El
concepto “democracia avanzada” que ha cobrado actualidad en la búsqueda de
caminos de algunos sectores de la izquierda uruguaya no es sólo un feliz
hallazgo terminológico de Arismendi ni atiende a una situación coyuntural: es
una categoría teórica que aparece ya en su libro Lenin, la revolución y
América Latina, escrito entre 1968 y 1970, para ser retomado, con mayor
proyección política, a la salida de la dictadura uruguaya. Ha tenido la buena y
mala fortuna de convertirse en consigna y designación de un agrupamiento
político estructurado en torno al PCU, cuyos dirigentes continuaban proscriptos,
en las elecciones de 1984. Este hecho denota su capacidad para encarnar en la
conciencia social, pero entraña el peligro de que el nombre absorba el
contenido. Es obligatorio continuar el análisis de este concepto, profundizar en
el significado del mismo en el contexto del pensamiento de Arismendi, para
pautar adecuadamente nuestra propia perspectiva actual. La categoría “democracia
avanzada” forma parte de una concepción estratégica y táctica. Se integra en la
definición del carácter del “primer movimiento de la revolución
latinoamericana”. Reubicada en un contexto político-intelectual diferente,
corremos el peligro de que, por mirar el collar, no nos demos cuenta que nos han
cambiado el perro. Uruguay y
América Latina viven momentos de definición. En un cuadro mundial signado por
profundas contradicciones, el “trueno subterráneo” de que hablaba Arismendi,
vuelve a oírse y los pueblos buscan alternativas a las impuestas políticas
neoliberales
[1]
que se habían presentado como panacea para los problemas del desarrollo. La
persistencia de las contradicciones irresueltas hace que nuestros países vivan
una historia de crisis recurrentes, cada vez más profundas y duraderas, y que,
pese a todas las derrotas, se sucedan los movimientos de resistencia y las
luchas por transformar nuestra realidad. Se ha ensanchado el abanico de fuerzas
sociales potencialmente interesadas en un proyecto alternativo. Es
responsabilidad de las fuerzas políticas construirlo y convertirlo en conciencia
de amplias masas. En la
senda de Lenin En Lenin, la revolución y América Latina, un extenso estudio del problema de
las vías, la expresión “democracia avanzada” –por lo demás, un término de raíz
leninista
[2]
-
reviste básicamente dos sentidos. Primero, orientación política: así
habla de “partidos y personalidades democráticos avanzados, en general subjetivamente socialistas ...”
[3]
Pero además, caracteriza un régimen político-social que, al mismo tiempo, pueda ser camino de aproximación al socialismo
[4]
,
dependiendo de las condiciones histórico-sociales, en particular, de qué clases
o sectores de clases hegemonicen el bloque histórico. Entre los conceptos de
“régimen” y “ruta”, estado y proceso, no hay relación de exclusión, sino
contradictoriedad dialéctica. Arismendi
rechaza frontalmente la noción de integración del capitalismo en el socialismo y
la fetichización de la continuidad. Más allá de discriminar claramente entre las
categorías “formas del Estado”, “tipo de estado” y “máquina del estado”
[5]
,
y de partir de la idea de que no hay modelos preestablecidos en cuanto a la forma concreta de la organización socialista en cada lugar, cuando admite
que formas institucionales originadas en el estado burgués podrían ser
utilizadas en el tránsito al socialismo, aclara que “utilización equivale
aquí a conservación formal relativa aunque se transforme el contenido, y ello tenga por lo tanto que afectar ulteriormente también a la forma”.
[6]
Merece especial análisis el problema de la utilización –ya vimos en qué sentido-
de las formas parlamentarias existentes. Aborda la cuestión de la vía pacífica
al socialismo en la hipótesis de que se combinaran la conquista de una mayoría
parlamentaria estable por un frente de fuerzas populares con la acción de masas
capaz de quebrar la resistencia conservadora. Para Arismendi, lejos de ser ésa
la vía más frecuente ni más probable al socialismo, sólo podría darse en
condiciones excepcionales, en relación con el concreto desarrollo
histórico-cultural de cada país. Y asimismo, dependerá de la medida en que
las fuerzas populares sean capaces de ir transformando el contenido de esas
formas institucionales. Pues considera errónea la tesis de que la
posibilidad de esa vía “signifique una superación o una limitación de la teoría
marxista-leninista del estado”
[7]
y reafirma las tesis generales acerca de la necesidad de destruir el aparato
burocrático-militar del estado burgués. Esta destrucción –y consiguiente
construcción de nuevas formas organizativas- puede darse a consecuencia de la
revolución socialista o bien irse procesando en un período de transición, democrático avanzado, lo que podría hacer posible el tránsito relativamente pacífico, es decir, sin una insurrección o una guerra civil.
