La función del
intelectual no es ni puede ser otra que la de buscar, difundir y defender
la verdad. Y la verdad es revolucionaria, como nos recuerda Lenin. Luego
el intelectual, si no es un impostor, está, por definición, al servicio de
la revolución. Denunciar las mentiras, sofismas y tergiversaciones del
poder es su irrenunciable misión.
Carlo Frabetti | España
Filosofía y ciencia
Hace unos años, le pregunté a Stephen Hawking cómo veía la relación actual
entre filosofía y ciencia, y me contestó: “Ahora los filósofos solo se
dedican al lenguaje, y los científicos tenemos que ocupar el lugar que han
dejado vacante”. Los antiguos filósofos fueron los primeros científicos.
Los nuevos científicos son los últimos filósofos.
En Dialéctica de
la naturaleza, dice Engels: “Los científicos creen librarse de la
filosofía ignorándola o despreciándola. Pero puesto que sin pensamiento no
pueden avanzar y para pensar necesitan pautas de pensamiento, y toman
dichas pautas, sin darse cuenta, del sentido común de las llamadas
personas cultas, dominado por los residuos de una filosofía ampliamente
superada, o de ese poco de filosofía que aprendieron en la universidad, o
de la lectura acrítica y asistemática de textos filosóficos de toda
índole, no son en absoluto menos esclavos de la filosofía, sino que la
mayoría de las veces lo son de la peor; y los que más desprecian la
filosofía son esclavos precisamente de los peores residuos vulgarizados de
la peor filosofía”.
A primera vista,
Hawking parece contradecir a Engels; pero, en última instancia, está
señalando el mismo problema —la misma dicotomía— desde un ángulo y un
momento diferentes.
Los
“intelectuales” (con las comillas quiero señalar que me refiero a lo que
habitualmente se entiende por tales) suelen ser gente de letras. Y,
viceversa, los científicos no suelen ser considerados (ni considerarse a
sí mismos) intelectuales. Sin embargo, hablar de los problemas económicos,
políticos y sociales sin saber matemáticas (sin conocer, por ejemplo, la
teoría de la información o la teoría de juegos), es, hoy más que nunca,
una impostura. Una impostura tan grande —y tan frecuente— como arrogarse
el título de filósofo sin un profundo conocimiento de la física del siglo
XX y de la lógica posterior a Gödel. La vieja advertencia platónica —“Que
no entre aquí quien no sepa geometría”— sigue en la puerta de la Academia.
Solo que ahora la geometría ya no es euclídea y la advertencia está en un
idioma que la mayoría de los “pensadores” no entienden.
El anaritmetismo
(la incapacidad de leer el lenguaje de los números) es uno de los grandes
problemas de nuestra cultura, y afecta de forma alarmante a la mismísima
élite intelectual. Y el discurso sociopolítico se resiente gravemente de
ello.
Marxismo y ciencia
Decía Popper
(cuyas contribuciones a la epistemología no se pueden ignorar, a pesar de
su lamentable deriva hacia la derecha) que el marxismo, en el que creyó en
su juventud, lo había decepcionado por sus infundadas pretensiones
científicas y la falta de rigor de sus “profecías”. Venía a decir Sir Karl
(como se hacía llamar al final de su vida) que él, junto a tantos otros
ingenuos, había luchado contra el capitalismo creyendo que su caída era
inevitable, como asegura Marx. Al comprender que el pronóstico carecía de
base suficiente, se había sentido profundamente decepcionado y había
abandonado la lucha. Le escribí, al respecto, lo siguiente: “Su argumento
parece sugerir que solo hay que luchar si la victoria está asegurada de
antemano, cuando lo cierto es más bien lo contrario: si el capitalismo
llevara en su seno el germen de su propia destrucción, como afirma Marx, y
su caída fuera inevitable, entonces podríamos relajarnos, como puede
relajarse el médico cuando la curación del enfermo es segura o el bombero
que sabe que el fuego va a extinguirse por sí solo. Precisamente porque la
caída del capitalismo no es inevitable (mejor dicho, no sabemos a ciencia
cierta si lo es o no), porque la victoria no está asegurada de antemano,
tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas”. (Nunca me contestó.)
