Sanguinetti, si a un parlamentario le dieran a elegir entre dos horas de tribuna parlamentaria o dos minutos de televisión, ¿qué elegiría?. Entrevistado y entrevistadora contestaron de inmediato y a dúo: “los dos minutos en la tele”. Asi, la democracia representativa, basada en partidos, se desliza a lo que Alain Tourene definió como “democracia de opinión”, basada en los medios de comunicación, una verdadera contradicción en esencia. ¿Ve el Dr. Sanguinetti que como simple “forma” el concepto democracia se niega a sí mismo?. 

De igual manera, el cumplimiento de los derechos esenciales del ser humano, sujeto activo a la vez que objeto, de toda transformación social, implica necesariamente examinar en cada momento la forma, sus eventuales modificaciones, de modo que los derechos del hombre pasen de los enunciados a la práctica, de las palabras a los hechos.

Pero esto ya se hizo demasiado extenso. Mil perdones.

Ing. Wladimir Turiansky.

 

 

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