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Montevideo, enero de 2006
¿MANDATO IMPERATIVO O VERTICALAZO?

En los últimos días el término “mandato imperativo” ha sido llevado y traído por los medios en relación a la ratificación del Tratado de Inversiones. Sin embargo, su manejo sufre de un error conceptual bastante grueso. El “mandato imperativo”, de aplicarse, sería un factor para democratizar el sistema representativo pues se refiere a que los representantes estén sujetos, en sus pronunciamientos y toma de decisiones, a la expresa voluntad de sus representados. En el caso como el presente, en que se hace referencia a un legislador, éste debería estar mandatado por sus electores.

En un sistema en que la representación y elección están mediados por partidos políticos podríamos radicar, en alguna medida, la expresión de la voluntad ciudadana en su acuerdo con las bases programáticas y las propuestas electorales. Así parecía entenderlo Ferreira Aldunate cuando publicó “Mi compromiso con usted”, urgido por la lucha ideológica con la izquierda que había logrado conformar su unidad. Por supuesto que una larga tradición de desconocimiento de esos “compromisos” hizo que el decir popular los resumiera en la categoría de “promesas electorales”.

La izquierda desde siempre se preocupó por definir sus programas y medidas de gobierno. Podríamos considerar que el contenido del programa de un partido constituye una suerte de mandato para los gobernantes electos. Un legislador que se negara a votar, digamos, el impuesto a la renta que claramente era una propuesta del EP-FA-NM, estaría desoyendo ese mandato. No me parece que ratificar el tratado que concertara el gobierno anterior formara parte de las bases programáticas planteadas. Y en este sentido, en el caso que nos ocupa, vale preguntarse quién cumple y quién no cumple con el mandato de sus electores.

Pero sobre todo nos preguntamos por qué, descansando en los laureles de las mayorías, se perdió una excelente oportunidad para dar un gran debate sobre un tema trascendente, que tiene que ver con distintos proyectos de país, pero también con una interpretación del mundo y la historia. Los partidarios de aprobar rápidamente el tratado no se tomaron el trabajo de explicarnos las profundas razones por las cuales era imprescindible. Difícilmente las urgidas generalidades, las esperanzadas expresiones de deseos, la aceptación a regañadientes o la descalificación violenta, por sí mismas, convenzan a nadie. Y menos la recomendación de tragar sapos o cosas podridas, a menos que se hagan conocer las causas de esa necesidad o sus virtudes terapéuticas. Así nos iríamos aproximando a la exigencia de Lenin en cuanto a hacer transparentes las fuerzas que juegan en la gran política, en particular en las relaciones internacionales.

Aunque nadie se atrevería a desmentir el principio de la soberanía popular, gozamos de un sistema en el que no existe el menor mecanismo de contralor de la actuación de los representantes por parte de los representados. Sería bueno pensar alguno, aunque sea parcial y limitado, para que aquello de “avanzar en la democracia” no quede como una simple frase para todo servicio. Y de paso abrirnos la cabeza con “La guerra civil en Francia” o el “Contrato Social”.

María Battegazzore

 

 

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José Gervasio artigas -primer jefe de los orientales-