El marxismo no es
una ciencia, y el hecho de que muchos de sus seguidores atribuyeran a sus
formulaciones el rango de leyes científicas, ha sido una de las causas del
fracaso del llamado “socialismo real”. El marxismo no es una ciencia, pero
tiene una clara vocación científica y sabe que necesita de la ciencia.
Tanto como la ciencia necesita del marxismo para dejar de ser esclava del
capital.
Pensamiento y acción
El intelectual
rumiante (que come y regurgita papel impreso) es una especie domesticada
que solo vive en las granjas, los zoos y los circos del poder.
La “soledad
solidaria” de la que hablaba Aranguren (la del pensador preocupado por los
problemas sociales, pero aislado en su torre de marfil) ya no es
suficiente, si es que alguna vez lo fue. El mero hecho de obtener
información veraz se ha convertido, en estos tiempos de manipulación
mediática global, en una tarea incompatible con el tradicional aislamiento
de los cenáculos culturales.
Las movilizaciones y los foros sociales necesitan de la participación de
los intelectuales (es decir, de quienes han hecho de la cultura y la
comunicación su oficio); pero estos, a su vez, no pueden desarrollarse sin
participar activamente en dichos foros y movilizaciones.
La dialéctica
teoría-praxis bien entendida empieza por uno mismo. Y no vale decir que la
generación de teoría es en sí misma una praxis, en un momento en el que
sin verdadera praxis (sin participación directa en los procesos
sociopolíticos) es imposible tan siquiera acceder a la información
necesaria para generar nueva teoría.
Los intelectuales
necesitan más “formación física” en ambos sentidos de la expresión: no
solo tienen que aprender física (y matemáticas: sin pensamiento
cuantitativo, las posibilidades de predicción y transformación son muy
escasas), sino que han de mejorar su forma física y no desdeñar la acción,
el movimiento, la lucha.
La colmena utópica
Hay otra razón
por la que los intelectuales tienen que salir urgentemente de sus
madrigueras. Y de sus países.
Por las
características mismas de su trabajo, el intelectual y el artista tienden
al individualismo. Y en estos momentos de guerra abierta del poder contra
la razón y la cultura, la lucha individual no es suficiente. Los
intelectuales (sin perjuicio de otras formas de organización) tienen que
organizarse “gremialmente”, planear y llevar a cabo empresas colectivas.
Las movilizaciones masivas no serían más que clamorosos testimonios si no
dieran lugar a la aparición de “propiedades emergentes”, de nuevas formas
de relación y organización en y entre los diversos estamentos sociales. Y
el estamento intelectual no puede ser una excepción.
El
pensador-jardinero que cuida su hortus conclusus y ocasionalmente
regala (o vende, más bien) sus flores y frutos a los simples mortales del
mundo exterior, ha de dejar paso al pensador-abeja capaz de trabajar en
enjambre y de defender la colmena con su aguijón. La colmena utópica,
tanto en el sentido literal (no está en un lugar concreto ni tiene una
realidad física) como en el literario: el laboratorio de ideas donde
colectivamente se proyecta y se prepara la utopía (que no es lo imposible,
sino lo imposibilitado por unas circunstancias que hay que subvertir, como
nos recuerda Alfonso Sastre).
La caída de
Constantinopla en poder de los turcos, a mediados del siglo XV, no solo
marca el comienzo de la Edad Moderna, sino que la hace posible. La huida
de los sabios bizantinos a la Europa occidental (sobre todo a Florencia,
Venecia, Bolonia y otras ciudades italianas) dio un impulso decisivo al
Renacimiento, pues con ellos —con sus bibliotecas— volvieron, para reinar
en las universidades y en las cortes ilustradas, Platón y Aristóteles,
Pitágoras y Euclides (que los árabes ya habían empezado a introducir por
Andalucía).
Ahora que la
vieja Europa es una gran Bizancio de decadente cultura sometida a los
nuevos depredadores imperialistas, los intelectuales europeos tienen que
viajar espiritualmente (y también físicamente, cuanto más mejor) a
Latinoamérica, donde un nuevo Humanismo y un nuevo Renacimiento han
encontrado en Engels y Marx su Sócrates y su Epicuro. (La Historia no se
repite: simplemente, permanece. Lo que describe círculos —aunque solo
aparentes: en realidad son los ciclos abiertos de una espiral en
expansión— es nuestra mirada; nuestra memoria, que constantemente recuerda
y olvida las lecciones del pasado.)