Decimos “relativamente”, porque Arismendi sostiene la vigencia de la tesis de
que las clases dominantes no entregarán buenamente el poder y porque señala que
la unidad de un bloque pluriclasista por los cambios no elimina la lucha de
clases, sobre todo una vez que se van logrado ciertos objetivos
[8]
.
Para confirmar esta tesis, basta recordar la posterior experiencia chilena.
Asimismo plantea el caso –nada hipotético, pensemos en Cuba- en que la lucha
armada abra el camino a una revolución democrático avanzada, lo que comprende
tareas nacional liberadoras, y en plazos más o menos largos, transite al
socialismo sin una nueva confrontación. Una
preocupación en este libro fue sin duda aventar la confusión entre vía
democrática y vía pacífica. La correspondencia entre ambas, señala
Arismendi, siguiendo a Lenin, no es biunívoca. No hay otra senda hacia el
socialismo, dice Lenin
[9]
,
que la de la democratización. Pero todo cambio, aún modesto, que afecte la
dominación de clase, va a ser resistido. Y no se va a avanzar en democracia sin
afectar los intereses de las clases dominantes que, por otra parte son mucho más
extensos y celosos ahora que las políticas neoliberales han ampliado los
derechos del capital, en la misma medida en que recortaban los de los
trabajadores. En el contexto del imperialismo, hay que incluir el poder
económico, político y militar de la potencia hegemónica. Esas resistencias
pueden contribuir, dependiendo de múltiples condiciones objetivas y subjetivas,
a la radicalización del movimiento o a su retroceso. La
extensión y profundización de la democracia no consiste en ensanchar sólo en
el terreno formal la igualdad, la libertad o la participación. Lukács señala
que no es casual “... que el más perfecto, el más explícito ‘idealismo’
abstracto de las formas de gobierno del Estado, sea el instrumento más apropiado
para que se afirmen los intereses egoístas-capitalistas sin dificultad bajo el
pretexto de intereses generales, ideales.”
[10]
A nuestro parecer, en el
pensamiento de Arismendi, la posibilidad de que, dentro del marco de las
instituciones burguesas, un gobierno con mayoría de las fuerzas populares
alcance a configurar un régimen democrático avanzado, deriva de las
siguientes condiciones: · el
carácter de clase del bloque social que lo impulsa y qué clase o sectores de
clase tienen la hegemonía o la adquieren en el curso del proceso · el
programa que efectivamente ponga en práctica, esto es, su capacidad de tomar
medidas radicales en el sentido de la democratización de las relaciones
económico-sociales y también jurídico-institucionales, ensanchando la
participación efectiva, y no sólo formal, del pueblo en las tareas de gobierno. · la
acción de las masas populares conscientes y movilizadas, sosteniendo e
impulsando el proceso, imprimiendo su sello y marcando rumbos · una
orientación al menos subjetivamente socialista, es decir, la voluntad y el
proyecto de trascender y superar los marcos del capitalismo. Esto excluye el
concepto estático de democracia avanzada como etapa cerrada. Pero sobre todo
implica la preparación consciente en esa dirección, que exige modificar no sólo
las relaciones económicas y jurídicas. Es necesaria una transformación moral:
educar en nuevos valores, crear nuevos hábitos, nuevas formas de convivencia,
construir en la vida social las formas concretas de realización de las
tendencias democratizadoras, “de cara al futuro y no al pasado”. Sería bueno
recordar las conclusiones de Lenin a partir de la experiencia del trabajo
voluntario, así la forja del “hombre nuevo” que proponía el Che. Pensamos que es
en este sentido que Arismendi habla de “los valores universales de la
democracia”.
[11]
El
pensamiento de Arismendi sobre este tema tiene, en lo esencial, total coherencia
interna. En Problemas de una revolución continental, en función de su
tesis del carácter dual de la contradicción fundamental en América Latina,
plantea que la revolución democrática de liberación nacional deberá asumir
tareas anticapitalistas; no identifica, como otros representantes del
pensamiento marxista latinoamericano, la categoría “democracia” con “democracia
burguesa”
[12]
.
Por lo tanto se separa de un pensamiento teórico que cristaliza etapas
predeterminadas de desarrollo y que preveía como necesaria una supuesta
“culminación democrática” de la frustrada revolución burguesa en los países
latinoamericanos, una especie de “capitalismo normal” previo a la revolución
socialista. En Lenin, la revolución y América Latina examina incluso la
posibilidad de una vía no capitalista al socialismo en relación a los
pueblos recientemente liberados de la opresión colonial. En este
sentido no hay en Arismendi una reificación de la democracia. No sólo combate la
tendencia por la cual “La expresión democracia pasa a manejarse como un concepto
abstracto absoluto y no como una forma institucional histórica”
[13]
,
sino que, como vimos, no es planteada como estado sino como proceso,
en sí misma y en tanto vía de aproximación al socialismo. “Estudiamos, por
tanto, los objetivos democráticos de la revolución en la perspectiva del
socialismo, que los continuará y negará en una fase superior”
[14]
La teoría
deviene política En el
Informe al XX Congreso del PCU, en diciembre de 1970, la categoría “democracia
avanzada” define el carácter del frente político entonces en formación y,
asimismo de su gobierno, en caso de alcanzarlo. En esa caracterización del
futuro Frente Amplio aparece como sinónimo de “frente democrático,
antiimperialista y antioligárquico”.
