REFLEXIONES SOBRE UN REPORTAJE AL SOCIÓLOGO ATILIO BORON
Aldo Scarpa
En el reportaje realizado por “El Siglo” al sociólogo argentino Atilio Borón, “De la fase de repliegue a la reconstrucción del estado”, se plantean cuestiones de suma importancia no solo desde el punto de vista teórico, sino, y fundamentalmente, en cuanto a la práctica revolucionaria. Encontramos afirmaciones en torno a problemas que deberían estar en el centro de las preocupaciones de la izquierda uruguaya y latinoamericana. Problemas cuyo abordaje y correcta resolución reclama el pensamiento creador y el debate profundo en la izquierda (esto a pesar, paradójicamente, de que el sociólogo argentino ve con “desánimo que muchos compañeros están más interesados en polemizar dentro de la izquierda que en estudiar seriamente los proyectos de la derecha).
Entre otros temas en la entrevista se proponen elementos que contribuyen con la tarea de alcanzar una definición acertada de la etapa histórica que vive el continente. En este sentido se afirma: “.... Claro, no son alternativas que construyen el socialismo, pero ahí tenemos que tener en cuenta que en la fase defensiva en que nos encontramos, la construcción del socialismo comienza por recortar el despotismo del capital y sus prerrogativas. No estamos en una fase ofensiva, hemos encajado una enorme derrota histórica, como el colapso de la Unión Soviética, y estamos en una fase de recomposición. Es absurdo pretender salir con todo para el frente en un momento como este, donde lo importante es consolidar nuestras bases políticas, las bases partidarias, el movimiento sindical, los movimientos sociales, los movimientos de mujeres, de los jóvenes; rearmar ese entramado que tenían las fuerzas de izquierda hace treinta o cuarenta años. No olvidemos que vino un baño de sangre en nuestros países, y vino el exilio, la decepción, y vino el cansancio y el cambio de posición de algunos de los referentes de la izquierda, que se pasaron a las filas del neoliberalismo. O sea, en este momento no hay que pensar que la alternativa es comenzar ya la construcción del socialismo. Hay países más avanzados.”
Lo primero que se deduce de este planteo, lo dice Borón, es que la izquierda latina mericana tiene que ser cautelosa, andar con cuidado. Por otra parte, las fuerzas de izquierda de cada uno de nuestros países están obligadas a comprobar como se expresa esta constatación general en la realidad particular de cada país evitando los traslados mecánicos, simplificaciones caricaturescas, marchar al ritmo de una retórica romántica que `provoque el fracaso, en algunos lugares de décadas de acumulación y lucha organizada. Es decir, es necesario tener en cuenta todos los aspectos que nos permitan construir una imagen real del país que se trate. Por ejemplo, se examinará la situación del país, sus dimensiones, sus recursos naturales, su ubicación desde el punto de vista geopolítica, la historia política, sus tradiciones, la estabilidad institucional, la idiosincrasia de su pueblo, la correlación de fuerzas políticas, el grado de desarrollo de la fuerza social de los cambios, en que medida se logró frenar la ofensiva brutal del neoliberalismo, etc.
En definitiva, toda fuerza revolucionaria de América Latina debe nutrirse de la experiencia de lucha acumulada por nuestros pueblos, en particular la rica experiencia de los años sesenta, de sus enseñanzas prácticas y teóricas:no hay copias ni se le imponen marchas forzadas a los pueblos en el camino de su liberación.
Sin embargo, Borón recorre otro camino. Se toma el trabajo de efectuar una clasificación de los distintos gobiernos de América Latina que a través de elecciones desplazaron a las fuerzas de la derecha. Se enreda en la tarea de repartir títulos. Así leemos: “Claro, esos son los gobiernos de izquierda (se refiere a los casos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua). Los otros son gobiernos de otro tipo. Podemos discutir cómo los llamamos, pero no son realmente gobiernos de izquierda. Ni los gobiernos de Bachelet, Lula, Kirchner, Alan García y Tabaré Vásquez son de izquierda. Son de centro, y en algunos casos tienen en el pasado a de izquierda, pero nada más.” Y más adelante: “Tenemos otros gobiernos, como los de Lula, Kirchner y ahora su mujer, y Tabaré Vásquez, que si bien no tienen un proyecto de izquierda, por lo menos tienen que pagar un tributo retórico a la izquierda, lo cual ya es algo muy importante, porque deja sembrada en la población la idea quealgo anda mal con el neoliberalismo.”Estos gobiernos “frustraron las expectativas populares...”
En primer lugar, obsérvese la “desagradable” coincidencia en que incurre Borón. La clasificación que nos ofrece nos es muy familiar, la escuchamos todos los días por los grandes medios de comunicación en boca de periodistas, sociólogos y politólogos. Los mismos profesionales que según Borón actúan de la siguiente manera cuando se trata de repetir las mentiras del imperio: “...y luego los periodistas, sociólogos y politólogos repiten esa tontería”.