Desde que la
revolución galileana inauguró la ciencia tal como hoy la entendemos, un
científico es necesariamente un experimentador. Desde que Marx y Engels
dejaron claro que la función de la filosofía es cambiar el mundo, y no
solo explicarlo, los pensadores que no son también hombres —o mujeres— de
acción, no son gran cosa, máxime en situaciones de catástrofe material y
moral como la que nos ha tocado vivir. Parafraseando a Marañón, el
intelectual que es solo un intelectual, no es ni siquiera un intelectual.
Hay que
participar personalmente en los foros y en las movilizaciones sociales.
Hay que ir a Iraq y a Palestina. Hay que ir a Cuba y a Venezuela, a Brasil
y a México. Y no a dar lecciones, precisamente, sino a aprender.
La torre y el púlpito
La función del
intelectual no es ni puede ser otra que la de buscar, difundir y defender
la verdad. Y la verdad es revolucionaria, como nos recuerda Lenin. Luego
el intelectual, si no es un impostor, está, por definición, al servicio de
la revolución. Denunciar las mentiras, sofismas y tergiversaciones del
poder es su irrenunciable misión. Pero el intelectual es un privilegiado,
y a menudo luchar contra los poderes establecidos significa luchar contra
los propios privilegios. Algunos lo hacen (todos, en realidad: los demás
son impostores), pero muy pocos llevan la lucha hasta sus últimas
consecuencias. Y uno de los privilegios a los que el intelectual casi
nunca renuncia, es el púlpito.
Como si pasar
directamente de la torre de marfil al nivel del suelo fuera un salto
demasiado brusco, la mayoría de los intelectuales se detienen en un
escalón intermedio: el púlpito, la cátedra o la tribuna. Se acercan a los
viles mortales lo suficiente como para ser oídos, pero manteniéndose a una
prudencial altura por encima de sus cabezas. Y desde el púlpito pueden
hablar sin mesura y sin temor a ser interrumpidos por su auditorio
cautivo.
En una
conversación normal, nadie habla ininterrumpidamente durante una hora
seguida o más, y si alguien lo intenta, sus interlocutores lo cortan o le
administran un tranquilizante. Las conferencias y mesas redondas deberían
consistir en breves exposiciones introductorias seguidas de debates
abiertos. Soltar un discurso (máxime cuando el orador, como ocurre a
menudo, se limita a leer un texto en voz alta) solo tendría sentido ante
un público analfabeto; de lo contrario, sería mucho más razonable darles a
los interesados la ponencia escrita para que cada cual la leyese donde y
cuando quisiera. Los discursos solo tienen sentido —si lo tienen— cuando
el auditorio no puede participar (porque es excesivamente numeroso o
porque el orador se dirige a él mediante la radio o la televisión).
A mediados de
febrero, participé en La Habana en una larga mesa redonda (ocupó dos
mañanas enteras) sobre el mercado de las ideas y el papel de los
intelectuales. Pocas veces he tenido unos compañeros de mesa tan
competentes (Atilio Borón, Luis Britto, Heinz Dieterich, James Petras) y
un auditorio tan selecto (en primera fila, Irene Amador, Eva Forest, Abel
Prieto, Iroel Sánchez, Eva Sastre...). Fue muy interesante, pero podría
haberlo sido mucho más si hubiera habido más tiempo para el debate.
Además, no solo las ponencias, sino también los propios ponentes éramos
excesivamente homogéneos. Como señalaron nuestras amigas de la primera
fila, todos éramos “hombres, blancos y viejos” (mientras que en el público
abundaban las mujeres, los negros y los jóvenes). Hay que escuchar a los
ancianos de la tribu, por supuesto; pero no solo a ellos, y menos en estos
tiempos vertiginosos. Y, desde luego, hay que escuchar a las mujeres (más
que a los hombres, que llevamos demasiado tiempo monopolizando el discurso
público). Y a los “hiperpigmentados”, como se autodenominan irónicamente
algunos caribeños.
La revolución pacífica
Más que un
oxímoron, “revolución pacífica” parece una contradicción in términis.
¿Cómo se puede expulsar pacíficamente del poder a quienes defienden sus
privilegios con la más brutal de las violencias?