[15]
Esta
categorización merece algunas precisiones, ya que Arismendi no la hace a la
ligera. En primer lugar, atiende a la composición de clase, al sentido de las
alianzas, y distingue el concepto de frente de la izquierda de frente
del pueblo. El XX Congreso tiene lugar durante la presidencia de Pacheco, en
el que la oligarquía financiera, vinculada al latifundio y al imperialismo,
asume directamente las riendas del gobierno, para reacomodar, violentamente y al
filo de la inconstitucionalidad, la distribución del producto nacional en su
beneficio. El movimiento popular –partidos de izquierda, sindicatos, movimiento
estudiantil- se amplía y se radicaliza. Se introduce la lucha armada
contribuyendo a la polarización de la escena política. En este cuadro, el
Partido había definido la contradicción principal en los términos
oligarquía-pueblo. En segundo
lugar, el Informe reitera algunas de las condiciones que delimitan claramente el
contenido del frente democrático avanzado: “... un movimiento político
que tenga por base social de sustentación la alianza de la clase obrera y
de los diversos sectores de trabajadores con las amplias capas medias de la
ciudad y del campo; pero que sea apto, a la vez, para arrastrar tras de sí a
todos los que se oponen directa o indirectamente a la oligarquía y al
imperialismo ...”
[16]
Inmediatamente, el programa de unidad, cuyas “líneas principales ...
coinciden con los postulados matrizados por más de una década de acciones de las
multitudes obreras y populares, que opusieron una plataforma nacional,
democrática y progresiva (...) existe evidentemente un programa básico en la
conciencia de las masas ...”
[17]
,
y prosigue con una enumeración de las líneas esenciales de ese programa básico
que incluía, entre otras, moratoria de la deuda externa, nacionalización de la
banca, medidas de reforma agraria, rescate de los entes estatales del dominio
imperialista. “Este programa (... ) apunta en las direcciones principales de lo
que denominamos un cambio democrático avanzado...”
[18]
. La
integración al frente no responde a meras razones tácticas: “Lo consideramos una
respuesta consciente a las peculiaridades del momento uruguayo, pero inserta en
las perspectivas de los cambios revolucionarios...”
[19]
.
El frente político tiene por tanto una dimensión estratégica que, debe
entenderse en el marco del progresivo vaciamiento de contenidos, aún en el
terreno jurídico, de la democracia uruguaya. Este proceso no puede ser limitado
a la coyuntura del pachecato: se trata de la profundización de la crisis
económica, política e ideológica cuyos primeros síntomas se perciben hacia la
mitad de la década de 1950. En el plano político, se expresa como crisis del
bipartidismo y del nacional reformismo y, ante todo, crisis del batllismo,
principal representante de la burguesía nacional, cabeza pensante y gobernante
del modelo de desarrollo industrial, estatalista y proteccionista, del Uruguay
en la primera mitad del siglo XX. Avanzar en
democracia Luego de
doce años de dictadura, Arismendi retoma el concepto de “democracia avanzada” y
reafirma su carácter dinámico: “La
democracia avanzada no es un acto ni el carácter automático del gobierno
que empieza en marzo. La democracia avanzada es un proceso de combate
programático, reivindicativo, que empieza ya, pero que debe seguir mañana, de desarrollo de la lucha de clases en determinadas condiciones
(...) de imposiciones mediante el empuje popular. Desde luego, también será un
gobierno, si es el gobierno que surge por el triunfo del Frente Amplio. Pero
incluso en tal caso, sería un proceso”.
[20]
En 1985, el
informe a la Conferencia Nacional del PCU enfatiza ese carácter al marcar el uso
indistinto de dos expresiones: “La expresión ‘democracia avanzada’ o ‘avanzar
en democracia’, supone hoy la movilización y la unidad del pueblo por
afirmar esta democracia, pero para lograr soluciones de justicia
social e independencia económica. Supone al mismo tiempo la lucha por un
programa de gobierno del FA, o del FA y sus posibles aliados”.
[21]
Es bien interesante la coincidencia con Lukács que propone el uso del término
“democratización” mejor que democracia, “... ya que se trata sobre todo de un
proceso y no de un estado ...”