En segundo lugar, el sociólogo argentino debe poseer una definición muy precisa sobre lo que es un proyecto de izquierda en la actual etapa del continente, como para sentenciar tajantemente que una serie de gobiernos muy diferentes (el mismo anota algunas diferencias sobre cuestiones fundamentales) tienen un “proyecto de izquierda” y que otro grupo de gobiernos, más diferentes aún entre sí, no lo tienen. Ante estas calificaciones siempre es conveniente detenerse, quizás sean muy ligeras y provoquen la confusión entre apariencia y realidad. Sin tratarse de situaciones iguales, sin traslados mecánicos, pero utilizando la analogía, instrumento que nos proporciona la dialéctica convocamos al compañero Borón a reflexionar con nosotros: A principios de la década del veinte del siglo pasado Lenin constataba que la revolución mundial entraba en una etapa de reflujo, afirmaba que en la Rusia de 1920 los bolcheviques debían aprender a luchar en la defensiva, en ese contexto ¿ quien sería el poseedor del “proyecto de izquierda”, Lenin con la NEP y su tránsito a un “Capitalismo de Estado” o los “Izquierdistas” que lo acusaban de haber abandonado los principios comunistas y proponían el tránsito forzado a través del Comunismo de Guerra?
En tercer lugar, y más importante aún, la clasificación se nos presenta francamente superficial, el resultado de una visión pobre y unilateral que nada tiene que ver con el marxismo.
Preguntémonos: ¿qué elementos se toman en cuenta para fundamentar esta clasificación? ¿Un análisis serio y profundo de las condiciones que deben enfrentar los nuevos gobiernos en sus países? ¿Acaso la composición de clase de las fuerzas políticas en los gobiernos? No. ¿Acaso la génesis, la historia, la actual situación de estas fuerzas? Tampoco. ¿Es que acaso se estudia el proceso histórico por el cual cada una de estas fuerzas llegaron al gobierno? Menos aún. ¿Se tiene en cuenta si en el pasado reciente estas fuerzas fueron instrumento de la clase dominante y el imperio para aplicar el proyecto neoliberal o por si por el contrario fueron instrumento de los sectores subalternos para detenerlos u obstaculizarlos? ¿Si estas fuerzas políticas expresan la unidad de la izquierda o si la izquierda está dividida? ¿Si estas fuerzas políticas tienen una organización democrática, basada en la militancia permanente de sus afiliados, promotora de un cambio cultural profundo o si se trata de un partido tradicional más, o si el gobierno no tiene expresión orgánica? ¿Si el acceso al gobierno es un producto circunstancial, o el resultado de una situación sin salida o un descontento social que no encontró una izquierda preparada y tuvo que canalizarse por instrumentos surgidos más o menos espontáneamente y que luego de la llegada al gobierno se plantea el desafío de la construcción orgánica y la elaboración teórica o, si por el contrario, es la consecuencia de décadas de lucha organizada, de una elaboración política y teórica sobre las vías de la revolución, las vías de aproximación, etc., promotora y formadora de cientos de miles de cuadros que se convierten en el sostén de una organización, creadora de una identidad de izquierda en amplios sectores del pueblo y de un proceso que trasciende o reduce el papel de los líderes?
Estas son solo algunas de las preguntas que nos formularíamos ante el trabajo de estudiar un proceso, porque un “proyecto de izquierda” no son solo una serie de medidas o poses. Sin embargo no encontramos nada, absolutamente nada, sobre éstos u otros elementos fundamentales en un análisis marxista.
Mas no podemos absolutizar esta afirmación. Borón ingresa en el análisis de algunos de estos aspectos pero no los vincula en absoluto con el esquema de clasificación que nos propone. Aísla los gobiernos “realmente con proyecto de izquierda” e intenta un análisis profundo de ciertos fenómenos, pero dejando de lado, desconociendo los otros procesos, que son lisa y llanamente descalificados. Un método realmente sorprendente. Por supuesto, esta actitud cognitiva impide una aproximación acertada al proceso global, a su complejidad y contradicción. Nos proporciona una imagen empobrecida y unilateral del proceso continental. Imagen que le enseña las “debilidades” latentes en los procesos “realmente de izquierda” y no le permite descubrir que quizás en alguno de los procesos de “orientación centrista” existan las fortalezas añoradas por el sociólogo.