Y sin embargo, la
revolución es fundamentalmente “pacífica”, en el sentido de que su causa
es la paz (la Irene de los griegos: la Paz hija de la Justicia, la única
deseable, la única posible). Y también su efecto.
Y, al parecer, en
determinadas circunstancias la revolución también puede ser pacífica en el
sentido más coloquial del término. De hecho, la Revolución cubana fue poco
cruenta, y la venezolana, por ahora, todavía menos.
Cuando los
politólogos empezaron a hablar de la cubanización de Venezuela, Fidel
Castro replicó que era Cuba la que se estaba venezolanizando. Las dos
cosas son ciertas. Venezuela aprendió de Cuba, y Cuba aprende de
Venezuela. Y toda Latinoamérica —y todo el mundo— tiene que aprender de
ambas.
Hace poco hablaba
de ello con Adina Bastidas, ex vicepresidenta del Gobierno venezolano.
Como ocurre con otras disciplinas protocientíficas, lo que impide a la
politología convertirse en una ciencia propiamente dicha, es la
imposibilidad de diseñar y llevar a cabo experimentos controlados. De ahí
la extraordinaria importancia —no solo histórica, sino también teórica— de
ese gran “experimento” que es la revolución bolivariana (y de ese largo
experimento que sigue siendo la evolución cubana). Hay muchas conclusiones
que sacar, muchas cosas que aprender, muchas teorías que revisar a la luz
de lo que está pasando en Latinoamérica. Y no solo en Cuba y en Venezuela.
El zapatismo, el MST brasileño, los distintos movimientos indigenistas...
Esos son los grandes laboratorios políticos, y las nuevas ideas tienen que
forjarse o templarse en sus crisoles.
El nuevo paradigma
¿En qué consiste
y cómo se lleva a cabo el cambio de paradigma? Contestar a esta pregunta
es, precisamente, una de las principales tareas que nos impone la actual
crisis (por no decir catástrofe) política, cultural y moral.
Algunas líneas de
reflexión y de trabajo están bastante claras (y en los párrafos anteriores
he intentado esbozarlas), y pasan por la superación de dicotomías y
oposiciones sólidamente instauradas: ciencia-filosofía, ciencia-religión,
ciencias-letras, pensamiento-acción, maestro-discípulo, orador-auditorio,
hombre-mujer, joven-viejo... Y no es casual que la ciencia sea uno de los
términos recurrentes de las dicotomías a superar. Porque la ciencia, en el
sentido galileano de cuantificación del saber (“hay que medir todo lo que
es medible y hacer medible lo que no lo es”), es la herramienta básica de
la revolución cultural que nos traerá un nuevo paradigma, una nueva visión
del mundo. Una nueva visión del mundo que no desaproveche nada de la
antigua, cuya culminación-superación es el marxismo. Actualizarlo,
eliminar sus restos de dogmatismo, feminizarlo, matematizarlo... Esa es la
tarea. Marx y Engels nos legaron un magnífico borrador: hay que corregirlo
y aumentarlo, hay que pasarlo a limpio. Pero no de una vez por todas, sino
continuamente.
Huelga señalar
que los intelectuales tienen una responsabilidad muy especial y mucho
trabajo por hacer. Y su primera obligación es la de formarse e informarse
debidamente. Se habla mucho, y con razón, del derecho a la educación y del
derecho a la información. Pero, para quienes han hecho de la cultura y la
comunicación su oficio, formarse e informarse es, ante todo, un deber
cotidiano. Y no todo está en los libros (nunca estuvo todo en ellos, pero
hoy menos que nunca). Hay que visitar las nuevas ágoras y las nuevas
palestras, tanto virtuales como físicas. Hay que salir de las torres y de
los claustros. Hay que apearse de los púlpitos y de las cátedras. Hay que
asumir todos los riesgos, incluso el de hacer el ridículo.
Según una vieja
metáfora recientemente recuperada por el subcomandante Marcos, el
intelectual ha de convertir su pluma en una espada. Pero en los tiempos
que corren también ha de estar dispuesto a empuñar espadas menos
metafóricas. Como me consta que están dispuestos a hacer —o ya lo
hicieron— algunos intelectuales cubanos y venezolanos de primera fila.
Hacer de la pluma
una espada. Y, si es preciso, cambiar la pluma por la espada. Y hacer de
la espada una pluma.