[22]
Hay una
concordancia conceptual básica entre esta formulación y la que hiciera 15 años
antes, por lo cual no reiteraremos consideraciones. Sólo señalaremos dos
aspectos que tienen que ver con el momento histórico que vivía el Uruguay y un
tercero de orden teórico.. · la
reciente recuperación de la institucionalidad democrática, es altamente
valorada, pero no pensada como fin último –en el doble sentido de terminación y
de finalidad. Avanzar hacia una democracia real no sólo es una meta: también es
el medio para defender la democracia formal
[23]
. · la
“defensa de la democracia” no se identifica con la “gobernabilidad”
[24]
,que
desde 1985 se transformó en verdadera consigna de las clases dominantes y que
sirvió para cohonestar, antes que nada, la impunidad por las violaciones a los
derechos humanos cometidas durante la dictadura. Tampoco con la estabilidad en
el sentido de conservación. Arismendi habla de “consolidar” la democracia, pero
también de “crear una nueva democracia”
[25]
.
A su criterio esto significa entre otras cosas “... un programa de auténticas y
urgentes soluciones nacionales y populares (...) un programa positivo y posible
que rompa con las recetas impuestas por el FMI y utilizando los recursos
destinados a pagar la deuda externa para reactivar nuestra economía y resolver
algunos de los más graves y dramáticos problemas sociales.” y asimismo “...
liquidar todos los vestigios dejados por el régimen, reconstruir la legislación
social y desmantelar el aparato represivo, redimensionar y reorientar las
fuerzas armadas en un sentido democrático y de defensa de la soberanía nacional
y aclarar la situación de los desaparecidos”.
[26]
La defensa y la profundización de la democracia no excluye sino que implica el
despliegue de la lucha de clases. En este sentido, recordemos que Arismendi se
pronunció tajantemente en contra de las propuestas de “pacto social”, al estilo
del realizado en España a la salida del franquismo.
[27]
. · la
comprensión de la dialéctica fines-medios. La escisión no dialéctica de estas
categorías conduce a la diferenciación excluyente de los conceptos avanzar en democracia y democracia avanzada –una sería la vía, el medio, la segunda la etapa, el objetivo a alcanzar. Subrayamos los
artículos determinados, porque a menudo se olvida el consejo de Arismendi de “no
atarse las manos”, lo cual no era muestra de empirismo o pragmatismo, sino
reconocimiento teórico de los límites de la previsibilidad de los procesos
históricos que están dados por el carácter tendencial, no absoluto ni mecánico,
de las leyes que los rigen.
[28]
.
Arismendi rechaza los “modelos” predefinidos –incluso la noción misma de
“modelo”
[29]
que, ignorando la dialéctica de lo general y lo particular, edifica
abstracciones estáticas. El río ha
cambiado pero también los bañistas En la
actualidad el proyecto del frente de unidad política no corresponde, a nuestro
entender, a una orientación democrático avanzada, si nos atenemos a la
caracterización que hemos desarrollado. Por razones de espacio, nos limitamos al
enunciado. Siguiendo la exigencia de Arismendi de precisar estrictamente los
términos y categorías, pensamos más adecuada la expresión “proyecto democrático
de desarrollo nacional”, que emplea Rabelo en relación a Brasil
[30]
.
Lo cual no excluye sino que supone crear las condiciones para ‘avanzar en
democracia’. Reconocer la realidad no significa adaptarse a ella. La praxis
social modifica las condiciones objetivas: se puede y se debe “educar al
educador”. Explícitas o implícitas, las previsiones de un “largo período” para
el que no es pensable superar los marcos de la democracia capitalista, carecen
de la comprensión dialéctica del tiempo histórico, que no transcurre como una
línea ascendente de cambios graduales y progresivos, como querían los
evolucionistas, ni recorre ordenadamente estadios o etapas cerrados, al estilo
comptiano
[31]
.
La dialéctica preside el pensamiento de Arismendi y es lo que le otorga su
vitalidad y validez actuales. Los principios filosóficos y metodológicos tienen
una directa proyección política. Hacia 1970, Arismendi, precisando el concepto
de “período de acumulación de fuerzas”, recuerda que las épocas de lento
desarrollo social deben ser aprovechadas para elevar la conciencia y la
capacidad combativa de las masas populares, encauzando esa labor “hacia el
objetivo final del movimiento”, “capacitándola para resolver prácticamente las
grandes tareas de los grandes días en que están corporizados 20 años”. Y
continúa: “Esta comprensión dialéctica del desarrollo es fundamental para no
perder el paso de la historia, si no se quiere extraviar la perspectiva
revolucionaria (...) más grave (que el infantilismo) es el riesgo de adecuación
a las fases lentas o relativamente lentas de desarrollo social. Y esto no es
especulación teoricista. (...) tiene que ver con la concepción total de la
dirección política.”
[32]
No
ambicionemos, como Fausto, poder decir “detente, instante, eres tan bello”.
Todos sabemos qué hizo para lograrlo.