Por ejemplo, entre las “debilidades” de Chávez anota: “El problema de Chávez es que no tiene una organización o instrumento político. No tiene ni partido ni movimiento. Ese es un grave problema. Chávez tiene un enorme liderazgo carismático que suple esa deficiencia, pero la suple hasta cierto punto.” En cambio “Evo Morales tiene un movimiento muy fuerte pero enfrentado a una estrategia del imperialismo y las clases dominantes locales que promueven la secesión de la región oriental de Bolivia”, “... tiene un movimiento muy fuerte, pero es un movimiento que está en el occidente de Bolivia y no en el oriente, que es la zona peligrosa. Evo tiene el instrumento pero el instrumento no tiene cobertura nacional” Pero además, “por el Gabinete de Evo circularon muchos Ministros, muy representativos de los movimientos, ... pero no lograba tener un proyecto para Bolivia como nación” En cuanto a Correa dice, “... tampoco tiene un aparato político habrá que ver de que manera resiste”. Reconoce entonces que estos gobiernos no tienen el poder y que están sometidos a enormes presiones de las fuerzas más agresivas del imperialismo. Estamos de acuerdo con estos planteos de Borón.
Pero el intelectual argentino no se aboca al estudio concreto de cada uno de los procesos que se están desarrollando en los países en cuestión. En cuanto a los casos dejados de lado realiza ligera generalizaciones a partir de apariencias, de supuestas orientaciones comunes, que le impiden el contenido real de cada proceso, su profundidad, su posible continuidad, etc. Apenas nos proporciona afirmaciones incorrectas con apariencia de verdad profunda. Se trata solo de afirmaciones vacías.
Ni es el espacio, ni tenemos, los elementos para dedicarnos nosotros a esta tarea. Lo que resulta increíble es con la seguridad absoluta que habla y sentencia Borón cuando al mismo tiempo da muestras de un total desconocimiento de procesos políticos y elaboraciones teóricas que se han desenvuelto en países latinoamericanos durante décadas. Así, muchas de las debilidades y contradicciones que señala en los casos venezolanos, bolivianos, ecuatorianos y en general en los movimientos sociales del continente, no agotan la realidad. Es probable que en otros países el sociólogo argentino encuentre “solución “ y fortalezas a lo que señala como debilidades en otros casos. Y esto es importante porque son cuestiones fundamentales, sin ser las únicas, para garantizar la continuidad de un real “proyecto de izquierda”.
Creemos que ningún análisis serio de la actualidad latinoamericana puede obviar la experiencia de la izquierda uruguaya. Porque el signo distintivo de esta actualidad es el avance de los pueblos, el acceso a nuevas posiciones de fuerza a través de la institucionalidad democrática burguesa. Durante décadas amplios sectores de la izquierda latinoamericana no comprendieron y se opusieron a la posibilidad de este tipo de desarrollo del proceso revolucionario. En cambio, desde hace más de cincuenta años la izquierda uruguaya ha recorrido este camino (existieron otros casos, por ejemplo el chileno desgraciadamente derrotado y dividido por el fascismo.) Sin embargo, póngase atención en el hecho de que Borón solo hace referencia al caso chileno que quedó trunco y lo hace en el sentido negativo (fue derrotado) y no en lo que tuvo de fermental. Sobre el caso uruguayo, que sobrevivió al fascismo y al neoliberalismo, que desarrolló la elaboración teórica y la exploración práctica de esta vía, ni una palabra. Peor, con total desparpajo iguala al gobierno del Frente Amplio, por ejemplo, con el gobierno del partido de Menem (obviando el significado de clase de este instrumento de la superestructura, más allá que hoy estén los Kirchner) o con Alan García. Para un marxista semejante análisis equivale a perderse en las tinieblas más oscuras... y peligrosas.
Si dejáramos a un lado la retórica “izquierdista” que cada tanto reaparece en nuestro continente y que tanto mal le hace a la izquierda y se estudiara desprejuiciadamente los distintos procesos, el aporte al avance de la revolución en el continente sería mucho mayor. Si por una vez en lugar de dividir sumamos, nuestras fuerzas en vez de restarse se multiplicarían y estaríamos más cerca de concretar nuestras esperanzas.
En Uruguay encontraría Borón un proceso de acumulación política, social y cultural de más de cincuenta años. Una práctica revolucionaria guíada por una teoría revolucionaria que elaborada para casos excepcionales se ha transformado en la vía más general por la que avanzan nuestros pueblos. Nos referimos a un atrevido, creador y original camino de izquierda, de una vía al socialismo a través del desarrollo y avance de la democracia hasta sus últimas consecuencias y en todas las esferas de la vida social. No se trata del camino clásico, sino de una posibilidad remota cuando el movimiento obrero daba sus primeros pasos en la lucha revolucionaria pero ya prevista por los pensamientos geniales de Marx, Engels y Lenin. Este tránsito puede conducirnos a la victoria o a derrotas momentáneas lo cual no invalida esta vía ni ninguna otra.
Es decir, en Uruguay Borón no encontrará “el gobierno de Tabaré Vázquez”. Si no que encontrará algo mucho más rico y complejo. Tomará contacto con una extendida red política y social de los sectores subalternos, con “cobertura nacional”, con un “proyecto para la nación”, con la unidad como principio y con el objetivo de la liberación nacional y la construcción de una nueva sociedad. Un movimiento sindical único, unido e independiente, pero clasista, o sea que no es ajeno ni indiferente a la lucha política, cultural e ideológica que se desarrolla en el país. Una Fuerza Política que es el producto de más de una década de acumulación y brega unitaria, mientras en otros lugares se difundía el guerrillerismo (que no la táctica guerrillera) y la división sectaria. Un frente que es la síntesis política de la alianza de la clase obrera y las capas medias, exclusiva expresión política de los intereses de los sectores subalternos, con una estructura democrática como pocos partidos tienen en el mundo. Y un movimiento cultural que gira cual constelación a este eje político y social, no sin contradicciones pero alcanzando siempre síntesis superadora. A esta construcción política – social – cultural del pueblo la han golpeado, en ocasiones la masacraron, pero jamás la derrotaron y la dividieron. Venció once años de fascismo y veinte de gobiernos neoliberales; más aún, fue el instrumento, el canal a través del cual se pronunció el pueblo uruguayo permitiendo obstaculizar y detener como en ningún otro país del continente (salvo Cuba, claro está) la ofensiva neoliberal, (estúdiese los últimos veinte años de la historia política del Uruguay.) Que nadie se confunda, pueden haber valoraciones diferentes o matices, pero en Uruguay las aguas están bien divididas y organizadas: por un lado, los partidos tradicionales y las organizaciones gremiales de la clase dominante; por otro el Frente Amplio y las organizaciones sociales del pueblo. En este contexto y apoyado en este complejo de organizaciones populares marcha el gobierno del Frente Amplio. Un verdadero gobierno de izquierda nacido de la gris construcción revolucionaria del pueblo.
Evidentemente, no se trata de un arranque de nacionalismo. La cuestión es vital; los que bregamos por un cambio revolucionario estamos obligados a ser responsables. Es nuestra obligación tener una actitud científica ante los fenómenos políticos y sociales, trabajar por alcanzar la verdad (“que es siempre revolucionaria”) y a la verdad no la atrapamos con etiquetas, sino con abordajes que logren captar el conjunto del movimiento. Una vez más es imprescindible “el estudio concreto de cada proceso concreto”, estudiar su génesis, su historia y su automovimiento actual, único método por el cual podemos conocer cabalmente nuestro objeto de estudio. De otra manera no podremos transformarlo y necesariamente cometeremos errores; en política las consecuencias de estos errores son gravísimas y se pagan con derrotas que echan por tierra años de militancia abnegada y sufrimiento de los mejores hombres del pueblo.
Se nos ocurre que hay que ser consecuentes, coherentes en nuestros análisis. Si partimos de ciertas definiciones o constataciones debemos evaluar el justo significado de las mismas, sus consecuencias, los márgenes de acción que nos dejan, los ritmos que debemos tomar en cuenta. No para adaptarnos sino para cambiar con éxito esa realidad. Y eso exige no confundir las condiciones objetivas con nuestra subjetividad, ansias y anhelos. Al reconocer que estamos en una etapa que caracterizamos como “fase de repliegue”, “no ofensiva, sino defensiva”, “de recomposición”, es imprescindible asimilar profundamente las consecuencias de tales condiciones. Tener en cuenta como y porque caminos debemos avanzar, cuando podemos y debemos acelerar el paso seguros de que el pueblo acompañará el nuevo ritmo y cuando debemos ser cautelosos. Actuar de esta manera no significa abdicar de la condición de izquierda. Por el contrario, lo que debe cuidarse de hacer un partido revolucionario es avanzar en aspectos y a ritmos que su pueblo no está en condiciones de seguir; el movimiento se escinde en medio del combate: el destacamento de avanzada por un lado y las masas por otro, la derecha en condiciones óptimas para golpear. Estas derrotas no son gratuitas y pueden complicar el proceso, habría que reflexionar en profundidad sobre las causas y posibles consecuencias de las mismas (golpe anímico a las fuerzas de avanzada, desorientación de las masas populares, envalentonamiento del enemigo que aprovecha las circunstancias, etc.)
Léanse las interesantes anotaciones que hace el propio Borón sobre los recientes sucesos venezolanos. Arriesga ideas muy compartibles que pueden contribuir a explicar las causas de los mismos.
ALDO SCARPA MERCANT
Comité: “28 de noviembre de 1971”
Coordinadora B - F.A.
Correo electrónico : scarpaluis@gmail.com
Montevideo, marzo de 2008